lunes, 11 de diciembre de 2017

Buscando al mono gramático: Ahora me doy cuenta de que mi texto no iba a ninguna parte, salvo al encuentro de sí mismo.

   
Era absurdo pensar que todo va a ir bien porque para eso no se viene al mundo, precisamente para que todo vaya bien no, aquí hay que estar siempre jodido y con mucho sueño, pensaba Morgana ¡Qué horror el comentario de hacerse viejo que todos hacen para que les digas que no están mal! Bueno, todos hacemos frases del tipo: “¡Sin gafas ya no soy nadie!” o “!Es que estoy ya muy mayor!”, que era de las preferidas de Morgana. En fin, fines: “No, mujer, pero ¿cómo puedes decir eso? Si estás en lo mejor de la vida”. También ese era de los peores comentarios que se podían, a la sazón, escuchar. Como había escrito Octavio Paz en los versos de la Refutación de los espejos: “Los espejos repiten al mundo pero tus ojos lo cambian: tus ojos son la crítica de los espejos: creo en tus ojos. [...) ese agujero no es el espejo que devuelve tu imagen: es el espejo que te vuelve Imagen”. Por eso, en esa rotación absurda de devenires, de miles de fotos de Henry Cartier-Breson y de miles de espejos con que Morgana tenía decorado su salón, pensaba sin duda que nunca se está en lo mejor de la vida, lo mejor de la vida está cuando se termina. Pero, bueno, en esto Morgana había conseguido paliar los efectos de las desgracias mediante el efecto de la superposición, había tenido suerte en este sentido, y es por encima de lo bueno o de lo malo de su existencia que se iban superponiendo nuevas cosas que le hacían distanciarse o mirar con lejanía aquellos acontecimientos, tanto de un lado como de otro del dolor y de la alegría. Es decir, que hay personas o personajes a los que la vida no les da la oportunidad de poder olvidar o distanciarse de aquello que fue tremendo en su vida, por eso se quedan como anclados a la desgracia sin poder alejarse de ella, o a la alegría sufriendo de nostalgia de aquellas cosas que pasaron buenas para nosotros pero que ahora por alguna razón son tiempos que ya no se pueden vivir igual, de ahí la añoranza, la tristeza absoluta que sentimos sin saber por qué, muchas veces o muchos días o puede que muchos años. Lo pasado, pasado está.
En fin, que Morgana era una triste —le decían— porque ya daba por perdidas determinadas situaciones a las que no dedicaría ya ningún esfuerzo, porque para Ella estaban olvidadas y excluidas del para sí, en eso tenía perdida toda la ilusión puede que tuviera perdida toda la esperanza en cierto modo. Quizás viviera en una fuerte depresión —como dicen ahora— y nunca iba a identificarlo como tal, sobre todo por su potencial de energía, una energía que a todos emocionaba, una energía que la hacía ser diferente a los demás, con una dignidad de otro mundo, quizás era por lo de ser un personaje y venir de allá, que nunca se sabe. También se puede ser un sentimental y ya está, y yasteo, me admito como soy y no por eso voy a tener que ir irremediablemente al psiquiatra, si uno es un sentimental, pues lo es, como el que es alto, guapo, gordo, o flaco. ¡Esa puñetera manía tan contemporánea de pretender que todos seamos iguales me exaspera! Por tanto, el que no lo es, está perdido, ya es un rarito de tomo y lomo. Poca metafísica veo yo en todo esto, ¡insisto!
(En fin, sigo. Como sea, Morgana se pasaba la vida en cuanto a lo cotidiano en perpetuo empute, voz no recogida en el Diccionario de la RAE —que se sepa—, pero que define muy bien el estado de cabreo. Ahora mismo acaban de entrar varias moscas, hecho razonable si se tiene en cuenta que una cosa es ventilar las habitaciones y otra muy distinta tener las ventanas de par en par doscientos minutos para que se llene la casa de bichos inmundos, pero es que Isabel -la asistenta- es así, nadie hace bien su trabajo.)
En el fondo no tiene la culpa la mujer de la limpieza, el culpable de mi empute, además de las moscas es un casposo compañero de departamento, o directorcillo, ese de los que como te ve de aspecto joven y mujer, sobre todo mamá, la has jodido, de esos que se convierte en paternalista y supresor. Los textos puede que se hagan a sí mismos, pero hay cada uno que necesitaría varias vidas y diversas historias de la literatura para que le dieran algún papel de sui géneris, porque lo que se merecen es no salir nunca, ni de malos, bueno se merecen que no salga de ellos ni la caspa, ni de ellos el primer mono precursor de su estampa. ¡Anda ya! Era un día de diario y tanto el empute como el verbo yastar habían crecido sobremanera cuando Morgana había intentado que su amiga Eva Ojeda presentara su libro de poemas en la universidad extranjera de unos amigos. ¡Acabose! Resulta que la señora, porque esta vez topó con una colega, no quería promocionar a la poetisa tal honor, porque no era conocida y ni siquiera había ganado ningún premio, tan solo tenía un libro de poemas autopublicado.
—¿Y qué? —contestó Morgana—, todos los grandes lo han hecho, todos se han autoeditado sus primeros libros, lo importante es que éstos de la Ojeda son buenos.  En cuanto a lo de los concursos no me toques las narices o ¿vas a decirme que los integrantes de los jurados que valoran obras son alguien como para decidir el futuro de un creador? Tranquila doctora —esgrimió Morgana—, ya me encargaré yo de que se conozca a Eva Ojeda. Además, tú te lo pierdes, porque es guapa, da fenomenal en las cámaras de la tele; ha sido puta, con lo que te pierdes conocer a alguien de esta especie; sabe de arte más que tú y que yo, y sabe hablar de todo, bueno sabe más que tú y yo juntas. No te preocupes, guarda tu universidad para los fósiles, que, desde luego, no me extraña que no sembréis las semillas ni de la afición por la literatura, ni de la creatividad, ni de nada... Bueno sí, la supresión de la conciencia... Estas y otras cosas cariñosas habíale esgrimido Morgana a la decana en, sutil al principio y al final encendida conversación colegial y normal, en un día cotidiano de moscas y más moscas que entran a joderte la marrana. Es que la Universidad, y su encorsetamiento, también es así; en general, están los que no tienen que estar. 
Nada como la esgrima, deporte que Morgana practicaba siempre que podía. Un deporte en España elitista y mal mirado, sobre todo si es esgrima artística: “¡Ah!, sí, eso en que te disfrazas de mosquetero!”. Somos unos paletos... Ahora me acuerdo, 1785 es la fecha en la que Carlos III instituyó la bandera roja y gualda, de tres listas para los buques de guerra y la de cinco para las demás embarcaciones; la primera se convertiría paso a paso en la bandera de España. Hecho fundamental para los españoles, sobre todo si se tiene en cuenta que ese mismo año Mozart realizaba tres de sus mejores composiciones: El concierto n.º 20 en do menor, K 466, el concierto n.º 21 en do mayor, K 467 y el concierto n.º 22 en mi bemol mayor, K 482. Los españoles como siempre pensando en gilipolleces, como si no hubiera otra cosa más importante, menos mal que ha habido algunos que nos han llenado de gloria y en aquel mismo año de 1785, Francisco de Goya inicia una serie de retratos de los directores del Banco de San Carlos —embrión del actual Banco de España— con el de José de Toro, un retrato por el que Goya recibió 2.328 reales y en el que asombra la mirada del personaje. El tal, era un rico indiano, diputado de la nobleza del reino de Chile, que llegó a ser director del Banco de San Carlos. En España siempre atentos como José de Toro a sucesos extemporáneos, atentos a otras cosas que no nos conciernen y Goya como espejo de su tiempo así lo refleja. Por eso tengo que ligarme a todo lo español, porque vengo de aquéllos, de todos, ¡pero qué paleta eres hija! Ires de venires de tiempos que a veces no fueron "mehoreh". ¡Claro que toda la vida en las clases de lingüística aplicada a la literatura y en la vida de los autores explicando dónde habían nacido éstos, y lo poco leales que habían sido a su tierra, que con razón! ¡Pues era español y se acabó! Como los franceses. Después de todo podían haber pedido la opinión de don Francisco de Goya para lo de los colores de la bandera, a lo mejor hubiera organizado la debacle.
