martes, 29 de diciembre de 2009

Gemboyes, deeses, equisbó, guís y pleyesteison



Que la vida ha cambiado es un hecho para todos bien claro y ahora los niños y las niñas juegan de un modo diferente a como lo hacíamos los de mi generación –cuarentones variados- y los de otras generaciones, que también se extrañan.


Lo cierto, es que puedes encontrarte un grupo de niños todos jugando con su máquina portatil, felices de la vida, sentados en fila y controlando por un tubo. Algo para lo yo me confieso inútil por completo, aunque me vendría muy bien algo de ejercicio para mis dedos ya camino de la artrosis galopante. Siempre he estado en contra de esas máquinas,  pero ahora ya no lo estoy. Siempre me parecieron muy caras pero ahora, ya no me parecen, sobre todo si uno ve cómo estan los precios de otras cosas, inútiles la mayoría y de mala fabricación. Es cierto que no pueden centrarse solo en ese tipo de juegos y en mi caso, en mi casa, afortunadamente tenemos exceso de energía y centrarse algo en esas máquinas aunque sea una horita –hablo siempre de las vacaciones- pues casi que está recomendado por el médico, porque sino acabarían con todos, la energía, también hay que controlarla. Lo que quiero decir es que las cosas bien dirigidas pueden ser incluso útiles. Mis hijos son músicos y entre eso y los estudios estarían amargados, también juegan en el bosque todos los días y les mola las nintendo porque son normales y en los ratos de espera de las clases del Conservatorio pues están muy bien las maquinitas, qué quieres que te diga.



Los juegos de esas máquinas equisbó y pleyesteison me parecen alucinantes y comprendo que un niño flipe en colores sumergiendose en ese mundo virtual, quizás tampoco sea tan malo si también se le dan de la misma manera el guso por la lectura, la música y otra cosas importantes del saber humano y que todo niño en proceso de educarse debería contar en su haber de pensamiento y formación.



Uno de los juegos que ha molado mazo este año es el de Assasin que es como el Zorro o como José María el Tempranillo pero en su versión actual, dando leña a diestro y siniestro, un héroe que da candelita en rama a todo quisque, aunque eso sí, se podía quitar la capucha para que le veamos un poco. Ni qué decir tienen los mundos de espada medievales de Narnias, Anillos y demás, toda la vida hemos soñado con poder estar en el medio de alguna de esas movidas, ahora ellos pueden estar. El Mario Bross le veo yo que es como Cantinflas pero más listo y vacileta, de los Pokemon lo que siento es que no lleven los nombres de los reyes visigodos así todos los niños los conocerían, de este modo conocen unos nombres que no les servirán para nada en la vida, una pena. De Spiderman está todo dicho: si hay que ir se va. Los juegos de perritos...normal, si tu madre no te deja tener un perro de raza, pues lo tienes virtual, porque para oir eso de: o el perro o tú, no compensa. Tampoco sé si hay diferencia en cuanto a la intención –lo digo por los psicólogos y demás mamertos que nos amargan la vida analizando todo- de matar soldados de plástico e incluso quemarlos en el horno como hacían los niños que ahora tienen 60 años a estar en una batalla virtual con gente profesional, bien vestidos en plena guerra, como Dios manda. Al menos no le jorobas el horno a tu madre, ni le quemas la casa como hizo mi amigo José María también jugando a los experimentos químicos. No sé si fomentan la agresividad o no. No soy psicólogo y supongo que también habrá naturalezas agresivas y otras que no lo son. El juego es el juego y los niños varones desde pequeños juegan a la guerra, redios.



El otro día pregunté en Carrefour si tenían un r4 para bajarse juegos gratis de la DS y casi me llevan presa. Aquí en Francia está prohibido, no puedes bajarte nada ni de las páginas españolas ni de ninguna porque las bloquean, no solo eso, sino que te caen 1500 euros porque la policia se planta en tu casa en cuanto te descargues algo que no pagues, música, películas o juegos de DS. Y vienen de verdad, no sé cómo lo hacen, te detectan y vienen, con dos pelés, y el caso es que yo me suelo descargar partituras antiguas que según creo no pagan derechos, pero alomejor sí y estoy incurriendo en un delito que te pasas y no lo sé, ¡mon Dieu! En España los r4 los venden en todas las tiendas sin problema, claro, hasta que se copien de los franceses –como de costumbre- y se acabe el invento. De modo que aprovecharos ahora todo lo que podais que luego viene el tío Paco con la rebaja.


martes, 22 de diciembre de 2009

Lotería es Salud




Hoy es el gran día de la Salud para todos, y ya sabemos por qué: no nos ha tocado la lotería y menos a una sujeta como yo que no compra nunca un décimo. Y es que prefiero no malgastar mis eurillos a sabiendas de que no me va a tocar. Nunca me ha tocado nada, a mi padre que murió de 87 años, jamás tuvo esa suerte y jugaba todos los años por tradición desde muy joven, eso sí, tuvo trabajo y salud prácticamente hasta los últimos días que precedieron a su muerte. Veo yo mucha gente que va justa de dinero y que sin embargo gasta una buena parte de su maltrecho jornal en esta costumbre o vicio tan común en todos los países. ¡Como cambia la vida de una persona merced al dinero!

Nunca he hablado con nadie que confiese haber sido rico o haber alcanzado el éxito gracias al juego, aunque sé de buena tinta de más de uno, sin duda. Siempre he pensado que eso del juego, sea el que sea, no es para mí, quizás porque me crea una ansiedad poco normal, o quizás porque si no me toca me sienta mal y veo malgastada la inversión, qué se yo. En Japón son grandes jugadores de todo lo habido y por haber y ya en su momento me creó un gran impacto la diversidad de juegos de monedas y demás que tienen en su cultura social, no lo podía aguantar. Me parecía una bofetada contínua y un mayor contraste con la filosofía y las corrientes orientales que yo allí buscaba. Es una sociedad en contínua contradicción, bueno, como la nuestra, la sociedad occidental no es mucho mejor. Lo mejor de la Navidad –y eso que a mí me gusta lo del canturreo de los niños de San Ildefonso- es poder cambiar de vida, es decir, que el azar cambie nuestra vida y no nosotros.



La tradición, admito, me gusta, pues el Colegio de San Ildefonso es la Institución dedicada a la infancia más antigua de Madrid con más de 400 años de existencia. Sabemos que sus orígenes datan de 1543, año en que Carlos V concedió una Real Cédula que dotaba al Colegio de los bienes precisos para atender a sus fines. Las primeras Ordenanzas del Colegio que hoy existen son de 1600 y las hizo el escribano Francisco de Monzón. Su actividad tanto interna: acogida, educación y colocación de madrileños huérfanos, como externa: celebran liturgias, fiestas públicas, lotería, ha sido siempre muy intensa.El primer sorteo de la Lotería Nacional, el que toman parte como extractores fue el 9 de marzo de 1771. Desde entonces, para actuar en los sorteos de la Lotería, se selecciona a aquellos alumnos y alumnas que tienen buen timbre de voz y pronunciación clara, a los que se ejercita para la fácil y rápida lectura de los números y se les adiestra en el manejo de las bolas de los sorteos mediante ensayos continuos con material que la Lotería Nacional tiene a disposición del colegio.


Este colegio ubicado primitivamente en el número 3 de la Carrera de San Francisco fue trasladado en 1884 a la calle Alfonso VI a unas casas que habían sido del Marqués de Benalúa, pues su antigua ubicación de había quedado pequeña al ir creciendo el número de niños que dependían de esta institución. En 1988 se produjo la renovación del edificio y se dotó a la institución de nuevo personal y medios más actuales para renovar los fines para los que fue creada en el siglo XV y entre los que están: corregir las desigualdades sociales, subvenir a la educación y la formación de los más jóvenes. Hoy hemos visto cantar a una niña de color y desde hace unos años la organización cambia poco a poco incorporando muchos niños de diversas nacionalidades. Manos inocentes protagonistas del futuro y del bonheur de muchas personas que a diferencia de mi, creen que su vida la puede cambiar el azar y apuestan por ello.



lunes, 21 de diciembre de 2009

La Navidad y los otros




Estas fechas navideñas son para todos, los días del árbol, los días del papá Noël –un señor desconocido para los españoles hasta hace poco- los días del portal de Belén, los días de la comilona, villancicos, cogorzas varias, derroche por un tubo, puede que de ver a la familia que hacía tiempo no visitábamos, para otros, son días de descanso, de cambiar de aires, ir a la nieve...pero siempre hay en el ambiente nostalgia y un no se qué de familiar.


