martes, 21 de noviembre de 2017

El personaje cuenta su andadura, Morgana ya se había divorciado

El círculo en ocasiones era como si se cerrara cada vez más, como en la música masónica cuyas constantes más comunes se pueden advertir en las composiciones de Mozart, entre otras. El ritmo de los tres golpes golpeando (ya sé que es redundancia) en la puerta, advirtiendo la presencia del nuevo hermano, notas que se van ligando de dos en dos en referencia a vínculos de amistad o de vinculación, progresiones de terceras paralelas con la idea de añadir una mayor actualización a los sonidos, tonos como símbolos como el heroico y manso mi bemol mayor y sobre todo, la elección de los timbres de las voces masculinas con los instrumentos de viento. Así visualizaba Morgana, con círculos, su relación hacia las personas masculinas en alejamiento de las femeninas, con música masónica de Mozart, en concreto con tres cantatas: Die Maurerfreude K 471, Laut verkünde unsre Freude K 623 y Die ihr des unermesslichen Weltalls Schöpefer ehrt K 619. Siempre lo escuchaba en los ratillos de incomprensión extrema, como en estos de elección de poetas y poesías, de ver que siempre son hombres —pocas mujeres tienen la oportunidad de escribir en la historia—, y además es un hombre también —un editor—, quien me joroba la marrana y que no me siento en nada comprendida: círculos de voces masculinas me encierran y yo los visualizo, -decía nuestra protagonista.
Aquella noche en que Morgana no se podía quitar de su mente al puñetero editor, que le había tirado por la borda su idea decidió quedar con Patrick, a la aventura. Necesitaba darse caña, hacía dos meses o así que no salía a ningún lugar, entre otras cosas porque ¡para qué! Eso es, ¡para qué! Sólo eso había pensado. Ya he dicho que odiaba los bares. Morgana tenía cincuenta y algo, y de apariencia cuarenta y pocos, había pasado lo suyo y lo ajeno como ya se verá. Lo primero que perdió en el camino fue a su marido, pero eso más bien fue un alegrón, como también he dicho, de los que hay que celebrar con los amigotes y “amigotas” —Mozart en el olvido—; total ya lo había perdido en una traición masculina, y Morgana siempre se había sentido viuda porque el tal difunto (así designamos a los ex que no pintan nada en la vida de una) dejó de existir felizmente para ella, cuando sus hijos gemelos tenían dos años.
Una noche Morgana le abrió la puerta de su casa y le invitó a salir después de descubrir más de la podredumbre que un hombre mezquino puede albergar, una felonía de las que no tienen denominación. Su noble carácter —el de Morgana claro—, míticamente de mito, más masculino que femenino en esto, le impidió perseguirle en busca de honorarios mensuales, ni en busca de desahogos de fines de semana para endilgarle a los nenes y así descansar con las amigas. Morgana asumió como siempre, como siempre con una humanidad más que extraordinaria casi divina diría yo, su realidad, y le rogó que no volviera jamás. Para ella la realidad es el mundo de las ideas y esas hay que llevarlas a cabo y hacerlas realidad. Un canalla así no merecía tener hijos -se decía- ni que ella se esforzara en criárselos, ni aunque le diera todo el dinero del mundo para mantenerlos, ni mucho menos ir a un tribunal a exigir ese dinero. En estos asuntos no terminaba de entender a algunas amigas que se despachaban con muy poca dignidad -a su juicio- claro. Morgana, como iba de chula, pues lo iba para todo, así que su gobierno desde ese momento comenzó por duplicar el trabajo, que con suerte, además de sus clases de instituto como interina, contactó con la embajada americana y desde las cinco de la mañana daba clases particulares de español. Esto lo hizo un tiempo, después surgieron oportunidades de dar clases de español en Japón, el clásico lectorado, las interinidades lo permiten, y algún verano ir de viaje en busca de reportajes para el Washinton Post.
De natural serio, reservado y de apariencia extrovertida, se podría decir que Morgana estaba por encima del resto de los seres vivientes que en derredor se hallaban. Esto lo da el tener que apechugar. Por eso siempre se sentía decimonónica, porque para ella estaba claro que en otros tiempos hubiera conseguido mejores logros. Por ejemplo, en cuanto a las relaciones humanas, éstas siempre le parecían desproporcionadas y verdaderamente irreales en su mundo nuevo de realidades, evocando continuamente una forma de trato inexistente para los hombres y mujeres de hoy. Era imposible encontrar sinceridad y dignidad en prácticamente ninguno de los actos de las gentes que habitualmente tenía por amigas, si bien su preferencia por las amistades masculinas era evidente, los círculos se estrechaban de nuevo de forma visual, otra vez Mozart. 
Ella culpaba a la Mujer de grandes catástrofes, de ser poco fiable en la amistad, de envidiosa, de querer destruir a los hombres sin luchar por mejorar la calidad humana del asquerosamente denominado sexo débil. Pero es que era así, por lo general había dado siempre con envidiosas, o con otras que coqueteaban con fines personales, pero sin ninguna dignidad ni capacidad de entendimiento del mundo. Al mismo tiempo tampoco quería que la igualaran a los "hombres" en general. Ella no era igual que esos hombres violentos que se dedican a ejercer su poder por encima de los demás. Las mujeres nunca violan, no abusan de niños...con ese tipo de hombres, necios, odiosos no había diálogo alguno, pero con algunas mujeres tampoco.  Probablemente el mundo del profesorado era deleznable, un mundo de grandes mediocres donde difícilmente se podía encontrar el humanismo en el que ella había sido educada, ¡una feminista de tomo y lomo tener que verse así!

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Razas de madres

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Aquella noche fue cruel en cuanto a recuerdos y retorcimientos, cenó con él, después soñó con él y sin embargo seguía pareciendo todo aquello una invención del subsconsciente. Aquella noche soñé con miles de madres que de forma sistemática movían sus bocas en un sólo grito, igual que en una coral, el dolor de las madres no tiene raza, lo hacen de forma inconsciente todas ellas. En aquel sueño cantaron muchas madres que al mismo tiempo, como en una coreografía, movían la boca con el bebé en la mano acercándole la cuchara para dar la papilla a su bebé —también es un hábito generalizado el mover la boca cuando alimentas a tu bebé—; un grupo, como un coro griego, se niega a hacerlo, están mudas, unidas y serias, los bebés en el suelo, ellas los pisan, nada tienen que darles, por tanto, no pueden hacer la mueca que todas las demás sí hacen. ¡Qué triste es ser madre y no tener comida para tus pequeños indefensos! Martillea esta frase en mi mente como una letanía en varios idiomas.
-¡Pero si yo no hablo idiomas! .Entenderás por fin lo que significa el mundo de los sueños: aquí todo se cumple, -susurraba una voz allende las paredes-.
De pronto, recordé que en el siglo XIX, casi como hoy, donde la familia era concebida como un microcosmos del Estado, la prescripción para las mujeres burguesas era la de lograr que aprendieran a querer criar a sus hijos, contra la práctica común de contratar nodrizas o amas de cría que entre otras cosas amamantaban a los niños. Como ahora, que amar la maternidad también empieza a ser un horror, es obvio que no está de moda, o al menos lo está a ratos, quizás en el embarazo del primero que es cuando estás más mona. También las hay que se creen únicos habitantes del mundo y se deciden a escribir un libro sobre la maternidad, un hecho a todas luces normal, natural, y no exclusivo de algunas que después comprueban que seguimos siendo iguales, y que ningún hijo vale más que otro, ni una es más madre que otra.
En aquel sueño, mujeres muy bellas tiran sus hijos al aire o contra los cuadros de las paredes al tiempo que envían sonrisas a hombres que salen al encuentro. Hambre, dolor y frivolidad eran los elementos que me propugnaron aquella noche enorme agitación. Me desperté con arcadas. Cada vez que lanzaba escupitajos, estos, se convertían súbitamente en saltamontes de color sepia, metálicos y con motor que salían de mi garganta, uno tras otro, arcada tras arcada, hasta llenar la estancia de miles de saltamontes que pilotando su propio motor habían convertido mi habitación en un circuito de carreras con un enorme ruido, ruido y más ruido, maldito brumm de mi cabeza, ya está la cefalea.
Mientras, contemplaba aquella unión pictórica de las mujeres que mueven la boca, de bebés que gorjean, de otras que gritan, otras que zapatean sobre sus hijos, otras que ríen con hombres y la carrera de saltamontes... Entra Isabel con dos sobres que habían llegado certificados. Todo era vacío en la alcoba, sólo la absurdez aliviadora de lo cotidiano: "Señora, comienzo por la cocina..."
-Sí, sí, Isabel comience por donde usted quiera...”, total va a hacer lo que le dé la gana. Hay que reconocer que en ocasiones, ante la tragedia, ante el horror ¡qué bueno resulta lo cotidiano! Limpiar con lejía el water, preparar el café con tostada de aceite de oliva y sal, apestar toda la casa con el puchero de cocido... ¡Qué gusto nos dan estas cosas cuando uno está al límite! Cómo reconforta el despertar cuando estamos en un mal sueño, aunque sea para estas pequeñas cosas que a menudo desestabilizan nuestro mundo de sueños y de ilusiones. ¡Qué bueno es vivir! ¿Quién va a preparar el café con tostadas, y quién va a ser el guapo/a que vuelva a limpiar el water con más lejía?
De súbito recordé que en las tumbas, cuando estás debajo de la tierra, también sucede esto: nadie te oye y te pondrías muy contento de poder degustar —si eres español— un buen plato de alubias con chorizo. Ya sabemos que los japoneses dentro de su caja de muerto comerían su sushi y los franceses sus patés...Estas dos razas me han tenido y me tienen perpleja, confieso que no los entiendo aunque en ocasiones quisiera ser japofrancesa. Lo cierto y sin peros es que cuando estás metido dentro con la tierra por encima ya no lo puedes hacer, y nadie se acordará de ti como nadie lo hace de mí ahora, como no lo hacemos ni de los versos ni del dolor de ser creados.
He soñado con un mundo de sueños que me persigue tocando las castañuelas y el tan-tán y sin embargo no puedo hacer nada por él. Hombres que van y vienen vestidos con botas de charro y cantando asturianadas. Es evidente que no saben cantar pero lo hacen. ¡Qué buenos los hombres y qué vanidosos que son! Me quedo con las madres y los saltamontes, así me vuelva loca.