Lo cierto es que así: tras tanto andar muriendo, tras tanto de uno en otro desatino... Así fue como conoció a Patrick una noche en Shiatshu, un garito de occidentales en Osaka, una de las pocas noches en que Ella salió por puro compromiso, aunque aborrece bares y tabernas por ser lugares indignos, salió a ver qué pasaba como siempre en busca de haikú y de monos gramáticos, salir de forma absurda, como toda Ella. Una de las "mehoreh" conclusiones o vamos a decir actitudes, decisiones en la vida que una mujer puede tomar con respecto a uno o varios o la totalidad de los hombres que todo ser estrogénico se topa en la vida de personaje es la siguiente. Habiendo llegado a la idea clara de que como padre de una jamás habrá ningún otro ni lo habrá en la Tierra, pues una tiene que abandonar y desistir en que más padres ya no va a encontrar, por que no lo son, ni hay que esperar que lo sean. No hay que buscar nunca un padre porque éste será siempre otro ser interesado en otras cosas que un noble padre no lo está. Sobre esto bromeaba bastante con papá antes de que se fuera. No agobiar, no hacer preguntas, no esperar nada y no pretender sorprenderles siendo lo que no se es ni jamás se va a ser. Con estos pequeños cuatro mandamientos, Morgana se sentía más que feliz para ser la mejor compañía de los hombres, siempre le funcionaba a la perfección. Sus amigas, decían que era muy pesimista, negativa y que así no podía ir por la vida. Sin embargo para Morgana estas ideas le hacían estar con los pies en la tierra, y siempre tenía amigos de verdad; y como se verá alguno que el lector podrá reconocer como algo más que amigo en la vida de esta sin par y amable —por qué no decirlo—  starring novelesca.
Era a Japón donde de forma temporal Morgana se trasladó como profesora de español a la Universidad de Osaka, y cualquiera se preguntará si es que los japoneses tienen interés en aprender la lengua de Cervantes, a lo que yo les contesto que sí, sí, tienen mucho interés, otra cosa muy distinta es que lo consigan, pero cuentan —por si les interesa— además con muchos departamentos de español. Y por si alguien no lo sabe, han tenido y tienen continuos negocios con el Perú, por lo que se les hace obligatorio para algunos y curioso para otros aprender nuestra lengua. Pero, vamos, de todas formas, allí hay gente para todo. Podría en este sentido hablar de las relaciones entre Perú y Japón, pero no quiero porque me pongo muy nerviosa y vuelvo una vez más al empute nacional y extranjero cuando recuerdo a Fujimori o a Ciro Alegría, ¿vale?
Para los niños era bueno que aprendieran otra lengua, y papá le ayudaría en todo. Aquel día estaba cansada de japoneses, de que todo lo reverencien, de hacerle a uno sentir que es alguien cuando no es así, de terminar sus clases con "oari mas oskare samadesta" y tener que sonreír. Sobre todo, estaba harta de estar con una gente que todo lo aguanta; sí, los japoneses lo aguantan todo, incapaces de rendirse al desaliento, sufren con una gallardía que asusta, que les da esa condición de seres de hierro, de máquinas. ¡Cómo les han cambiado los tiempos también a estos! Ahora lo tienen que importar todo, se quedaron sin almas, sin artistas y como tampoco tienen posibilidad de acceder a viviendas dignas, pues eso, a comprar flamenco, discos o batidoras nuevas cada mes; la posibilidad de viajar les ha dado a algunos nuevos mundos, pero enseguida tienen que volver para poder comer su comida, si no se hunden... Morgana fue buscando sintoísmo, budismos ancestrales, y le costó, le costó, pero le costó encontrar lo que buscaba en una ciudad como Osaka en aquel entonces con unos 16 millones de habitantes que pululan de un lugar a otro, más bien sin saber a donde van, pero con gran capacidad de movimiento, ¡eso sí! Movilidad, como les gusta denominarlo a los políticos.
Aquellas gentes nunca tienen vacaciones, sólo el día de la primavera y poco más, así que para una española a la que inevitablemente tiene que adorar las tapas —con denominación de origen—  y los baretos pues la cosa se ponía dura, por lo de la tendencia a los encasillamientos. Pero, en fin "en peores garitos hemos hecho guardia", frase clásica de la mili, que todos conocen al pasar por ese trance de su vida, que define muy bien la situación. Por cierto, ya los hombres de hoy no tienen —al igual que las mujeres la etapa de partos y cesáreas— cosas de la mili para contar, así que la historia se pintará de otra manera; que conste que siempre generalizo, ya sé que no todas las mujeres han sido ni tienen por qué ser madres, ni eso es lo más importante, ni todos los hombres han hecho la mili, pero tenía su aquel escuchar a los españolitos al final de la fiesta con alguna que otra copilla, hablar de sus fraternales experiencias en este sentido. Muy importante para la integración del amigacho o colegón preguntarles con fervor e interés acerca de esta etapa de sus vidas, en cierto modo rejuvenecen algo, les da marchilla. Toda evocación del recuerdo nos imprime cierta renovación de la existencia. Esta práctica la había hecho Morgana mucho en Japón, no la de la mili, sino la de la evocación hacia tiempos pasados.
Aquel día desde su apartamento de lujo en Fuminosato quiso ir hasta Namba en taxi, a sabiendas de que pagaría muchísimos yenes, pero al menos se abrirían las puertas automáticas, un chófer perfectamente uniformado le ofrecería bebidas diversas, haría un recorrido feliz hacia una posible aventura. El trabajar como máquinas y no saber solazarse es intrínseco al mundo entero, con la excepción de los españoles, que, en contra de las apariencias, somos los que más trabajamos, pero también sabemos disfrutar como nadie o mejor que nadie, de la vida, con nada. Las dudas vienen si este mélange interesa dentro del país o no, o quizás es mejor que estos talentos de seres escogidos, que así tengo yo a los ibéricos, estén mejor desperdigados por el planeta dando por saco, porque lo que es todos juntos... ¡le fine!
A Morgana la sola acción de ir en busca de aventuras le parecía vomitivo, era el plan de las amigas de los viernes noche o sábados, salir a ver qué pasa, ¡deleznable! Mil veces sola que ir con esas pendejas, a beber y perder la dignidad. La Méndez era la leche, simplemente nunca salía por la noche —quizás porque siempre cambiaba su vida— y aquella iba a salir y quería hacerlo de forma confortable. Iba como una reina. Shiatshu  era uno de los pocos locales adonde acudían lo que en el argot se decía occidentales, y en esa raza, lo mismo entraban franceses, americanos, alemanes, italianos, peruanos, canadienses... que uno de Burgos..., no tengo nada en contra de los burgaleses, pero tiene menos glamour ¿o no? Es como con las palabras ‘chorizo’, ‘cebolla’, o ‘paté’, ‘saumon’, ‘foie’, con las primeras te sientes como las serranas del Arcipreste de Hita, y con las segundas te imaginas ser Emma Bovary de cena con los mismísimos hermanos Goncourt mano a mano; es el debate de lo extranjero y de cómo nos ha llegado en nuestra tradición histórica, del cómo apreciamos todo lo externo. Bueno, a Morgana le habían hablado algunos compañeros que todos los viernes se dejaban caer por allí, que fuera, que ya se verían.
Era lógico, lo mismo que a los occidentales les parecen los orientales todos igual, sin distinguir entre coreanos o chinos o japoneses..., pues, por asimilación, occidente también es así, para los orientales todos los blancos son igual y huelen como a pis. No sé bien qué hacen con los africanos en cuanto a las distribuciones. Surgieron al tiempo ecos infantiles no superados cuando al entrar recordó las palabras que su madre siempre le repetía cuando volaba su adolescencia: “mira Laurita que en esos lugares y a esas horas no hay ningún hombre interesante”. En cierto modo, la experiencia le había demostrado una parte de razón en esto, por ello no había psiquiatra que le arrancara la fijación... En fin. Unos diez tíos y el equivalente en mujeres surcando la barra de la tasca del lugar del que había que entrar cortando el humo a cuchillo, lo que a Morgana ya le horrorizaba por su increíble manía de tener que oler bien, el humo de cigarros olía muy mal, y atascaba sus perfumes franceses, Ella que siempre era protagonista, la starring de su vida oliendo a tabacazo, ¡qué maripuri! En fin, ya no era momento de echarse atrás, ya había visto a Azucena      —otra colega de las de español—, al absurdo de Luis de la Universidad de Takarazuka, Hidefuji Someda, Tetsuo Yosikaua,  y Nama, entre otros más, y ellos ya la habían visto entrar, con lo cual la huida era imposible.
