viernes, 22 de junio de 2018

De visita en el kine


 La Moda, Hermosa Mujer, Mujer, Sombrero
 El otro día he comenzado a tener por prescripción médica una sesiones de kinesioterapia, yo, que nunca he creído en esas cosas y que nunca he querido hacer un hueco en mi ajetreada y absurda agenda para asistir a sesiones de semejante cosa. ¡Todos los horarios me vienen mal! A mi edad y con estos pelos cómo ponerse en manos de alguien. Bien, una vez convencida y agarrotada por todas las estructuras de mi maltrecho cuerpo, convencida digo de que no se puede vivir con las vértebras quebradas, las lumbares herniadas y la cabeza maltratada a dolor,  víctima de mi profesión de escritora, pues bien, convencida de mi misma también, me decidí a tener una entrevista con estos magos de la estructura ósea y fíbrica.
El día llegó y sinceramente no sabía muy bien cómo hacer ¡qué ponerse ante un evento así! ¿Hay que quedarse en bolas? No, por Dios, eso nunca, me moriría de la vergüenza. Yo ya estoy mayor para estos trotes. De jovencita me desnudaba delante de cualquiera sin conceder a semejante acción ninguna importancia, ahora no lo haría ni a tiros. Es que la inocencia me la han machacado y ahora ya soy madura. La inseguridad es algo que aunque las apariencias engañen surge en la vida en las temporadas de crisis, aunque seas Miss Mundo.
Pensé acudir y sorprender…¡pobre de mi!
-Bueno, entonces me pondré algo sencillito, cómodo, común…¡pero cómo va a manipular mis vertebrillas con esta camiseta con roto que llevo! No, lo mejor es llevar leotardos, no, pantalones elásticos…ufff ¿y si me huelen los pies? Yo no quiero quedarme en ropa interior….ahí va si tengo las piernas lobo plagadas de pelos, y además tengo bigote porque claro con tanto trabajo como tengo este mes, nada, no ha habido el tironcillo, me salen pelos también por las ingles, y tengo unas lechugillas en las axilas que para qué…no puedo ir a ese fisioterapeuta con estos pelos y estas pintas, a ver mírate en el espejo…¡Para qué lo has hecho hija! Tu piel está amarillenta porque el bronceado se ha marchado arrebatándote ese aspecto de piel sana que tienes los veranos que tomas el sol, pero ahora tu piel ya no lo está, no está sana, tienes la piel como enfermiza lo que no es de extrañar si tenemos en cuenta que estamos en invierno y te da muy poquito, pero que muy poquito el aire, ¡tanto trabajó pa poé comé! ¡queda media hora para la cita! A ver…sí, por fin, leotardos como normales, como si los llevara toda la vida y camiseta, eso…¿y si te dice que te quedes en ropa interior? Osssstrassss! (Con resolución.) ¡Pues me afeito las piernas y todo lugar donde haya pelos! Bueno, bueno, bueno, ahora me he hecho sangre ¡qué animal!, si es que claro estas cuchillas que venden ahora son criminales y no tengo tiempo de hacerme la cera y no puedo ir con estos pelos, ¡está claro!. Me he hecho sangre ¡vaya cisco! Pues alcohol, para cortar las hemorragias, alcohol aunque duela, cerrará las heridas. Si total…la vida está marcada por la elección del alcohol para curarnos, así estamos siempre…yo como adulta lo digo que se un huevo.
 Maldito el día, hija ¡qué mas da si llevas pelos!…¡No, no! Por favor con lo que has sido tu ¿cómo ponerte delante del kine veinte años después oliendo a cebollas malcriadas y como un oso? De ninguna manera. Si no me pide quitar los leotardos, estoy salvada, no se verá la sangre y los arañazos de la cuchilla pero habré hecho el idiota al depilarme para nada. El pelo, el pelo, tengo que lavarme el pelo, ese hombre estará cerca de mi y tengo que oler bien. Hace mucho que no hay nadie cerca de mi, ahora entiendo mi salvajismo y también mi felicidad.
Estas cosas cotidianas rompen con la mecánica en la que estamos sumergidos día a día. No sé si será eso o qué, lo cierto es que hace mucho tiempo que no me quedo en cueros delante de nadie porque hace mucho que no voy ni siquiera al ginecólogo, lugar de horror donde una pierde toda su dignidad. ¡Parece que lo consigo y aunque he hecho sangrar mis celulíticas piernas con el raspado de la cuchilla parece que el leotardo de lana negro absorbe bien las manchas de sangre, ¡menos mal! Por lo menos ya no tengo pelos, una cosa menos, quince minutos…
Aparco, entro en el centro de kinesioterapia donde no se sabe si los que están son deportistas venidos a menos, lisiados, abuelos, menopáusicas como yo, artrósicas como yo e histéricas (yo no).  Se acerca un chico, de aspecto joven, tipazo sensacional, pantalón marcando la frescura de los elementos, bonita sonrisa, ojos azules y cabello rubio, bueno rubito, por utilizar los diminutivos tan característicos de nuestra lengua, nosotros los españoles que hablamos el español tan duro como un camionero …tiene esa contradicción, de repente entre bordería y bordería, el diminutivo, pues bueno. El rubito, me pide que pase a una pequeña habitación amarilla con una camilla y un cuadro en blanco y negro con mariposas de color rojo. Puede usted quitarse la ropa. (Sale.) Horror! cuánta ropa, hasta dónde? …Ejem, mejor no pregunto nada y eso, que me quedo con los leotardos  y la camiseta.
Supongo que todo es una mala regulación de mi autoestima pero qué vamos a hacerle, de pronto, así es una, se ve cuarentona acabada escondiendo el michelín recogiendo el maltrato de estos últimos años de sedentarismo, de escritura inservible,  de enfermedad, de anulación deportiva incluso para verla por la tele, de la no ablución de agua, de no hacer el sport afición cuanto menos cansada que no estoy dispuesta a practicar bajo ningún concepto pero claro ahora, pasa factura y una se encuentra blanda, fláccida, michelinosa, arrugada, envejecida, anquilosada…un desastre en consecuencia. Te encuentras con un joven manipulador de grasas y articulaciones de esa talla y me arrepiento bastante de no haber movido un músculo en diez años nada más que para comer. Hoy en día como no hagas deporte y no ingieras cantidades monstruosas de agua, no eres nadie. Te desprecian hasta por la televisión. Sí señor. Por las mañanas en los programas especiales para crear el hipocondrismo en la sociedad, no paran de repetir lo cerda que una es, que eres por que no bebes mucha agua, porque te gustan las patatas fritas con mayonesa, porque te gustan los bocadillos de calamares, las cervezas,  los cigarrillos, la chistorra, los pimientos de Padrón, las bravas, la ensaladilla, las croquetas…en fin todo lo que no se debe hacer, porque te anula socialmente, te has quedado sin lugar en esa masa de gente sana, que por lo visto no se van a morir nunca y cuyos análisis de sangre son perfectos. La sociedad es sana, el mundo es sano, la tele también lo es, ¡hay que beber mucha agua! Estúpidas modelos alardean de vida sana cuando en realidad no comen…un mundo de sanos, de guapos, de eterna juventud: una sociedad de inmortalidad.
Así es de triste el asunto, cuando te han excluido tiránicamente y lo descubres esa mañana que tienes que desnudarte delante de alguien que ni siquiera es médico y explicarles tus dolencias de anciana precoz. Hay que tener buenos hábitos.
Una vez tumbada me encuentro en esta posición habitualmente anodina mirando al techo, ese techo delatador, extraño, aburrido. Cuando miramos el techo es que algo poco bueno está pasando. Es de paneles cuadrados con dibujos jaspeados de aspecto triste. El asomo de una gotera amarillenta nos recuerda que no  es oro lo que reluce, yo miro el techo y lo miro y lo miro. El mazas me pide delicadamente que le de una mano y comienza la manipulación articular, después la otra… no sé bien dónde mirar, reina el silencio ese que surge cuando no conoces a alguien, no sabes de qué hablar y por ello te crea cierta tensión, tirantez también muscular. Ahora me pide que me ponga boca abajo. Yo he analizado mis pies para ver si no llevo esta vez tomates tal y como es frecuente en mi despiste y porqué no decirlo en la conjunción estructural de mis uñas que rompen todos los calcetines, pantis y leotardos que colocarse uno puede. ¡Respiro!...no llevo tomates, no tienen pelotillas de la lana gastada y además creo que le puse desodorante por lo tanto no apestan. Últimamente soy un desecho humano, perdido el glamour de los treinta y tantos me hallo en la cuarentena buscando mi sitio y lugar en la vida, haciéndome un hueco a codazos entre las guapas cuando ya no lo soy, cuando ya lo mejor de mi será la inteligencia porque otra cosa…inteligencia si tenemos, eso si. Ahora creo como recurso del manotazo del que se ahoga, que me alegro de ser adulta y de la titulitis. Estoy boca abajo y creo que mi culo tampoco es el que era, cartuchera en ristre hago el cambio hacia arriba otra vez con una donosura atlética -diría yo- como la que lo hace a menudo en los gimnasios sin pensar él –o a lo mejor lo sabe- que no muevo un músculo nada más que para comer y escribir, acción que ya de por si me crea una rigidez de cuello espantosa.
El chico es de una amabilidad extrema, hace su trabajo sin importarle yo un carajo y hace bien porque esa es su labor, solo es que yo como nunca tengo tiempo de mirarme en un espejo al verme en una situación para mi tan íntima, para él de profesional pues me vengo abajo como una quinceañera delante de su jefe de departamento del instituto de bachillerato: con miedo y ninguna autoconfianza.
A nadie se le ocurre comer tantas verduras como lo hago yo porque luego sucede que te ves con una barriga horrorosa y con flatulencias no menos horrorosas también, y como últimamente en mi exclusión social he vuelto a la niñez salvaje de la no represión de mis instintos pues practico el pedo libre sola como estoy la mayoría de las veces, pero claro al encontrarse en una situación así…con gases, apretando la tripa para parecer escultural como esas que anuncian en las farmacias…nada, que no somos nadie. Por más que encoja la tripa y no respire: da igual, el michelín instalado, la cartuchera y la pera caída es un síntoma claro de que uno crece, de que el tiempo pasa y pasa mal, y de que el jardín del Edén ha tenido a bien tirarte a la cara sus frutos. Yo, que en mis tiempos mataba hombres tan solo con la mirada y los tenía haciendo cola para salir conmigo…Cambio el tono de voz por ser un poco más seductora pero observo con decepción y tristeza que el kine mazas de tipazo y culo muy buen puesto, ni siquiera se ha fijado en mí, mínimamente y le importo un bledo, él trabaja, es un profesional y yo estoy haciendo el lelo con tanto surco de sangre en las piernas, el apretar la tripa hasta la apnea y el parecer sensual: ya no lo soy. Entonces una sale de aquel reducto de despiadado realismo de encuentro con la verdad, transportada al hoy, bapuleada por el tiempo y la exclusión a patadas del grupo de mujeres de rompe y rasga, eso sí, aliviada en cierto grado del trajín articular y decepcionada con una misma al ver mi propio contexto. Ahora respiro de verdad y no me importa, lo que me importa con sinceridad, es no permanecer en nadie o no tener nada dentro, pero lo tengo, adentro de mi árbol tengo mucho atesorado y eso me lo llevaré a la Eternidad. Todos acabaremos más o menos decrépitos y puede que no seamos atractivos, pero cuídese aquel/ella que no tenga nada dentro que llevarse, y que los hay, es un hecho, y que son muchos, también. A pesar de todo, me quedo con la decrepitud, mi cabeza desde luego y mi adentro. Buenas noches, buena suerte.