Lo cierto es que la tradición –según mis vecinos de Estrasbugo ellos fueron los primeros en decorar un pino- invita particularmente a ofrecer algo a alguien, a regalar, a ser amable, vamos a ser lo que de toda la vida se ha llamado caritativo o hacer algo hermoso por los demás. Ciertamente para muchas personas, si no fuera por estas fechas, jamás visitarían a la familia, jamás tendrían un pensamiento hermoso, nunca comprarían nada a su esposa, no digamos a su suegra, nunca compartirían nada con nadie, puede que nunca en la vida se pusieran a cantar aunque fuese por compromiso, nunca se abrazarían a nadie para celebrar el cambio de año, en fin nunca harían nada. Vale.


La tradición cristiana habla de un Dios que ofreció a su hijo el cual se sacrificó por los pecados del mundo. Él, Jesucristo, vino al mundo en estas fechas –ya sabemos que el calendario no fue el mismo pero eso da igual- y dio su vida por la salvación de la Humanidad, Él siendo descendiente de David, es decir hijo de reyes vino a nacer en un establo arropado por el conocimiento de los que sabían –suponemos por el espíritu- de su llegada: gente humilde –pura- por un lado como eran la gente del pueblo, y la gente muy intelectual y sabia como eran los Magos, con magia, de Oriente. Como sea, para los que crean y para los que no, creo que es una fiesta buena, de hermosa tradición en las que por una u otra razón el ofrecer, dar y sacrificar por los demás, debe estar presente aunque sea para algunos una vez al año. Incluso el papá Noël –San Nicolás- Santa Claus y otros tantos gorditos, vienen a traer el espíritu solidario de hacer felices a los demás, no tanto de consumir sino de dar y ofrecer a los otros, en especial a niños y ancianos –diría yo- que en estas fechas deben tener la cabeza como un hervidero de pensamientos entrecruzados con soledades y deseos. Los ancianos son como los niños, pero aún más difíciles porque tienen dentro una vida ya hecha e imagino que debe ser duro, aunque también imagino que el ser humano tiene fuerza para guantarlo todo.



Lo dicho, si podemos hacer algo por el vecino, aprovechemos estas fechas que nunca es tarde para abrazar a la suegra o tener una buena frase con esa cuñada que nos cae como un tiro. Ceder un poco en las cosas que no nos gustan por ver contento al de al lado no tiene nada que ver con El Corte Inglés, o evitar discutir y tener buen ambiente en casa, no es consumir y sí tiene que ver con unas fechas en las que nos obligan a recordar algunas ideas: que tenemos un país de paz, que tenemos muchas cosas y que tenemos que estar agradecidos por todo lo que tenemos y aprovechar la vida que son cuatro días. Hasta la próxima, mañana sigo.



sábado, 19 de diciembre de 2009

Pasando "las de Caín" por Francia




Cuando yo llegué a estas tierras, hace ya casi seis años, aprendí que uno no lo sabe todo ni mucho menos, aprendí que no todo está visto y que siempre absolutamente siempre tenemos algo que aprender y algo que seguir o imitar o algún hábito que cambiar aunque nuestra vida haya seguido hasta entonces unas determinadas costumbres de forma diríamos sistemática. Esto dicho así no tiene ninguna gracia pues cuando uno está/es mayor no le resulta simpático mudar las cosas de su vida, sobre todo por obligación, hablo con sinceridad. Nunca es tarde para cambiar aunque esos cambios sean de momento impuestos, luego te vas dando cuenta de que son incluso mucho mejor, sin embargo la gente en general tiene miedo pasados los treinta de introducir cambios potentes en su vida, como tener que hablar en una lengua que no se conoce, comer a una hora diferente, alimentarnos con diferentes cosas, acostarse a otra hora...somos en general reticentes a las mudanzas, nos son extrañas, simplemente.




Recuerdo al poco de llegar a Francia, lo difícil que era conseguir una casa más o menos grande, todas las agencias querían lógicamente venderte una como fuera, nada de alquilar, y es que Francia en las zonas de campaña cuando traes un gran contenedor no tienes donde meterte. Francia no es París, como España no es Madrid. Recuerdo cada vez que visitaba una nueva casa para comprar –lo de alquilar fue desestimado rápidamente- que cada uno de los vendedores exclamaba con viva voz: voilà double vitrage! Para mi lo del double vitrage cantado de esa manera me dejaba medio flipada, pues no llegaba yo a comprender la importancia y alcance del término, claro, eso fue hasta que pasé el primer invierno y ahí lo comprendí todo, se hizo la luz. En mi país, y en mi ciudad Madrid, pues supongo –no lo sé- que las ventanas tienen double vitrage pero no lo creo o al menos yo nunca había reparado en ello, y veo que no solo es útil sino necesario, se diría obligatorio. Por eso, cuando alguien enseña a otro una casa o la suya propia, debe decir con orgullo: tiene double vitrage como sello de aislamiento, garantía de prestigio y calidad.



Los horarios, también son diferentes en Francia con respecto a mi país, gran diferencia que supone en general a los extranjeros mediterráneos un esfuerzo de adaptación considerable, eso y la soledad de las calles, la poca vida externa. Al principio me creaba cierta ansiedad ver cómo a la hora normal de salir a la compra en España, aquí cerraban para comer quedando las ciudades como un desierto terrible sin que nadie te venda ni un chupa-chups ¿Por qué? Porque están comiendo y no les importas nada. Ahora ya, yo misma, se puede abrir la tierra que no perdono mi comida de midi como si fuese una jubilada, no perdono mis horarios de pitanza por nada del mundo y cuando voy a España y me encuentro con mis familiares, colegas y amigos les pego una bronca impresionante porque me pongo mala de tener que soportar sus anarquías en cuanto a los horarios de comidas y descanso. Los españoles para esto son incorregibles, si tienes una cita para cenar, seguro que terminas el postre a la una de la mañana. Ellos dicen que me estoy afrancesando y yo les digo que ha entrado un poco de cordura en mi vida y que son ellos los que están locos. Comer a las tres y media o cuatro los domingos no es normal y ellos insisten en que si, que si es normal.



Ellos –mis compatriotas- tampoco entienden como en una comida que te has quedado satisfecho puedes meterte por la vista y después por el estómago tremendo plato de quesos. En España los quesos se toman de entremeses, nunca de postre. En fin, cada quien tiene sus costumbres. También he cambiado en esto.



Recuerdo el primer cumpleaños para niños que celebré aquí, claro, de momento me extrañó el horario que estaba programado (una amiga portuguesa me puso en antecedentes) de 15 horas a 18 horas ni un minuto más ni uno menos. Era mayo y venían a casa veinticinco niños, menos mal que había jardín para poderlo soportar, en fin, lo cierto es que se portaron muy bien. Preparamos todo tipo de juegos, aunque esto está demostrado que tampoco sirve, a los niños no hay que prepararles juegos, ellos ya saben, es la manía de los padres por querer darlo todo aunque sea innecesario, yo me cuento entre ellos. El caso es que la comida que era lo que más me importaba se quedó prácticamente entera, después lo entendí, yo había puesto todo salado según la costumbre española, aceitunas, patatas fritas, todo tipo de snacks, bocadillos de salchichón, de chorizo, de jamón, todo lo dejaron, hasta que llegó el momento de la piñata –sí ya sé que aquí es costumbre en las bodas- que estaba llena de caramelos y gominolas y la tarta. Ya he comprobado que en los cumpleaños de Francia, los niños no comen cosas saladas sino cosas dulces, muchos caramelos, chocolates, crepes, brioches…


También he podido comprobar cómo un apero no significa dar de comer a un regimiento, invitar a un apero, es invitar a un aperitivo donde los invitados pueden tener después otra cita, es decir se pueden ir de tu casa sin haber cenado, algo incomprensible para mi, yo, hija de un chef de cocina no puedo dejar salir de mi casa a las diez de la noche por ejemplo, a un invitado sin que haya cenado opíparamente, no me entra en la cabeza, pero sí, se puede dar un aperitivo y luego mandarlos a su casa o a donde se quieran ir a eso de la diez. Un día por un malentendido tuve a todo el personal sin comer hasta las cuatro de la tarde, hora en que les ofrecí amablemente un café, por fin, uno de ellos me preguntó ¿pero a qué hora comen en su país? Finalmente entendimos y creo que entendieron que yo no había comprendido el propósito de la reunión y a esas horas pudieron comer en mi casa, algo tarde pero seguro. Por otro error, al poco de llegar en una cena de compromiso en uno de los mejores restaurantes top classe, al anfitrión más destacado y elegante no sé porqué razón idiomática le llamé petit cochon, fue tal el lío que me hice con la lengua que así fue estas fueron mis palabras: Por favor garçon, ese plato es para el petit cochon. Aquel hombre glamuroso me miró con ganas de matarme pues probablemente en su vida nadie le habría insultado así, le hizo gracia, pero estaba estupefacto. Todavía hoy no me lo puedo explicar, había alguna conversación entorno a los petites cochones, que están deliciosos, o a cerca de la gula, no sé, creo que me falló el subsconsciente. El caso es que ya no nos volvieron a invitar a pesar de las reverencias iniciales. C’est la vie!