miércoles, 25 de octubre de 2017

Verdad y mentira


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Hace falta recordar la importancia de la filosofía aristotélica como la etapa más importante en la cronología de la filosofía, y como punto de arranque del que partir de otros filósofos. Nunca la filosofía griega ocupó un lugar más grande que con este pensador cuyas ideas serían la puerta de los caminos que después de él había de recorrer la filosofía. Y recurro a él para reflexionar en torno a lo verdadero y lo falso, conceptos tan de moda hoy como antaño. Me refiero particularmente a la verdad en la dialéctica, no en las personas y su apariencia lo que sería sin duda, tema de un gran texto y de otro contexto. Para el filósofo griego la verdad o la falsedad se da primeramente en el juicio, el enunciado A es B, que une dos términos y encierra necesariamente una verdad o falsedad, según una lo que está en realidad unido o lo que está separado; a la inversa diríamos de la negación. Pero hay un sentido más radical de verdad o falsedad, que es la verdad o falsedad de las cosas, la del ser. Así decimos de algo que es una moneda falsa, o que es café verdadero. Aquí la verdad o falsedad corresponde a la cosa misma. Y cuando decimos que dos y dos son cuatro, el sentido del verbo ser es el de ser verdad. Algo es verdadero cuando muestra el ser que tiene, y es falso cuando muestra otro ser que el suyo, cuando manifiesta uno por otro; cuando tiene pues, apariencia de moneda lo que es un simple disco de plomo. El disco de plomo, como tal, es perfectamente verdadero, pero es falso como moneda: es decir, cuando pretende ser una moneda sin serlo, cuando muestra un ser apariencial que no tiene en realidad. Aquí aparece el sentido fundamental de la verdad αλήθεια en griego. Verdad es el estar descubierto, patente, y hay falsedad cuando lo descubierto no es el ser que se tiene, sino uno aparente; es decir, la falsedad es un encubrimiento del ser, al descubrir en su lugar uno engañoso, como cuando se encubre el ser de plomo tras la falaz apariencia de moneda que se muestra. Pasamos la vida entera en este juego permanente de ver lo que no hay, en una muestra ficticia de lo que en realidad es y no lo parece. Este devenir de verdad y de falsedad es difícilmente reconocible y a menudo el ser humano, el individuo se deja llevar, quiere dejarse llevar y vivir en esa situación equívoca de la realidad, porque es mejor para él en un sentido global. Forma parte de esa ficción detestable, hasta que un día quiere saber, quiere verdad y de tanto jugar a la apariciencia se da cuenta de que no sabe, no puede volver a la esencia misma verdadera de su ser. El hombre, casi por definición y desde el punto de vista de la alienación social, es un ser encubierto casi por naturaleza, porque quiere y necesita vivir en ese juego falso de ser quien no es. La sociedad está creada a partir de este sencillo y simple punto de partida y está aceptado por todos. ¿Cuántas personas conocemos a nuestro alrededor que sean de verdad? ¿Lo son de forma individual y cuando forman parte del juego social ya no lo son? ¿Cuántas hay que no encubran algo? Lo bueno que da la vida al escritor es no tener que estar batallando cada día y de forma cotidiana con los juegos de falsedad y de verdad en los que se mueven la mayoría de los individuos. El escritor vive cuando trabaja fuera de la sociedad, la observa. La soledad que proporciona la escritura -hablo de la creación en si misma- le libra a uno de chocar continuamente con esas falsedades, si bien, luego pasamos a una etapa mucho más encarnizada de lo falso, porque el escritor necesita de la verdad y de la mentira o falsedad para poder ser.  
Cuando era pequeña uno de los cuentos con moraleja que más me gustaba era el de El pastor mentiroso. ¿Era el pastorcillo un bromista, era alguien que quería llamar la atención atrayendo las acciones de los demás? ¿Era un desgraciado que se merece lo peor? ¿Se merecía la actitud impasible de los campesinos cuando se había reído de ellos y en castigo le dejaron tirado? Este cuento siempre me ha tenido alerta. La verdad y la mentira sobre las cosas son dos conceptos que han existido siempre y a los que hoy no se les concede ninguna importancia. Se es mentiroso, se es tramposo y traidor y  parece que todo el mundo lo es y no pasa nada. ¡Puaf! Hoy, no pasa nada  porque todo lo que está a nuestro alrededor es una mentira y nos tenemos que aguantar. Los políticos, son mentira, mentira es la evolución de la vida en sus sucesos, la mayoría de ellos maquillados con pinceles de peligrosa mentira. ¿Es mentira hacer una cosa y decir otra? ¿Son mentira las ficciones? Un escritor ¿es un mentiroso? claro que no o claro que sí, según se mire.
Mentir está en contra de los cánones morales de muchas personas y está específicamente prohibido como pecado en muchas religiones. La tradición ética y los filósofos están divididos sobre si se puede permitir a veces una mentira, aunque generalmente se posicionan en contra: Platón decía que sí, mientras que Aristóteles, San Agustín y Kant decían que nunca se puede permitir. ¿Qué se siente cuando estamos al lado de un mentiroso? Dejaríamos nuestros hijos en manos de uno de ellos? ¿Somos tolerantes con los mentirosos o por el contrario fulminamos cuando descubrimos a alguien que no dice la verdad? Ocultar la verdad y mentir son dos cosas bien diferentes. Por ejemplo, en el caso de las víctimas de una guerra, se puede y se entiende mentir, en función de las circunstancias,  para proteger a personas de un opresor inmoral, esto suele ser permisible.
Convivimos con la mentira -histórica también- en todos los dominios y vemos cómo mentir conlleva Poder. El poder se sirve de la mentira para existir, para ser capaz de ello. Según parece y dicen algunos expertos mentir supone un esfuerzo mucho mayor a la persona que decir la verdad. Supongo que se cavila mucho más. Digo yo. Pero se miente en las relaciones, en los trabajos, no hablemos de la política y los Estados donde no hay una verdad que valga la pena de ser mencionada. Nadie cae en los hilos que realmente mueven los asuntos y que están detrás albergados en mentiras y dirigiéndolo todo. A lo largo de la Historia son numerosísimos los ejemplos que tenemos de personajes y de hechos históricos de los que nunca y digo nunca se conocerá la verdad: El suicidio de Marilin Monroe, la muerte de Kennedy, la muerte de Juan Pablo I, la vida interna de Napoleón o de Hitler, las guerras, Franco…son algunos sencillos ejemplos nombrados a botepronto,  miles y miles de personajes que con la mentira pasan a ser Mito, beneficiándose de ese entramado claramente.
San Agustín distinguía ocho tipos de mentiras: las mentiras en la enseñanza religiosa; las mentiras que hacen daño y no ayudan a nadie; las que hacen daño y sí ayudan a alguien; las mentiras que surgen por el mero placer de mentir; las mentiras dichas para complacer a los demás en un discurso; las mentiras que no hacen daño y ayudan a alguien; las mentiras que no hacen daño y pueden salvar la vida de alguien, y las mentiras que no hacen daño y protegen la “pureza” de alguien. Casi nada. Por otra parte, San Agustín aclara que las “mentirijillas” no son en realidad mentiras. La mentirijilla es simpre muy relativa. El filósofo Leo Strauss acentuó la necesidad de mentir para ocultar una posición estratégica, o para ayudar a la diplomacia o politesse que dicen en Francia y en ese sentido se permite, como las mentiras piadosas de los médicos. Un médico ¿debe mentir ocultando la verdad a un paciente que no tiene oídos para oír o a su familia que de ninguna manera pueden escuchar la verdad sobre ese familiar moribundo? Esto entra dentro de la categoría de mentira piadosa o en ocultar un hecho en “beneficio” del otro.
Las mentiras de pareja ¿son admisibles cuando ocultamos por ejemplo, una infidelidad para no hacer sufrir al otro? Esto, también lo he visto en personas de ética y moral elevada, ocultando a su pareja una infidelidad porque en realidad ya ha pasado y ha quedado atrás. Osea que justificamos los hechos con el tiempo. Hay mucha gente en efecto que justifica sus acciones con lo del ya ha pasado como si uno no fuese responsable de dicha acción. Esa persona ha sido engañada y punto, la hemos engañado. ¿Por qué en el lenguaje amoroso se miente tanto? Quizás porque todo forma parte de las emociones, de fabular y no de los pensamientos. El otro día, un amigo me hablaba dolido de una mujer que le dijo: “te quiero” y al día siguiente le mandó a la porra como se dice habitualmente. ¿Estaba entonces mintiendo? ¿Cómo se responde a la mentira? El problema, creo yo es que nadie responde al por qué de mentir, es decir, que aquella chica con mi amigo en ese momento habrá sentido algo parecido al amor y no ha pensado cuando ha hablado, en lugar de callarse y esperar tiempo para ver si lo que siente es verdad, pues no, hablamos y hablamos sin tener en cuenta los sentimientos del otro, jorobando su vida sin que seamos consecuentes entre lo que decimos y lo que hacemos. Difícil tema.
Luego está la mentira destructiva que entra en el terreno de la calumnia y que es muy pero que muy habitual y cotidiana. Las mujeres lo sufrimos bastante y de forma más destructiva, aunque últimamente he visto hombres calumniados con cosas sorprendentes e igualmente destructivas. ¡Así son las cosas! Decimos palabras y acciones negativas de otra persona para hundirla y desprestigiarla. Muy común en la sociedad de hoy sobre todo cuando existen además -y esto es el colmo- programas de televisión donde pagan a la gente por mentir. Qué básica destrucción de la ética y la moral de las personas de bien. Otros, al mismo tiempo se entretienen viendo, escuchando y opinando sobre las mentiras que los programas del corazón cuentan cada día. Supongo que una calumnia o una mentira no es nada si no hay unos oídos que le dan veracidad, que la hacen real. Un horror.
Lo que estudiábamos en la Facultad era la famosa paradoja del mentiroso y lo recuerdo bien, y era en realidad un conjunto de paradojas relacionadas. A través de los siglos, el interés por resolver esta paradoja y sus variantes ha impulsado una enorme cantidad de trabajo en semántica, lógica y filosofía en general. El ejemplo más simple de la misma surge al considerar la oración: «Esta oración es falsa». Dado el principio del tercero excluido, dicha oración debe ser verdadera o falsa. Si suponemos que es verdadera, entonces todo lo que la oración afirma es el caso. Pero la oración afirma que ella misma es falsa, y eso contradice nuestra suposición original de que es verdadera. Supongamos, pues, que la oración es falsa. Luego, lo que afirma debe ser falso. Pero esto significa que es falso que ella misma sea falsa, lo cual vuelve a contradecir nuestra suposición anterior. De este modo, no es posible asignar un valor de verdad a la oración sin contradecirse. Sin embargo, esta paradoja muestra que es posible construir oraciones perfectamente correctas según las reglas gramaticales y semánticas pero que pueden no tener un valor de verdad según la lógica tradicional. La paradoja de Epiménides precursor de la paradoja afirmando “todos los cretenses son mentirosos” o “todos los cretenses mienten” algo así,  ha dado y da gran juego en las aulas de filosofía.
Es mentira la imagen de un escritor en su relación con lo que escribe? ¿Tiene que ser forzosamente cierto todo lo que se escribe y cómo se relacionaría esa verdad? ¿Debe relacionarse lo que se escribe con lo que la persona Es de Ser? Yo, desde mi punto de vista relaciono la paradoja con los escritores donde todo lo que hablamos o decimos -en esto tenemos la ventaja de que quedan escritas- se puede repasar, cuestionar. Somos pura paradoja continuamente -porque construimos frases u oraciones que son correctas pero que si se relacionan con la persona, osea con el que escribe, podemos desgranar amplias mentiras con respecto al escritor en su vida personal, aunque no con lo que escribe. ¿Qué es verdad lo que se escribe o el escritor? ¿Cómo se relaciona lo que se ha escrito con el escritor? Lo mejor es no relacionarlo, lo que se dice muchas veces no significa lo que se es. Los escritores somos complejos y tenemos un papel enormemente complicado de apariencia, de imágenes contrarias con las verdades, las mentiras, los conceptos, la gramática, las ideas…pero no somos mentirosos.