Honorables y orientales saludos varios, golpes de cabeza, hipócritas sonrisas de bienvenida, mucho teleñeco en definitiva, un enorme instrumento, un violonchelo, otro más pequeño, un violín, y dos hombres a los que Morgana no conocía ni de cerca ni de lejos. Uno de ellos llevaba cabellos rubios largos, recogidos en una coleta con lazo negro, un tal Patrick Carrión, francés, y otro italiano, precisamente de Cagliari, Francesco Buonarotti, como casi todos los italianos, impecable; en cualquier caso, ambos entraban en la denominación de "occidentales" y eso en Japón daba mucha alegría. Poder mirar ojos normales, cabellos normales o sin cabellos, honradas calvicies curradas a fuerza  de hormona masculina... En fin, no quiero decir con esto que los japos no sean machotes, ¡no por Dios!, ni que todos tengan los pies muy pequeños, ¡no por Dios!.. es que no sé, no sé, se decía Laurita.
Su rostro, el de la españolaza, cambió, porque además de todo en el Shiatshu, donde siempre se hablaba inglés, resultó que los dos nuevos hablaban mucho y sobre todo querían hablar español, ¡bien! Ya sólo por eso había merecido la pena salir, hablar la lengua madre a veces viene a ser más que una bendición del cielo, más que el maná bíblico, más que el mundo entero, sobre todo para alguien tan tímido como Morgana. Si además son músicos... amarán a Puccini y a todos los demás, ¿tal vez a Schumann? Ah, pues yo podré ser como Clara Schumann, seguro que aman a todos. La noche se prometía tranquila, no les había dado por desbarrar pidiendo sake y emborrachándose en cinco minutos como era la costumbre de los nativos, ¡qué raza tan compleja! ¡Qué seriedad y educación y qué forma tan bochornosa de perderla en cuanto se atizaban una simple cerveza o biru como decían ellos! Los chicos parecían tranquilos y recientemente habían terminado su actuación con la Orquesta de Osaka en el Teatro Kintestshu, un auditorio bárbaro que tienen allí como todo lo de ellos, pura megalomanía. En fin, eran músicos invitados como solistas principales de chelo y violín. Francesco era dulcemente amable, boca de melocotón, de modales casi aristocráticos, enormemente atractivo, varonil, exquisitamente vestido y caballeresco, virtudes que además de llamarse Francesco le definían como "el italiano", ya sé que el seudónimo no es nada original, pero los nombres sí, ¿verdad? No es lo mismo conocer a Francesco y Patrick que a Manolo y a Pepe, por poner un ejemplo, bueno, ellas me entienden, a las starring nos pasan estas cosas, ¡lo siento! Francesco tenía las piernas cruzadas como una mujer, unas piernas muy delgadas que cubría con un pantalón muy clásico de cheviot verde oscuro, chaleco alto, corbata a la antigua de nudo muy ancho y una chaqueta a lo Cary Grant, muy larga, cruzada y con doble botonadura. Olía a Azzaro, que era un perfume completamente seductor según la pigmentación del hombre, lógicamente no a todos les sienta igual. En esto el olfato de Morgana se parecía al del protagonista de la novela El perfume de Patrick Suskind, Jean Baptiste Grenouild, o la protagonista de El amor en los tiempos del cólera, Fermina Daza, también bastante starring, quien descubre la infidelidad de su marido médico olfateando en su ropa; Morgana también era así, un poco chucho. Y había calado el olor del Azzaro un poco sudado en un cuerpo moreno y limpio... aquello era el colmo de la atracción. El tal Francesco no era consciente de su potencial, como casi nadie lo suele ser cuando de verdad lo tiene, ni la misma Morgana lo era, pues siempre se consideraba una mujer del montón de los montones, con arrugas por doquier, y en el fondo, sin llegar a poder controlar la capacidad camaleónica que su cuerpo y su rostro podía llegar a producir. Morgana podía llegar a ser un animal de seducción, pero ella ni lo sabía, ni le interesaba nada en absoluto. La vida, un salto de tropiezos.
El Francesco era como se dice en los madriles un figura, un vivales, y ya le hubiera gustado a ella pasearse con él del brazo y no con el cochon de su ex marido por algún lugar. Francesco era de los que te agarraba del brazo como si hiciera mucho frío, como en las fotos de los antiguos cuando iban por la calle, que parecía que fuera diciendo ¡qué no me quiten a la que es mía! ¡Pero que machistorra y antigua me estoy poniendo! (Cuando me acuerdo del Francesco no lo puedo evitar, así pasen cien años.) Pudo comprobar esto después, más tarde, porque él la cogió así del brazo. En fin, Francesco era aquel hombre con quién soñar, en quién pensar en las noches de tormenta, al leer a Bécquer, o al pensar en un revolcón o en un viaje al Taj Mahal o al mismo Senegal. En efecto, Francesco, con toda probabilidad, lo mejor que tendría que decir lo diría en la cama. Morgana, a quien le gustaban más bien feos, pensaba que ir a la cama sólo, como única y desesperada solución sin más que hablar, es con los extraordinariamente guapos, porque éstos no tienen palabras, sólo culo donde agarrar y cuerpo donde acariciar. Los sin palabras. Era obvio que Morgana estaba llena de tópicos, pero hasta su momento, no había encontrado la excepción, quizás la meta de su vida era encontrar la excepción como en Gramática Generativa, para luego no llegar a ninguna parte. Si Eva Ojeda —la amiga puta— le hubiera conocido hubiera encontrado sin duda el motivo para dejar de serlo, ¡qué hombre, por Dios, más bestial! En fin, ¡cómo no he de acordarme de Francesco y aún emocionarme hoy, es como las erecciones de los hombres a los 90 años que se recuerdan como cosa única! Para una vez que un hombre me sorprende por los ojos y lo cosifico de esta manera, ¿no he de recordarlo...? La verdad que sí, y qué bien tocaba el violonchelo. ¡Estoy mayor!
Me espían mis pensamientos. Pienso que no pienso (...) La realidad está al borde del hoyo siempre. Pienso que no pienso. Como un golpe en la mente de Morgana se repetían los versos de diferentes poemas de Árbol adentro de Octavio Paz, ese compañero infatigable que había sido el poeta mexicano para Ella en Japón. Así machacaban cuando, sin embargo, se fijó en Patrick, éste no sólo era músico, sino que lo parecía, que ambas cosas son fundamentales en un artista. Ser y parecer. Es una sobreactuación de las situaciones y sobre el mundo que nos rodea, primero hay que creer firmemente en la situación, en el papel que nos ha tocado o en la situación que hemos elegido vivir, después hay que trabajarlo bien, interiorizarlo, visualizarlo dentro, desde la introspección de nosotros mismos; es un proceso actoral, es el proceso de Stanislavski; para después poder conseguir que los demás, la comunidad, los seres que nos rodean nos acepten exactamente en aquello que nosotros queremos, y esta aceptación será realizada en la medida en la que hayamos hecho bien nuestro trabajo, nuestra fuerza. El aplauso es secundario. A Patrick había que aceptarle como músico porque era imposible imaginarle de otra cosa, no podría aceptar otro personaje por nada del mundo, era como si hubiera nacido para ello, por eso era tremendamente honesto con la vida y con los humanos. Una transparencia así no se paga con nada. Morgana sintió eso de Patrick nada más verle y sintió una paz indescriptible, ¡por fin estaba con alguien de verdad!, ¡por fin estaba con alguien que estaba en su sitio y que estaba porque quería ser y estar donde quería, había hecho su proceso de aceptación! Quería ser Patrick y no otro, no sería jamás un ser envidioso. ¡Bien, Patrick sí merecía la pena! Morgana extrañada preguntó al franchute, es decir, a Patrick:
—¿Por qué hablas tan bien español?
—De pequeño estudié en un colegio español. Somos de Toulousse, mi abuela era española y mi padre también, ambos adoraban a un escritor: Benito Pérez Galdós. Dejó escrito mi abuela —ella murió cuando yo tenía 8 años— que yo llegase a dominar el español como para llegar a comprender toda la obra del escritor canario. Mi abuela no quería que la lengua de mi madre —el francés— invadiera mi español, siendo mi lengua materna el francés. Recuerdo que me leía los cuentos de Celín y Tropiquillos. Mis padres se separaron pronto, yo me eduqué con mi madre, de ahí el miedo de mi abuela a la pérdida del español. Es que mi padre es un conocido crítico literario, profesor de universidad, en fin un pez gordo de las letras hispánicas, como tú te dedicas a asuntos lingüísticos según me han contado... pues por eso. Y por ahí siguieron hablando.
A Morgana, ya se le habían puesto los ojos a cuadros, un francés que conocía los cuentos, la obra de Benito Pérez Galdós, que era músico, y al que había conocido en un garito en Japón, desde luego que la noche estaba de suerte. Jamás hay que buscar aventuras, sólo con vivir la vida en su fluir normal es suficiente, la vida en sí misma ya es una aventura.
—¿Y realmente has conseguido que te guste la lengua española? — preguntó Morgana.
Patrick  dijo que sí, que no sólo eso, sino que además había vivido, dos años en Madrid y otros dos en Buenos Aires para hablar, sobre todo para sentir por medio de la lengua cómo es la vida.