Tener o no que llevar por narices el apellido del marido, ¡inadmisible! Las españolas y en esto no soporto ser otra llevamos dos apellidos uno de nuestro padre y otro de nuestra madre, toda la vida y nos casemos con quien nos casemos, sin embargo desde que llegué aquí soy otra llevo en el ochenta por ciento de los casos el apellido de mi marido, con el consiguiente cabreo, luego no me sirve ninguna tarjeta en mi país claro está. Ahora estoy cambiándolo todo y reafirmándome en mi persona, pero es difícil que se enteren los ordenadores que son máquinas y no entienden nada de cambios. ¿Y las rotondas? Al principio tenía hasta náuseas porque me perdía y daba vueltas en ellos como una tonta, es verdad eso que dicen que hay una rotonda para cada ciudadano. En España que conducen como salvajes también me dicen que conduzco como una paisana y es que a uno le dan ganas con tanta rotonda de ponerse en el medio de una de ellas y ponerse a saludar a los coches, o a bailar o montar un número de circo con peluca o a hacer el pino y ver a todos los coches del revés, mientras se acerca el gendarme a preguntar: ¿qué hace usted señora? Y yo le diría: pues ya ve señor gendarme esperando el tranvía.



viernes, 18 de diciembre de 2009

Así no se empuja un país



Ahora los hijos –en particular, los hijos de las familias españolas- parece ser que no se van de casa antes de tener de 25 o 30 años en adelante, por dar un dato digamos, positivo. Se quedan de apalanque en casa mucho, mucho tiempo bajo la excusa o titular mundial de que la vida está muy cara, las casas muy caras, los televisores, los electrodomésticos...todo muy caro. Claro, porque para independizarse, casarse y demás hay que tenerlo todo.


Eso no va a ser posible porque la vida está para eso, para aprender a luchar y contruir cada cuál su propio mundo y contexto en el que también entrarán para algunos los electrodomésticos, claro. Y es que es mejor no tener responsabilidades. La vida en casa con los padres es mucho más llevadera e infinitamente más cómoda, pero esa gente ¿empuja de verdad un país? Por supuesto que no. Se la suda. Pero, el tiempo pasa para todos y algún día también serán viejos.



Como son poco amigos de tener responsabilidades, todo les parece poco e insuficiente, porque lo merecen todo al ser unos niños muy malcriados. Y si no quieren responsabilidades porque sin ellas se vive de putamadre, menos las querrán en el resto de los dominios de su vida, menos en el trabajo, ese que dicen que está muy mal remunerado porque Ellos, eje del mundo. La gente joven de hoy siempre piensan que están muy mal remunerados porque Ellos han estudiado por lo menos, por lo menos, cuatro años de Universidad y luego algún Master, ah! Y saben inglés conocimiento perfecto hablado y escrito, generalmente gracias al enorme esfuerzo de sus padres que los han enviado a Inglaterra o EEUU cada verano, ¡Bien!.

Esto les da derecho a creerse por encima de los demás, a ser ¡la hostia! a tener que recibir nada más terminar sus estudios y según sus cálculos al menos 2.500 euros de bellón, ¿quién como yo? –con todo lo que estudiado y todo lo que sé.

Los empresarios –en esto la rama de económicas, asistentes social, derecho, dirección de empresas se llevan la palma de oro- son unos chorizos y explotan, claro, porque lo de la experiencia no cuenta. Por lo visto también saben escribir el español tan perfectamente bien como el inglés, esto también va por los jueces, bueno por todos los que trabajan en el Ministerio de Justicia que se descojonan de los que nos dedicamos a las Letras, pero resultan que no saben escribir, ¡Bien también!.



Ellos, digo las pelotudas generaciones que vienen con esa inteligencia superior no caen en la cuenta de que –exceptuando algunos casos- no tienen ni zorra idea del trabajo práctico y siempre tiene que haber el expotador de turno que rehaga el entuerto cometido por alguno de estos sabios nobeles y mal pagados. No caen en la cuenta de que esos estudios también los tienen los demás, los que somos viejos y tenemos mucho morro. Y amigo, no se estudia para terminar en la Universidad y ser cotizado como el mejor de los profesionales, eso es un cuento y tú un desgraciado si crees eso, te lo digo yo que soy profe y el nivel está a la altura de la moqueta y esto lo digo ¡con dos cojones!.



Está, eso sí, la posibilidad de las oposiciones estatales que son la única manera de ser cotizado igual que los demás –los viejos- aunque no tengas ni zorra idea porque recién terminado estás de tus estudios, pero verás con el apretón del examen colmadas tus ansias de poder económico y social. ¡Atrévete y preséntate a esos exámenes facilones! Si total...seguro que los que lo han sacado ya y llevan unos años lo han sacado de chiripa, de pura potra.

Tener hijos, es un rollo, tener que hacer la compra es un rollo, tener que cocinar es un rollo, tener que recoger y limpiar la casa es un rollo, tener que corregir exámenes es un rollo, preparar las clases también, conferencias ni te cuento, prefiero no ir, escribir por encargo por cuatro duros mejor ni hablemos, comprar ropa...pero claro tener mi coche, mola mazo, mi casa la rehostia, mis cosas, mi bibliotheca que se conoce me la han regalado, ya te cagas, los discos...los objetos... Recuerdo que ser Doctor en algo, incluso en Letras, son 12 años de estudios ¡majetes! En la Uni te obligan a publicar quieras o no y a asistir a conferencias y a otras cosas. Así que a esforzarse tocan, a salir de la falda de mamá como hacen los europeos y ¡a buscarse la vida! Y ¡a enfrentar la vida! con un par, si señor, y a empujar el país con responsabilidades, y no: este trabajo no me gusta porque no me pagan bien, pues me voy a otro, ocio y más ocio. Amigo, el tiempo, pasa para todos y no quisiera yo veros cuando seais viejecitos, porque eso sí, nadie escapa, y si lo hacen es porque estás muerto. Moraleja: menos humos y a currar.



jueves, 17 de diciembre de 2009

Divagando que es gerundio



Todo aquello que acontece en el pasado humano no es sino un ejemplo de lo que acontece con todo pretérito humano, de donde puede llegar a resultar que esa postrera mirada hacia atrás provoca una mirada hacia adelante, y si no podemos alojarnos en ese pasado histórico entonces no habrá más remedio que inventar y edificar otra realidad para poder instalarnos.


Esto, si se mira bien, no quiere decir nada, no me convence.

Los pensamientos, como las ideas, se ligan unos con otros intentando a toda costa explicar la realidad, desmenuzar nuestra procedencia hasta llegar a ligar con gran evidencia los pensamientos unos con otros: un pensamiento llega a su realidad porque ha surgido de otro anterior llegando a ser la explicación de aquél, el cuerpo o realidad tangible. Así vamos construyendo nuestro marco real, por medio de un análisis progresivo de realidades, de pensamientos que creemos que han existido desde siempre, aunque esto no sea verdad. De tal forma construimos la realidad o lo que creemos que es: un destino inventado, desarrollado desde un espacio que creemos un pasado humano, pero que puede ser que no sea; aunque necesitemos hacer un nexo, un desarrollo de la realidad o identificación de ésta.



Un día me di cuenta de que tenía pasado, de que recordaba cosas ajenas por completo a la invención de mi pensamiento. Los animales no lo tienen, ¡claro!

Como tampoco lo tiene todo lo abstracto; los hombres, los humanos, sí conservan, a diferencia de aquéllos, su pasado; estamos, de hecho, fabricados de pasado, entendiendo esto como nuestra memoria. La ruptura de la memoria, de la reminiscencia de nuestro ayer, es el desencadenante de la anulación del yo, porque éste existe gracias al presente y, sobre todo, al pasado; y si tenemos en el presente el pasado, ésta será, por encima de todo, la raíz de la búsqueda de la eternidad. La creación del futuro es la que nos hace irremediablemente buscadores de lo eterno, partiendo de estos caracteres presentes y pasados.

El ser humano, desde dentro y en medio del teatro éste de la vida en que nos traen a existir, es en el fondo, la creación de sí mismo (el personaje) dentro de unas circunstancias (el contexto), que hemos creado otra u otras personas que están en nosotros, y a quienes de forma habitual desarrollamos a lo largo de nuestra vida. (La historia, la anécdota, la temática, etc., como ustedes quieran, que a mí lo mismo me da). Como resultado y al mismo tiempo vemos cómo todos los seres humanos mantenemos unas constantes en nuestra personalidad muy parecida a las de otros personajes que ya han sido dados como válidos por otros personajes, al ser publicadas sus vidas o

sus caracteres en forma de libro, sea cual sea el estilo para éste utilizado.