De Sin pies ni cabeza, 2009



miércoles, 13 de junio de 2018

Cita express

¡Rrrrriiinnnng, rrrriiiinnnnggg! –ya voy. El maldito teléfono sonando ahora que a punto estoy de irme a la cama a dormir, naturalmente.
-¿Bueno? ¿Quién eres?...ah! Bien, de acuerdo, en una hora estoy ahí, sí, seguro. Diablos (Con nerviosismo.) por qué tienen la manía en España de quedar a cenar a partir de las diez de la noche, es una cosa que nunca he podido entender ni creo que lo consiga nunca. Plan rápido: me ducho, sí eso, sí, me ducho, voy…esta agua tan fresquita seguro que me despejará, yo que estaba tan tranquila con mi pijama y mis pantuflas yeyés…pero claro, era Antonio y parece que no se le puede defraudar, a fin de cuentas somos compañeros y el pobre hombre nunca suele pedir nada. Lo cierto es que no tengo ninguna gana de salir a la calle, hoy.
-Vaya por Dios, la ducha no marcha bien ahora y no sé por qué no lo hace, claro no lo hace porque me quiere fastidiar…es una reunión con un rector de una universidad extranjera, dos periodistas, un poeta (accionando con horror) y un médico. Pero por qué esa manía de hacer cenas multitudinarias en las que no se sabe qué va a pasar y mucho menos quién va a pagar, y es que Antonio se pasa de entregao, de calzoncillín diría yo, su mujer no sabe lo afortunada que es  teniendo un marido así, casi sin personalidad, bueno rectifico, personalidad la tiene, lo que no tiene es espíritu guerrero, Antonio es un espíritu muy sosegado que le importa todo bien poco, más bien se diría de la búfala de su mujer la que es más guerrerilla, pero claro es que la medicina es así, lo que quiero decir es que algunos médicos –la mujer de Antonio es médico- están, viven histéricos, sufren cada día con cada acontecimiento vivido, ellos, preparados para salvar la humanidad, y de resultas son en su mayoría seres raros, difíciles para la convivencia, ensimismados en su mundo de desgracia en la que a veces nada pueden hacer, llegando en ocasiones a un estado de frustración lamentable, mucho. Hay otros días en que se revelan como hacedores de la creación. Bien. El caso es que la susodicha trata a mi pobre amigo Antonio a patadas, él que es un santo varón. Felizmente y gracias al comprometido, único y mundial trabajo de su mujer, de guardias salvadoras y demás “machadas” el Antoñito puede salir y entrar casi a su gusto. Si no fuera por eso…Todas las profesoras de la Facultad están locas por sus huesos, si supieran lo que tiene en casa… a mi me da risa, él como si tal cosa, vive como ajeno al mundo de la seducción y todo eso, siempre dijo que prefería la alegría al placer, y así vive, en paz consigo mismo, esquivando los envites e infidelidades de “la bella Dory” que es como yo la llamo. A mi me ve –naturalmente- como un caso clínico y por eso mismo puedo estar cerca de su marido, no le importa, cerca de Antoñito tanto como quiera ¡menos mal! Es que tiene unos ojitos muy graciosos, y un cabello negro tirado para atrás que me chifla, se viste como los colegiales con chalequitos, trenkas, camisas blancas, gorritos…no parece el decano de la Universidad. Lo mejor: Antonio es de los que ha entendido aunque sea a sus cincuenta  y cinco años por qué hay que hacer la cama cada día, deshacerla cada noche y cambiarla cada diez días aproximadamente, ¡todo un lujo! En esto tenemos bastante terreno adelantado. Somos amigos.
-¿por qué narices querrá que vaya yo a esa cena con lo aburrida que soy? El pobre ha insistido tanto, parecía que le hacía ilusión. La ducha no marcha. Bueno, mientras, me relajo un poco  y por milagro se arregla el invento pienso qué me pongo. ¡pero si tengo el pelo fatal! AAAhhhhhhhh! (grito de tigre.) y ahora ¿qué hago con estos pelos? Yo no voy. (la conciencia o sentido común avisa de que no merece la pena ponerse así por eso.) Me planto un gorro…pero es que me quería duchar, no, no, primero mirar qué me pongo.
De negro, de negro es lo mejor para la noche, toda de negro.(Voz del susbsconsciente que sin embargo avisa haciéndose verbal, poniéndote en guardia.) El blanco no es blanco el negro sí lo es. Y no es ensueño, es capacidad de coser porque veo que a la chaqueta que me quiero poner le faltan dos botones ¡maldición! Bien, voy a hacer el pino y así en posición de yoga me relajo aunque queden solo cuarenta y cinco minutos y tenga que ir en taxi, pues si me relajo un poco más no llego. En esta posición la sangre me baja y veo todo mejor, ensangrentado. Arañas y más arañas parecen que han habitado no en el olvido ni en Sancho Panza sino en mis sobacos. Yo, como profetisa que soy, iré de negro y haciendo el pino por el Paseo de la Castellana hasta llegar al Restaurante donde me esperan. Insisto. ¿Cómo voy a ir con estos pelos y esta poca esperanza de hoy? Hago yoga y me relajo, bastante. Salto después por toda la casa para ver si me tonifico y la emprendo con decisión hacia la ducha, me tiro de cabeza, me la pego, tremendo ruido y sale el agua, así, así es como hay que hacerlo, hay que entrar en la ducha como si fuera yo un guerrillero, pero funciona, bien, qué bien, solo tengo un chichón, un morado en la rodilla y la uña del pie rota ¡qué daño! Pero he logrado que funcione la ducha. Al salir no me resbalo pero lo hago después ya en el pasillo que por lo general el talegazo o costalada es algo mas leve, es que siempre me sucede lo mismo, salgo de la ducha y me la pego sistemáticamente en el pasillo, es que nunca me seco bien. (Cosquillas en la mente.) Después del desastre producido de haber tirado el mismo cuadro que siempre tiro, y de haber arañado el papel pintado de la pared, caigo en la cuenta de que no tengo pantys negros y yo no soporto otros que no sean negros y hasta arriba. No comprendo como algunas mujeres (de los hombres no tengo tiempo de ocuparme) pueden usar esos calcetines negros de caballero que te aprietan debajo de la rodilla cual andouiette provenzal y al final acabas con todas las piernas hinchadas, moradas, sin circulación y dando un aspecto debajo de la falda o cuando te quitas el pantalón, muy lamentable, mucho, como de Aldonza por los campos, ya bastante mayor y con aliento a cebolla malcriada.
Ahora que lo recuerdo tengo unos pantys negros sin usar y recuerdo bien que están sin usar porque me estaban pequeños, de modo que tengo que decidirme si me los pongo y equilibro el traje de chaqueta que no tiene botones y cuya falda me aprieta morcilleramente con los pantys pequeños poniéndome el bello de punta constantemente por la fibra, o llevar las piernas al aire con sus pelos (eso nunca) o cambiar la falda, eso es, cambio la falda por un pantalón más desenfadado, eso es, sí, un pantalón desenfadado. Un pantalón vaquero, mucho más moderno, ¡dónde va a parar! Eso es, como de universitaria pasada de rosca. Así parecerá que voy  siempre juvenil como espontánea, como si siempre fuera yo así de guapa, con un pantalón desenfadado y una chaqueta negra sin botones…¡ossssstras que grito otra vez! No puedo dejar mal a Antonio, con la ilusión que le hace que vaya…¡no sé por qué, bien es verdad!
            Mejor, pantalón, sin calcetines, botas, una camisa de marca que tengo algo antigua…y ¡la chaqueta! No sé si tengo botones para igualar. No importa le quito los botones a otra y se los coloco. (El tiempo pasa y Lidia se pone cada vez más nerviosa.) ¡Cómo no me iba a clavar la aguja en el dedo! (Se escucha un chillido descomunal.) Ahora sangro por el dedo…quedan 20 minutos y no puedo ir haciendo el pino…Bien maquillaje, bien pelos metidos en gorro, bien pantalones desenfadados, mal, pies pegados al contrafuerte de la bota, disimule potente de botones aunque el dedo sangra a pesar del torniquete…Quedan tan solo 10 minutos, me espera Antonio…le llamo y digo que vayan tomando algo, llego en un pis-pas. ¡Taaaaaxxxxxiiiiiii! (Vuelvense a mirar a Lidia  todos los transeúntes del Paseo de la Castellana menos el taxista.) Pero hombre…¿es que no me ve?…No importa (Lidia decide correr la maratón hasta el Restaurante.)¿Cómo he podido sobrevivir sin el Body Unta Cream, la Crème Anti-Cartuchs de París, sin el Contorn de yeux anti-llanto, el Champú Demasié de Hiervas, la Lotion Mundial Cream para después del champú, la Masque Universal anti-stress, la ampolla anti-edad, la crema anti-rides, el rimel Pestañet Long, el maquillaje anti-todo…y no sé cuántas anticosas más…(llega al lugar como una exhalación, jadeando cual gerundio. Entra en el establecimiento haciendo la voltereta lateral.)¡Alehop!sin embargo ¡lo he conseguido! aquí estoy Antonio (Que la mira con amorcito y flipando.)…sin sangre, fresca cual lechuga matutina. Me alegro de verte por fin…no ha sido del todo fácil ¿sabes? Pero me alegro de verte y de tus compromisos absurdos ¡hoy estoy decidida a pasarlo bien! ¡Andá, si te has traído a Zapatero!
De libro de relatos Sin pies ni cabeza, 2009. 

     

miércoles, 16 de mayo de 2018

Ideas, hoy o siempre


Nous avons assez de force pour supporter les maux d’autrui
La Rochefaucault



Cada vez que escucho eso de “malos tiempos para la lírica” reconozco que me dan unas náuseas parecidas a las que le dan a uno cuando piensa que el mundo que tenemos no lo podemos cambiar. A mi me da la sensación de estar viviendo en medio de misterios indescifrables con una serie de protagonistas que no tienen el buen gusto de darnos las claves para poder descrifrarlo. Con todo y como buena caballera medieval o templaria que me siento pienso que en realidad la lírica nunca ha ido bien y además sí que tengo las llaves para descifrar qué es lo que está pasando. Siento que algunos de este Diario tienen una mentalidad tan parecida a la mia, dignos ciudadanos que mantienen la consciencia de estar pero no de poder ser.
¿Sabemos de lo que se trata? A poco descubro que mucho hay de insensatez, la cual no es muy buena compañía. Una de las cuestiones más terribles que todo ser humano ha de afrontar es el de la incertidumbre cuando esta además es fruto del salvajismo ignorante de algunos individuos. C’est comme ça.
Tal y como está el panorama el ser humano se convierte en ecléctico, ¡qué otra cosa sino! Seguro que todos tenemos un vecino, hija, amigo o incluso nosotros mismos que nos sentamos un día en esa butaca y nos decimos: si es que me da igual.
Llegado ese punto, aparece la fase más libre de la persona que es cuando uno ha descubrierto que en efecto te da igual, que está todo tan manipulado que ni los manipuladores se dan cuenta de que también ellos son manipulados. ¡Triste, amigo, muy triste!
Pero ahí siguen todos acabando con la paciencia de un pueblo que se durmió para no querer ver, que toma ansiolíticos para combatir la verdad, que se emborracha para huir de la realidad…en suma un pueblo que ya no es y que probablemente nunca lo haya sido. ¿qué es ser pueblo? Este objeto de debate ya lo probaremos muy pronto y entenderemos su significado como ya nos hemos enterado de lo que significa pueblo español.
Ese momento sublime cuando el guerrero ve mucho más allá que los demás pero también es consciente de que el resto jamás llegará a ver y entender ese punto donde nosotros hemos llegado con no poco esfuerzo e inteligencia, se derrumba una de las paredes de nuestra alma al reconocer que estamos fuera de esta manipulación y por lo tanto, fuera y arrinconado. ¿Por qué? Porque no interesamos y punto, como no interesa la Verdad, la Justicia o la Honestidad por poner un ejemplo.
Con todo, siempre han existido verdaderas mentes -españolas digo- que no fueron pisoteadas y almas que no se desmoronaron. Ahora recuerdo a don Miguel de Unamuno, un Rector intelectual que ya había llegado a conclusiones mucho antes que el resto de los que le rodeaban. Unas semanas antes de morir cuando había llegado a ver ese punto de locura de todos cuanto te rodean  y sastisfecho porque su dialéctica no se iba a ocultar, más al contrario alzó su voz porque al igua que ahora: no hay nada que perder y mucho qué ganar en dignidad.
En su Venceréis pero no convencereis Unamuno habla sin cortapisas porque como bien decía A veces, quedarse callado equivale a mentir y el silencio puede ser considerado como aquiescencia.
No sé si hay que “contestualizar” el pensamiento, creo el pensamiento lo es en sí mismo y lean, lean estas palabras a ver si tenemos que hablar de contexto cuando en gran medida ni lo smiles de años le hacen cambiar: en España el contexto no cambiará. Prosiguió así nuestro valiente en aquella España ya nacionalista pero equivocada:

Quiero hacer algunos comentarios al discurso –por llamarlo de algún modo- del general Millán Astray que se encuentra entre nosotros. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao. El obispo, lo quiera o no, es catalán, nacido en Barcelona. Se detuvo. En la sala se había extendido un temeroso silencio. Jamás se había pronunciado discurso similar en la España nacionalista. ¿Qué iría a decir a continuación el rector? Pero ahora -continuó Unamuno- acabo de oír el necrófilo e insensato grito : ¡Viva la muerte! Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían, he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. El general Millán Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor.  En este momento, Millán Astray no se pudo detener por más tiempo, y gritó : "¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!" clamoreado por los falangistas.
Pero Unamuno continuó: "Este es el templo de la inteligencia. Y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaríais algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho.[1]
Ahora volvemos a tener la Dictadura de la inmoralidad por políticos que ya no tienen ni nombre y ahora también tenemos un éxodo de gentes, de familias, de jóvenes que tienen que marchar fuera porque “aquí no hay quien viva”. Lamentable espectáculo de un pueblo aunque uno ya esté acostumbrado. Con ello me remito a las palabras del propio Unamuno extraídas de otros dicursos. [2]
Decía José de Cuellar[3] : “No hay nada que seduzca tanto a la humanidad como un espejo. Con unos pedazos de cristal azogado se han subyugado mas pueblos que con el poder de las armas”. Sin embargo, ahora, muy pronto iremos a unas urnas forradas de espejo y no sabremos qué decir, salvo el recordar que al menos siempre habrá mentes que saben pensar y sus ideas permanecerán para siempre. Estas ideas –las nuestras de ahora- volverán a ser citadas tiempos después y con ello nos convertimos al pensamiento de los siglos como fieles protagonistas.