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Del libro Con una palabra tuya, 2011, en la Casa del Libro.

jueves, 19 de octubre de 2017

J'ai recontrè



                                                                                                     Un jour,
                                                                                    J’ai rencontré Edith Piaf dans la rue.
                                                                                          On jouait de l’accordéon.
                                                                                          On était à Paris, bien sûr.
                                                                                            Elle m’a dit : suis-moi
                                                                                                 Je l’ai suivie
                                                                                       Et ne suis jamais revenue.
                                                                                                Les adieux 2012 RAO. 
                                                                                              (Tr. Daniel Gautier)



jueves, 12 de octubre de 2017

Sintaxis en el pensamiento

 
Un día lei en Proverbios 23:7 Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él. Me di cuenta de algo que todo el mundo conoce y a menudo pasa sin pena ni gloria por nuestra vida y es que el hombre es literalmente lo que piensa, ya que su carácter es la suma total de todos sus pensamientos. El pensamiento es en definitiva otro nombre del destino. No sólo se convierte la persona en lo que piensa, sino que frecuentemente toma esa apariencia. Si adora a Marte como la mujer de mi amigo Antonio o al dios de la guerra, el ceño tiende a dar rigidez a sus facciones, conozco a algunos así, aunque no siempre una cosa lleva a la otra. Si adora al dios de la lujuria, la disipación se manifestará en su rostro como mi amigo el académico, si adora al dios de la paz y la verdad, la serenidad adornará su semblante, a veces también he visto confundir la simplicidad o la pereza con esto. Supongo que segamos lo que sembramos, pero esto -a pesar de lo que dicen los curas- solo es un suponer.    
Los pensamientos se acumulan, dan forma a nuestro carácter y éste se relaciona directamente con nuestro pensamiento. ¿Cómo será posible que una persona llegue a ser lo que no está pensando, lo que de ninguna manera está pensando? No hay probablemente pensamiento alguno, cuando en él se persiste, que sea demasiado pequeño para surtir su efecto. Lo que da forma a nuestros propósitos ciertamente se halla en nosotros.
Mi tía Rita –una gran sabia- el otro día me dijo –ella es jueza- que un hombre no llega al hospicio o a la cárcel por motivo de la tiranía del destino o las circunstancias, sino por el sendero de pensamientos serviles y deseos bajos. ¡Anda! Ni tampoco un hombre de mente pura desciende repentinamente al crimen debido a la presión o a una mera fuerza externa; el pensamiento criminal, se había abrigado secretamente en el corazón por mucho tiempo, y en la hora oportuna manifestó su fuerza acumulada. Las circunstancias no hacen al hombre; lo revelan a él mismo. No pueden haber condiciones tales como caer en el vicio y sus sufrimientos consiguientes, aisladas de la inclinación al vicio; o el ascenso a la virtud y su felicidad pura, sin el cultivo continuo de aspiraciones virtuosas. Por consecuencia, el hombre, como señor y amo de sus pensamientos, es el hacedor de si mismo, el formador y autor del ambiente. Altere el hombre sus pensamientos radicalmente, y lo sorprenderá la rápida transformación que esto efectuará en las condiciones materiales de su vida. 
 