Morgana, completamente emocionada, preguntó:
—¿No te gustará Borges verdad?
Patrick con la cara iluminada  dijo:
—No sólo me gusta, sino que fui a Buenos Aires a conocer de cerca su mundo, y a vivir en la Calle Maipú que es donde vivía él para poder ver por los mismos ojos del escritor, bueno para intentarlo. Yo era demasiado joven y aprovechaba cualquier ocasión musical para largarme por ahí.
Morgana con la idea de poder compartir a Borges con un hombre, con un músico, feo, de melenas rubias, y pintas extrañas, con un guardapolvo negro y entallado hasta los pies, botas antiguas, camisa blanquísima de cuello alzado y foulard de seda anudado. Sus manos muy blancas y huesudas, cuidadas al máximo, de violinista, en su piel blanca destacaba una sonrisa franca, valiente y lo mejor era su mirada... con ella construía mundos, hacía la realidad, a Morgana le parecía que era Dios que de primera mano le había dado aquella misma noche un gran regalo.
            Se despidieron del despreciable grupo japo, que ya estaban cuasi borrachos y se largó del brazo de Francesco, y Patrick del otro lado cargando con el violonchelo, y decidieron cambiar de lugar. Esa noche Morgana era la reina, probablemente lo bueno de salir tan poco es eso, que cuando sales siempre eres la reina, siempre sucede alguna cosa extraordinaria. Iban a estar en Osaka dos meses, a Morgana le quedaban aún seis meses más, pero todo eso no importaba. Tenían que ir a dejar aquellos instrumentos para poder ir más relajados, aún era pronto... a las 10 de la noche en una noche de viernes de Osaka está todo por empezar. Morgana quería dos cosas, comer pollo frito y saber si a Patrick le enloquecería como a ella Puccini, para que ya fuese redondo. Por aquella época también escribía cosas sobre Narratología y estaba como un cencerro con las dramatizaciones musicales y la búsqueda del mismo origen en los arquetipos comunes para demostrar así que se pueden generar novelas o sinfonías partiendo de esos mismos arquetipos del subconsciente. El batacazo ya viene solo, pensaba ella. Contraviniendo sus propias normas éticas, aquella noche bebió algo de champagne francés, que, por cierto,  nada tiene que ver con el cava español, por más que nos hagan comulgar con ruedas de molino, la burbuja es la burbuja, señor mío y lo mismo que los franchutes no saben hacer jamón —mucho menos ibérico— nosotros no sabemos hacer champagne; nada como la autocrítica para progresar en la vida. La noche al final se desarrolló en un restaurante de músicos clásicos que Patrick conocía y había investigado ya, ¡toda la noche la cena estuvo amenizada con la música de Puccini: Ch'ella mi creda, Un bel di vèdremo, E lucevan le stelle, Nessun dorma, Che gelida manina... Francesco feliz y emocionado, Patrick y Morgana también, una noche de dioses. Los musiciens podrían haberse enamorado perfectamente de Morgana que estaba increíble, Ella al tiempo también quedó deslumbrada, fascinada por aquellos dos querubines sin saber a cuál elegir... Las relaciones humanas son así, magia espiritual o momentos escasos de la vida en la que el tiempo corre.
Ya había amanecido, el techo o cielo estaba gris, metálico con aquella ventaja añadida de poder caminar sin temor a que te roben, o a que te asalten, ¡qué ya es! Rostros ajenos, muy ajenos, japonesas obviando su realidad, extemporáneas del reparto escénico sin querer ser lo que son, tiñéndose el pelo de asquerosa agua oxigenada, o rizándoselo artificialmente, cuando sus cabellos son lo que son, negros y muy lisos como pequeñas lianas de seda natural. ¡Por qué no se estarán quietecitas y dejarán de joder la marrana con los cambios! Lo mejor de las japonesas, es cuando lo son, y aceptan ser lo que tienen que ser o mejor aceptan ser lo que quieren ser, si es que tienen la oportunidad. Lástima de Occidente. Ahora con el tiempo, también vemos con la misma frialdad que ellos Hiroshima, aunque Morgana lloró muchos días aquello, sólo que Occidente cada vez llora menos, como los japos. Se han ocupado muy poco los japos de pasar el cestillo del dolor, en esto —todo hay que decirlo— su dignidad es sobrenatural, aplastante, pero no por ello deja de estar ahí, sólo hay que ir, sólo que nunca vamos a nada, ¡nos importa un bledo! Como Yo a los otros, como mi historia, como las personas, como el todo, por que estamos en la deshumanización de los tiempos y me importo Yo, mi particular starrización del ser sólo recuerdo entierros y entierros. ¿Y por qué? Porque cuando nacemos nos es ajeno el mundo entero, sólo recordamos aquello que nos han contado si es que nos han contado algo, ¡claro! Nacer en los brazos de una soledad absoluta y de un abismo enorme ante el desconocimiento del venir siguiente, eso es lo que siente una madre, además de emoción, desprecio a los demás, y un ¡me cago en la leche! muy grande, harta de tener que dar la talla por que sí, porque para eso eres una mujer y no te puedes echar atrás.
No hablemos del desgraciado padre, condenado de por vida quiera o no, a tener que encargarse por que sí de la manutención de la señora —que hasta entonces era adorable—, ahora convertida en una mala bestia asustada, y de la criatura, a quien siente ajena y gritona, aunque huele bien y tiene un no sé qué... que engaña el estómago y provoca comerse el mundo. Por eso, lo mejor son los entierros, porque pones falta a quien no está y ya lo de la manutención se ha terminado para siempre, haces fotos mentales y pones esquelas en el periódico, ¡Todo un souvenir de lo más completo!
Los tres —el italiano, el francés y la españolaza, como en los chistes— se habían prometido repetir la velada, cosa insólita si se piensa que las situaciones jamás se repiten, podrán ser mejor o peor, pero repetirse, nunca... En fin, que se prometieron los tres amor eterno y nueva cita; así que todo terminó para coger el metro en Namba hasta Fuminosato, para levantar a las criaturas y que papá las llevara al colegio. Morgana se daría una ducha de las enérgicas, cabello incluido para quitar olores y regresar al olorcito de ropa limpio y perfume francés. Francesco era de mentira, pero Patrick desde luego que no. Patrick iba a pertenecer a su vida para siempre. Ese desgarbado va a hacer que me desconcentre de mi mono gramático. ¡Qué piel más blanca, si parece una niña! ¿Tiene perilla? Cómo me gustan las perillas, seguro que es homosexual. Y si lo es, pues no me importa nada, los eternos somos así y nos queremos, con independencia de a quien metamos en la cama, no sé. Bueno, Laurita, no te líes, que no estás en Japón para complicaciones, ahora mismo te olvidas, ¡qué manos, tan delicadas! Y sube las escaleras como yo, de dos en dos. Morgana ¡olvídate, seguro que está pasado de rosca! Lo duradero siempre tiene que ser sublime, espiritual por encima de lo terrenal, alejado de lo cotidiano que es lo que pierde los grandes sentimientos. ¡Qué frasecita más pastelera, hija! Las grandes historias se han echado a perder por la maldita cotidianeidad, por la costumbre, lo de fregar la taza del water, ¡claro que Patrick es un bohemio!, pues eso, lo que necesitas es un bohemio, que viene, que va... Ya, que se va con la primera que ve, que como tienes dos hijos pasa de ti... Mi vida es una batalla, es la guerra, pensaba Morgana, y en esa lucha cotidiana tengo que estar como estoy, sola. Ojalá pueda verle de vez en cuando y ya está (yastá, verbo yastar, raro) mejor gerundias. Quizás una vez al año. Habló con su inseparable Eva Ojeda para contarle que había conocido a Patrick y que cómo le gustaría a ella Francesco Buonarotti, un chelista de campeonato, ¡madre mía, con lo que sabes tú de arte italiano, le dejarías boquiabierto!
Eva Ojeda, de vez en cuando se ilusionaba con las cosas de Morgana, de vez en cuando (repito) formaba parte de la realidad que era el medio donde vivía Morgana, en el fondo Morgana, aun siendo un personaje, vivía el realismo de la vida, los demás, Eva o Patrick formaban parte de una vida extravagante, poco común, poco normal, eran de otro mundo.
Hay que decir a favor de Morgana que Patrick por su parte, ya nunca más pudo dormir como antes, durmió mucho mejor al saber también que había conocido a una persona diferente y que la vida abría sus puertas hacia lo desconocido del caminar, aún a sabiendas de que nunca podrían estar juntos como cualquier pareja. Simplemente quedó fascinado por Morgana, y así fue como la conoció en un garito de Osaka llamado Shiatshu, lleno de humo, cuál museo de cera, rodeado de japoneses. 