[1] Extracto del Discurso de Unamuno y Millán Astray  que se puede leer en los archivos de la Casa Museo Miguel de Unamuno, aunque también hay versiones en red, si bien, algunas poco fiables.
[2] Por ejemplo en este https://www.youtube.com/watch?v=DEUFDUgF9mY
[3] José de Cuellar, La chifladura de Galdós, MADRID RAMÍREZ Y ORTEGA, IMPRESORES Velarde, 20 bajo, 1897, pág. 24. Reproducido en el número 30 de Isidora Revista de Estudios Galdosianos.

sábado, 5 de mayo de 2018

La visión de una madre (para todas las madres)


Antonio el del tercero, ha quedado con los amigos para salir pero según he podido constatar ha quedado para irse de verdad a pasarlo bien, es decir “a la española”. Queda claro también que Antonio tiene un horario de vuelta a casa donde probablemente esté esperando su madre con el hacha levantada y con actitud de búfala al contemplar cómo su hijo llegará bastante más tarde de la hora que le han marcado. Parece inherente a la capacidad humana que la juventud está para llevar la contraria, de hecho el que no lo hace termina por hacerlo pero a una edad muy adulta donde serán pocos los que se lo vayan a permitir, o sino, serás un caso clínico que ahora por cierto. está muy de moda. Es evidente que lo que hay que hacer en esos casos es disimular todo lo que se puede para hacer creer a los demás una cosa que en realidad no existe, no existe nada en absoluto y es que las juergas con los amigos son como son y nadie absolutamente nadie debe intervenir en ello. No se trata de llegar a casa midiendo las paredes. Eso ya no se lleva. Salir por ejemplo en Madrid es ir de cabeza a la jauría humana. Pero ¿y tu madre? A ella no la puedes engañar y seguramente estará preocupada por ti porque has decidido llegar unos doscientos minutos mas tarde. ¿qué te parece? Pues una atrocidad. Porqué? Porque tu madre no tiene la culpa y está la mujer toda preocupada pensando que eres un pintas. Estará la pobre sentada en una silla en mitad del pasillo para enterarse mejor de la hora a la que llegas. Antoñito se ha ido con su hermano el mayor,  el que tiene 23 años, Antonio tiene 18. Ya sé que son edades muy a considerar pero eso no tiene nada que ver porque cuando se convive en un mismo lugar los demás se preocupan, se preocupan los unos por los otros. Pablo que es el mayor dijo a su madre que a eso de las 3 de la mañana llegarían, claro son las 6 y todavía nadie ha dado señales de nada. Un horror completo.
Esa pobre mujer está pensando lo peor porque aunque se sea muy positivo tienes horror y pánico de pensar que les ha pasado algo, que les han puesto unas pastillas horribles en la bebida, que alguien se ha atravesado con ellos  y les han dado una paliza, les han quitado el móvil y no pueden llamar. Quizás estén en un hospital pero quieren esperar antes de llamar para que a ella no le de un infarto, o peor en realidad están en la Policía porque después del accidente y de la bronca como les han quitado la documentación pues están sin ella y como no se puede estar sin esa documentación, pues les han metido al trullo. Paranoia. El caso es que yendo bien vestidos...claro, pero si les han zurrado y al ir bebidos nadie se va a fijar en que son hijos de buena madre, y les meterán igualmente en el trullo tratándolos como a delincuentes...Oh Dios mío, piensa esa madre que como tal está temblando y lleva ya el quinto rosario de la noche. Pero ¿por qué saldrán por la noche? ¿Qué manía tienen qué encontrarán a las cinco de la mañana por ahí? ¡Oh! cielos con lo guapos que son...mis niños –piensa ella- qué habrán hecho con ellos, dónde estarán a estas horas? Se les habrá terminado el dinero, en qué lo habrán gastado en alcohol? En pastillas? ¡Oh cielos se drogan!...sí, se drogan se han convertido en drogadictos y no me he dado cuenta. Claro, tengo yo la culpa por irme a trabajar fuera, les he desatendido estos dos últimos años que son claves, yo y solo yo tengo la culpa porque vengo muy cansada y no me da la cabeza para más, ni la cabeza ni el corazón...¡Válgame el cielo! ¿dónde están mis niños? ¿Se habrán muerto? ¿Sabrán defenderse de la gente? Estarán tirados por la calle en cualquier rincón?
Todo eso pensaba su madre, Maruja a quien conozco perfectamente y puedo ratificar que en esos momentos está sufriendo como una condenada, sin merecerlo. Esa pobre mujer que ha consagrado su vida a la crianza de sus dos hijos, abandonada por su marido hace mucho tiempo y que sin embargo ha sabido sacar a sus hijos adelante a base de trabajar limpiando casas y no les ha faltado de nada. Ha removido todo lo que ha podido para conseguir las ayudas necesarias para que sus hijos lleguen a estudiar a la Universidad. Maruja, es una mujer ejemplar que después de llegar agotada a casa después de haber limpiado todo lo que nadie quería hacer, ha estado todas las tardes al lado de sus hijos y pasado las noches en blanco cosiendo para conseguir esos extras tan bien pagados. Una clásica madre española, trabajadora, amante de sus hijos, buena lectora, buena mujer y muy buena cocinera. A estas alturas y con 54 años está derrengada y muy preocupada porque sus hijos no le han avisado y algo pasa. Se está volviendo loca de pensar que algo no va bien. Llegada la situación al paroxismo de la imaginación, esa pobre madre está descaminada por completo y agotada de pensar y darle rienda suelta a la imaginación. En efecto, sus hijos han llegado a las 6 y media de la mañana, han estado primero preparando un examen de medicina Pablo y de economía el Antoñito que está becado en Empresariales y quiere ser el mejor, después han estado jugando al mus en la misma casa de Ricardo, luego han olvidado por completo el paso del tiempo cosa normal a esas edades y cuando han querido reaccionar eran las 6 de la mañana. En realidad podrían haber tomado drogas pero no les interesa, y beber mucho alcohol, pero con una copilla les ha valido. Después han estado preparando una fiesta sorpresa que le van a dar a su madre por sus 55 años, y calculando la isla donde se irán con ella para que descanse, han estado ahorrando y haciendo chapuzas en Telepizza para poder compensar un poco a su vieja, quien ahora está sola y comenzará a tener achaques. Una madre que ha dedicado su vida a sus hijos y ellos han sabido reconocerlo, por eso no se quieren ir de casa, porque están a gusto. Organizarlo todo es lo que más tiempo les ha llevado.  Cuando se ha abierto la puerta, Maruja ya no estaba histérica, estaba llorando y más se puso cuando vio entrar a sus hijos sanos y salvos de la jauría humana que es la noche. 
Este relato lo puedes encontrar en el libro El maletín de Gloria. Casa del libro.