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Los hombres se imaginan que el pensamiento puede conservarse encubierto, pero no se puede; no se puede, siempre sale; rápidamente se cristaliza en un hábito, y el hábito se solidifica en circunstancias. De modo que no solo los actos sino también las actitudes se basan en los pensamientos con que alimentamos nuestra mente. Nadie tiene el derecho de arbitrariamente dar forma a los pensamientos de otros, mas no con esto se quiere decir que los pensamientos de uno son enteramente asunto propio. Cada uno de nosotros inevitablemente afectamos a otros por medio del carácter que nuestros pensamientos y actos han producido. Cada uno de nosotros somos parte del género humano, e impartimos a los demás a la vez que recibimos de ellos. Esto parece que es sociedad, o convivencia. En las manos de todo individuo se coloca un poder maravilloso para obrar, a saber, la influencia silenciosa, inconsciente e invisible de su vida. Esta es sencillamente la constante irradiación y absorción inquebrantable de lo que el hombre realmente es, no lo que finge ser…Sobre el ser y parecer he hablado ya en otro lugar. La vida es un estado de transmisión y filtración que persiste; existir es irradiar; existir es ser el recipiente de la irradiación. Y el hombre, no puede ni por un momento escapar de esta irradiación de su carácter, esta constante debilitación o fortalecimiento de otros. No puede esquivar la responsabilidad diciendo que se trata de una influencia inconsciente. Él puede seleccionar las cualidades que permitirá que de él irradien. Las intenciones de nuestro corazón, aún nuestro pensamiento será, es, lo que nos condenará, es lo que nos condena en vida, de ahí el sufrimiento de la mente que cada día cobra mayor importancia, incluso le ponen nombre de stress, o depresión, sin embargo no nos llevan al médico de las palabras, al de las ideas que se ciñen en nuestra percepción, en nuestro sentido, produciendo sentimientos. Nuestras palabras, las ideas y los conceptos que rellenan nuestro cacumen nos condenarán, sí y todas nuestras obras y nuestros pensamientos sobre todo también lo harán. ¿Y quién custodia eso?
El que abriga malos pensamientos –y ahora me refiero a uno de los grupos que de verdad azotan la sociedad, los pederastas- a veces se siente seguro, con la convicción absoluta de que estos pensamientos son desconocidos a otros, igualmente que los hechos secretos, no son discernibles. Y es que todos los hechos que conciernen a la mente configuran las acciones: no es un loco, decía el otro día un psiquiatra hablando del alemán que había tenido encerrada a su hija dieciocho años, claro que no lo es, sabía perfectamente lo que estaba haciendo, pero su mente criada a base de ideas perversas y justificaciones lo permitía. El homicidio es un acto de agresión, pero la ira es una acción de la mente, de modo que la falta puede haber sido precursora del homicidio, pero si los pensamientos de un individuo no llegan a ser furiosos ni violentos, es improbable que éste le arrebate a otro la vida, de nos ser que sea expuesto a una situación límite, al menos es lo que yo creo. A base de mirar y desear lo que no es de uno acaba por generar así mismo sentimientos, ambicionando lo que no nos corresponde por naturaleza, lo más seguro es que acabemos por cometer las mayores barbaridades y quedarnos como si tal cosa, eso es lo que hacía, lo que hacen los caníbales de la sociedad. El marido de Lupe justifica como cosa normal engañarla con otras mujeres, no recuerda el respeto a la persona ni recuerda el día que pactó con ella cumplir una serie de convenios; su marido la engaña sistemáticamente –autojustificándose- sin darse cuenta de que algo le está fallando pero le falla a él mismo porque él es el que desvía sus acciones hacia otro lugar que no estaba pactado, ha alimentado esas ideas desde hace mucho tiempo y por ello lo hace de forma natural, impensable de realizar  seguramente el día en que se enamoró de ella. Cuando Lupe le ha abandonado, este hombre que de alguna manera estará apechugando a estas horas, no entiende los por qués del abandono de aquella santa que le aguantó todo y más. De modo que al nacer el pensamiento que provoca la reacción en cadena genera toda una sarta  de barbaridades en uno o en otro sentido, así me explico yo la envidia defecto que por ahora no he sufrido nunca pero que existe y mucho y también hace mucho daño, nos vuelve mezquinos. El marido de Lupe la tiene amenazada, tiene una orden de alejamiento que en algunas ocasiones no cumple. Si se siembra el pensamiento y luego se desarrolla en lujuria, casi es seguro que finalmente producirá la cosecha completa de un acto vil, de algo que no conocíamos de cerca pero que después de albergarse en la mente pasa a la acción arrasando como algo natural, intrínseco al ser.
Generalmente se considera el asesinato como homicidio premeditado, y ciertamente ningún acto de esta naturaleza jamás se llevó a efecto sin que el pensamiento haya antecedido el hecho. Nadie ha robado un banco sino hasta después de que le dado un tiento, ha proyectado el asalto y considerado la fuga. Asimismo, el adulterio no es el resultado de un solo pensamiento, la mente puede hacer en uso días que esto sea algo normal y corriente, también la mentira, el engaño. Creo que la deterioración mental antecede, domina la mente del “ofensor” ha estado cursando una retahíla de pensamientos antes de cometer los hechos. En efecto, cual es el pensamiento del hombre en su corazón, así obra. Si pienso en ello el tiempo suficiente, si dejo a las ideas que se asiente así obraré, probablemente se instalen y me dominen, he conocido algún suicida –quiero decir que a alguno que cumplió lo que pensó- y comenzaron así. De manera que la ocasión para protegerse contra la calamidad es cuando el pensamiento apenas empieza a tomar forma destruyendo parte de una semilla que en su momento había sido patricia, destruyendo la idea, dominándola. En Japón aprendí a batallar contra las ideas, meditando. Solo el hombre, de todas las criaturas sobre la tierra, puede alterar su manera de pensar y convertirse en el arquitecto de su destino. He escuchado decir a algún purista del arte plástico que jamás se permitiría contemplar un dibujo o pintura inferior, ni hacer cosa alguna baja o desmoralizadora, no fuere que la familiaridad con aquello le mancillara su propia idea y luego se la comunicara a su pincel, éste como ejecutor de la escuela en cierto modo desprevenida  del pensamiento. Yo procuro no leer literatura basura. Se siembra un pensamiento, se cosecha un acto. Se siembra un acto, se cosecha un hábito, se siembra un hábito se cosecha un carácter, se siembra un carácter se cosecha el destino, nuestra vida, dirigimos nuestra existencia más personal, la del estado de la mente que es la que –si nos descuidamos- domina a la persona. Porca miseria, homus hominis.
Del libro de Rosa Amor  Sin pies ni cabeza de 2009, Isidora Ediciones.
 

miércoles, 27 de septiembre de 2017

El efecto de Morgana (de soledades sin igual)