martes, 21 de noviembre de 2017

El personaje cuenta su andadura, Morgana ya se había divorciado

El círculo en ocasiones era como si se cerrara cada vez más, como en la música masónica cuyas constantes más comunes se pueden advertir en las composiciones de Mozart, entre otras. El ritmo de los tres golpes golpeando (ya sé que es redundancia) en la puerta, advirtiendo la presencia del nuevo hermano, notas que se van ligando de dos en dos en referencia a vínculos de amistad o de vinculación, progresiones de terceras paralelas con la idea de añadir una mayor actualización a los sonidos, tonos como símbolos como el heroico y manso mi bemol mayor y sobre todo, la elección de los timbres de las voces masculinas con los instrumentos de viento. Así visualizaba Morgana, con círculos, su relación hacia las personas masculinas en alejamiento de las femeninas, con música masónica de Mozart, en concreto con tres cantatas: Die Maurerfreude K 471, Laut verkünde unsre Freude K 623 y Die ihr des unermesslichen Weltalls Schöpefer ehrt K 619. Siempre lo escuchaba en los ratillos de incomprensión extrema, como en estos de elección de poetas y poesías, de ver que siempre son hombres —pocas mujeres tienen la oportunidad de escribir en la historia—, y además es un hombre también —un editor—, quien me joroba la marrana y que no me siento en nada comprendida: círculos de voces masculinas me encierran y yo los visualizo, -decía nuestra protagonista.
Aquella noche en que Morgana no se podía quitar de su mente al puñetero editor, que le había tirado por la borda su idea decidió quedar con Patrick, a la aventura. Necesitaba darse caña, hacía dos meses o así que no salía a ningún lugar, entre otras cosas porque ¡para qué! Eso es, ¡para qué! Sólo eso había pensado. Ya he dicho que odiaba los bares. Morgana tenía cincuenta y algo, y de apariencia cuarenta y pocos, había pasado lo suyo y lo ajeno como ya se verá. Lo primero que perdió en el camino fue a su marido, pero eso más bien fue un alegrón, como también he dicho, de los que hay que celebrar con los amigotes y “amigotas” —Mozart en el olvido—; total ya lo había perdido en una traición masculina, y Morgana siempre se había sentido viuda porque el tal difunto (así designamos a los ex que no pintan nada en la vida de una) dejó de existir felizmente para ella, cuando sus hijos gemelos tenían dos años.
Una noche Morgana le abrió la puerta de su casa y le invitó a salir después de descubrir más de la podredumbre que un hombre mezquino puede albergar, una felonía de las que no tienen denominación. Su noble carácter —el de Morgana claro—, míticamente de mito, más masculino que femenino en esto, le impidió perseguirle en busca de honorarios mensuales, ni en busca de desahogos de fines de semana para endilgarle a los nenes y así descansar con las amigas. Morgana asumió como siempre, como siempre con una humanidad más que extraordinaria casi divina diría yo, su realidad, y le rogó que no volviera jamás. Para ella la realidad es el mundo de las ideas y esas hay que llevarlas a cabo y hacerlas realidad. Un canalla así no merecía tener hijos -se decía- ni que ella se esforzara en criárselos, ni aunque le diera todo el dinero del mundo para mantenerlos, ni mucho menos ir a un tribunal a exigir ese dinero. En estos asuntos no terminaba de entender a algunas amigas que se despachaban con muy poca dignidad -a su juicio- claro. Morgana, como iba de chula, pues lo iba para todo, así que su gobierno desde ese momento comenzó por duplicar el trabajo, que con suerte, además de sus clases de instituto como interina, contactó con la embajada americana y desde las cinco de la mañana daba clases particulares de español. Esto lo hizo un tiempo, después surgieron oportunidades de dar clases de español en Japón, el clásico lectorado, las interinidades lo permiten, y algún verano ir de viaje en busca de reportajes para el Washinton Post.
De natural serio, reservado y de apariencia extrovertida, se podría decir que Morgana estaba por encima del resto de los seres vivientes que en derredor se hallaban. Esto lo da el tener que apechugar. Por eso siempre se sentía decimonónica, porque para ella estaba claro que en otros tiempos hubiera conseguido mejores logros. Por ejemplo, en cuanto a las relaciones humanas, éstas siempre le parecían desproporcionadas y verdaderamente irreales en su mundo nuevo de realidades, evocando continuamente una forma de trato inexistente para los hombres y mujeres de hoy. Era imposible encontrar sinceridad y dignidad en prácticamente ninguno de los actos de las gentes que habitualmente tenía por amigas, si bien su preferencia por las amistades masculinas era evidente, los círculos se estrechaban de nuevo de forma visual, otra vez Mozart. 
Ella culpaba a la Mujer de grandes catástrofes, de ser poco fiable en la amistad, de envidiosa, de querer destruir a los hombres sin luchar por mejorar la calidad humana del asquerosamente denominado sexo débil. Pero es que era así, por lo general había dado siempre con envidiosas, o con otras que coqueteaban con fines personales, pero sin ninguna dignidad ni capacidad de entendimiento del mundo. Al mismo tiempo tampoco quería que la igualaran a los "hombres" en general. Ella no era igual que esos hombres violentos que se dedican a ejercer su poder por encima de los demás. Las mujeres nunca violan, no abusan de niños...con ese tipo de hombres, necios, odiosos no había diálogo alguno, pero con algunas mujeres tampoco.  Probablemente el mundo del profesorado era deleznable, un mundo de grandes mediocres donde difícilmente se podía encontrar el humanismo en el que ella había sido educada, ¡una feminista de tomo y lomo tener que verse así!

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Razas de madres

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Aquella noche fue cruel en cuanto a recuerdos y retorcimientos, cenó con él, después soñó con él y sin embargo seguía pareciendo todo aquello una invención del subsconsciente. Aquella noche soñé con miles de madres que de forma sistemática movían sus bocas en un sólo grito, igual que en una coral, el dolor de las madres no tiene raza, lo hacen de forma inconsciente todas ellas. En aquel sueño cantaron muchas madres que al mismo tiempo, como en una coreografía, movían la boca con el bebé en la mano acercándole la cuchara para dar la papilla a su bebé —también es un hábito generalizado el mover la boca cuando alimentas a tu bebé—; un grupo, como un coro griego, se niega a hacerlo, están mudas, unidas y serias, los bebés en el suelo, ellas los pisan, nada tienen que darles, por tanto, no pueden hacer la mueca que todas las demás sí hacen. ¡Qué triste es ser madre y no tener comida para tus pequeños indefensos! Martillea esta frase en mi mente como una letanía en varios idiomas.
-¡Pero si yo no hablo idiomas! .Entenderás por fin lo que significa el mundo de los sueños: aquí todo se cumple, -susurraba una voz allende las paredes-.
De pronto, recordé que en el siglo XIX, casi como hoy, donde la familia era concebida como un microcosmos del Estado, la prescripción para las mujeres burguesas era la de lograr que aprendieran a querer criar a sus hijos, contra la práctica común de contratar nodrizas o amas de cría que entre otras cosas amamantaban a los niños. Como ahora, que amar la maternidad también empieza a ser un horror, es obvio que no está de moda, o al menos lo está a ratos, quizás en el embarazo del primero que es cuando estás más mona. También las hay que se creen únicos habitantes del mundo y se deciden a escribir un libro sobre la maternidad, un hecho a todas luces normal, natural, y no exclusivo de algunas que después comprueban que seguimos siendo iguales, y que ningún hijo vale más que otro, ni una es más madre que otra.
En aquel sueño, mujeres muy bellas tiran sus hijos al aire o contra los cuadros de las paredes al tiempo que envían sonrisas a hombres que salen al encuentro. Hambre, dolor y frivolidad eran los elementos que me propugnaron aquella noche enorme agitación. Me desperté con arcadas. Cada vez que lanzaba escupitajos, estos, se convertían súbitamente en saltamontes de color sepia, metálicos y con motor que salían de mi garganta, uno tras otro, arcada tras arcada, hasta llenar la estancia de miles de saltamontes que pilotando su propio motor habían convertido mi habitación en un circuito de carreras con un enorme ruido, ruido y más ruido, maldito brumm de mi cabeza, ya está la cefalea.
Mientras, contemplaba aquella unión pictórica de las mujeres que mueven la boca, de bebés que gorjean, de otras que gritan, otras que zapatean sobre sus hijos, otras que ríen con hombres y la carrera de saltamontes... Entra Isabel con dos sobres que habían llegado certificados. Todo era vacío en la alcoba, sólo la absurdez aliviadora de lo cotidiano: "Señora, comienzo por la cocina..."
-Sí, sí, Isabel comience por donde usted quiera...”, total va a hacer lo que le dé la gana. Hay que reconocer que en ocasiones, ante la tragedia, ante el horror ¡qué bueno resulta lo cotidiano! Limpiar con lejía el water, preparar el café con tostada de aceite de oliva y sal, apestar toda la casa con el puchero de cocido... ¡Qué gusto nos dan estas cosas cuando uno está al límite! Cómo reconforta el despertar cuando estamos en un mal sueño, aunque sea para estas pequeñas cosas que a menudo desestabilizan nuestro mundo de sueños y de ilusiones. ¡Qué bueno es vivir! ¿Quién va a preparar el café con tostadas, y quién va a ser el guapo/a que vuelva a limpiar el water con más lejía?
De súbito recordé que en las tumbas, cuando estás debajo de la tierra, también sucede esto: nadie te oye y te pondrías muy contento de poder degustar —si eres español— un buen plato de alubias con chorizo. Ya sabemos que los japoneses dentro de su caja de muerto comerían su sushi y los franceses sus patés...Estas dos razas me han tenido y me tienen perpleja, confieso que no los entiendo aunque en ocasiones quisiera ser japofrancesa. Lo cierto y sin peros es que cuando estás metido dentro con la tierra por encima ya no lo puedes hacer, y nadie se acordará de ti como nadie lo hace de mí ahora, como no lo hacemos ni de los versos ni del dolor de ser creados.
He soñado con un mundo de sueños que me persigue tocando las castañuelas y el tan-tán y sin embargo no puedo hacer nada por él. Hombres que van y vienen vestidos con botas de charro y cantando asturianadas. Es evidente que no saben cantar pero lo hacen. ¡Qué buenos los hombres y qué vanidosos que son! Me quedo con las madres y los saltamontes, así me vuelva loca.