El lector podrá extraer como conclusión algo que ya le adelanto yo, y es que somos hombres y mujeres muy parecidos, pertenecientes a categorías, que sufrimos y disfrutamos a la vez —si bien unos mejor que otros, eso sí, pero, al fin, todos arquetipos—, y descubrirán por sí mismos, solitos, cuáles son los elementos en común que tenemos con otros personajes.

Yo quiero ser una escritora, pero no quiero ser una escritora novel.

Novel, novel, pero ¿qué es eso? Escritor novel, escritor fresco o escritor despreciable; aunque luego te mueras y tus tempranas obras noveles se conviertan en parangón de la literatura universal. En fin, ahora soy novel, aunque lo que sienta en mi interior corresponda a una mentalidad de años. Eso es, soy en cierto modo un poco infantil, como ya se verá, y tengo por otro lado mucho de anciana; solo que tengo la suerte de que no se me nota, la apariencia por definición siempre es engañosa. Los alumnos de mis aburridas clases nunca aciertan en esto tampoco, digo en lo de la edad; y no es que me importe, en realidad, no me importa, les importa a los del contexto social, que son los que están de continuo con esas mandangas. Ser joven y ser viejo al mismo tiempo viene a ser lo mismo que ser un resultado.



Si lo prefieren, podemos emplear otros sinónimos, ser: efecto, secuela, desenlace, conclusión, producto, consecuencia, fruto... Todo eso, uno es todo eso: el fruto, el resultado de su vida. Con esa responsabilidad carga, y con semejante peso tiene que entendérselas cada día, cada persona en este devenir caótico de horas, días y años que uno tiene que aguantar. Como soy un resultado, decido y quiero intervenir en sus elementos. Gracias y sigo.

Y es que es una eterna verdad que cuando un personaje nace o se le transcribe desde su mundo supuestamente ficticio, ya no se quiere ir; por eso mismo nacen los arquetipos, los tipos o las conocidas caracterizaciones de los personajes, que no son otra cosa que variantes de una misma personalidad.

Algunos incluso han conseguido tener auténticos caracteres, verdaderos tipos, verdaderos mundos que todos llegamos a conocer y que se repiten en los escritos, en novelas y dramas, como verdaderos dioses con sus verdaderos mundos. ¿Quién no reconoce a los donjuanes, a los pícaros,

a las adúlteras, por poner leves y primarios ejemplos de esta construcción de mundos y caracteres paralelos a la supuesta realidad en la que vivimos?

Si uno es un donjuan, me pregunto: ¿a qué mundo nos referimos al mencionarle así? ¿Al de mi vecino? ¿No pertenece a un supuesto mundo de ficción o literario? Pues no, porque en realidad no se sabe con exactitud cuál es la procedencia, si de la realidad vamos a la ficción o viceversa. Si de la realidad vamos a la ficción, entonces cualquier mundo ficticio existe, y en verdad no conozco a ningún personaje supuestamente literario que no exista en la realidad, pues ésta generalmente supera con creces la invención.

Aun así y con esta cansada vida que todos llevamos de alguna o de otra manera, tenemos que reinventarnos una y otra vez, para poder seguir siendo, existiendo en nuestro mundo ficción y en el real, pues demostrado está ya con creces que son dos territorios que a menudo se amalgaman en común y opíparo acuerdo. Tanto estamos ya acostumbrados a ello que ni reaccionamos. Yo quiero ser persona, pero no una persona común, puedo ser varias personas a la vez que salen de un bastidor y las conozco a todas. Por qué estamos aquí si no es para conocernos y dar una explicación a las reacciones de nuestra persona (personajes que actúan, definición de sí mismos)

en función de sus experiencias o pruebas (núcleo de la acción, acción propiamente dicha), en lugares fundamentales para dicho desarrollo activo y de reacción (el contexto). Vivir en África no es igual que hacerlo en Nueva York o en un pueblo extremeño, y la persona Lo que es, estará siempre condicionada por dicho escenario. De ahí su búsqueda eterna, la cuarta pared, la explicación, el sentido de la existencia, ¿quién nos mira? Si nos miran, existimos; si nos piensan, nos inmortalizamos.





miércoles, 16 de diciembre de 2009



El escuchar y mirar: ¿y a usted qué le importa? El otro día estuve con un amigo cuya osadía supera con creces la que uno se puede llegar a imaginar incluso en sus mejores sueños. Pues sí, mi amigo hacía higas del «escuchar pasos», utilizado tanto por los escritores, o el «mirar» por «ver», que también se utiliza bastante. Y claro, digo, yo ¿qué le importará si un escritor en su manera de «crear formas» juega con el lenguaje y le parece más adecuado o lírico exprimirse diciendo «escuché pasos en el corredor» en lugar de «oí pasos en el corredor»? Ambas acciones como todo el mundo sabe son diferentes y cada una con su connotación y su semántica, claro está. No hay nada malo en ello ni se va a acabar el mundo por dar una intención a la escritura, como intención se pone en el mismo hecho de la creación literaria.

Ese es el fallo, el fallo es que hoy día cualquiera puede opinar y de hecho es el deporte nacional de la mayoría de los pueblos civilizados, la opinión, sí, opinión pero con un cierto, solo cierto, criterio, por más que nos pese: «Anda, hazlo tú», se le diría a cualquiera de los que opiniones tan gratuitas, improcedentes, injustificadas vierten sobre los castos oídos de los que nos dedicamos a la creación. En efecto, los que consagramos la vida a la creación formamos parte de esa masa social de ociosos que tanto molesta a los que no llegan a nada en la vida, ni siquiera (que ya lo querría para mí misma) a estar conforme con uno. Es así, la disconformidad o la necesidad de dar o aportar algo que no se sabe aún de dónde sale, supongo que conforma el hecho creativo, el creador, el artista. Y olestos somos, si, y mucho.


Cualquiera puede juzgar una obra creativa (film, literatura, pintura, escultura) sin tener ninguna idea, solo por el hecho de que el arte se debe compartir con la sociedad, con independencia de si ésta es alguien para juzgar o valorar el trabajo del vecino: «Anda, hazlo tú».

Son ya también variadas, las veces que han llegado a mi casa amigos con varias preocupaciones constantes, sin poder resolver, inquietudes difíciles de solventar por sí solos, por ellos mismos, unos han llegado equivocados, otros verdaderamente intranquilos, otros con escepticismo, la mayoría desabridos. La cuestión si bien se mira, o según como se mire, no es tan grave, lo es en su medida, un poco. Me refiero al problema de la utilización del deber de, más infinitivo que hemos estudiado todos en alguna ocasión y que a menudo —yo la primera— utilizamos mal. Cualquiera puede pensar que soy una exagerada, pues no, no soy nada exagerada, las palabras como la sintaxis pueden llegar a crearnos ansiedad, tedio, histeria, alegría, tristeza, cachondeo, risa… miles de sensaciones y sentimientos los cuales no se pueden entender nada más que en el ámbito lingüístico de la palabra. Sí, uno se puede volver tarumba, u odiar a alguien por cómo habla, por cómo utiliza el lenguaje, por cómo se deforma en definitiva nuestro tesoro histórico más rico: la lengua. La utilización de la @ como morfema de género es solo un ejemplo de ello, las terminaciones de los participios en -ao en lugar del tradicional y tan musical para el oído -ado. Son los periodistas —desolé— los que por una cuestión estratégica hacen uso multitudinario y público del idioma, errando la mayoría de las veces, creando muchos vicios también.


¡Qué poquitito vocabulario tenemos, pero qué poquitito! Hemos asistido ya varias veces al entierro y funeral de muchas palabras, frases que se han desterrado ya de forma insólita, ya de forma terrible y ahí estamos, ahí están todas las reglas y normas como los porteros de la Casa de los Horrores.

Si escribes para la mayoría, eres simple y cometes errores, si lo haces subido de grado, entonces nadie te entiende y lo que quieres es hacer un alarde de retórica, sólo destinado a los especialistas, esos que también repatean a los paupérrimos e ignorantes lectores medios como mi amigo. El especialista, es el crítico, el opinador y éste en efecto muchas veces castiga o premia el hecho literario, el texto de autor, con gran facilidad. Triste, severo e inhumano, es cierto, pero al menos sabrá lo que dice puesto que se dedica a ello, es un experto. Por lo mismo que una intervención médica solo debería ser juzgada por otro médico a poder ser éste sin prejuicios, igual sucede  en el mundo literario. Eso sí, tanto los pacientes de los médicos como los lectores que se incluyen en el grupo de nuestro seguidores, probablemente no tendrán la experiencia ni la preparación de un científico o de un filólogo, pero saben expresar la huella de éstos en su vida. De nuevo la ignorancia tristemente nos crucifica y nos lleva a ensalzar a la categoría de Dios al médico carnicero que nos hace ir a su consulta mil veces para hacer que hacemos y cobrarnos, como al escritor que en verdad no tiene nada que contar, pero lo cuenta muy bien, o al que en verdad tiene cosas que contar, pero no lo sabe hacer.