Resultado de imagen de mujer independienteEn el último episodio habíamos dicho que: No somos nada parecidos en nuestra vida y en cómo la vivimos, porque cada quién tiene la suya y por esa vida tiene que luchar y de esa vida se convertirá en un resultado o efecto. Bueno, no sé, es posible que podamos ser iguales en cuanto al hecho de sentir celos; sí, eso sí, puede que en las emociones la tendencia a la generalización sea enorme como seres humanos, pero nunca iguales a la hora de resolver ese tipo de conflictos, donde a Morgana le daba realmente igual. Morgana había preferido la maternidad en solitario antes que aguantar los ultrajes de un absurdo. Se divorció muy pronto, un divorcio eterno y para siempre de los de «no quiero volver a verte en mi vida, ni mis hijos ni yo queremos nada de ti jamás». Es decir, un adiós de los de verdad, no de los de me das la pasta y yo te manipulo. ¡Que alegrón! ¡Con lo que le cundía a Ella el tiempo y lo poco que ensuciaba la casa! Sería la gran gozada, volver a estar sola, aunque esa soledad tantas veces buscada te propine serios y eternos mordiscos. En fin, los celos eran otra de las grandes mentiras de la humanidad, la huida de uno mismo hacia un mundo abstracto y raro, cuando en realidad puede que estemos bastante más por encima de estas circunstancias; como los niños, ellos sí que manejan bien los abstractos y les va muy bien, mejor que a los adultos. 
 En esto de los celos, lo peor es asumir la mediocridad de los otros, se puede ser desgraciado, perdedor, ¡eso sí! Detrás de un perdedor siempre hay una historia, pero ser mediocre... ¡eso sí que es lamentable! Sobre todo porque llevan de la mano cuestiones como la mentira, el engaño, la falta de lealtad; en suma, el desajuste entre diferentes fuerzas y niveles, humano y espiritual, la no-coincidencia, el porque no, o simplemente el encontronazo de diversos planos éticos que tropiezan, y eso sí que es arduo, peligroso, lo más grave que a uno le puede pasar, porque en ese punto ya no existe el retorno.
"El héroe sale de casa en busca de aventuras" canon literario de tantas y tantas materias novelescas, se había repetido Morgana miles de veces; además hoy era de esos días de mal humor, en que no hay iguales, en que se sentía incomprendida lejos de la realidad del mundo que la rodeaba y sobre todo de los testigos presenciales del mundo que eran las personas que..., en fin. Eso es un trozo de soledad, saber que importas un bledo y que lo que haces importa bledo y medio; ni búsqueda de los iguales ni nada, porque «nadie es igual que tú», y menos cuando se es personaje y protagonista. De ahí la tendencia equivocada de muchos a buscar alter egos a mansalva, y a volverse sectarios, pero reconfortados, en sus quehaceres cotidianos o en sus creencias más profundas. No, la hermandad de almas es otra cosa. (Ahora viene a mi recuerdo un entierro y Carrión y muchos más, así que no estoy tan sola, pero es sólo un entierro o lo que es igual, una representación.)
Morgana, para quien hoy será un día crucial en su vida, había aprendido a amar todo aquello que en principio no amamos, pero que a fuerza de entrenar, de trabajar, terminamos por dominar hasta pasar con gran donosura a esa fase en que no podemos vivir sin ello. La vida es eso, un aprehender y aprender, estudiar y trabajar aquellas cosas que nos cuestan la misma vida, porque, en principio, el esfuerzo para hacerlas o conseguirlas supera muchas veces la razón. De ahí que Morgana se situara en la vida en una posición de élite, ese momento que pertenece a los que se han sobrepasado en su esfuerzo y brillan de autoconformidad; una situación clásica, mítica donde todos parecen opinar: ¡tiene mucha suerte! Pero, en realidad, lo que son no es más que el fruto de un enorme esfuerzo personal, el famoso trabajo propio o "curro personal" como he escuchado alguna vez. ¡Qué palabra más fea: curro! ¿Habrá quien tenga de nombre de pila comme ça?
Patrick también se parecía en esto a Morgana, pero superaba aun estas peculiaridades, era un elegido. Con todo, se reconocerían perfectamente en el momento en que se conocieran: las fuerzas paralelas tienden a la identificación, a la aproximación, dando paso a un confuso hermanamiento verdadero que surgiría con el tiempo. El esfuerzo sin medida es el que nos gratifica en lo inefable, en la búsqueda personal de un camino probablemente inexistente, porque el tal es el que nosotros nos creamos como resultado. En parte era como el amor. El éxito en semejante empresa desde luego que no viene dado por la casualidad; en general, las parejas que normalmente "llegan a algo" lo consiguen por el trabajo y nada más, por curtirse día a día y pensar que al final merece la pena; es como el tesón en el estudio de una carrera que no tiene fin. En esas parejas que todos vemos cuando son mayores y en las que fluye la armonía es por eso, porque un día decidieron amar la biblioteca, el esfuerzo, la paciencia, algo en principio odioso y solitario, pero que, con el tiempo, da sus frutos. Soledad engañosa para algunos.
 En los bares (y a qué viene esto) siempre sentimos que algo o alguien puede cambiar nuestra vida, y en verdad es así, muchos por desgracia cambian su vida por nada, por un soplo superfluo ausente de certeza y muy próximo a la ensoñación. ¡Hay que ir mucho a los bares! Sin embargo, Morgana no había ido nunca, pero una de las pocas veces que lo hizo conoció a Patrick. Un punto (el de los bares digo) donde es difícil mantenerse porque está muy cerca de lo ingenioso, de la fábula. Así que más vale enamorarse de todo aquello que te devuelve algo consistente más que hacerlo de lo superfluo, (esto lo digo yo, Morgana), la diferencia estriba sin duda en el esfuerzo y ese es el que a uno le hace elitista. Recordaré otra vez (a lo mejor lo he repetido en otra vida) que Morgana odia los bares. ¡Menos mal, si no, qué desgracia! Morgana siempre amaba aquello que era o que pudiese ser propiedad de unos pocos; era una elitista del arte y seguramente lo era de la vida también….
(continuará)