miércoles, 25 de octubre de 2017

Verdad y mentira


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Hace falta recordar la importancia de la filosofía aristotélica como la etapa más importante en la cronología de la filosofía, y como punto de arranque del que partir de otros filósofos. Nunca la filosofía griega ocupó un lugar más grande que con este pensador cuyas ideas serían la puerta de los caminos que después de él había de recorrer la filosofía. Y recurro a él para reflexionar en torno a lo verdadero y lo falso, conceptos tan de moda hoy como antaño. Me refiero particularmente a la verdad en la dialéctica, no en las personas y su apariencia lo que sería sin duda, tema de un gran texto y de otro contexto. Para el filósofo griego la verdad o la falsedad se da primeramente en el juicio, el enunciado A es B, que une dos términos y encierra necesariamente una verdad o falsedad, según una lo que está en realidad unido o lo que está separado; a la inversa diríamos de la negación. Pero hay un sentido más radical de verdad o falsedad, que es la verdad o falsedad de las cosas, la del ser. Así decimos de algo que es una moneda falsa, o que es café verdadero. Aquí la verdad o falsedad corresponde a la cosa misma. Y cuando decimos que dos y dos son cuatro, el sentido del verbo ser es el de ser verdad. Algo es verdadero cuando muestra el ser que tiene, y es falso cuando muestra otro ser que el suyo, cuando manifiesta uno por otro; cuando tiene pues, apariencia de moneda lo que es un simple disco de plomo. El disco de plomo, como tal, es perfectamente verdadero, pero es falso como moneda: es decir, cuando pretende ser una moneda sin serlo, cuando muestra un ser apariencial que no tiene en realidad. Aquí aparece el sentido fundamental de la verdad αλήθεια en griego. Verdad es el estar descubierto, patente, y hay falsedad cuando lo descubierto no es el ser que se tiene, sino uno aparente; es decir, la falsedad es un encubrimiento del ser, al descubrir en su lugar uno engañoso, como cuando se encubre el ser de plomo tras la falaz apariencia de moneda que se muestra. Pasamos la vida entera en este juego permanente de ver lo que no hay, en una muestra ficticia de lo que en realidad es y no lo parece. Este devenir de verdad y de falsedad es difícilmente reconocible y a menudo el ser humano, el individuo se deja llevar, quiere dejarse llevar y vivir en esa situación equívoca de la realidad, porque es mejor para él en un sentido global. Forma parte de esa ficción detestable, hasta que un día quiere saber, quiere verdad y de tanto jugar a la apariciencia se da cuenta de que no sabe, no puede volver a la esencia misma verdadera de su ser. El hombre, casi por definición y desde el punto de vista de la alienación social, es un ser encubierto casi por naturaleza, porque quiere y necesita vivir en ese juego falso de ser quien no es. La sociedad está creada a partir de este sencillo y simple punto de partida y está aceptado por todos. ¿Cuántas personas conocemos a nuestro alrededor que sean de verdad? ¿Lo son de forma individual y cuando forman parte del juego social ya no lo son? ¿Cuántas hay que no encubran algo? Lo bueno que da la vida al escritor es no tener que estar batallando cada día y de forma cotidiana con los juegos de falsedad y de verdad en los que se mueven la mayoría de los individuos. El escritor vive cuando trabaja fuera de la sociedad, la observa. La soledad que proporciona la escritura -hablo de la creación en si misma- le libra a uno de chocar continuamente con esas falsedades, si bien, luego pasamos a una etapa mucho más encarnizada de lo falso, porque el escritor necesita de la verdad y de la mentira o falsedad para poder ser.  
Cuando era pequeña uno de los cuentos con moraleja que más me gustaba era el de El pastor mentiroso. ¿Era el pastorcillo un bromista, era alguien que quería llamar la atención atrayendo las acciones de los demás? ¿Era un desgraciado que se merece lo peor? ¿Se merecía la actitud impasible de los campesinos cuando se había reído de ellos y en castigo le dejaron tirado? Este cuento siempre me ha tenido alerta. La verdad y la mentira sobre las cosas son dos conceptos que han existido siempre y a los que hoy no se les concede ninguna importancia. Se es mentiroso, se es tramposo y traidor y  parece que todo el mundo lo es y no pasa nada. ¡Puaf! Hoy, no pasa nada  porque todo lo que está a nuestro alrededor es una mentira y nos tenemos que aguantar. Los políticos, son mentira, mentira es la evolución de la vida en sus sucesos, la mayoría de ellos maquillados con pinceles de peligrosa mentira. ¿Es mentira hacer una cosa y decir otra? ¿Son mentira las ficciones? Un escritor ¿es un mentiroso? claro que no o claro que sí, según se mire.
Mentir está en contra de los cánones morales de muchas personas y está específicamente prohibido como pecado en muchas religiones. La tradición ética y los filósofos están divididos sobre si se puede permitir a veces una mentira, aunque generalmente se posicionan en contra: Platón decía que sí, mientras que Aristóteles, San Agustín y Kant decían que nunca se puede permitir. ¿Qué se siente cuando estamos al lado de un mentiroso? Dejaríamos nuestros hijos en manos de uno de ellos? ¿Somos tolerantes con los mentirosos o por el contrario fulminamos cuando descubrimos a alguien que no dice la verdad? Ocultar la verdad y mentir son dos cosas bien diferentes. Por ejemplo, en el caso de las víctimas de una guerra, se puede y se entiende mentir, en función de las circunstancias,  para proteger a personas de un opresor inmoral, esto suele ser permisible.
Convivimos con la mentira -histórica también- en todos los dominios y vemos cómo mentir conlleva Poder. El poder se sirve de la mentira para existir, para ser capaz de ello. Según parece y dicen algunos expertos mentir supone un esfuerzo mucho mayor a la persona que decir la verdad. Supongo que se cavila mucho más. Digo yo. Pero se miente en las relaciones, en los trabajos, no hablemos de la política y los Estados donde no hay una verdad que valga la pena de ser mencionada. Nadie cae en los hilos que realmente mueven los asuntos y que están detrás albergados en mentiras y dirigiéndolo todo. A lo largo de la Historia son numerosísimos los ejemplos que tenemos de personajes y de hechos históricos de los que nunca y digo nunca se conocerá la verdad: El suicidio de Marilin Monroe, la muerte de Kennedy, la muerte de Juan Pablo I, la vida interna de Napoleón o de Hitler, las guerras, Franco…son algunos sencillos ejemplos nombrados a botepronto,  miles y miles de personajes que con la mentira pasan a ser Mito, beneficiándose de ese entramado claramente.
San Agustín distinguía ocho tipos de mentiras: las mentiras en la enseñanza religiosa; las mentiras que hacen daño y no ayudan a nadie; las que hacen daño y sí ayudan a alguien; las mentiras que surgen por el mero placer de mentir; las mentiras dichas para complacer a los demás en un discurso; las mentiras que no hacen daño y ayudan a alguien; las mentiras que no hacen daño y pueden salvar la vida de alguien, y las mentiras que no hacen daño y protegen la “pureza” de alguien. Casi nada. Por otra parte, San Agustín aclara que las “mentirijillas” no son en realidad mentiras. La mentirijilla es simpre muy relativa. El filósofo Leo Strauss acentuó la necesidad de mentir para ocultar una posición estratégica, o para ayudar a la diplomacia o politesse que dicen en Francia y en ese sentido se permite, como las mentiras piadosas de los médicos. Un médico ¿debe mentir ocultando la verdad a un paciente que no tiene oídos para oír o a su familia que de ninguna manera pueden escuchar la verdad sobre ese familiar moribundo? Esto entra dentro de la categoría de mentira piadosa o en ocultar un hecho en “beneficio” del otro.
Las mentiras de pareja ¿son admisibles cuando ocultamos por ejemplo, una infidelidad para no hacer sufrir al otro? Esto, también lo he visto en personas de ética y moral elevada, ocultando a su pareja una infidelidad porque en realidad ya ha pasado y ha quedado atrás. Osea que justificamos los hechos con el tiempo. Hay mucha gente en efecto que justifica sus acciones con lo del ya ha pasado como si uno no fuese responsable de dicha acción. Esa persona ha sido engañada y punto, la hemos engañado. ¿Por qué en el lenguaje amoroso se miente tanto? Quizás porque todo forma parte de las emociones, de fabular y no de los pensamientos. El otro día, un amigo me hablaba dolido de una mujer que le dijo: “te quiero” y al día siguiente le mandó a la porra como se dice habitualmente. ¿Estaba entonces mintiendo? ¿Cómo se responde a la mentira? El problema, creo yo es que nadie responde al por qué de mentir, es decir, que aquella chica con mi amigo en ese momento habrá sentido algo parecido al amor y no ha pensado cuando ha hablado, en lugar de callarse y esperar tiempo para ver si lo que siente es verdad, pues no, hablamos y hablamos sin tener en cuenta los sentimientos del otro, jorobando su vida sin que seamos consecuentes entre lo que decimos y lo que hacemos. Difícil tema.
Luego está la mentira destructiva que entra en el terreno de la calumnia y que es muy pero que muy habitual y cotidiana. Las mujeres lo sufrimos bastante y de forma más destructiva, aunque últimamente he visto hombres calumniados con cosas sorprendentes e igualmente destructivas. ¡Así son las cosas! Decimos palabras y acciones negativas de otra persona para hundirla y desprestigiarla. Muy común en la sociedad de hoy sobre todo cuando existen además -y esto es el colmo- programas de televisión donde pagan a la gente por mentir. Qué básica destrucción de la ética y la moral de las personas de bien. Otros, al mismo tiempo se entretienen viendo, escuchando y opinando sobre las mentiras que los programas del corazón cuentan cada día. Supongo que una calumnia o una mentira no es nada si no hay unos oídos que le dan veracidad, que la hacen real. Un horror.
Lo que estudiábamos en la Facultad era la famosa paradoja del mentiroso y lo recuerdo bien, y era en realidad un conjunto de paradojas relacionadas. A través de los siglos, el interés por resolver esta paradoja y sus variantes ha impulsado una enorme cantidad de trabajo en semántica, lógica y filosofía en general. El ejemplo más simple de la misma surge al considerar la oración: «Esta oración es falsa». Dado el principio del tercero excluido, dicha oración debe ser verdadera o falsa. Si suponemos que es verdadera, entonces todo lo que la oración afirma es el caso. Pero la oración afirma que ella misma es falsa, y eso contradice nuestra suposición original de que es verdadera. Supongamos, pues, que la oración es falsa. Luego, lo que afirma debe ser falso. Pero esto significa que es falso que ella misma sea falsa, lo cual vuelve a contradecir nuestra suposición anterior. De este modo, no es posible asignar un valor de verdad a la oración sin contradecirse. Sin embargo, esta paradoja muestra que es posible construir oraciones perfectamente correctas según las reglas gramaticales y semánticas pero que pueden no tener un valor de verdad según la lógica tradicional. La paradoja de Epiménides precursor de la paradoja afirmando “todos los cretenses son mentirosos” o “todos los cretenses mienten” algo así,  ha dado y da gran juego en las aulas de filosofía.
Es mentira la imagen de un escritor en su relación con lo que escribe? ¿Tiene que ser forzosamente cierto todo lo que se escribe y cómo se relacionaría esa verdad? ¿Debe relacionarse lo que se escribe con lo que la persona Es de Ser? Yo, desde mi punto de vista relaciono la paradoja con los escritores donde todo lo que hablamos o decimos -en esto tenemos la ventaja de que quedan escritas- se puede repasar, cuestionar. Somos pura paradoja continuamente -porque construimos frases u oraciones que son correctas pero que si se relacionan con la persona, osea con el que escribe, podemos desgranar amplias mentiras con respecto al escritor en su vida personal, aunque no con lo que escribe. ¿Qué es verdad lo que se escribe o el escritor? ¿Cómo se relaciona lo que se ha escrito con el escritor? Lo mejor es no relacionarlo, lo que se dice muchas veces no significa lo que se es. Los escritores somos complejos y tenemos un papel enormemente complicado de apariencia, de imágenes contrarias con las verdades, las mentiras, los conceptos, la gramática, las ideas…pero no somos mentirosos.