Yo creo, que un buen texto escrito a lo largo de una vida, puede hacerlo cualquier mortal, ¿quién no se ha sentido inspirado o dolido en alguna ocasión?, ¿quién si hubiese escrito las palabras de aquella ocasión…? En efecto, es posible, puede suceder que cualquiera puede escribir algo en su vida realmente bueno, pero eso no quiere decir que sea escritor, que sea un creador y que en el mejor de los casos pueda ganarse la vida con su escritura. Si es tan fácil hágalo usted mismo, o usted, o usteda que mira mi texto con superioridad… Es posible del mismo modo, que todos los ciudadanos en una situación extrema podamos curar alguien, a nuestro hijo, a nuestra abuela, quizás llevados por una mano divina, pero eso no quiere decir que seamos médicos, ni mucho menos.


El buen escritor como el buen médico se pasa la vida arriesgándose a aportar cosas nuevas, se pasa la vida en gerundio, trabajando para que los demás juzguen sus intervenciones. Sin embargo, Dios me libre de decir que el fontanero me ha engañado o que el pintor no sabe lo que hace. El profesional de algo, de

siempre, de toda la vida puede seguir monótonamente su profesión, aventurada supongo por alguna razón escondida. Razones hay muchas: necesidad fisiológica, ganas de salvar al mundo, crear cosas y olvidarlas, inventar…y qué pena tan grande cuando contemplamos que cualquier caníbal se cree tan listo, pero tan listo se cree como para juzgar de forma tan maldita y radical.

«Anda, hazlo tú» y sabrás de lo que hablo. Lo que se hace, aunque no guste, es lo que queda y lo que no se hace… Voy a tomarme un café con mi amigo Antonio. Hasta luego.



martes, 15 de diciembre de 2009

Calvin Clayn o la sonrisa del obrero



Que los tiempos cambian que es una barbaridad es un hecho y uno lo ve día a día pensando que es el único en envejecer. Después te encuentras —afortunadamente— con otros y comprobamos, menos mal, que no somos los únicos ni en envejecer ni en pensar que ya nada tenemos que hacer en este mundo. ¡Ufff! .Recuerdo yo cuando era algo adolescente las risas que nos hemos echado entre las amigas gracias a los españolitos domingueros que vestían sus hispánicos cuerpos con el chandal los domingos y algún sábado también, compraban el AS y se reunían con los amigos para tomarse el aperitivo al tiempo que revisaban sus coches con algún asuntillo de mecánica o de cotejo de motores diríamos. Recuerdo y recuerdo bien cuán gracia nos hacía ver la rajilla del culo asomando por el deleznable pantalón, originariamente concebido para hacer gimnasia, pero que al ser muy cómodo los hombres lo utilizan para los weekeend o finde, y recuerdo aquella donosura del tímido asomo del calzoncillo Abanderado de toda la vida asustado por el vello cular del interfecto. Era cuando menos, una lección a la humanidad, una lección cuyo tema central es que somos mortales, somos seres humanos y no debemos olvidarnos de ello, pues las bellezas de revista no existen, y el culo de los hombres pues, la verdad, no es nada del otro miércoles, más bien al contrario: el culo de los hombres dio al traste con la imagen de príncipe azul a muchas de mi generación. Enriqueta, recuerdo también, para desenamorarse, porque se enamoraba con gran facilidad y no tenía suerte alguna, se imaginaba al hombre soñado en la taza del wáter, si pasaba esa prueba entonces daba por sentado que era el hombre y el wáter de su vida.



Claro, los hombres en aquellos días no concedían ninguna importancia ni a su culo ni a su aspecto ni a nada que tuviese que ver con la mejora o artificialidad de su aspecto físico, ¡eso es cosa de maricones! Al hombre y al oso hay que respetarlo porque sí, porque —diríamos— han nacido para ello, y o se viene al mundo a ser machote o nada. Los cuatro berridos en casa, un golpe en la mesa, hablar de fútbol, las cañas con los amigos, la mecánica y unas cuantas leches a los integrantes de la familia daban cuenta de ello, con naturalidad, cotidianamente y no pasaba nada, al fin y al cabo estábamos saliendo de una dictadura, ¡qué más quiere usted!



Las higas que producían aquellas actitudes entre el personal femenino no dejaron desperdicio. Espectaculares culos masculinos, peludos, despreciados y sacados de contexto, cosificados al fin: los hombres eran culos peludos y nada más. Es que mi generación la de los cuarenta somos los que hemos cambiado la sociedad. Como digo, a aquel asomar tímido de la raja del culo se le conocía también como la sonrisa del obrero, no sé por qué, pero así era.



Días, años pasaron de ello y hemos podido comprobar la sociedad entera española y europea que este espectáculo ha cambiado considerablemente, y por alguna razón que desconozco algún empresario americano, alguna empresa que quiere vender tan preciada ropa interior decidió aniquilar el calzoncillo blanco de algodón de Abanderado o de Alcampo, que tampoco estaban mal por aquella época, incluso en El Corte Inglés también podía uno encontrar esos sabios dependientes siempre dispuestos a satisfacer a sus compradores que te vendían no uno, sino quizás tres buenos calzoncillos cien por cien coton resistentes a las fugas de pis y, por qué no, al honrado palomino, ha decidido cambiar dicha costumbre tan arraigada en la población masculina.

Parecía que todo estaba bien, una contemplaba a un tío bueno y ya contaba con imaginárselo en la taza del wáter mostrando su sonrisa obrera peluda, de pronto, una entraba casi conscientemente en la realidad, se dejaba de majaderías y asumía su contexto: los hombres deben ser algo más que una sonrisa obrera, o también, le quiero por lo que tiene dentro del coco… (como si tuviesen algo)… y grandes sandeces así, por otra parte, consoladoras y jueces de la ensoñación ficticia que cada mujer tenemos inculcada desde pequeña y que lo mejor es hacerla desaparecer así, con una bofetada.


Como digo, ahora las cosas han cambiado y enseñar el culo y los calzones está de moda. Empresarios de la actualidad y otros más han decidido disfrazar esta realidad y han querido cambiarla —y parece que esto lo han conseguido divinamente—, de modo que hasta los futbolistas —idolatrados machotes de la sociedad por excelencia— ponen de moda su bien pagado culo, sus calzoncillos con goma marcando paquete y de repente la mayoría de los hombres que quieren ser modernos ya no usan el tradicional calzoncillo gordito y abrigado, sino que se colocan incluso tangas. El tanga —también llamado suspensor— era utilizado por los bailarines, con un sentido unitario, porque no podían llevar marcas y sujetando de esta manera el pelotar daban uso a la prenda, tenía —si bien se mira— una utilidad, un sentido lógico. Lo que no me parece muy normal e incluso diría que peligroso es que todo aquel que se quiere comer una rosca y con independencia del grosor de su michelín y palomino cotidiano, tenga que ponerse por narices esos pantalones caídos, con calzoncillo a medio pelo, una marca Calvin Clayn y mostrando sin ninguna vergüenza la tradicional sonrisa obrera sin ninguna compasión, transformada ya en objeto de deseo, de estética y de modernez. ¡Adónde hemos llegado! Qué ausencia de gusto y qué manera de alejarle a uno de la realidad, pobres jóvenes. Muchos han sucumbido a esta filosofía y ya han desterrado de sus vidas el cómodo calzoncillo corto, decantándose por el Calvin Clayn y el tanga, mucho más profesional diría yo.

Bien, una vez que ellos se han decido a depilarse el culo, a darse cremas sobre aquellas curvas, a colocarse un pantalón vaquero premeditadamente estudiado para la exhibición cular, nos preguntamos qué hacer con el resto del personal masculino que no se rinde, bien por edad, profesión o moral, a los encantos de esta filosofía, nueva, en la que el culto al cuerpo y al culo supone la médula del prototipo masculino de hoy. ¿Y qué hacemos con las barriguitas, las lorzas, el vello cular que nunca deja de ser y la tradicional sonrisa obrera de chándal azul dominguero? Pues borran de un tirón a una inmensa masa de la sociedad que no significan —aunque sean los mejores científicos o intelectuales— nada para nadie, lo que importa ahora es el culo depilado bien formadito, en definitiva, el tener donde agarrarse, el no volver a comer como Dios manda, al yogur desnatado, las proteínas y el gimnasio. ¿Y qué haremos de aquellos pobres, honrados ciudadanos, cabeza profesional de la sociedad que se han quedado sin armas de seducción? ¿Qué lugar estético ocuparán los que se resisten al culto del culo? Una nueva incógnita se presenta ante el cambio climático de la funda pelotar. Y es que no sabemos dónde vamos a llegar, yo, desde luego, me quedo con los de siempre, con aquellos hombres clásicos vestidos de puro algodón blanco.