lunes, 4 de septiembre de 2017

La muerte como parte de la vida




Si hablamos de esta extraña compañera que es la soledad, es porque mas vale acostumbrarse a ella, yo prefiero hacerlo, aunque siempre hay quien me dice que no es bueno que pase tanto tiempo sola. No lo sé. La muerte es una parte del vivir, quizás las más fundamental, es allí donde desembocarán los acontecimientos de todo nuestro existir. Sabemos que en el transcurso de nuestra vida ese acontecimiento nos llegará a todos; la única incertidumbre es el momento en que se presentará, por ello el ser humano lucha, pero sabemos que es una lucha inútil. ¿Por qué no dejar que la vida y la muerte fluyan de la manera natural con la que están concebidas? ¿Por qué no aceptar la muerte cuando ésta se presenta? ¿Por qué se pretende evitar lo que es inevitable?. Ahí es cuando comienza el problema, cuando vemos que la muerte está cerca y no sabemos si hemos hecho todo lo que queríamos hacer. En esto cada uno ya ha previsto su obra, su vida y su partida, así se podría creer. ¿Por qué no aceptar las cosas como son? Por que el ser humano no quiere sufrir y se agarra como a un clavo ardiendo a conceptos e ideas que le puedan liberar de lo que le viene. Es verdad que queda mucho por hacer, quizás muchas margaritas que deshojar, quién sabe. La lucha del hombre es la de vencer el poder de la divinidad, superarle. Ahora, cuando esperamos a que la muerte llegue no queremos ver lo evidente y vemos cómo algo no sale tal y como habíamos previsto. Por eso queremos invalidar el momento del sufrimiento o de la espera a la muerte final. Al ser el hombre completamente imprevisible se vuelven de igual manera imprevisibles las razones o elementos que le llevarán a esa muerte física. Las enfermedades como lo síntomas, como las maneras de morir se desarrollarán para cada persona de diferente manera. Por ello la medicina es imprevisible porque el hombre no es una máquina ni los tratamientos o curas funcionarán igual para todas las personas. La medicina es imprevisible, sus consecuencias también lo son. Eso es, tememos la enfermedad, tememos la vejez, tememos cualquier cosa que no podamos superar porque será irreversible, por mucho que la ciencia se empeñe en demostrar lo contrario.
Supongamos que el sufrimiento está sobre todo en la mente, en el cerebro, porque –por ejemplo- cuando ingerimos inhibidores del dolor, vemos cómo éste desaparece, luego entonces ¿dónde está ese dolor? Es decir ¿por qué no lo sentimos o por qué sí? Por que nuestra mente lo procesa de manera única. ¿Y qué sucede con ello? Sentimos dolor, porque somos conscientes de ello, si el cerebro nos da esa información como tal. Puestos a superar las fuerzas de la divinidad y apoyar la idea de que el hombre lo domina todo y de que está por encima de divinidades, ese es el último gancho donde el hombre se quiere anclar para poder explicar su partida del mundo terrenal. ¿No sería mejor intentar ensayos con mejores inhibidores de manera que la persona no sienta ese sufrimiento? Si alguien estuviera –digamos sin cerebro, descerebrado- sin percepción real de su cuerpo entonces no sentiría el sufrimiento que es justamente el que le lleva a querer terminar con su existencia, podría querer cambiar de idea, si en un mundo ficticio pudiéramos encontrar –incluso en los últimos meses de una enfermedad- algo que hiciera que no percibiéramos el dolor, ¿por qué no intentarlo y vivir hasta el final del todo? Por qué querer eliminar esos días sagrados que nos podrían dar nuestras últimas voluntades o nuestras últimas exigencias de la vida? ¿por qué querer terminarla antes, ¿por qué hay dolor? Pues que no lo haya.
Si alguien nos garantizase que no vamos a sufrir, que no vamos a tener ningún dolor porque existe una “medicina” que sin tener efectos secundarios nos evade del sufrimiento, quizás aceptaríamos esos días de más que la Naturaleza nos brinda, sin que precipitemos nuestra partida dejando por lo tanto en ese momento cosas sin terminar, cosa que son fundamentales para una vida, una carta, una última conversación, un último paseo, una última contemplación de lo que queremos...¿Quién precipita su partida?
En todas las encuestas leemos que el tanto por ciento de la población apoya la eutanasia en casos en que la enfermedad sea incurable. Solo con no sufrir nos vale, así es de sencillo. Poder vivir los últimos días de nuestra vida, de estas vidas tan longevas con paz y armonía. Por qué no luchar por eso. Cuando el ser humano se encuentra en el umbral del adiós comprendemos que nunca es tarde para poder cumplir nuestras voluntades, dejar una herencia, la gestión de un patrimonio, un legado intelectual, unas memorias...todo puede suceder en tan solo una semana más de vida cuando el hombre es consciente de que ya se va a marchar y se acepta. ¿No sería mejor en esta ficción desear que podamos esperar la muerte sin sufrir, sin necesidad de adelantar el proceso? Analizaremos algunos casos.
Si la persona no es propietaria de su mente que es donde se regulan todas las sensaciones, la memoria de la persona, los sentidos...si llegamos a ese punto o si simplemente por un error o azar de la vida venimos a este mundo sin ese dominio, -véase el caso de tantos niños que no dominan su cerebro, osea que son minusválidos inocentes- qué quiere decir esto? ¿quién ejecutará sobre esa persona sus voluntades? ¿qué persona puede decidir enviar a la muerte a un niño que no dominando su persona llega por ejemplo a los 30, por qué llegar a los 30 y no aniquilarle de antemano. Por esa regla, toda persona que no es como previsiblemente se ha preparado para que sea deberá salir de este mundo lo más rápido posible. ¿Por qué? Porque está fuera de la norma y además tiene una enfermedad que es incurable. Por lo tanto cualquier persona podrá decidir por ella. Los padres sobre el niño, los hijos sobre el padre que sufre de Althzeimer, el esposo sobre la esposa demenciada a temprana edad. ¡Qué terrible! No es potestad del hombre gestionar la vida de estas personas, no lo es, no lo puede ser. Si han venido así al mundo, si están en el mundo así por no se qué razones, ¿quién es capaz de decidir si deben continuar viviendo o no? Eso no puede ser. No nos concierne ni a los familiares ni mucho menos a los médicos. Lo que hoy nos parece un espanto, a veces, con el tiempo deja de serlo, convirtiéndose en un hábito, en otra cosa. ¿Qué persona no ha pasado, insisto, o no pasará por momentos en su casa o en un hospital verdaderamente demoníacos? Muchos han pasado por ello y como digo lo han pasado.
¿Dónde está la verdadera frontera de la vida con enfermedad incurable y la muerte cuando son muchos los que –sin haber tenido dolor o enfermedad- deciden y firman que querrán morir al asomo de cualquier síntoma, en un mundo de superhombres en el que no les está permitido sufrir?. Claro que no, evidentemente nadie quiere sufrir y las fronteras en este sentido no están ni estarán claras. De ahí el temor a poder profesionalizar un deseo –muchas veces provocado por la inconsciencia de la vida, del dolor, de la depresión producida por ese estado- que en la mayoría de las ocasiones no sería tal. Los profesionales de la medicina –entrenados a preservar el dolor y la enfermedad- son ahora los responsables y los capacitados para decidir sobre quién continúa viviendo y quién no. La muerte cerebral es, hoy en día, la causa más definitiva que tenemos en la sociedad para poder justificar y de esa manera convocar una muerte adelantada. Si no hay cerebro, no hay vida, eso es lo que pensamos., supongo que no sin razón. A veces relacionamos el cerebro con lo que consideramos el alma de la persona o algo así, reconocemos en la inteligencia su espiritualidad.
Las personas que nacen o que al poco de nacer se quedan en ese estado ¿qué se tiene que hacer en esta sociedad que solo demanda perfección? Es una enfermedad incurable. Siguiendo el orden de preferencia de la sociedad, estos seres no podrían ser felices, no pueden controlar su vida, no tienen independencia para dirigir sus pasos, no hay autonomía, no saben por donde van ni hacia dónde tienen que ir, no controlan su mente, sus acciones. ¿Es esto una vida digna se preguntarán algunos? ¿Por qué razón, por ejemplo, un niño tiene que estar condenado al  suplicio de vivir una vida distinta a la de los otros? Tiene que haber un adulto que decida por él o ella en cada momento, que le guíe, que le enseñe...todos son personas vulnerables, ausentes por completo de libertad de elección de sus acciones. Para otros son ángeles que viven a expensas de la realidad. Como el enfermo de Althzeimer vuelven a un estado de inocencia completo que no les permite ni el privilegio de pecar. Una criatura en ese estado, es un  inocente y por tanto es un hijo de Dios para el creyente, un hijo que está en un estado de gracia especial. En general son seres especiales que quizás no tengan que pasar por el suplicio que supone la vida para el ser humano en general. No lo sé. Son seres especiales en una mirada espiritual, pero la mirada social no es la misma, nunca será la misma. Son seres que no son productivos (hablo como portavoz de la sociedad) que necesitan estar asistidos, esa es la palabra, “asistencia”, y para la sociedad todo aquel que deba estar asistido se convierte en alguien que es una carga para el Estado. Cuando perdemos la memoria, lo perdemos todo, sonreímos cuando nadie nos sonríe, no respondemos a ningún estímulo...es como perder el alma y con ello la persona, de repente, todo deja de tener su sentido, incluso esto que ahora escribo. A pesar de todo, si no puedo acordarme de cómo era la sonrisa de mi madre, si no reconozco a mi hijo  o si no se quién soy yo, creo que no querría vivir. 
Lo que sé es que la muerte es igual en todos los lugares.




martes, 25 de julio de 2017

El personaje comienza a andar de la mano de su creador



En la ventana las gotas de lluvia fingen llanto del prematuro rostro frío de este otoño.
La soledad se puebla de fantasmas de papel y de paja, de retratos de nadie, de láminas metálicas, de páginas desnudas donde nada está escrito.