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Del libro Con una palabra tuya, 2011, en la Casa del Libro.

jueves, 19 de octubre de 2017

J'ai recontrè



                                                                                                     Un jour,
                                                                                    J’ai rencontré Edith Piaf dans la rue.
                                                                                          On jouait de l’accordéon.
                                                                                          On était à Paris, bien sûr.
                                                                                            Elle m’a dit : suis-moi
                                                                                                 Je l’ai suivie
                                                                                       Et ne suis jamais revenue.
                                                                                                Les adieux 2012 RAO. 
                                                                                              (Tr. Daniel Gautier)



jueves, 12 de octubre de 2017

Sintaxis en el pensamiento

 
Un día lei en Proverbios 23:7 Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él. Me di cuenta de algo que todo el mundo conoce y a menudo pasa sin pena ni gloria por nuestra vida y es que el hombre es literalmente lo que piensa, ya que su carácter es la suma total de todos sus pensamientos. El pensamiento es en definitiva otro nombre del destino. No sólo se convierte la persona en lo que piensa, sino que frecuentemente toma esa apariencia. Si adora a Marte como la mujer de mi amigo Antonio o al dios de la guerra, el ceño tiende a dar rigidez a sus facciones, conozco a algunos así, aunque no siempre una cosa lleva a la otra. Si adora al dios de la lujuria, la disipación se manifestará en su rostro como mi amigo el académico, si adora al dios de la paz y la verdad, la serenidad adornará su semblante, a veces también he visto confundir la simplicidad o la pereza con esto. Supongo que segamos lo que sembramos, pero esto -a pesar de lo que dicen los curas- solo es un suponer.    
Los pensamientos se acumulan, dan forma a nuestro carácter y éste se relaciona directamente con nuestro pensamiento. ¿Cómo será posible que una persona llegue a ser lo que no está pensando, lo que de ninguna manera está pensando? No hay probablemente pensamiento alguno, cuando en él se persiste, que sea demasiado pequeño para surtir su efecto. Lo que da forma a nuestros propósitos ciertamente se halla en nosotros.
Mi tía Rita –una gran sabia- el otro día me dijo –ella es jueza- que un hombre no llega al hospicio o a la cárcel por motivo de la tiranía del destino o las circunstancias, sino por el sendero de pensamientos serviles y deseos bajos. ¡Anda! Ni tampoco un hombre de mente pura desciende repentinamente al crimen debido a la presión o a una mera fuerza externa; el pensamiento criminal, se había abrigado secretamente en el corazón por mucho tiempo, y en la hora oportuna manifestó su fuerza acumulada. Las circunstancias no hacen al hombre; lo revelan a él mismo. No pueden haber condiciones tales como caer en el vicio y sus sufrimientos consiguientes, aisladas de la inclinación al vicio; o el ascenso a la virtud y su felicidad pura, sin el cultivo continuo de aspiraciones virtuosas. Por consecuencia, el hombre, como señor y amo de sus pensamientos, es el hacedor de si mismo, el formador y autor del ambiente. Altere el hombre sus pensamientos radicalmente, y lo sorprenderá la rápida transformación que esto efectuará en las condiciones materiales de su vida. 
 
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Los hombres se imaginan que el pensamiento puede conservarse encubierto, pero no se puede; no se puede, siempre sale; rápidamente se cristaliza en un hábito, y el hábito se solidifica en circunstancias. De modo que no solo los actos sino también las actitudes se basan en los pensamientos con que alimentamos nuestra mente. Nadie tiene el derecho de arbitrariamente dar forma a los pensamientos de otros, mas no con esto se quiere decir que los pensamientos de uno son enteramente asunto propio. Cada uno de nosotros inevitablemente afectamos a otros por medio del carácter que nuestros pensamientos y actos han producido. Cada uno de nosotros somos parte del género humano, e impartimos a los demás a la vez que recibimos de ellos. Esto parece que es sociedad, o convivencia. En las manos de todo individuo se coloca un poder maravilloso para obrar, a saber, la influencia silenciosa, inconsciente e invisible de su vida. Esta es sencillamente la constante irradiación y absorción inquebrantable de lo que el hombre realmente es, no lo que finge ser…Sobre el ser y parecer he hablado ya en otro lugar. La vida es un estado de transmisión y filtración que persiste; existir es irradiar; existir es ser el recipiente de la irradiación. Y el hombre, no puede ni por un momento escapar de esta irradiación de su carácter, esta constante debilitación o fortalecimiento de otros. No puede esquivar la responsabilidad diciendo que se trata de una influencia inconsciente. Él puede seleccionar las cualidades que permitirá que de él irradien. Las intenciones de nuestro corazón, aún nuestro pensamiento será, es, lo que nos condenará, es lo que nos condena en vida, de ahí el sufrimiento de la mente que cada día cobra mayor importancia, incluso le ponen nombre de stress, o depresión, sin embargo no nos llevan al médico de las palabras, al de las ideas que se ciñen en nuestra percepción, en nuestro sentido, produciendo sentimientos. Nuestras palabras, las ideas y los conceptos que rellenan nuestro cacumen nos condenarán, sí y todas nuestras obras y nuestros pensamientos sobre todo también lo harán. ¿Y quién custodia eso?
El que abriga malos pensamientos –y ahora me refiero a uno de los grupos que de verdad azotan la sociedad, los pederastas- a veces se siente seguro, con la convicción absoluta de que estos pensamientos son desconocidos a otros, igualmente que los hechos secretos, no son discernibles. Y es que todos los hechos que conciernen a la mente configuran las acciones: no es un loco, decía el otro día un psiquiatra hablando del alemán que había tenido encerrada a su hija dieciocho años, claro que no lo es, sabía perfectamente lo que estaba haciendo, pero su mente criada a base de ideas perversas y justificaciones lo permitía. El homicidio es un acto de agresión, pero la ira es una acción de la mente, de modo que la falta puede haber sido precursora del homicidio, pero si los pensamientos de un individuo no llegan a ser furiosos ni violentos, es improbable que éste le arrebate a otro la vida, de nos ser que sea expuesto a una situación límite, al menos es lo que yo creo. A base de mirar y desear lo que no es de uno acaba por generar así mismo sentimientos, ambicionando lo que no nos corresponde por naturaleza, lo más seguro es que acabemos por cometer las mayores barbaridades y quedarnos como si tal cosa, eso es lo que hacía, lo que hacen los caníbales de la sociedad. El marido de Lupe justifica como cosa normal engañarla con otras mujeres, no recuerda el respeto a la persona ni recuerda el día que pactó con ella cumplir una serie de convenios; su marido la engaña sistemáticamente –autojustificándose- sin darse cuenta de que algo le está fallando pero le falla a él mismo porque él es el que desvía sus acciones hacia otro lugar que no estaba pactado, ha alimentado esas ideas desde hace mucho tiempo y por ello lo hace de forma natural, impensable de realizar  seguramente el día en que se enamoró de ella. Cuando Lupe le ha abandonado, este hombre que de alguna manera estará apechugando a estas horas, no entiende los por qués del abandono de aquella santa que le aguantó todo y más. De modo que al nacer el pensamiento que provoca la reacción en cadena genera toda una sarta  de barbaridades en uno o en otro sentido, así me explico yo la envidia defecto que por ahora no he sufrido nunca pero que existe y mucho y también hace mucho daño, nos vuelve mezquinos. El marido de Lupe la tiene amenazada, tiene una orden de alejamiento que en algunas ocasiones no cumple. Si se siembra el pensamiento y luego se desarrolla en lujuria, casi es seguro que finalmente producirá la cosecha completa de un acto vil, de algo que no conocíamos de cerca pero que después de albergarse en la mente pasa a la acción arrasando como algo natural, intrínseco al ser.
Generalmente se considera el asesinato como homicidio premeditado, y ciertamente ningún acto de esta naturaleza jamás se llevó a efecto sin que el pensamiento haya antecedido el hecho. Nadie ha robado un banco sino hasta después de que le dado un tiento, ha proyectado el asalto y considerado la fuga. Asimismo, el adulterio no es el resultado de un solo pensamiento, la mente puede hacer en uso días que esto sea algo normal y corriente, también la mentira, el engaño. Creo que la deterioración mental antecede, domina la mente del “ofensor” ha estado cursando una retahíla de pensamientos antes de cometer los hechos. En efecto, cual es el pensamiento del hombre en su corazón, así obra. Si pienso en ello el tiempo suficiente, si dejo a las ideas que se asiente así obraré, probablemente se instalen y me dominen, he conocido algún suicida –quiero decir que a alguno que cumplió lo que pensó- y comenzaron así. De manera que la ocasión para protegerse contra la calamidad es cuando el pensamiento apenas empieza a tomar forma destruyendo parte de una semilla que en su momento había sido patricia, destruyendo la idea, dominándola. En Japón aprendí a batallar contra las ideas, meditando. Solo el hombre, de todas las criaturas sobre la tierra, puede alterar su manera de pensar y convertirse en el arquitecto de su destino. He escuchado decir a algún purista del arte plástico que jamás se permitiría contemplar un dibujo o pintura inferior, ni hacer cosa alguna baja o desmoralizadora, no fuere que la familiaridad con aquello le mancillara su propia idea y luego se la comunicara a su pincel, éste como ejecutor de la escuela en cierto modo desprevenida  del pensamiento. Yo procuro no leer literatura basura. Se siembra un pensamiento, se cosecha un acto. Se siembra un acto, se cosecha un hábito, se siembra un hábito se cosecha un carácter, se siembra un carácter se cosecha el destino, nuestra vida, dirigimos nuestra existencia más personal, la del estado de la mente que es la que –si nos descuidamos- domina a la persona. Porca miseria, homus hominis.
Del libro de Rosa Amor  Sin pies ni cabeza de 2009, Isidora Ediciones.
 