lunes, 26 de febrero de 2018

De Morgana:Hay golpes en la vida. El odio de Dios





Hoy no puedo escribir pensaba con bastante razón, simplemente continuaba en el horror de la solitude, en el horror del vacío, ese que no la abandonaba, que no se despegaba de ella ni un solo instante... Y a todo le ponían el nombre de la depresión, del estrés, voces que definen estados anímicos, pero que son sólo palabras cuando no llegan a conseguirlo, cuando en realidad no consiguen encasillar ni englobar a la persona dentro de su circunstancia mortal, Morgana en aquellos días no podía con la vida..., pero vamos eso es lo que le pasa a cualquiera, eso era la vida, nos dicen a todos, precisamente tener que vérselas así de vez en cuando, a ver quien ganaba, sólo que esta vez no lo podía resistir. Lo de menos era que le doliera la espalda, los hombros, la cabeza, las lumbares, las piernas, los pies, las manos... todo. Lo de menos es el dolor físico, el peor es el dolor del alma, convertida ésta en pérdida ausente de su identidad. Cuando el alma sufre, cuando lo hace la mente todos los dolores físicos son pocos para poder aguantar el dolor de lo antinatural de la pérdida, del adiós anticipado a una ley natural en la que por definición uno no pierde a sus hijos, sino al contrario.
El hecho vital de enfrentar la vida con la desaparición de tu madre ya es un hecho a todas luces suficientemente crucial como para portar un estigma. Cualquiera puede adivinar las noches en blanco, las pesadillas y las sombras que permanecen con la angustia existencial surgida cuando no encuentras una explicación a la propia vida. Es la sensación de que te vas a acostar y que cualquier día ya no te levantas. El que más o el que menos lo ha sentido o lo sentirá porque hay ciertas cosas a las que nadie va a escapar. Paula (mamá) la madre desaparecida, la madre soñada esa que siempre permanece en tu memoria sin saberlo, y que en realidad, pasan los días y según pasan éstos viven el sufrir que supone la ausencia. Cuanto más creces, más consciente eres de lo que dejas, de lo que no has tenido, de lo que te queda. Es el tiempo el que no cura, que deja huellas cada vez más hondas, más extrañas. Con ella desaparecida, sin mamá, Morgana retornaba a la infancia en episodios que no recordaba desde hacía tiempo y ahora estaba ahí como si fuera ayer, porque cuando envejecemos damos un paso a la infancia y cuanto más cerca estamos de la parca, más cercanos son los recuerdos, mucho más. Así tenía que responder: mi madre... no sé dónde está, sé que está muerta pero no la he podido enterrar. Y lo peor es que está muerta por causa de la ideología, por la ausencia de libertad de tenerla, por tener criterio, en definitiva por pensar y por pensar bien. Con su desaparición —y muerte evidente— mueren otros seres más, porque la muerte es así, arrasa con todos y te quedas aquí obligado a seguir, porque papá ya no recuperó jamás su vida, nunca lo pudo hacer, con encontrar calma y paz, ya fue más que suficiente. Pero a los monstruos y a las sombras también se acostumbra uno y Morgana se había acostumbrado y se esforzaba por dar cobijo a su padre, un hombre que había perdido a su mujer y con ella había perdido todo. La ilusión por la medicina, la ilusión por existir, el sentido real de las cosas, el propósito y explicación de estar aquí. Para papá, Paula mi madre, lo era todo, y ahora le quedaba una hija en común, muy parecida a ella pero que no era ella, Paula no es Morgana. Yo nunca podré darle la felicidad a mi padre, esa es una cruzada que a veces nos imponemos con las personas que amamos, Yo, no puedo devolverle y darle nada a nadie que no lo busque en sí mismo, por más espíritu evangélico que se pueda tener. Por desgracia, cada uno tenemos que buscarnos un lugar para estar aquí y otro para irnos, y eso hay que hacerlo uno solo, nadie nos lo puede dar.
Sonó el timbre: era Patrick. Tan pronto como se había enterado por papá hizo sus maletas y se instaló en la casa de Morgana para cuidar de Ella en la medida en la que eso fuera posible. Papá estaba destrozado. Es verdad que con la edad los sufrimientos son muy diferentes, lo es también el dolor de muelas, cuando eres mayor ya no te duele casi nada, pero era muy difícil para papá asumir la muerte contranatural de unos niños, tampoco podía soportar —eso era peor— el sufrimiento que sería para su hija. Los niños de Morgana habían perecido en un accidente de autobús escolar, tenían las manitas cogidas y apenas si tenían huellas de sangre. Habían muerto como dos angelitos gemelos que agarrados a sus mascotas se despidieran de este malogrado mundo para partir a otro mucho mejor, mucho más divertido. Cuando un padre o una madre pierde a sus criaturas, el mundo pierde la luz, se queda a oscuras, en tinieblas, se vuelve completamente del revés, es sin duda la ruptura biográfica más terrible que uno debe asumir sin entrar en detalles ni en porqués. La muerte llega a menudo comportándose como una intrusa; es una enemiga que aparece súbitamente en medio del gran espectáculo de la vida, apagando sus candilejas, disipando su alegría; visita a los ancianos que caminan con paso inseguro; susurra a los oídos de los que apenas han alcanzado la mitad de la jornada y, otras veces, las peores, acalla las alegres risas de los niños. Ahora le sobraría mucho tiempo. “¿Qué hago con el tiempo?”, se decía. “¿A quién tengo que bañar por la noche y le cuento las obsesiones de que salen arañas por las orejas?”, decía a la atmósfera. “¿Dónde se escribe ese suceso y cómo reconstruye uno la vida a partir de ahí?”. De nuevo el tiempo, ¿qué hago con él? El tiempo, es la medida de nuestra voluntad, unas veces, otras, nos machaca, nos mata cuando estamos enfermos, cuando estamos en nuestra plenitud laboral porque nos falta, y sobre todo cuando lo ocupan niños y éstos desaparecen; el vacío es ya inexplicable, es una tortura que con dificultad el ser humano puede resistir, es la auténtica muerte en la cruz, peor, se diría.
  Patrick habló con papá, prometió hacerse cargo absolutamente de todo; como dinero le sobraba, compró el enorme piso de Cintrano (el casero de aflicción) y sus secuaces. Patrick decía que el dinero servía para salvar, que así no tendrían que preocuparse nunca más de ese asunto, que era un regalo para Morgana, que lo pondría a su nombre y qué sé yo qué más cosas. Papá se sentía muy agradecido por el gesto tan generoso del violinista, una cosa es que te sobre el dinero, ya sabemos que Patrick tenía unos honorarios exclusivos como artista, pero... otra cuestión es la generosidad... que la vida es muy larga, no sé las cosas entre sollozos que le diría papá. Esta vez, mi viejo no sabía de donde sacar fuerzas, ¡qué desesperadito se le veía, qué viejecito! Cuánto sufrimiento había pasado en su vida, y ahora esto... ¡Cómo siente una además el sufrimiento de los más queridos cuando es por nosotros! El dolor es siempre recíproco, como el amor alegórico.
Morgana que siempre se preguntaba todo, en aquellos momentos no se preguntó nada. Ni siquiera cómo había hecho Patrick para estar allí con la cantidad de compromisos profesionales que tenía, hoy Roma, New York, mañana Viena... así andaba gran parte del año, cosechando éxitos pero al mismo tiempo estudiando, cuidándose, controlando las técnicas de relajación, intentando componer. Ella nunca llegó a saber que el violinista suspendió por aquel año todos sus compromisos, doce meses que fue el tiempo que se quedó entre las paredes de Morgana, doce meses en los que Morgana más o menos tardó en reaccionar, Patrick esperó ese tiempo para poder volver a dejarla sola y regresar a sus ocupaciones. Él quería, necesitaba hacer algo por alguien, necesitaba hacer algo por Morgana, habida cuenta que en Ella había encontrado la luz de su camino, una luz que como una pelotita de hilos le seguía a todas partes, siempre estaba con él, estuviera donde estuviese, Ella siempre estaba y nunca pedía nada, por eso fue tan generoso y le regaló la casa que nunca hubiera podido comprar. Supongo que la mayoría de los hombres y mujeres si no les pides nada son de natural generoso.
Las pérdidas económicas de Patrick eran lo de menos, el desconsuelo (que era mucho) de los directores musicales y de todos los que giraban a sus alrededor también eran lo de menos, para él en esos momentos sólo importaba Morgana, aunque probablemente nunca se había planteado hasta qué punto alguien importa en nuestra vida. Su forma de reaccionar siempre había sido así, por impulso, por pasión ante las cosas que le merecían la pena en la vida porque para eso estaba en la tierra, para vivir, sólo que se hallaba dominado por el trabajo; ahora tenía una regresión a sus impulsos jóvenes, frescos, de una adolescencia trasnochada de una fuerza creadora virgen, naturalista, germinal, quería atrapar en sus brazos a Morgana, hacerle mil hijos ante la patética y dramática circunstancia de aquel momento en que su vida se iba junto a la de los suyos. Patrick quería, necesitaba prolongar la suya y la de Ella en otra nueva, salvarla... Abandonó todo por Ella, la amaba como al mundo entero, como el creador, el Jehová cuando creó el mundo, quería hacerla de nuevo porque se estaba muriendo... Morgana se moría. Entonces Patrick se acostaba a su lado, la acariciaba, la miraba, la tomaba entre sus manos y  daba vida a aquel ser que había sido picoteado por una manada de cuervos. En aquellos días la conoció, la conoció un poco más, la amaba enormemente, como se ama a la vida que se va, y no soportaba verla así, no podía ver al personaje que no quiere, que no puede vivir cuando éste no soporta el dolor. Morgana intentaba resistir, pero en verdad el dolor le superaba. Venían a su mente tantos tiempos, tantas horas bañando niños, enseñándoles a leer, chillándoles, haciéndoles purés de lentejas, vistiéndoles. Secuencias que dan forma pictórica, más bien fotográfica, a los momentos de la existencia, como en las ediciones cinematográficas que suceden las vidas rápidas en lo onírico, los pequeños extractos de unas personas que ahora ya no existen. Ahora ya no tendría que poner más jerseys, ni subir más calzoncillos a sus hijos, ni lavar más, ni recogerle nada a nadie, ni pelos en el baño... Con probabilidad Morgana estaría rozando los límites de la locura, con vaivenes de voces, de llantos, de risas, de gorjeos infantiles, de chirridos de coches que no pueden frenar porque es la muerte quien conduce. Morgana tenía la cabeza ocupada de personajes, que no eran otros que sus hijos que recién había enterrado y en la tumba había recitado por de dentro miles de poemas, y miles de versículos de las Escrituras, esas a las que se agarraba en un grito despiadado, interno, en una voz interna con Dios a quien le suplicaba ayuda y le demandaba explicaciones y porqués del arrebato de sus hijos en lo mejor de la vida. La mente de Morgana era un hervidero.
El funcionamiento de la memoria se le había trastocado en distintas dimensiones, en la fijación de nuevos hechos, en la conservación de los recuerdos y en la rememoración de los mismos. Morgana olvidaba lo vivido momentos antes, intercalando el presente con el olvido del pasado una pérdida progresiva de los recuerdos que llegaba hasta la infancia. Sufría así amnesia de fijación y de conservación. Patrick había estado hablando con el Doctor Santiago, el psiquiatra, con el fin de adecuar el tratamiento de Morgana, ambos la veían seriamente en el final. La demencia puede evolucionar hacia la muerte o estabilizarse en cualquier momento evolutivo, el que ocurra una u otra cosa depende primordialmente de la naturaleza del proceso cerebral responsable y de la orientación terapéutica seguida. La aplicación precocísima del tratamiento correcto de Santiago consiguió detener su marcha progresiva y al confiar los cuidados a Patrick, quien no se movía de su lado para nada, su recuperación total. En todo caso, el doctor llegó incluso a pensar que probablemente quien al final necesitaría ayuda sería Patrick, por la implicación tan fraternal, por llamarlo de alguna manera, que estaba desarrollando con la amiga de ambos, Morgana Méndez.
“¡Eso no es del todo bueno!”, asintió Santiago, quien demostraba verdadera preocupación por el estado crítico y de delirio de Morgana, a quien no había más remedio que medicar fuertemente, sobre todo los primeros días. Era lógico. A pesar de todo no estaba tan sola como ella pensaba: allí estaban Patrick y Santiago... y Eva... y Papá. Era un duelo duro, a veces Patrick tampoco podía soportarlo. Esta vez quiso hacer algo verdaderamente importante, Patrick en parte, nunca había superado el conflicto con aquella María Mendoza, la mexicana; los suicidios siempre se vuelven contra uno y más el de aquella chica, por eso era razón más que sobrada para impedir que Morgana hiciera algo semejante, Morgana no, su adorada Morgana no, entonces pensó que el mundo ya sería muy raro, sería diferente sin Ella, fin del drama. Probablemente nunca podría vivir de forma cotidiana con Morgana, porque eso daba al garete con las mejores historias de amor... se cansaría. Él quería, necesitaba volar, pero... Morgana siempre había estado ahí, era la Deméter de su vida, el lugar donde volver, pero si se muriera... eso ya no lo podría aguantar: yo tampoco querría un mundo raro que es un mundo sin ella, saber que existes. ¡Santo Dios, cómo nos abriga la soledad el saber de la existencia del otro!
            Un día, Patrick, al ver que Isabel, la mujer de la limpieza no se atrevía a meterse, se dispuso a ordenar la mesa de trabajo; la mujer le comentó que Morgana nunca permitía que le tocase la mesa, lo cuál era lógico dado el carácter de su profesión, la literatura. Miles de folios fotocopiados dispersos y de diversas características, seis o siete libros abiertos en alguna página, castigados sin razón alguna boca abajo, nueve bolígrafos bic azul, veinticinco lápices con goma, doce rotuladores de los de subrayar, tres plumas, una pluma antigua de las de verdad, tinteros varios, una edición de El Quijote, una edición de El Lazarillo de Francisco Rico, una pirámide de exámenes de sintaxis, otra pirámide de exámenes de gramática generativa, sobres azules a la derecha y blancos a la izquierda, encontró carpetas de cartapacios, carpetas de sonetos de la indigencia mental, donde halló aquel que Morgana escribió a uno de los cuatro o cinco representantes o managers de Patrick, a aquel, el engoladillo, el español Samuel Pérez Puppet, el que sujetaba las barras de los bares con peluca, como decía Morgana, ¡qué buenos ratos habían pasado juntos, y cuántas risas se pasaban!:
            Absurdo paladín encorbatado
            De importancia menor; sin bambalinas
            Trasegador de pollos y gallinas
            Bisoño traspuntín encorsetado.
            Histrión de los artistas de la villa
            Ladronzuelo de ferias y mercados
            Babuino amasador de mantecados
            Y pretendido Hedón de pacotilla.
            Si tus arcas llenaste con el arte
            Y abrigaste tu faz con rica estola
            De los versos escritos de otra tinta,
            No ofrezcas tu talón por estandarte
            No ocurra que por rara carambola
            Te pongan faz y estola bien distintas.
           