La imaginación entendida como un derecho a la pertenencia de una realidad concreta, en el fondo no es más que una pérdida de sí mismo, es una pérdida sobre todo de la infancia y de la capacidad de fantasear en diversos planos de un mismo escenario. Morgana era, podríamos decir la frase, una infantil «de tres pares de bigotes», pero se había hecho a sí misma adulta por una necesidad sobre todo social; uno tiene que ser adulto y hacer lo que hacen todos los de esta calaña, aunque no le gustara tener que beber alcoholes para realizar las locuras más grandes de su vida, pues en esto como digo, tenia la suerte de ser, de poder actuar como los niños que no paran de hacerlas (las locuras me refiero) y sólo beben leche.
Todos los días la misma payasada, música de americanos, muy poco o nada sublime, con escaparates horteras y miradas del inconsciente involuntario que susurran lo más despreciable. Nino Bravo sigue martilleando canciones llenas de emotividad, de esa emoción que te repatea las tripas, sobre todo por que no sabes bien de dónde viene (otra vez con la búsqueda de un origen), igual que si tuviéramos un Fidel Castrito dentro del cuerpo, igual que los cubanos, al tiempo uno se encuentra desubicado fuera y dentro de la isla. Nada que hacer, nada que vender y nada de que hablar con nadie. Otra vez el vacío de la estupidez, aunque probablemente no sea vacío, sino simplemente aburrimiento. Hacía mucho tiempo que Morgana no se aburría, casi desde que era pequeña donde todo le parecía tedio y disparate, y las horas pasaban muy despacio, los veranos también eran muy largos, después ya dejan de serlo, bien es cierto que esto duró hasta que aprendió a sacar partido a lo que le parecía tedio. La vida casi que es así para gran parte de los occidentales, europeos por fijarnos una especie cercana, un puro tedio; es como las bibliotecas, los conciertos, las óperas, la oración, o quizás el amor, en realidad no hay nada divertido en nada de ello, no hay nada cachondo, al menos en principio. Después, todo lo hacemos cambiante, porque uno reconoce que en las bibliotecas se aprende a amar el silencio, la investigación, el amor por la música, el encontrar libros inéditos que nadie ha mirado casi nunca mientras tú los tienes en tus manos, puede que por primera vez sólo para ti. Morgana aprendió con el trabajo y el estudio que tener un manuscrito del  siglo XVIII en sus manos era un privilegio, una bendición de los cielos; no sólo tenerlo y olerlo, sino poderlo leer e interpretarlo... Principios duros y asquerosos hasta crear la cotidianeidad habitual que supone estar en una biblioteca... Al fin y al cabo, ese hecho a la inmensidad de la población le parecían paparruchas, ese es uno de los principios del aislamiento social, la consciencia de saber que al resto de nuestro semejantes le importa un bledo lo que hacemos.
Una vez asimilado eso, y habiéndonos hecho un personaje rarito, hay que seguir, aunque no sin olvidar que algunos, una vez alcanzado ese nivel de autorreconocimiento en cuanto a extravagancia y excentricidad, se hacen sectarios al buscar a otros que hacen lo mismo que ellos, pero no por eso dejan de estar solos, simplemente comparten aficiones, o creencias. La verdadera hermandad de almas es otra cosa. En fin.
Para Morgana, en general, todo quedaba para sus adentros, como la mayoría de las cosas, de las emociones... era difícil poder compartirlas y mucho más difícil aún poder llegar a sentir que alguien en esto o aquello siente como tú. A veces —como en esto era medio tonta—, se le saltaban las lágrimas de pensar que era un ser privilegiado en cuanto a su género se refiere, pues Ella había sido una estudiosa de la  historiología de la mujer y conocía muy bien cuán restringido había estado el conocimiento desde siempre y aún hoy para las mujeres el acceso a la educación. Por eso agradecía mucho a la vida vivir en los años en los que le había tocado vivir y agradecía (repito el verbo) mucho a su padre el esfuerzo que hizo para que ella sí que gozara de los enormes beneplácitos de los libros. "Los conocimientos que te otorgarán los libros jamás te abandonarán, y nunca te sentirás sola", le decía siempre papá, ese loco al que adoraba. Hoy los de los países desarrollados no conocemos el significado de la gratitud.
La búsqueda de los iguales le había llevado a Morgana a pensar mucho en su vida (una acción socialmente desterrada) y por lo general aplicaba la misma premisa para todo: si todos los seres humanos somos muy parecidos o iguales ¿cómo es que no me siento entendida por nadie? Esta era una condición, en principio buena, de desgraciada universal, fundamental para ser personaje inmortal, pero no sé si el acoso personal finalmente tendrá resultados felices en este sentido. ¿Acaso eso se reserva para el mundo de la imaginación o sólo se traduce en los hechos prácticos, en los conceptos más básicos? Sí, somos muy parecidos, pero quizá sólo a grosso modo; es decir, en lo más animal, somos muy parecidos; al adentrarnos en una lengua distinta de un país distinto por ejemplo, donde a cada quién le lleva su primer año de adaptación o así, pero quizás no somos tan parecidos en elegir nuestras lecturas preferidas, o en mascar ensalada con la boca abierta. No somos nada parecidos en nuestra vida y en cómo la vivimos, porque cada quién tiene la suya y por esa vida tiene que luchar y de esa vida se convertirá en un resultado o efecto.

viernes, 14 de julio de 2017

EL PERSONAJE Y SU RESULTADO SE PLANTEA LOS CONCURSOS



Ya es hora de que suceda la rebelión de los personajes hacia la verdadera eternidad, y yo, Morgana, voy a ser su abanderada. Novel, novel, pero ¿qué es eso? Escritor novel, escritor fresco o escritor despreciable; aunque luego te mueras y tus tempranas obras noveles se conviertan en parangón de la literatura universal. En fin, ahora soy novel, aunque lo que sienta en mi interior corresponda a una mentalidad de 80 años. Eso es, soy en cierto modo un poco infantil, como ya se verá, y tengo por otro lado mucho de anciana; solo que tengo la suerte de que no se me nota, ¡a mis cincuenta y pico! Los alumnos de mis aburridas clases nunca aciertan en esto tampoco, digo en lo de la edad; y no es que me importe, en realidad, no me importa, les importa a los del contexto social, que son los que están de continuo con esas mandangas. Ser joven y ser viejo al mismo tiempo, viene a ser lo mismo que ser un resultado. Si lo prefieren, podemos emplear otros sinónimos, ser: efecto, secuela, desenlace, conclusión, producto, consecuencia, fruto... Todo eso, uno es todo eso: el fruto, el resultado de su vida. Con esa responsabilidad carga, y con semejante peso tiene que entendérselas cada día, cada persona en este devenir caótico de horas, días y años que uno tiene que aguantar. Como soy un resultado decido y quiero intervenir en sus elementos. Gracias y sigo.
Me he decidido a llevar mi resultado, y por tanto a mí misma, a un lugar en el que no creo; es decir, llevo mi escrito de personaje, o novela, a un certamen de esos donde eligen al mejor en función de no se sabe qué criterios, aun a sabiendas de que no hay que ganar ni debe hacerse. Pero es que aún nadie ha podido percibir que en verdad pocos son los que inventan, que en su mayoría todos repiten conceptos, ajustándose a patrones de moda. Y que nadie se llame a engaño, que los artistas de hoy redundan conceptos o escandalizan con chapuzas que provienen de una ausencia enorme de formación: el desconocimiento de la realidad, el no tener una buena técnica nos lleva hacia la investigación contemporánea de la arcada moderna (por decir algo). Ese es el nacimiento de gran parte del arte contemporáneo, entendiendo éste, claro está, con algunas honrosas excepciones,  pues en esto es muy fácil apalancarse al carro de una supuesta modernidad cuando se desconoce la tradición básica que nos proporciona el camino de la verdadera investigación. ¿De dónde parte el escritor? ¿Es el desierto su partida? Los artistas, hoy, son los grandes cenutrios de la ignorancia. Por esa razón, declaro mi espacio, Yo, que soy un personaje que ha inspirado a un novelista mediocre que quiere hacer de mí un pelele — y apenas si tiene la mitad de los conocimientos que tengo yo, conseguidos a lo largo de mi vidaun escritorcillo que ni siquiera conoce mi pasado como yo, y mucho menos mi presente, y que, encima, quiere beber de mí, tomarme como influencia, como inspiración, como un arquetipo, quizás con la intención de convertirme en otra cosa, quizás en algo que no soy. ¡Qué pánico! Eso es lo que hacen los seres humanos, convertirse unos a otros en algo que no son. ¡Se acabó! Ahora soy Yo quien de verdad toma las riendas de la Historia y se van a enterar. Soy Morgana Méndez y lo voy a ser para siempre, construyendo mi realidad para que pueda vivir la esencia de mi yo, demostrando a este escritorzuelo de poca monta, quien pretenciosamente pretende inspirarse en mí, que Yo le escribo la novela y que, además, le canto las cuarenta a ese Javier Marías a quien le parece mal que me presente a un concurso. ¡Ja! ¡Y qué quiere que haga su excelencia! Le advierto que he recogido el guante y aquí estoy, dispuesta a enfrentarme a cuantos se pongan en mi camino, para reivindicar lo que será una declaración de derechos del personaje, desde luego, de mi propio mundo.
Recuerdo que en un artículo de los suyos, uno llamado La literatura como jabón y lavado, al señor le parece mal esto de los galardones literarios, pues nada tienen que ver con la literatura, y desde luego estoy de acuerdo. ¿Pero qué podemos hacer los desechos de la literatura que queremos hacernos un hueco en el cementerio del tres más dos? Naturalmente que nunca gana quien lo merece, y que la mayoría de las veces en esto de los concursos los finalistas son más bien merecedores de un castigo que de otra cosa, o que están amañados, pero me gustaría que me dijera el señor Marías: ¿qué hago yo, siendo un personaje con novela en mano, completamente desconocida e invisible para los demás? ¿Le mando a su casa mi novela con un guante para que la lea? Pues a lo mejor eso es lo que tenía que hacer y no presentarme a estos desatinados concursos que en nada estimulan a los verdaderos creadores nada más que a tirarse por un puente o a enemistarse de por vida con toda la caterva de inútiles que pululan por nuestro país. En cuanto a lo de las cifras que se dan en los premios, debería usted alegrarse, hombre de Dios, que ya es hora que empiecen a pagar de verdad a los que escriben, ¡hombre! Aunque sea literatura de tercera y ganen premios y concursos. También se presentaron a concursos Modigliani, Picasso..., muchos artistas lo han hecho con mejor o peor suerte. Los que convocan estos certámenes dicen que es para estimular a los creadores... ¡Habrá que ver!
De cualquier modo, estará usted conmigo en que ya está bien, que los catedráticos vayan a conferencias por cincuenta mil pesetas, o que vayan a congresos por nada, porque te invitan y te pagan el hotel o la cena..., mientras que los del fútbol... El ser filósofo, o filólogo o historiador, en definitiva un escritor serio en nuestros días es morirse de asco, pero si hay entidades que pagan, por qué no entrar en esa rueda, a fin de cuentas el dinero ha llamado a la creación a miles de autores que ahora no le voy a mencionar, porque seguro que usted los conoce mejor que yo, que soy una absurda. En fin, don Javier Marías, le admiro, pero también dice usted cada chorrada de no te menees compadre; bueno, ¿que qué me creo? Ya nos veremos las caras, ahora a todos los escritores conocidos y que son ya académicos les encanta meterse en líos dialectales, para llamar la atención y crear polémica...estar ahí. Como los dioses. ¿Qué me creo? ¿Acaso los personajes no somos dioses, no somos un cosmos a lo largo de la Historia de la literatura, creando vida para vosotros lectores, para vosotros estudiantes o para vosotros eruditos? ¿Por qué no puedo reivindicar esa posibilidad, sí, la de querer un estado aparte?
Y es que es una eterna verdad que cuando un personaje nace o se le transcribe desde su mundo supuestamente ficticio, ya no se quiere ir; por eso mismo nacen los arquetipos, los tipos o las conocidas caracterizaciones de los personajes que no son otra cosa que variantes de una misma personalidad. Algunos incluso han conseguido tener auténticos caracteres, verdaderos tipos, verdaderos mundos que todos llegamos a conocer y que se repiten en los escritos, en novelas y dramas, como verdaderos dioses con sus verdaderos mundos. ¿Quién no reconoce a los donjuanes, a los pícaros, a las adúlteras, por poner leves y primarios ejemplos de esta construcción de mundos y caracteres paralelos a la supuesta realidad en la que vivimos? Si uno es un donjuán, me pregunto: ¿a qué mundo nos referimos al mencionarle así? ¿Al de mi vecino? ¿No pertenece a un supuesto mundo de ficción o literario? Pues no, porque en realidad no se sabe con exactitud cuál es la procedencia, si de la realidad vamos a la ficción o viceversa. Si de la realidad vamos a la ficción, entonces cualquier mundo ficticio existe, y en verdad no conozco a ningún personaje supuestamente literario que no exista en la realidad, pues ésta generalmente supera con creces la invención. (Cuidadito, que no me lío.)