El coche de una madre



¿Qué significa que una madre tenga coche? El que más o el que menos se lo ha preguntado alguna vez. Cuando digo una madre, digo eso, una mamá, una persona, un ente, una mujer, una joven, alguien que fue una chica, pero que ahora tiene niños, que ha traído hijos al mundo y que por ello cambia su vida, bueno, debe cambiar su vida, a otra diferente, con otras características muy peculiares. No es ninguna broma.


¿Qué hay en las puertas del coche de una madre, de una madre, por ejemplo, con tres niños? Uno puede encontrar a la sazón: veinte o treinta cd sin fundas entre los que son indispensables la colección de Miliki, clinex nuevos y/o arrugados, unas tijeras, un frasco de perfume, una botellita de yogurt para beber, caramelos, chicles, recetas, compresas, salvaslip, propaganda cultural, propaganda infantil, algún chupete, un osito pequeño, muñequitos diversos de los del maldito huevo kinder, multas arrugadas que esperan derrengadas a ser abonadas alguna vez en la vida...Los olorcillos raros reinan por doquier en todo el automóvil para vergüenza de amigos y extraños que contemplan con horror cómo ha podido una cambiar tanto al volverse madre, ¡pues sí! ¡He cambiado! Mi coche ya no huele a pino de Armani, ahora huele a pota, a cáscara de plátano escondida y a petit suisse. ¡Qué decir del espejo retrovisor! No sirve para nada, claro, cargado como va de muñequitos infames que suenan todos al unísono en cuanto tomas una mínima curva, ¡qué le vamos a hacer! Mis hijos son felices. Al pequeñín, Quique, le gusta tocar el tambor, y lo golpea todo el rato, el mayor canta en latín, ahora por Navidades Adeste Fideles, y el mediano hace la segunda voz del Adeste Fideles unas veces bien y otras veces mal adrede para cabrear al mayor porque dice que le ha quitado la canción. Aviones de papel me distraen la conducción, gritillos, risas y algún que otro puño que se escapa, a la par que: ¡mira, mira, mamá lo que tengo!, otro llora, suena el móvil (probablemente será alguien importante, pero ya da igual) y tú piensas, ¡Dios mío qué están haciendo! Respiras hondo, otra vez respiro, te acuerdas del curso de meditación, del yoga, del taichí, y finalmente te acuerdas de su padre, de la leche en verso y de no sé qué más mandangas. Ufff! Quiero llegar a mi casa.


Cuando te bajas de tu asiento de chófer, y das un vistazo atrás has podido comprobar que está lleno de cosas, más y más cosas que nadie va a limpiar porque son pequeños y aunque les eduques lo hacen un día pero no todos. El perrito, el osito sin ojo (uno de ellos llora porque no encuentra el ojo), busco el ojo pero no aparece, los papelitos Albal del bocadillo de la merienda que o bien están en el suelo o bien están en el bolsillo del asiento acumulándose día tras día. El tetra-brik del zumo con la puñetera pajita que si ha habido suerte y no se ha volcado pues no hemos puesto perdida la tapicería añadiendo nueva fragancia al vehículo, pero al cogerlo ves que no está del todo vacío y te pones perdida de zumo ¡qué asco!, bueno, mañana, no les traigo zumo! (pero es que dicen que es muy sano) les traigo una manzana, claro y entonces se quedará el hueso cadáver en el suelo. ¡Pues que no se quede en el suelo, dáles una bolsa! Les doy una bolsa para que guarden los desperdicios, no sé qué es peor, el coche lleno de bolsas, en una mezcolanza de bolsas útiles y bolsas de basura. Bueno, no peleéis más por las canciones, ¡las canciones no se roban! Dices eso con la cabeza metida entre los asientos quitando smartis y cacahuetes caídos entre medias y entre los agujeritos que no hay cristiano que los saque. A todo esto, los niños están felices ya jugando en la puerta de la casa olvidados por completo del estado de tu coche reservado por completo para ti. Varias carteras, la del cole más la del sport que por tres son seis carteras ocupando la totalidad del coche, más un balón o dos y si estudian música...En las puertas de atrás y bolsillos si te descuidas uno o dos días se puede encontrar: más cds sin funda, funda de cd sin cd, colonia, cepillos de pelo, cochecitos de jugar, game bois, juegos de games bois, más clinex, toallitas húmedas, tetra-brik a punta pala, lápices, bolis a los que se le sale la tinta porque en los trayectos los nenes se aburren y muerden los mismos provocando la salida de la misma...¡caguuueeennn! monederitos con pequeñas piezas de cinco y diez céntimos...pa qué??? Ahí están, libros de lectura de viajes de diversas edades, juegos de adivinanza, partituras, apuntes, diccionario, canicas, muchas canicas, cartas, muchas cartas, multitud de ellas...En fin, podría seguir y seguir enumerando el sufrimiento que produce ver el estado de las cosas que es como el estado de la Nación pero en pequeño, en tu coche que no es más que reflejo de la sociedad y de todo lo que te rodea porque eso es lo que tienes que gobernar.

El coche es el segundo lugar donde estar, es la segunda casa donde se hacen trayectos ciertamente largos y debe ir preparado para todo, incluso para la guerra cotidiana, y una ve con estupor cómo le ha cambiado la vida y cómo de su coche hiper-pijo ha pasado a dar el bienestar o comodidad a sus hijos para que no les falte de nada, para que como hace frío en la calle merienden en el coche (con lo que ello conlleva) en definitiva en compartir tus cosas, algo que probablemente ellos no lo harían, pero eso da igual porque tú lo que tienes que hacer es dar ejemplo. El otro día cuando me pararon los gendarmes y me pidieron la documentación del coche, pues eso, les di, un petit suisse, un salvaslip y un cd. El hombre se quedó de piedra, pero le expliqué que en ese coche siempre llevaba niños, que me multara sí, pero que iba a 160 por que me esperaban otros niños que eran mis alumnos de la Facultad. El gendarme alucinó como las cabras y qué le vamos a hacer, la vida pasa y en ese ir y venir nos encontramos como en medio de un pasillo con todas las ventanas abiertas de par en par y con mucha corriente.


lunes, 14 de diciembre de 2009

De visita en el kine



El otro día he comenzado a tener por prescripción médica unas cuantas sesiones de kinesioterapia, yo, que nunca he creído en esas cosas y que nunca he querido hacer un hueco en mi ajetreada y absurda agenda para asistir a sesiones de semejante cosa. ¡Todos los horarios me vienen mal! A mi edad y con estos pelos cómo ponerse en manos de alguien. Bien, una vez convencida y agarrotada por todas las estructuras de mi maltrecho cuerpo, convencida digo de que no se puede vivir con las vértebras quebradas, las lumbares herniadas y la cabeza maltratada a dolor, víctima de mi profesión de escritora, pues bien, convencida de mi misma también, me decidí a tener una entrevista con estos magos de la estructura ósea y fíbrica.