            Sentía de nuevo Patrick el terror de pensar si Morgana no volvería a ese estado de ser que era, se preguntaba si ya no volvería a existir nunca más. ¡Qué pánico tan grande! Morgana ya no levantaría cabeza: estaba intentando soportar los golpes del odio del Dios de César Vallejo, esos que Abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. Serán tal vez los potros de bárbaros atilas; o los heraldos negros que nos manda la Muerte. Para Patrick todo era música y aquellos confusos sentimientos eran más que elogios de la locura, se forjaban en él igual que los avatares del Himno a la alegría en Beethoven. Fue para el músico como la escritura de una sinfonía en re menor, sinfonía que escribió durante el duelo con Morgana, al igual que a Beethoven, a quien la Oda a la alegría le persiguió desde su etapa más temprana de compositor, en Patrick la idea de la muerte y la inmortalidad también se forjaba en él desde los tiempos bonaerenses. Patrick estaba realmente preocupado, desesperado se diría de pensar si Morgana ya no volvería a ser Morgana, y probablemente así sería, ya no habría más Réquiem. El sobrevivir la muerte entraña por definición un juego nada fácil de asentir por mucho que lo queramos demostrar, por mucho que se quiera verbalizar, nominalizar, hacerlo sustantivo, muerte, o hacerlo verbo, morir, siempre pasamos página a otro estado vivencial, nunca se permanece en el anterior, éste muere y ya no tenemos retorno a aquel. Es lógico. En Chile, 1985, había sido el año del Caso Degollados, hermanos de Paula Godoy, la madre de Morgana desaparecida durante los primeros años del "gobierno" Pinochet, catorce años después Morgana pierde a su hijos. Papá a duras penas sobrevivió a aquello, si por sobrevivir se entiende la vida sin ellos, aquellos a los que queremos, esos que se han llevado una parte importante de nuestro ser.
El noble caballero conquista a la noble dama, estructura melódica en forma de lied, exponiendo el tema primero en los instrumentos y después repetido por las voces, de nuevo expresando (en alemán) la conquista de la felicidad en la ternura del amor conyugal o de la fraternidad, exaltando la unión de la palabra y la música. Incluyó en la composición una Misa en Re, donde, invadido por una melancolía que rayaba el paroxismo, Patrick, con una visión bastante trágica del mundo, lo que era algo lógico metido en aquellas circunstancias y su propio natural, decía que al escucharlo "cada uno sentirá el estado de su alma pleno de luces y de sombras". Patrick admiraba poderosamente a Beethoven, su música y a la persona también; por cierto, que el genio alemán a menudo se lamentaba de que no conseguía tocar bien el violín, sin embargo Patrick dominaba a la perfección todo el difícil repertorio escrito por Beethoven para este instrumento.
Tardó en salir de todo aquello, pero salió, gracias a Patrick, papá y a Eva Ojeda también, aquella mujer se volcaba en atenciones con Morgana, entre Patrick y ella le cepillaban la larga melena, la bañaban, cocinaban, ordenaban la casa, Eva hacía todo aquello que no hacía Isabel (la de la limpieza) que era casi todo; además, le compraba todos los días una flor, le traía todos los perfumes de Guerlain, le frivolizaba los asuntos un poco para ver si encontraba una sonrisa y todos los días a la hora que podía (las horas de trabajo de Eva son raras) estaba con Morgana, aunque ésta no quisiera hablar ni oír ni ver a nadie. Pero logró superar todo aquello y volver a sus chicos de instituto y al sobresueldo de las entrevistas eventuales como free lance. En parte, a medida que avanza la vida uno nunca vuelve ya a ser el que era, es evidente. Si bien se mira, si nuestra alma queda, si parte de nuestra esencia queda con aquellos que se van, una parte nuestra o una gran parte de nosotros también se va, por eso somos como pequeños muertos, puede que en nosotros se sucedan otras nuevas células que nos renuevan en cierto modo, no lo sé. Eso decía papá. (A veces pienso que en donde todo termina, no queda nada... Pero, si nada queda ya, me pregunto ¿es que acaso estoy muerta?.. ¿Y cómo estarlo, sin estar aún sepultada? Si en vez de eso, me palpo y respiro, y mis ojos y sentidos se estremecen a la vez... ¿Es que acaso esto es vida?).
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lunes, 15 de enero de 2018

Morgana sigue (Dedicado a Mila Bueno)

Manicura de la lengua es el poeta, mas no el mago que apaga y enciende palabras estelares y cerezas de adioses vagabundos muy lejos de las manos de la tierra

A Mila Bueno
No sé si conocerá Altazor, el grito en la noche que pronuncia Huidobro. Así había tenido que salir Patrick del cono sur por haberse metido en líos, pero, bueno... la vida es así, Patrick aunque con graves dificultades había conseguido sobrevivir y recomenzar su vida; siempre hay un tiempo para empezar a vivir, para reanudarse a sí mismo, para empezar de nuevo como dicen por ahí, sólo es querer. Ese editor en apariencia amable, no sabía lo que era bueno, se decía Morgana: nací a los treinta años, el día de la muerte de Cristo; nací en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor... Morgana siempre había envidiado poder hacer lo que le diera la gana como Vicente Huidobro, poder fugarse con su enamorada, sus niños, la criada y una vaca que les diera leche fresca desde América a bordo del Infanta Isabel de Borbón, o salvar a Europa como corresponsal ¡eso sí que era cumplir tu voluntad! Esa noche Morgana quedó perpleja, había recibido un e-mail del editor, del invisible, en el que decía:

Sí, incluya la poesía de Huidobro, ese loco es el mejor representante del subconsciente, de la locura del ser, de lo humano, en suma de la espontaneidad; es hijo de la libertad, al menos en apariencia, de generaciones castigadas por la ignominia. La nuestra, nuestra ignominia no pasará.
                                                                                                                                 G. G.
¡Anda! Si resulta que el editor este hasta tiene cabeza. En realidad, Morgana daba demasiado espacio al invisible y poco a su criterio de editora, pues al fin al cabo estaba haciendo un trabajo de editora no de peluquera. Por otra parte, si había sobrevivido tantos años sin el trabajo éste maldito, podría hacerlo otros tantos, era obvio que no había que contar tanto con un editor, “¡me falta personalidad!”. Se decía cargada de razón. Éstos invisibles no son nada, en general no entienden gran cosa, sólo cuentan páginas y pagan, que no es poco si bien se mira; poco cerebro y mucho menos corazón, aún más escasez de inteligencia y ausencia generalizada de ilustración... ¡Qué eran esas palabras! ¿Qué había detrás de esa actitud? ¿Pertenecerían a la misma persona?.. Pero si el editor con quien Morgana había concertado la edición era lo de siempre, un asqueroso insensible, ceporro, mamerto. Además ¿desde cuándo una editorial muestra interés particular en algo que no sea vender en masa? Esto sólo se consigue con las novelas “tironazo” y no con las Selecciones poéticas comentadas en cursiva, como añadía Morgana. En serio, ¿su editor de repente querría culturizar a la población? ¿Por qué ese afán, por qué la importancia por una estética en la que pretendidamente el canibalismo editorial cambiaría el rumbo de su vida? No, eso no podría ser, jamás podría suceder una cosa así. Los editores, los fines de semana juegan al golf, y generalmente G. G escribía sus mails en fin de semana, algo completamente impropio, y además contestaba con cierto lirismo y saber hacer a las cuestiones que le preocupaban a Morgana. Ésta estaba perpleja, quizás simplemente G. G era un aficionado a la poesía y ya está, o, a lo  mejor, G.  G. tenía un secretario o secretaria que le resolvía el correo, eso sería ¡Claro! Pero no, tampoco encaja, nadie tiene un secretario los fines de semana. En fin, como fuera, a Morgana lentamente le interesaba la actitud de   G. G,  porque ¡tenía mucho aguante! Decía ella. 
Dejaría pasar el tiempo para ver qué sucedía con lo de Valente. Tendré que preguntarle si incluyo Altazor o si, por el contrario, algo más representativo del Creacionismo. O mejor quizás como colaborador en el nacimiento del Ultraísmo algo más clásico aquello de Basta, señora arpa de las bellas imágenes... “¡Tía estás como una cabra!” “¡Si te han encargado un trabajo así de varios volúmenes es por que confían en tu capacidad como editora de que vas a hacer una buena edición!”, le decía no sin razón su amiga Eva Ojeda, la puta, para aclararnos, sí, sí, a ella no le importa, si lo prefieren lo sustituimos por “pilingui” o “pelandusca”, por si hay alguien a quien molesten las verdades así, a lo bestia, pero vamos, puta es y mucho, ya se ha acostumbrado a ese tren de vida, lo cual no quiere decir que no escriba bien poesía y que no sea una gran mujer de extraordinaria sensibilidad, ¡cuidado! A los hombres les resultará tan rara como ellos mismos, sí, podríamos decir que Eva Ojeda es un poco hombre. Además de ser un bellezón nada despreciable, algo lógico, si se piensa que vive de ello, de tener un cuerpo estupendo, buenos muslos, un buen culo bien duro, un vientre atlético, los senos redondos retocados, contaba con la suerte de ser alta y de natural delgado. Eva era muy, muy mona, a los niños les encantaba cuando iba a casa de Morgana e intentaba hacer de mamá con el delantal azul. Lo hacía en general todo del revés, pero con la ayuda de papá era todo muy divertido durante las etapas de ausencias de Morgana donde había que ayudar todo lo que fuera posible a las criaturas para que ella pudiese realizar aquellos reportajes o entrevistas que les proporcionaban a todos mejores ingresos. Eva era una gran amiga en quien confiar, franca y sin envidias, como Morgana no le aceptaba dinero, aquella mujer despampanante venía siempre con miles de regalos para Morgana, papá y los niños. Tenía, además de un ático precioso en el Paseo de la Castellana, dinero, objetos de arte y a nadie más, por eso Eva amaba también a Morgana, porque era un motivo importante, verdadero, que a su vida artificial de salas de arte, poesías y hombres de dinero. En resumen, se querían por infinidad de motivos, pero por uno que no se debe olvidar jamás, y es que cuando hay amistad entre dos mujeres, bien sea por cuestiones extrañas de origen maternal en su sentido mítico o divino, o quizás por alguna razón que hasta ahora no se ha podido explicar en cuanto al desdoblamiento del alma, pues bien, esa amistad por así decirlo, hermanamiento o unión, es como la tierra cuyas raíces son tan profundas como inalcanzables; si se logra esa amistad, será una unión eterna, para siempre, indestructible. Pocas son (a mi modo de ver) las semblanzas de la amistad entre mujeres, de la unión enorme y del apoyo que ha existido entre ellas a lo largo de la historia, pero en fin, ¡qué le vamos a hacer! Además Eva y Morgana se querían porque sí.