miércoles, 28 de junio de 2017

Yo, personaje



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(sigo desde el otro día) Por otra parte, quiero ponerles en antecedentes de algunas pequeñas cosas a la hora de enfrentarse a mis textos; es que también yo, como personaje y profesional de la lengua, desde luego no escribo como Vargas Llosa, por poner un ejemplo, pero tengo mi corazoncito. (Ahora ya se me ve más cercana). No tengo ese dominio de los tiempos verbales, que cambia cuando le da la gana con una donosura espacial, con los que el lector se va transportando casi en avioneta, como en La ciudad y los perros, no. A diferencia de la del peruano, tienen que aguantar una prosa enormemente conceptista, aspirante a gongorina, inaguantable, cargada de conceptos, con frases a medio desarrollar en su idea equivocada de intentar confeccionar oraciones perfectamente construidas     —pero sin lograrlo que es peor—, porque yo, Laura, me he hecho realidad desde el punto de mi pasado y soy humana como ya se verá. Escribo desde mi humanidad y como tal, plena de defectos por corregir, cargada de elementos por aprender, ansiosa de recibir sus consejos y satisfecha por mi valentía, taciturna pero sincera, al atreverme a desvelar algunas verdades que todos conocemos, pero que en absoluto nos lanzamos a compartir o más bien a autoafirmar.
Así pues, desde mi realidad de recién llegada doy al lector —porque no tengo de momento otra cosa— una prosa soporífera, poco suelta, sustantivada, ausente del verbo, gustosa de romper las estructuras gramaticales y, en resumen, asquerosa, que vuelve loco a cualquier lector. Y he de advertir, como cosa importante antes de soportar cualquier tostón recíproco de lector-emisor, que desde luego esta novela la escribo desde dos puntos de vista, uno que es el de la primera persona, estilo que será utilizado cuando hablo para mí —como en las composiciones para teatro en las que el autor dice del personaje en las acotaciones: (hablando para sí); pues igual—. Aquí el lector creerá que aquello que lee es una redacción prácticamente biográfica, estará relajado como ahora y pensará que todo es normal, que es justo lo que hay que pensar, que todo es normal, que nada se rompe. ¡Muy bien!, ¡muy bien, hija mía!, dirá, Es como un diario. De otro lado cuando hablo de los sucesos o de las emociones que quiero ver desde fuera entonces hablaré de Ella, en lo que será un estilo muy parecido al del escritor omnisciente, aquel que estará fuera, está ahí sin estarlo; se describirán las acciones, los sucesos desde la mirada del espectador, como si se encontrara ante una composición de teatro. ¿Acaso el lector nunca ha hablado de sí mismo como de Él? Pues debería hacerlo porque libera muchísimo la mente y aún más el espíritu, porque nos vemos desde fuera, podemos ver el Todo también desde la butaca, como si fuéramos nuestros propios espectadores... Este tipo de forma no le va a gustar nada a nadie porque se van a hacer un lío, y, lo peor, van a pensar que me lo he hecho yo. El lector (ese mal llamado «gran público») no querrá que alguien que habla en primera persona pase en otro capítulo a hablar de sí mismo como si de otro se tratase; no es agradable, despista y parece que el de la pluma no sabe lo que hace. Además, criaré descontentos entre las huestes —esas imaginarias mías—, con lo que se quedará herida una vez más mi dignidad y mi chulería innata, y ¡santas pascuas!, ¡lo haré!, escribiré esta historia, «trozos de vida» se llamaría más bien (para seguir molestando), a dos bandas, en primera persona y en tercera, con el redactor de por medio.
En fin que quede esto bien aclarado para que luego no se produzcan malentendidos, que si utiliza varios estilos, que si no está clara la voz narradora, etc. Nada, nada, pondré un ejemplo absurdo: primero, yo, que nunca me había sentido así, encontré divertida la escena que ante mí tenía (es el narrador en primera persona); segundo, Laura, (Ella, pero que soy yo) no sabía a ciencia cierta qué posibilidades iba a tener, si bien desconocía la verdad del suceso. Ya he hablado de mí, pero desde fuera, que está muy bien y ayuda al progreso espiritual de cada quién, así es que no me critiquen. Lo explico, aunque sé que nadie es tonto.
 Con todo, quiero que sepan que aquí estoy, pretendiendo ser un personaje único, revelador, independiente, original, alguien que se ha destapado frente a todos y que pretende desde su ficción escribir su novela. ¡Eso es imposible!, dirán. Como si fuera tan fácil que un personaje se revelara contra su creador ¿Cómo, qué yo lo he conseguido? Pues sí, mis dedos escriben y yo misma he matado a mi creador, alcanzando de este modo mi independencia. De tal modo es así que en lugar de ser otra cosa —una periodista o una mujer divorciada o un tío que se busca entre la crisis de los treinta, los cuarenta, los cincuenta y todas las crisis, que es donde viven los tíos—, pues no, yo, Laura Méndez, de cincuenta y pico años, de padre español, madre chilena, divorciada, con dos hijos y profesora de lengua y literatura, me ratifico en la esencia de ser lo que soy, un personaje que vive y que ha traspasado la frontera de la realidad, porque aquí la invención ha dado lugar a la existencia. 


Nada como inventar los hechos para que estos cobren realismo; pues eso, resulta que yo me he inventado a mí misma dando lugar a una existencia real. Ahora resulta que existo, que no pertenezco al mundo de lo onírico, ni a la frontera de los sueños borgianos: yo existo y reivindico ese derecho a existir como personaje, como un ente nuevo. Yo, Laura, quiero un estatuto, un economato, una república, quiero muchas cosas, porque acabo de crear un mundo nuevo que es el mundo existente, tangible de los personajes que existimos, esos que inspiran a los escritores realistas y naturalistas; algo inesperado y perplejo.

Lee y piensa: samaritano o fariseo ¿qué eres?

samaritanos, fariseos...

Los libros sagrados siempre me han interesado en grado extremo y es por ello que mis reflexiones sobre la vida alcanzan también a una de la...