El día llegó y sinceramente no sabía muy bien cómo hacer, ¡qué po nerse ante un evento así! ¿Hay que quedarse en bolas? No, por Dios, eso nunca, me moriría de la vergüenza. Yo ya estoy mayor para estos trotes. De jovencita me desnudaba delante de cualquiera sin conceder a semejante acción ninguna importancia, ahora no lo haría ni a tiros. Es que la inocencia me la han machacado y ahora ya soy madura. La inseguridad es algo que aunque las apariencias engañen surge en la vida en las temporadas de crisis, aunque seas Miss Mundo.
Pensé acudir y sorprender… ¡pobre de mí!
—Bueno, entonces me pondré algo sencillito, cómodo, común… ¡pero cómo va a manipular mis vertebrillas con esta camiseta con roto que llevo!
No, lo mejor es llevar leotardos, no, pantalones elásticos…ufff ¿y si me huelen los pies? Yo no quiero quedarme en ropa interior…., ahí va, si tengo las piernas lobo plagadas de pelos, y además tengo bigote porque, claro, con tanto trabajo como tengo este mes, nada, no ha habido el tironcillo, me salen pelos también por las ingles, y tengo unas lechuguillas en las axilas que para qué… no puedo ir a ese fisioterapeuta con estos pelos y estas pintas, a ver mírate en el espejo… ¡Para qué lo has hecho, hija! Tu piel está amarillenta porque el bronceado se ha marchado arrebatándote ese aspecto de piel sana que tienes los veranos que tomas el sol, pero ahora tu piel ya no lo está, no está sana, tienes la piel como enfermiza, lo que no es de extrañar si tenemos en cuenta que estamos en invierno y te da muy poquito, pero que muy poquito, el aire, ¡tanto trabajó pa poé comé! ¡Queda media hora para la cita! A ver… sí, por fin, leotardos como normales, como si los llevara toda la vida y camiseta, eso… ¿y si te dice que te quedes en ropa interior?
Osssstrassss! (Con resolución). ¡Pues me afeito las piernas y todo lugar donde haya pelos! Bueno, bueno, bueno, ahora me he hecho sangre ¡qué animal!, si es que claro estas cuchillas que venden ahora son criminales y no tengo tiempo de hacerme la cera y no puedo ir con estos pelos, ¡está claro!
Me he hecho sangre ¡vaya cisco! Pues alcohol, para cortar las hemorragias, de toda la vida el alcohol, alcohol aunque duela, cerrará las heridas. Si total… la vida está marcada por la elección del alcohol para curarnos, así estamos siempre… yo como adulta lo digo que sé un huevo.
Maldito el día, hija, ¡qué más da si llevas pelos!… ¡No, no! Por favor, con lo que has sido tú, ¿cómo ponerte delante del kine veinte años después oliendo a cebollas malcriadas y como un oso? De ninguna manera. Si no me pide quitar los leotardos, estoy salvada, no se verá la sangre y los arañazos de la cuchilla, pero habré hecho el idiota al depilarme para nada. El pelo, el pelo, tengo que lavarme el pelo, ese hombre estará cerca de mí y tengo que oler bien. Hace mucho que no hay nadie cerca de mí, ahora entiendo mi salvajismo y también mi felicidad.
Estas cosas cotidianas rompen con la mecánica en la que estamos sumergidos día a día. No sé si será eso o qué, lo cierto es que hace mucho tiempo que no me quedo en cueros delante de nadie, porque hace mucho que no voy ni siquiera al ginecólogo, lugar de horror donde una pierde toda su dignidad. ¡Parece que lo consigo y aunque he hecho sangrar mis celulíticas piernas con el raspado de la cuchilla, parece que el leotardo de lana negro absorbe bien las manchas de sangre, ¡menos mal! Por lo menos ya no tengo pelos, ni se transparentará la sangre, una cosa menos, quince minutos…
Aparco, entro en el centro de kinesioterapia donde no se sabe si los que están son deportistas venidos a menos, lisiados, abuelos, menopáusicas como yo, artrósicas como yo e histéricas (yo no). Se acerca un chico, de aspecto joven, tipazo sensacional, pantalón marcando la frescura de los elementos, bonita sonrisa, ojos azules y cabello rubio, bueno rubito, por utilizar los diminutivos tan característicos de nuestra lengua, nosotros los españoles que hablamos el español tan duro como un camionero… tiene esa contradicción, de repente entre bordería y bordería, el diminutivo, pues bueno. El rubito me pide que pase a una pequeña habitación amarilla con una camilla y un cuadro en blanco y negro con mariposas de color rojo.
«Puede usted quitarse la ropa». (Sale.) ¡Horror! ¿Cuánta ropa, hasta dónde? Ejem, mejor no pregunto nada, y eso, que me quedo con los leotardos y la camiseta. Supongo que todo es una mala regulación de mi autoestima, pero qué vamos a hacerle, de pronto, así es una, se ve cuarentona acabada escondiendo el michelín, recogiendo el maltrato de estos últimos años de sedentarismo, de escritura inservible, de enfermedad, de anulación deportiva incluso para verla por la tele, de la no ablución de agua, de no hacer el sport afición cuanto menos cansada que no estoy dispuesta a practicar bajo ningún concepto, pero, claro, ahora pasa factura y una se encuentra blanda, flácida, michelinosa, arrugada, envejecida, anquilosada…un desastre en consecuencia. Te encuentras con un joven manipulador de grasas y articulaciones de esa talla y me arrepiento bastante de no haber movido un músculo en diez años nada más que para comer. Hoy en día como no hagas deporte y no ingieras cantidades monstruosas de agua, no eres nadie. Te desprecian hasta por la televisión. Sí señor. Por las mañanas en los programas especiales para crear el hipocondrismo en la sociedad, no paran de repetir lo cerda que una es, que eres, porque no bebes mucha agua, porque te gustan las patatas fritas con mayonesa, porque te gustan los bocadillos de calamares, las cervezas, los cigarrillos, la chistorra, los pimientos de Padrón, las bravas, la ensaladilla, las croquetas… en fin todo lo que no se debe hacer, porque te anula socialmente, te has quedado sin lugar en esa masa de gente sana, que por lo visto no se van a morir nunca y cuyos análisis de sangre son perfectos. La sociedad es sana, el mundo es sano, la tele también lo es, ¡hay que beber mucha agua! Estúpidas modelos alardean de vida sana cuando en realidad no comen… un mundo de sanos, de guapos, de eterna juventud: una sociedad de inmortalidad.


Así es de triste el asunto, cuando te han excluido tiránicamente y lo descubres esa mañana que tienes que desnudarte delante de alguien que ni si quiera es médico y explicarle tus dolencias de anciana precoz. Hay que tener buenos hábitos. Una vez tumbada me encuentro en esta posición habitualmente anodina mirando al techo, ese techo delatador, extraño, aburrido. Cuando miramos el techo es que algo poco bueno está pasando. Es de paneles cuadrados con dibujos jaspeados de aspecto triste. El asomo de una gotera amarillenta nos recuerda que no es oro lo que reluce, yo miro el techo y lo miro y lo miro. El mazas me pide delicadamente que le dé una mano y comienza la manipulación articular, después la otra… no sé bien dónde mirar, reina el silencio ese que surge cuando no conoces a alguien, no sabes de qué hablar y por ello te crea cierta tensión, tirantez también muscular. Ahora me pide que me ponga boca abajo. Yo he analizado mis pies para ver si no llevo esta vez tomates tal y como es frecuente en mi despiste y, por qué no decirlo, en la conjunción estructural de mis uñas que rompen todos los calcetines, pantis y leotardos que colocarse uno puede. ¡Respiro!... no llevo tomates, no tienen pelotillas de la lana gastada y además creo que le puse desodorante, por lo tanto no apestan. Últimamente soy un desecho humano, perdido el glamour de los treinta y tantos me hallo en la cuarentena buscando mi sitio y lugar en la vida, haciéndome un hueco a codazos entre las guapas cuando ya no lo soy, cuando ya lo mejor de mi será la inteligencia porque otra cosa… inteligencia sí tenemos, eso sí. Ahora creo como recurso del manotazo del que se ahoga, que me alegro de ser adulta y de la titulitis, títulos, también tenemos, Uff!. Estoy boca abajo y creo que mi culo tampoco es el que era, cartuchera en ristre hago el cambio hacia arriba otra vez con una donosura atlética —diría yo—como la que lo hace a menudo en los gimnasios sin pensar él —o a lo mejor lo sabe— que no muevo un músculo nada más que para comer y escribir, acción que ya de por sí me crea una rigidez de cuello espantosa.
El chico es de una amabilidad extrema, hace su trabajo sin importarle yo un carajo, y hace bien porque esa es su labor, solo es que yo como nunca tengo tiempo de mirarme en un espejo al verme en una situación para mí tan íntima, para él de profesional, pues me vengo abajo como una quinceañera delante de su jefe de departamento del instituto de bachillerato: con miedo y ninguna autoconfianza.
A nadie se le ocurre comer tantas verduras como lo hago yo, porque luego sucede que te ves con una barriga horrorosa y con flatulencias no menos horrorosas también, y como últimamente en mi exclusión social he vuelto a la niñez salvaje de la no represión de mis instintos, pues practico el pedo libre sola como estoy la mayoría de las veces, pero claro al encontrarse en una situación así… con gases, apretando la tripa para parecer escultural como esas que anuncian en las farmacias… nada, que no somos nadie, lo digo yo. Por más que encoja la tripa y no respire: da igual, el michelín instalado, la cartuchera y la pera caída es un síntoma claro de que uno crece, de que el tiempo pasa y pasa mal, y de que el jardín del Edén ha tenido a bien tirarte a la cara sus frutos. Yo, que en mis tiempos mataba hombres tan solo con la mirada y los tenía haciendo cola para salir conmigo… Cambio el tono de voz por ser un poco más seductora, pero observo con decepción y tristeza que el kine mazas de tipazo y culo muy buen puesto ni siquiera se ha fijado en mi mínimamente y le importo un bledo, él trabaja, es un profesional y yo estoy haciendo el lelo con tanto surco de sangre en las piernas, el apretar la tripa hasta la apnea y el parecer sensual: ya no lo soy. Entonces una sale de aquel reducto de despiadado realismo de encuentro con la verdad, transportada al hoy, vapuleada por el tiempo y la exclusión a patadas del grupo de mujeres de rompe y rasga, eso sí, aliviada en cierto grado del trajín articular y decepcionada con una misma al ver mi propio contexto.