  Huidobro había sido corresponsal de guerra en la Segunda Guerra Mundial, al menos eso decía él. Como corresponsal de guerra precisamente se tuvo que hacer pasar Morgana para poder salir de la antigua URSS en su salida de Japón. Aquellos meses que se sucedieron después de conocer a Patrick y a Francesco, los musiciens, en los meses que restaron de relación en efecto el violinista demostró ser lo que a priori Morgana había pronosticado, es decir, un ser de verdad, alguien maravilloso que ayudó mucho al desarrollo de Morgana en sus últimos meses de estancia en tierras japonesas. Se conoce que las experiencias vividas por Patrick en su vida anterior —en esto se incluye el cono sur— a esta etapa, le habían fortalecido enormemente, haciendo de él todavía un ser más complejo si cabe, pero de mayor veracidad. Ahora sí que venía del otro mundo y esto Morgana lo sentía de una forma muy clara, los dos lo sabían. Como artista, jamás había escuchado nadie que interpretara como él; acudía a escucharle gracias a que papá se quedaba con los gemelos, y la gente, el público se volcaba en aplausos como si aplaudiera a alguien celestial. Sin embargo, Patrick le decía: sólo me importa que tú me escuches. Morgana no estaba enamorada, Patrick tampoco, era algo más grande porque ya sabemos que eso del enamoramiento es pasajero, eso es una fábula, es como las avionetas, siempre terminan por estrellarse, el amor siempre se larga, por eso lo que sentían tenía que ser algo más grande, mucho más.
Las masas tienen con frecuencia estas percepciones ante lo sublime y ante lo demoníaco, por eso se pueden dejar llevar y manejar no sólo hacia el éxtasis que puede producir en ellos un artista tocado por lo divino, sino lo que es peor, cuando están delante de los del otro lado, este es el caso lamentable que todos vemos ante los dirigentes políticos, en esto todos los pueblos son igual. Patrick era aclamado en el mundo entero y a la salida de cada representación, no concedía ni una sola entrevista, ni una sola fotografía, ni un solo minuto, se había vuelto un raro, buscaba la amistad por poner un nombre que todos conocemos a una relación sincera. Una amistad reciente, pero que ya sabía que era eterna, que venía de antes, de antes de venir, así que buscaba ir a casa de Morgana, a jugar un poco con los chiquillos, a tocarles un poco el piano, a tocar un poco con Morgana a dúo, de forma casera como ella decía, con el abuelo, que disfrutaba mucho porque estaba harto de ver las chorradas de la tele japonesa. A cambio Morgana cocinaría tortilla de patatas y leche con bizcochos, pudiera ser que Patrick buscara a Deméter, buscara la tierra, la vida, la energía, puede que la sencillez de lo cotidiano que en cierto modo nos aporta estabilidad en ciertos momentos, sobre todo para la vida que llevaba él, siempre ajetreada de un lugar a otro. Cómo se agradece algo de cotidianeidad en los momentos duros y cómo se detesta en los momentos más sublimes de nuestra vida... En fin.
Patrick en aquellos momentos comenzaba a componer. Se marchó antes que Morgana, que lo haría a los dos meses, pero no dejaba de llamarla desde cualquier lugar, siempre con la naturalidad del saberse hermanos de verdad, sin más. Morgana estaba realmente contenta y muy feliz de haberle conocido y reconocido. ¡A mi edad!, se decía, y sin preguntas, sólo estar, sin pedigüeñeos. Se ayudaron mucho durante aquellos días de Japón y sake.
 La salida del Japón fue truculenta, ¡todavía lo recuerdo con pavor! Tuvo la gran idea eso sí, de mandar a papá vía Líneas Japan, que es más corto, hacia Madrid con los chicos, porque tenía que pasar unos últimos días en Tokio y era mejor que la familia viajara cuanto antes hacia tierras de Quijotes, ansiadas tierras de España, ¡cómo os quiero cuando no os tengo! Después de cumplir con el último seminario de la universidad nipona, Morgana viajaría con las malditas líneas Aeroflot vía Rusia, en plena convulsión política de cambio URSS a lo que es hoy, que todavía no lo sabemos.
Sin saber por qué, la llegada al aeropuerto de Moscú fue a golpe de escopeta, maldita la hora en que Morgana se había vestido con una chaqueta entallada verde caqui con cuello, botones y bolsillos en negro lo que le daba cierto aire de soldadito germánico. En pleno cambio político, los militares estaban en las últimas, sin saber a qué atender, podían hacer cualquier cosa. Morgana llevaba en los bolsillos los yenes de los últimos dos meses, pero eso era lo de menos. Lo peor fue cuando a todos los integrantes del vuelo los metieron en un bus amarillo de los rusos, es decir de los más cochambrosos del régimen (los había visto mejor en Cuba que ya es decir), y fueron llevados sin explicación ninguna camino de no se sabe dónde. Se habían quedado con su pasaporte, y la mayoría de los enseres personales, bolsa de mano, cámara de fotos japonesa... a excepción de la faltriquerilla del dinero. Era verano, por esa razón papá se había llevado a los chicos para veranear con los tíos, gracias a ellos Morgana pudo ser secuestrada sin problemas.
En Rusia, en verano no anochece, así que en lugar de esperar a que se haga la noche que es lo que cualquier españolito espera, pues no, permanece en un atardecer perpetuo. Laurita había perdido la noción del tiempo por completo pues en Japón había un horario, en Rusia otro y ya se habían sucedido bastantes horas en aquel lugar al que habían sido llevados en el siniestro bus amarillo. La sensación de no saber qué hora es, ni cuánto tiempo está pasando porque vienes de un lugar en el que hay una hora y llegas a otro en el que hay otra, es bastante surrealista, ¡vamos, que no es para recomendar a nadie! Laurita siempre decía que prefería mil veces España con las luces apagadas que cualquier país con las luces encendidas. De pronto le entró la vena unamuniana        —debe ser por lo de la procedencia— y pensó que, en efecto, como decía don Miguel, Dios tenía que ser a la fuerza español. ¡Era obvio que necesitaba volver a su casa! Su casa era cualquier lugar del territorio, unos pescaítos en Cádiz, unas alubias en Asturias, unos mejillones con su amiga (Eva) en Vigo, unas cañas en los madriles, con su amigo Pepet el del periódico por las Ramblas, no hace falta decir que estaba agobiada.
El lugar no era un hotel, qué va, bloques de apartamentos grises como de barrio, como todo lo del Este, bastante feo, plagado de militares que controlaban la situación. Les habían mostrado una habitación más bien cutre, de colcha con rombos desteñida, dos camas y cuatro miembros para habitar las dos camas. Plagado de cucas sí estaba todo, pero bueno eso no importaba mucho porque siempre piensas en que cuando hace calor, estas cosas son normales ¡Esto, pues, es normal! Morgana pensó “¡Cómo no nos lo juguemos al mus!”. “Cuatro para dos camas... lo veo mal, ¡mejor lo de piedra, papel o tijera!.. Patrick jugaba a eso con los chicos”. Morgana siempre pensaba chorradas en los momentos más trágicos, también se le ocurrían cancioncillas odiosas de esas que habitualmente dan ganas de matar como ¡Colegiala, colegiala! o cualquiera de Georgie Dann, ciudadano al que medio mundo tararea en situación desesperada y el otro medio le quiere matar. Es así, en situación de pasarla putas o llamas a una puta, Evaaaa, eso el que tiene la suerte de tener una amiga del gremio, pero desde luego no tarareas el primer acto o el final de La Traviata, no, no sé por qué, pero no es así, siempre es una canción machacona y absurda. “¡Joder, joder, joder!” se decía Morgana que salió a sentarse en unos escalones que daban acceso a los bloques de confinamiento donde habían sido llevadas todas las personas.  “¿Pero qué hacemos aquí?” “Estoy nerviosa, quiero comer con papá y los niños...” “Voy a respirar... sí, lo mejor es respirar... No, mejor rezo, bueno, en realidad estoy en paz, así que me puedo morir...” “No, no, que no quiero que me duela nada...” El corazón latía con fuerza.
Lo curioso para Morgana fue ver, sin entenderlo, que en realidad estaban pocos de los de su vuelo, por no decir ninguno, sólo un japo, el resto eran iraníes, kurdos y demás; la mayoría hablaban árabe y dialectos raros, ¡la jodímos!, se había dicho Laurita. Se acercó a intentar hablar con el japo. ¡Albricias!, éste era un japo que hablaba portugués, según se explicó en un portugués casi intraducible se dirigía a Lisboa a una clínica de acupuntura. Los japos para esto eran bárbaros. Como con los masajes dados por ciegos, en Japón todavía existe esta tradición ancestral, amén de otras; es una profesión que siempre ha sido ejercida en este país por estos invidentes, pues su extraordinaria sensibilidad les procura un don especial, una tradición como digo milenaria.
Bien, pues bajo la atenta mirada de los militares rusos que no paraban de apuntar con sus fusiles, el japo, paticorto como casi todos los japos, se dispuso a dar un masaje en el largo cuello de Morgana, un cuello a todas luces de pato mareado más que de cisne. De nuevo una situación surrealista en un momento tremendamente trágico, criminal se diría. El japo parlador, de portugués tampoco entendía nada, pero estaba todavía más nervioso que Morgana, la cuál tarareaba todavía más cancioncillas deleznables e histéricas, esta vez pasodobles, España cañí  y eso.