miércoles, 27 de septiembre de 2017

El efecto de Morgana (de soledades sin igual)



Resultado de imagen de mujer independienteEn el último episodio habíamos dicho que: No somos nada parecidos en nuestra vida y en cómo la vivimos, porque cada quién tiene la suya y por esa vida tiene que luchar y de esa vida se convertirá en un resultado o efecto. Bueno, no sé, es posible que podamos ser iguales en cuanto al hecho de sentir celos; sí, eso sí, puede que en las emociones la tendencia a la generalización sea enorme como seres humanos, pero nunca iguales a la hora de resolver ese tipo de conflictos, donde a Morgana le daba realmente igual. Morgana había preferido la maternidad en solitario antes que aguantar los ultrajes de un absurdo. Se divorció muy pronto, un divorcio eterno y para siempre de los de «no quiero volver a verte en mi vida, ni mis hijos ni yo queremos nada de ti jamás». Es decir, un adiós de los de verdad, no de los de me das la pasta y yo te manipulo. ¡Que alegrón! ¡Con lo que le cundía a Ella el tiempo y lo poco que ensuciaba la casa! Sería la gran gozada, volver a estar sola, aunque esa soledad tantas veces buscada te propine serios y eternos mordiscos. En fin, los celos eran otra de las grandes mentiras de la humanidad, la huida de uno mismo hacia un mundo abstracto y raro, cuando en realidad puede que estemos bastante más por encima de estas circunstancias; como los niños, ellos sí que manejan bien los abstractos y les va muy bien, mejor que a los adultos. 
 En esto de los celos, lo peor es asumir la mediocridad de los otros, se puede ser desgraciado, perdedor, ¡eso sí! Detrás de un perdedor siempre hay una historia, pero ser mediocre... ¡eso sí que es lamentable! Sobre todo porque llevan de la mano cuestiones como la mentira, el engaño, la falta de lealtad; en suma, el desajuste entre diferentes fuerzas y niveles, humano y espiritual, la no-coincidencia, el porque no, o simplemente el encontronazo de diversos planos éticos que tropiezan, y eso sí que es arduo, peligroso, lo más grave que a uno le puede pasar, porque en ese punto ya no existe el retorno.
"El héroe sale de casa en busca de aventuras" canon literario de tantas y tantas materias novelescas, se había repetido Morgana miles de veces; además hoy era de esos días de mal humor, en que no hay iguales, en que se sentía incomprendida lejos de la realidad del mundo que la rodeaba y sobre todo de los testigos presenciales del mundo que eran las personas que..., en fin. Eso es un trozo de soledad, saber que importas un bledo y que lo que haces importa bledo y medio; ni búsqueda de los iguales ni nada, porque «nadie es igual que tú», y menos cuando se es personaje y protagonista. De ahí la tendencia equivocada de muchos a buscar alter egos a mansalva, y a volverse sectarios, pero reconfortados, en sus quehaceres cotidianos o en sus creencias más profundas. No, la hermandad de almas es otra cosa. (Ahora viene a mi recuerdo un entierro y Carrión y muchos más, así que no estoy tan sola, pero es sólo un entierro o lo que es igual, una representación.)
Morgana, para quien hoy será un día crucial en su vida, había aprendido a amar todo aquello que en principio no amamos, pero que a fuerza de entrenar, de trabajar, terminamos por dominar hasta pasar con gran donosura a esa fase en que no podemos vivir sin ello. La vida es eso, un aprehender y aprender, estudiar y trabajar aquellas cosas que nos cuestan la misma vida, porque, en principio, el esfuerzo para hacerlas o conseguirlas supera muchas veces la razón. De ahí que Morgana se situara en la vida en una posición de élite, ese momento que pertenece a los que se han sobrepasado en su esfuerzo y brillan de autoconformidad; una situación clásica, mítica donde todos parecen opinar: ¡tiene mucha suerte! Pero, en realidad, lo que son no es más que el fruto de un enorme esfuerzo personal, el famoso trabajo propio o "curro personal" como he escuchado alguna vez. ¡Qué palabra más fea: curro! ¿Habrá quien tenga de nombre de pila comme ça?
Patrick también se parecía en esto a Morgana, pero superaba aun estas peculiaridades, era un elegido. Con todo, se reconocerían perfectamente en el momento en que se conocieran: las fuerzas paralelas tienden a la identificación, a la aproximación, dando paso a un confuso hermanamiento verdadero que surgiría con el tiempo. El esfuerzo sin medida es el que nos gratifica en lo inefable, en la búsqueda personal de un camino probablemente inexistente, porque el tal es el que nosotros nos creamos como resultado. En parte era como el amor. El éxito en semejante empresa desde luego que no viene dado por la casualidad; en general, las parejas que normalmente "llegan a algo" lo consiguen por el trabajo y nada más, por curtirse día a día y pensar que al final merece la pena; es como el tesón en el estudio de una carrera que no tiene fin. En esas parejas que todos vemos cuando son mayores y en las que fluye la armonía es por eso, porque un día decidieron amar la biblioteca, el esfuerzo, la paciencia, algo en principio odioso y solitario, pero que, con el tiempo, da sus frutos. Soledad engañosa para algunos.
 En los bares (y a qué viene esto) siempre sentimos que algo o alguien puede cambiar nuestra vida, y en verdad es así, muchos por desgracia cambian su vida por nada, por un soplo superfluo ausente de certeza y muy próximo a la ensoñación. ¡Hay que ir mucho a los bares! Sin embargo, Morgana no había ido nunca, pero una de las pocas veces que lo hizo conoció a Patrick. Un punto (el de los bares digo) donde es difícil mantenerse porque está muy cerca de lo ingenioso, de la fábula. Así que más vale enamorarse de todo aquello que te devuelve algo consistente más que hacerlo de lo superfluo, (esto lo digo yo, Morgana), la diferencia estriba sin duda en el esfuerzo y ese es el que a uno le hace elitista. Recordaré otra vez (a lo mejor lo he repetido en otra vida) que Morgana odia los bares. ¡Menos mal, si no, qué desgracia! Morgana siempre amaba aquello que era o que pudiese ser propiedad de unos pocos; era una elitista del arte y seguramente lo era de la vida también….
(continuará)

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