El bosque enfrente del bloque de pisos, Morgana ni se molestó en entrar a la habitación a acostarse, lo que menos tenía era sueño, y le dolía la cadera pues una soldado la había propinado un buen empellón con un rifle que le había hecho polvo, ¡cómo para dormirse! Además, observaba que el bus amarillo seguía allí. “¡A lo mejor tienen pensado poner un horario de salidas como en las agencias de viajes!”, pensó con cierto infantilismo. Ante las miradas de todos Morgana permanecía sentada en los escalones de los bloques, su larga melena recogida en un moñete, el japo acariciando su cuello de jirafa y dándole esos crujidos horribles que te enderezan la columna y te quedas nuevo... Y el militar que no abandonaba la plaza y que ya se estaba cabreando de tanto sobe de cuello. Como todos los militares, imaginaba una conspiración.
               De pronto, Morgana tuvo lo que ella pensó que sería una buena idea, y es que aún sin saber por qué habían sido llevados allí, sin saber si era una simple escala de un avión que se retrasa y que llevan a unos pocos de cada uno de los diversos pasajes o que los reparten o qué sé yo, porque de su avión sólo estaba el japo masajeador; bueno, en el caso de que el pasaje fuera llevado a un lugar en espera del próximo vuelo a Madrid, o si en realidad, además de todo esto sucede algo extra, que nadie explica porque nadie habla inglés. Tuvo una idea. ¡Nadie me va a creer en España cuando lo cuente! Sólo la gente que viaja sabe que éstas y otras muchas cosas raras pueden pasar, en realidad uno vive desprotegido a expensas de cualquier barbaridad. Tuvo una idea, pero sintió pánico. Pensó en sus chicos y en papá y la angustia de no volverlos a ver... Un poco más y le produce una angina de pecho. Armada de valor, como siempre, se acordó de Huidobro y de que había sido corresponsal de guerra, esto puede que le salvara la vida. Y se sintió afortunada por saber tantas cosas y por poder tener el valor de la transformación, de poder meterse en los zapatos de alguien a quien ha conocido en los libros, o que quizás ya lo conocía. Morgana se concentraba.
Recordó que se habían quedado el pasaporte, pero en la faltriquera, junto a los yenes conservaba dos carnets importantes que a un ruso absurdo le podrían impresionar, uno era el del CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) y otro el de Press, que había conseguido en unas colaboraciones en el Washington Post. 
Morgana realizaba buenas entrevistas a personajes importantes que luego vendía como free lance. ¡Aquellas entrevistas realizadas a los académicos de la lengua! Gracias a su amigo Ricardito Barbás conservaba aquel carnet de periodista que naturalmente nunca había utilizado para nada, pero en esta ocasión le podría salvar la vida. Fugazmente recordó el rostro, la expresión del académico cuando Morgana le preguntó si pensaban sentar algún día en algún sillón de la Academia a algún corresponsal de guerra, como Vicente Huidobro, y recordó las diferentes posiciones académicas, las diferentes ideologías... y qué haría realmente un corresponsal de guerra en la Real Academia Española. ¡Que queremos estar a todo! No todos son Vicente Huidobro, pero en fin nada como inventar la realidad para que ésta suceda ¿verdad? Pensó Morgana en una mezcolanza de imágenes atormentadas, rápidas, vite, vite, que solamente el objetivo de una cámara de cine describiría con la misma exactitud que el recorrido de un canard francés en un estanque. No hay como inventar la realidad para que ésta se produzca, otra vez lo repito. Su cabeza era un hervidero con músicas absurdas y ruidos de lavaplatos, esto le sucedía cuando le asomaba la cefalea, que eran veinte días al mes.
Con seguridad un corresponsal de guerra podría ser en todo muy creativo y tener una fantástica imaginación romancesca, pero de ahí a hacer algo por la lengua española. Para eso ya están los que son del oficio, los expertos, los que han estudiado para ello, a cada cuál que Dios ponga en su lugar que de nuevo estamos frente al intrusismo; en fin, lo que estaba claro es que un corresponsal podía vivir y observar una batalla, sobre todo en un mundo de intrusos. Lo que no hay derecho es que haya hispanistas y otros eruditos de la lingüística y la literatura española allende las fronteras esperando que alguna vez se les reconozca su esforzado trabajo, y al propio tiempo las academias, además, incluyan a una diversidad de mangantes del arte de última hora en el lugar de a aquellos. La vida es así, y o vives todo el día emputado o te empiezas a relajar y ese es el punto donde ya todo da igual, y es donde en medio de la mediocridad puedes aceptar y ser testigo de cualquier cosa que, tranquilo, tu ética ya no va a protestar: es el absentismo social al que llega el pensamiento y lo que es peor, llega el propio ser humano como tal consecuencia.
En efecto, el militar leyó el enunciado de Press y palideció, salió corriendo a hablar por teléfono y al instante llegó un vehículo militar que se llevó a Morgana de nuevo a Moscú. Matarme no me van a matar se decía Morgana, así que oraba y estaba dentro de lo que cabe tranquila, si no fuera por las cancioncillas asquerosas. “¡Por qué me traicionan los nervios en esto!”, se decía.
            Al fin fue llevada a hablar en inglés con lo que debía ser un alto cargo. No entendía muy bien qué pasaba, pero pudo entender que la situación era trágica, que había revueltas civiles y que por encima de todo les interesaba dar una buena imagen de cara al exterior. Algunos militares pensaban secuestrar algún avión, tener rehenes, pero querían gente europea y no árabes. Estaban contentos de haberla encontrado. “¡Vaya por Dios!”, pensaba Morgana. Habida cuenta de sus posibilidades como corresponsal y como había revueltas en la zona sur su cometido estaba claro, tendría que ir ella en el Transiberiano a cubrir ese recorrido para publicar toda la situación. “¡Qué!” Ella explicó que tenía familia, unos niños, un padre... que sería imposible... Los militares demostraron su situación de tensión absoluta. Morgana pidió llamar por teléfono. Habló entre lágrimas con papá y los chicos. Quizás estaba de Dios que ella tenía que hacer eso, serían unos quince días, los chicos estaban en la playa... Pero ¿y ella, cuándo descansaría? “¿Y mis cosas?” Otro alto cargo, también rubio con entradas como todos los militares rusos, le explicó que la situación era enormemente complicada, que había rehenes, que la única periodista europea de que disponían en ese momento era ella. Tenía que cubrir ese reportaje, traer novedades, lo debía al pueblo ruso, le dijeron. Morgana pensó ¡qué cojones (otra vez) debo yo al pueblo ruso! ¡Me cago en la leche! (de nuevo.)
—Por favor —dijo—, que al menos me faciliten la maletita pequeña.
Quería bañarse, perfumarse, no sabía qué hora ni qué día era. Iré en el Transiberiano, seré como Huidobro se decía. Sólo que a mí la vida me cuesta mucho, yo no soy rica como el poeta chileno. Se sentía muy desgraciada. ¡Cuánta podredumbre humana! ¡Que me mandan a Siberia! ¡Nadie me va a creer, en España nadie se cree nada! Lo inverosímil de la vida surge cuando te enfrentas a vivirla. Afortunadamente no tendría que llegar hasta Vladivostok, pues quizá en otra circunstancia y quizá en otra compañía sin duda no le hubiera importado nada en absoluto, pero así, como corresponsal de guerrilla, dos años en Japón sin volver a España, y de vuelta a tu país, verse en ese fregao... pues no le hacía mucha ilusión. Se acordaba de Patrick, no sabía por qué pero se acordaba de él, pensaba mucho en él, no se le iba de la mente. ¿Qué estaría haciendo? Preparando algún concierto, o quizá enamoriscado de alguna periquita, pensaba ella; cómo le gustaría en ese momento escuchar su violín o poder tocar con él algo al piano, un rato de calma cómo se agradece en los momentos de zozobra, un café en el Gijón, o ver la tele con los niños tomando palomitas... En realidad Morgana se puso triste, porque hacía tiempo que no cumplía con esas cosas como todas las madres, trabajaba demasiado. Morgana era una máquina de trabajar en una profesión de pesetilla, pero al menos trabajaba en lo que le gustaba que no es poco. (con esto se autoconsolaba.)
Le asaltaban miles de ideas, todas rápidas, y se enganchaban literalmente en su estómago, de pronto sentía lástima de sí misma, ahora se compadecía, se quería mucho y se quería abrazar, quería llorar, reír por esta viva; al mismo tiempo sabía que probablemente cuando se muriera en algún lugar le darían muchos premios, porque si no... no merecía la pena vivir... esa era aún su mentalidad infantil y femenil que tanto le achacaba Patrick, el amigo que tan pronto y tan bien la conocía ya.
Morgana tenía fe en si misma... y se hacía muy pequeñita resumiendo los grandes conflictos de la Humanidad a la nada, como sucede cuando te vas a morir, que son muy pocas cosas las que realmente te llegan a importar, son momentos donde todo pierde la jerarquía que de forma habitual le inculcamos, como a los objetos, a acontecimientos o a personas, a frases, a canciones, a casas... a cosas y también a los quesos. Morgana practicaba la prière como dicen los franchutes, lo que a Patrick, agnóstico desde antes de nacer, le enternecía enormemente verla en esa devoción. Ahora Morgana oraba y siempre conseguía encontrar después de una tormenta, la paz. En fin, con lágrimas en los ojos ocupó su vagón en el tren más largo de la historia dispuesta a cubrir un buen reportaje y salir del aquel atolladero lo más airosa posible para volver a casa pronto.
¡Quería estar con los niños, quería besos de “babutis” y hacer sopa! El Oriente es rojo, y de los 9.289 km que abarca, 1.777 a lo largo de Europa y 7.512 en Asia, Morgana no tendría que recorrer todos, por fortuna, el conflicto se encontraba en un pueblo muy cerca de Omsk. Su artículo habló de la magnificencia del imperio ruso desde siempre, del tesón, una semblanza al transporte, de los trayectos de Miguel Strogoff, tierras de epopeyas fascinantes, en fin no iba a hablar de los miles de hombres que perecieron para poder hacer esas obras empeñadas en ser realizadas a machamartillo. Al fin, la revuelta como siempre sólo eran unos cuantos campesinos que se oponían al cambio, como siempre temerosos de ver sus vidas expuestas por la historia al hambre y la miseria. ¿Sería un sueño? El tren era... el silbido de las conciencias humanas, ese ruido que atormenta a los que yacen creyendo que todo está bien al entregarnos a las manos del éxito, esa corrupción metálica y material por la que todos luchan para nada, porque todos llegamos al mismo lugar sin apenas saberlo, eludiéndolo. Había regalado su chaqueta de cuero de Guignard francesa por algo para beber caliente, admiraba la fortaleza de las mujeres rusas, se impregnaba de ellas, se mimetizaba en un fabuloso complot de género.
Entre las sombras del tren pasó más que miedo incertidumbre que es el hermano menor del desequilibrio, cuerpos reclinados entre amargas sombras que imploran piedad de humanidad, soledad infinita y machacona que penetra en nuestro corazón con una inquietud muy grande, con un papel que desempeñar casi impropio cuando Ella se había repetido mil veces que no tenía ninguna vocación de corresponsal, ni de contar lo que uno ve, ni lo que le dicen, ni nada. Porque contar lo que se ve es imposible, siempre estará tamizado por el filtro de nuestro espíritu, de nuestra sensibilidad o incluso de nuestra moralidad falsa o postiza, ética o aprehendida, eso da igual, es un escollo que solventar: nosotros mismos y nuestra percepción de las cosas es la que nos lleva a veces a anhelar la muerte. Otros perciben las cosas de forma distinta, no tienen conciencia y por eso pueden ser felices, si quieres contar lo que en verdad ve y percibe tanto tu corazón como tu mente, entonces no puedes nada. Pero la vida también en ocasiones es la que nos pone una vocación no deseada, como con los hijos, sucede igual porque es el mismo proceso. Compró unas papas calientes a unas mujeres rusas, allí donde te venden de todo, una lámpara, bayas de los bosques vecinos, zapatos o unos bollitos raros, ¡qué extraño se siente uno entre tanta gente tan ajena! Rostros extraños y desconocidos, niños con hambre nerviosos y otros iraquíes, todos mutilados, ¡pobrecitos! Con brazos y piernas postizos de plástico, destrozadas sus vidas por las guerras, viajando de un lugar a otro ¡sólo sabe Dios para qué! Ingieren bebidas extrañas que parecen de cola, pero que están calientes, como el agua, ahora que tanto calor hace y este tren que recuerda constantemente aquellas aldeas que han vivido del trueque durante años, del ostracismo en el que en realidad vivimos todos instalados, por lo menos Yo. De pronto Morgana vio en el Transiberiano que viajaban todos los de su mundo, contemplaba con fascinación todas las épocas, miles de personajes, el mundo entero, sin duda la vida completa, su vida estaba allí y la mayor desolación era que ninguno la quería mirar, era como si les hubiera traicionado a todos. El mundo de la ficción —de los lectores, se entiende— y el de la realidad —que es el mío— se estaban dando la mano y Morgana no sabía bien en qué momento estaba, pero todos comenzaron a mirarla culpándola de traición, eran ojos de llanto, lágrimas de hambre y desesperación. Hombres con manos inservibles para la música o para las caricias porque tienen frío y pañuelos. Muchos pañuelos, cabezas cubiertas por telas para llegar a criaturas infantiles que gritan al unísono de dolor como los chirridos del tren. Morgana se había desmayado.
Desde que se fue, triste vivo yo. Estas eran las palabras que recordaba Patrick en cuanto se enteró de la noticia. Papá amenazaba con comerse una mayonesa caducada y seguía con la obsesión de pensar que todos los de la televisión le miraban, le acuciaban, querían saber de su vida... “¡Schuusss... que nadie se entere de que estoy aquí!” “Vale, papi, no te preocupes, por mí, no te preocupes, que yo no te digo nada”. Llegó más tarde de lo previsto, y con la familia algo trastornada por su ausencia, pero llegó, Ella algo tocada del ala, pero todo se lo quedaba para sí, como en las obras de teatro. Morgana firmaba sus artículos bajo el seudónimo de La dama duende, porque le daba la gana, porque no tenía ninguna vanidad, porque no quería figurar en ningún lugar del mundo, por muy mundial que éste fuera, y porque estaba lleno de tristes que tristeaban y eso era muy lamentable, tristes a quienes se les caía mucho la caspa, caspa eternal, una caspa de la que cae hasta por los ojos, esos que se arrastraban por la vida, porque la vida por ellos no hacía nada, en realidad. Morgana admiraba a aquellos que eran dignos de admirar... la soulité. Nadie me quiere, había llegado a esa conclusión, probablemente Siberia te propicie eso, como el desierto, son lugares que te dan verdad, como Patrick. Morgana llegó a esa conclusión como cualquiera que llega a poco que analice su vida, su entorno y sus circunstancias, quizás no se tenga uno que ir a Siberia, ni al desierto, porque el amor es ocasional, es una célula que se mueve en función de lo ocasional y siempre va a provocar una perplejidad en el hombre-mujer digna de ser detenidamente analizada. Aquello que en un principio le producía un enorme quebrantamiento de su sistema nervioso, después fue convirtiéndose en un compañero de juergas, casi un hermano de diálogos y de monólogos. Porque en realidad, para Morgana, es decir, Yo, primera persona del singular que a veces gusta hablar de sí misma como si se viera desde fuera, gustaba detenerse ante sí misma y su entorno, como si se enfrentase al contexto literario de siempre, en realidad a su mundo de procedencia.
—¿Mis hijos me quieren porque sí?
—Sí, tus hijos te quieren por que se lo han dicho, han llegado al mundo, han visto a su madre o más bien les han dicho que esa era su madre y se ha terminado el ciclo.
—Eso es, mis hijos me quieren porque por principio ético me van a querer y me lo perdonan todo. Esa era la sensación amorosa que tenía Morgana con respecto a la relación madre-hijo, exactamente esa, la del amor puro que acepta sin remilgos cualquier posibilidad, cualquier situación, pero sólo hasta un momento, hasta en el día del adiós, ese día en que no eres tan imprescindible. Si acaso ese amor filial era el que más le había enriquecido en su momento tierno de primera infancia, era el que más le había llenado a pesar de que fueron años de absoluta entrega, un matadero interminable, un vivir en lo cotidiano más allá de lo razonable porque precisamente la cotidianeidad era lo que le había puesto los pies en la tierra, a Ella, a una aventurera a la que la aventura vino siempre a llamar a su puerta. Luego, con los años, el amor llevado todavía más a la práctica de lo diario, le hizo desconfiar en buen grado de sus posibilidades emocionales, en tanto en cuanto éstas no le dejaban margen de supervivencia, tal vez por creerlas irreales o pertenecientes al mundo de lo circunstancial. Las malditas circunstancias, esas que envilecen a todos y que todos nos agarramos a ellas para intentar así descargar nuestra conciencia, esa que no nos deja ni dormir cuando nos ponemos a analizar los porqués de nuestra vida, nuestro núcleo de acción, el contexto histórico, los otros personajes y su mundo..., en fin, cuando nos analizamos como eso, como lo que somos: personajes de un mundo ficticio que algún día tornaremos en desaparecer. Con uñas y dientes nos aferramos a una inmortalidad inexistente más allá de las fronteras de lo cognitivo y sufrimos al saber que en vida, que en este ente que llaman Tierra, un día desapareceremos y ya no nos van a leer más. Ya nunca nos darán vida.
            Estas cosas rondaban por la mente de Morgana cuando cayó en la cuenta —rompiendo su mundo de sueños y realidades— de que no había preparado la cena, y los chicos llegarían de un momento a otro, probablemente con bastante hambre, como de costumbre. Sólo hacía un mes que había regresado de su experiencia rusa, el reportaje fue publicado con éxito y bien pagado, las cuestiones políticas solucionadas por mediación de la embajada, pero a Morgana le duraron los nervios una temporadilla, aún estuvo un tiempo sin subir a un tren. Pero la vida no te deja tiempo para lamentos ni depresiones. A eso se refería Morgana cuando decía que los hijos te ponen los pies en la tierra, a que sin lugar a dudas rompes continuamente tu condición de ser especial, de ente elegido, inmortal, para ponerte a cocinar o a limpiar el inodoro. La vida era así y con esas premisas había que aceptarla si lo que se quiere es estar en ella. Por cierto que según limpiaba el inodoro se acordaba de Rabelais, ¿Por qué? Porque sí, porque sucede que cuando has llevado a tu vida determinados mensajes y los has incluido en ella y en tu mente como algo natural, entonces fluirán como algo natural en el momento más insospechado, con las cacas, o con los militares. He aquí la aventura de lo surrealista. Rabelais, Rabelais, insigne poeta ¿por qué no te vas a pasar vientos y me dejas en paz en esto tan asquerosamente cotidiano y mediocre como es limpiar el inodoro? ¿Por qué apareces ahora? De nuevo lo sublime en combate con lo terrenal, esa era la lucha encarnizada que había que sufrir de por vida. La cancioncilla asquerosa que fluye por la mente en el momento que más requerimos del recogimiento, tal vez sea una forma de escape, lo bello y lo terrorífico, no lo sé.
Eso le sucedía a Morgana en los entierros. Lo cierto era que su presencia en este tipo de actos sociales era sin duda una prueba extraordinaria de tenacidad y de autocontrol. ¡Qué iba a hacer! Cada quién ve la tragedia cómo y dónde quiere, el hombre frente al dolor en su más alto grado de sensibilidad que permanece inalterable en esta relación tan antigua como lo es el propio nacimiento del hombre que no es otra cosa que El nacimiento de la tragedia, ¿de dónde proviene se pregunta Nietzsche? Es obvio que lo trágico no se puede separar del arte, de ahí la procedencia y desarrollo de mi vida. Qué desgracia tan grande el tener un nombre para los sentimientos, de esto ya tomará cuenta el lector en sus ratos, qué molesto llega a ser el Diccionario con esa manía de darle un lugar a cada cosa, como si todo se tuviera o tuviese que explicar y encasillar.
Llegar al cementerio y temblar de emoción era todo uno, una risa nerviosa comenzaba a invadir su cuerpo desde el momento que se acercaba a cualquier situación de las del adiós, como Ella decía. En realidad, probablemente por su carácter puro de personaje, por ya estar de antemano hecho o por conocer de sobra su procedencia, y probablemente su destino, estaba enormemente acostumbrada a esto del adiós, como los niños, aunque en ocasiones como es lógico, estos golpes resultaran tan duros para Ella como para cualquiera. La muerte estaba siempre ahí, y lo que a Morgana le preocupaba más que nada en realidad eran las reacciones, es decir el estudio de las emociones que el núcleo de la acción —es decir, la muerte— genera en los otros.
Por eso, le producían risa las palabras clásicas de siempre en mujeres de luto de siempre, plañideras que cambiaban el tono de voz como la mejor de las actrices, pero claro, es que es así. Las repetidas frases "ya se ha ido", "nos ha dejado solos", "qué carita se le ha quedado", "era tan bueno" —esa era la peor—, "qué bueno era"  le producían a Morgana un estado extraño de piedad y cachondeo, de no creerse nada del sufrimiento ajeno, del grito ajeno, del llanto ajeno. Los entierros están muy bien, porque es lo que hay que hacer sobre todo cuando estás en edad de morir, es decir, sobre todo cuando la muerte es a una edad natural. Entonces, el dolor, es otro, es un dolor de comprensión, de aceptación y nada más. Los caretos que por lo demás tenía que contemplar Ella cada vez que asistía a un velatorio, funeral o misa de difuntos católicos, era la verdadera contemplación y ratificación de que en realidad nadie tiene fe, ni siquiera la tienen los sacerdotes. ¿O acaso ellos confiesan con naturalidad su procedencia escénica? Pues no, ni siquiera la tienen clara; ellos son distintos, no pertenecen al mundo de las pasiones, por lo  tanto no lo tienen claro, no son como el resto de los humanos, por lo tanto no son como Jesús, que se hizo humano, ese al que tanto profesan, y que no han caído en la cuenta de que su humildad es para todos, aun más hoy, todavía inalcanzable.
Lo más importante, lo fundamental del arte teatral es la interpretación, también cuando muestra lo cotidiano en escena, el teatro reconstruye los fragmentos por sus propios procedimientos teniendo por divisa la interpretación. Mostrar la vida en escena significa así interpretar esa vida desde entonces, lo serio se vuelve divertido y lo divertido sin duda torna en tragedia. Cuando vayamos de retorno al mundo de los personajes... pues se acabó. Desde las Coplas a la muerte de mi padre, de Jorge Manrique —una huella muy clara de la concienciación de mundos ficticios—  hasta hoy no paramos de darle vueltas al mundo de los muertos, al paso del tiempo. La imaginación es así, nos imaginamos muertos, imaginamos nuestro funeral, cómo tienen que compatibilizar los personajes para sobrevivir entre el mundo de lo cotidiano y de lo sublime, en superar la carrera emocional de las frases hechas de los entierros: "te acompaño en el sentimiento" golpes en la espalda, palmaditas en las manos, miradas cómplices, rostros abrumados y sin que nadie diga, por ejemplo, "pero qué a gusto te has quedado, hija mía", que es en realidad lo que uno piensa. No es irreverencia, es saber estar cuando las circunstancias tornan así. A Morgana le daban risa los entierros y no lo podía remediar, congeniar los dos mundos era muy complicado, precisamente por lo de las relaciones de la vida y el teatro; para Morgana, los entierros debían ser mucho más íntimos y más largos, de otra manera, un entierro de introversión de dolor infinito por un adiós momentáneo, puntual hacia aquellos seres que queremos, o que pensamos que nos son imprescindibles, aunque después se comprueba que no es así, porque lo aguantamos todo. Pocos son los que se han muerto de dolor por la muerte, por lo tanto es algo a lo que se supone que debemos sobrevivir. Ahora bien, ¿y los demás? ¿Quién me llorará todos los días? ¿Quién me necesitará de verdad y se dejará de parafernalia de enterrador profesional? ¿Por eso pienso que no me quiere nadie...? ¿Porque no suena el teléfono? O acaso la huella universal, eterna que tú quieres dejar en el resto de los demás debe trascender un poco más el alma humana, el diálogo de lo previsible hacia lo imprevisible que supone una vida en la que alguien que amamos no está. Entonces, para eso no hace falta que se mueran de verdad, nosotros podemos asesinarlos alegremente o hacer que alguien permanezca vivo en nosotros para siempre.
Morgana había soñado muchas veces con la profesión de enterrador, o el regentar una funeraria, pues a todas luces los espectáculos diarios debían de ser dignos de ver, de considerar o de escribir en la memoria.
—Pero eso ya lo habías hecho bonita.
Ya habías dado por verdaderamente muerto al que fue padre tus hijos, bueno al que engendró a tus hijos. Unos mueren de verdad para nosotros aun estando vivos, y otros aun muriéndose permanecen en nuestras vidas día a día, en lo cotidiano y en lo sublime, como los versos, como los poetas, como aquellos a los que amamos de verdad que se mantienen en lo infinito de nuestra memoria para siempre y salen y entran de continuo, aunque para sobrevivir a su muerte casi hayamos tenido que dejar la nuestra. Y volviendo a la solitude se decía Morgana, amar, amar, llamar o no llamar, en realidad, ¿qué es necesitar a alguien? ¿Es eso amarla? ¿O amar es recordar? Lo que amo de infinito es irrenunciable de por vida, y Patrick a lo mejor comenzaba a entrar en ese escaso círculo de finitos e infinitos inmortales. Después de haber preparado la cena, probablemente arroz basmati, con pollito y ensalada (la ensalada siempre presente como la funeraria), después de haber hablado con sus hijos sobre arte, después de hablar con Eva de asuntos de cultura, de haber repasado algunos temas importantes para sus clases, de haber convivido... Morgana se preocupaba por su inmortalidad y sobre todo por saber si sus hijos la olvidarían, a Ella que estaba dando la vida literalmente por sacarlos adelante, por hacer de ellos hombres de bien, hombres humanistas en el mejor y más grande sentido de la palabra. Les había enseñado de todo, así debía ser, Morgana sentía que había hecho bien su cometido, que había logrado dar y donar lo mejor de sí misma, de todo lo que atesoraba en la vida, de su conocimiento, de su filosofía, en suma, de todo su universo a aquellos que Ella proyectaba que serían dos hombres hechos. Por eso se preocupaba por saber si aún tendría lugar, sin recordar que su huella en ellos había sido implacablemente favorecedora. Había creado a dos ángeles y ya podrían salir un día a volar sin ella por eso le temblaban las piernas ante la incertidumbre de pensar que ya no tenía gran cosa que hacer para ellos. “¡Ahora van y me entierran en vida que es lo peor!”, se decía.
(Después de haberme comido una lata entera de almendras tostadas cualquiera puede imaginarse cómo tengo el estómago.) Sigo. Los hijos vienen a tu biografía alterando en verdad tu realidad y por esa razón no es reconocible en vida una ruptura tan evidente con la realidad que uno ha construido de forma nueva e inalterable. La pérdida de los hijos supone la antibiografía porque no son seres que vayan y vuelvan como otras personas a las que podamos sacar de nuestra vida. Los hijos cuando llegan se instalan en la vida y ésta ya no se concibe igual si ellos, ya no están. Bueno, esas ideas se le pasaron de súbito, naturalmente que tenía muchas cosas que hacer, uno tiene la edad de sus proyectos, sólo es que había tenido un acceso de soledad, de inquietud ante el abismo de estar sola, cansada, parecía que con los chicos había perdido la costumbre... y ya era hora de volver a amar el retiro esencial que nos da la soledad física y unitaria de creernos solos. ¿Qué huella haré sobre los demás, tal vez Patrick sea un amigo eterno? Bueno voy a contar una cosa al lector que yo en realidad no me invento nada en materia creativa, ni mucho menos, estas cosas de la imaginación creadora y la tragedia ya le pasaban a Chejov que creo que era alguien.
El autor ruso en momentos nada divertidos tenía la costumbre de romper a reír cuando escuchaba hablar a alguien, lógicamente modificando, reconstruyendo mentalmente las situaciones en posibilidades humorísticas, dándole forma artística. ¿Y qué culpa tenía él? A Igor Illinski, según cuenta Meyerhold, le sucedía lo mismo, mal que a uno le pese, cuando en realidad no son nuestras palabras ni nosotros las que les producen la risa, sino su propia imaginación. Es cuestión del pensamiento del creador. No, si lo digo porque quizás poniendo los ejemplos de estos rusos entre otros, pues a lo mejor me salvo de la quema de brujas, y explicando el proceso me dejan en paz con eso de que estoy loca, vale. Estas y otras chorradas remataban la noche, como un zapateado por martinete, en la mente de Morganita que era obsesiva, cuando algo entraba en su cabeza y no quería salir... Por cierto que el martinete es de los palos flamencos más machacones que existen, se ejecuta sólo con percusión, sin guitarra, idóneo para volverse majareta, pero eso sí, acompaña rítmicamente muy bien cuando el sujeto se encuentra con una idea fija y repetitiva en la cama sin saber qué hacer o cómo salir del atolladero, garantiza para el siguiente día un dolor de cabeza extraordinario. Mañana será otro día, pues mañana pensaré, Yo, que siempre estoy de entierro cuando no tengo una biblioteca a mano. ¡Oh, no!



Lee y piensa: samaritano o fariseo ¿qué eres?

samaritanos, fariseos...

Los libros sagrados siempre me han interesado en grado extremo y es por ello que mis reflexiones sobre la vida alcanzan también a una de la...