Ahora respiro de verdad y no me importa, lo que me importa con sinceridad es no permanecer en nadie o no tener nada dentro, pero lo tengo, adentro de mi árbol tengo mucho atesorado y eso me lo llevaré a la Eternidad. Todos acabaremos más o menos decrépitos y puede que no seamos atractivos, pero cuídese aquel/ella que no tenga nada dentro que llevarse, y que los hay, es un hecho, y que son muchos, también. A pesar de todo, me quedo con la decrepitud, mi cabeza desde luego y mi adentro. Buenas noches, buena suerte.








Liebesleid


Escuchaba el otro día una de las melodías que más me gusta interpretada al violín por mi gran amigo Uwe Strogies en una de sus miles de grabaciones: Liebesleid, de Fritz Kreisler. Escuchaba yo, por cierto con gran emoción cuando me llevé a los labios la uña del dedo índice. Pude sentir que la uña en cuestión estaba como con volantitos, toda abierta ella, a piquitos.

Y es que una de las cosas peores que a uno le puede pasar —dando por hecho que cualquiera pensará que es una tontería— es cortarse las uñas mal, sí, sí, a dentelladas, con unos alicates o tijeras malas u oxidadas de manera que el aparato te las deje a trasquilones, de modo que uno se las enganche en cualquier lugar, en la ropa, de forma que lleva uno el escalofrío puesto todo el día, eso son palabras mayores es tener la total.


¿Cómo un hecho tan nimio puede dar al traste con el estado anímico de un día entero? Pues, sí señor, lo consigue. Me fijo en que tengo las uñas mal crecidas (yo que siempre las llevo muy cortas). Corro veloz en busca de las tijeritas, ¡no!, mejor una lima de uñas, pero ¡horror! No está en el cajón de siempre, yo, ¡Dios mío! Con lo ordenada que soy, HOY, que es el gran día en que necesito la lima de uñas, no está. Esto es motivo suficiente como para matar al que uno tiene al lado, por eso es mejor no tener a nadie. Abro el último cajón del final del armarito del baño porque recuerdo que hay una bolsita donde guardo esas muestrecitas de hoteles tan prácticas ¡seguro que una de ellas tiene una lima de uñas! ¡Por favor! Repaso: gel, set de dientes, costurerito, body milk, peine, set de afeitar, jabón, más jabón, más gel, ¡un estuche!... ¡ah! pero es para limpiar zapatos, fundamental claro!, ¡ahora! El estuchito de limas... pues no, son cerillas.
¡Desolación! Creo que en el bolso del año pasado que está en el maletero, aquel tan horroroso de las rebajas, ese que parece de piel que crees que da el pego, pero que a todas luces se ve que es de skay, y además te lo demuestra Lola, la del cuarto, que trabaja en Loewe, con su mirada. Sí, ahora recuerdo, puede que allí dejara una lima cuando fui a casa de Eva y guardé una caja para acompañarla al médico, como me ponen tan nerviosa estas cosas... ¡Sí! Seguro que allí están esas limas, malas, pero limas de uñas, seguro que me pueden resolver este conflicto sin salida en el que ahora me encuentro...
Suena el teléfono -trrrinng, trrrinnng (es un sonido distinto):
—«¡Hola Uwe! Este es mi amigo el violinista. ¿Que qué me pasa? Aquí me encuentro intentando resolver una de mis neuras, por cierto ¿tú sabes dónde hay limas de uñas en mi casa?»
—«Sí, en mi abrigo gris marengo tengo un paquete». Siempre deja algo de sus ropas olvidadas en mis armarios y además se acuerda. ¡Qué tío!
«Gracias guapo, ahora te vuelvo a llamar cuando esté algo más tranquila». Bueno, menos mal, ahora respiro, en el fondo tampoco es tan raro que desde París, Uwe me solucione una vez más el problema, a fin de cuentas, un violinista cuida con mucha frecuencia sus manos, y en especial sus uñas.
Finalmente, he podido resolver el problemón. El ataque de histeria que a punto estuvo de acabar conmigo, parece resuelto, después de sufrir enganches de las uñas en todos los sitios, bragas, p pantys, paños de cocina, teclado de ordenador, incluso en los cristales, arañaba hasta los mismísimos cielos, tal era mi desideratum, por no hablar de las cortinas..., ya me veía enganchada en ellas como la mismísima mujer araña. Y eso que no, que no lo soy.
Continúo escuchando al violinista y yo sola me transporto como volando, subiendo las escaleras de cinco en cinco como si tal cosa, porque el lirismo de esas notas es suficiente como para que uno pueda volar. Yo vuelo con Liebesleid y en ese ritmo vienés me pego cada salto que alucinas pepinillos recordando las tormentas de amor de mi vida que es lo que cuenta el tema del compositor alemán. De lo que uno escucha también podemos extraer conclusiones. En España ahora la sociedad se ha vuelto chiqui-chiqui y pasea su chiquitear por toda Europa, menos mal que a nadie le importa, si no estaríamos perdidos.
Puedo ser capaz y lo hago con frecuencia de salir a la calle en zapatillas de las de paño, de cualquier forma, sin peinar, con los calcetines cambiados, con tomates en los dedos... sí, sí, claro que soy capaz, de eso y de mucho más; sin embargo, me hundo por completo en cuanto tengo las uñas esquiladas de mala manera, ¡qué vamos a hacer! La vida nos somete a estas pruebasdesastrosas, pero por lo menos tengo un amigo que como buen músico que cuida sus manos, siempre está atento a ayudarme en mis desesperaciones cotidianas, sí mi amigo Uwe, que es un dandy a la antigua trasplantado a los tiempos de nuestra actualidad no descuida ni un solo detalle de su imagen y por supuesto de sus uñas, por eso me salva. Entre éxitos, movimientos, sonatas y allegros, tiene todavía el tiempo de resolver lo que yo no puedo en los momentos de desesperación absoluta. Gracias Uwe, ¡qué haría yo sin ti!




Qué leer? Mea culpa


Un día leí en Proverbios 23:7, Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él. Me di cuenta de algo que todo el mundo conoce y a menudo pasa sin pena ni gloria por nuestra vida, y es que el hombre es literalmente lo que piensa, ya que su carácter es la suma total de todos sus pensamientos.
El pensamiento es en definitiva otro nombre del destino. No sólo se convierte la persona en lo que piensa, sino que frecuentemente toma esa apariencia. Si adora a Marte, como la mujer de mi amigo Antonio, o al dios de la guerra, el ceño tiende a dar rigidez a sus facciones; conozco a algunos así, aunque no siempre una cosa lleva a la otra. Si adora al dios de la lujuria, la disipación se manifestará en su rostro como mi amigo el académico; si adora al dios de la paz y la verdad, la serenidad adornará su semblante, a veces también he visto confundir la simplicidad o la pereza con esto. Supongo que segamos lo que sembramos, pero esto —a pesar de lo que dicen los curas— solo es un suponer.
Los pensamientos se acumulan, dan forma a nuestro carácter y éste se relaciona directamente con nuestro pensamiento. ¿Cómo será posible que una persona llegue a ser lo que no está pensando, lo que de ninguna manera está pensando? No hay probablemente pensamiento alguno, cuando en él se persiste, que sea demasiado pequeño para surtir su efecto. Lo que da forma a nuestros propósitos ciertamente se halla en nosotros.
Mi tía Rita —una gran sabia— el otro día me dijo —ella es jueza— que un hombre no llega al hospicio o a la cárcel por motivo de la tiranía del destino o las circunstancias, sino por el sendero de pensamientos serviles y deseos bajos. ¡Anda! Ni tampoco un hombre de mente pura desciende repentinamente al crimen debido a la presión o a una mera fuerza externa; el pensamiento criminal se había abrigado secretamente en el corazón por mucho tiempo, y en la hora oportuna manifestó su fuerza acumulada. Las circunstancias no hacen al hombre; lo revelan a él mismo. No pueden haber condiciones tales como caer en el vicio y sus sufrimientos consiguientes, aisladas de la inclinación al vicio; o el ascenso a la virtud y su felicidad pura, sin el cultivo continuo de aspiraciones virtuosas. Por consecuencia, el hombre, como señor y amo de sus pensamientos, es el hacedor de sí mismo, el formador y autor del ambiente. Altere el hombre sus pensamientos radicalmente, y lo sorprenderá la rápida transformación que esto efectuará en las condiciones materiales de su vida.
Los hombres se imaginan que el pensamiento puede conservarse encubierto, pero no se puede; no se puede, siempre sale; rápidamente se cristaliza en un hábito, y el hábito se solidifica en circunstancias. De modo que no solo los actos, sino también las actitudes se basan en los pensamientos con que alimentamos nuestra mente. Nadie tiene el derecho de arbitrariamente dar forma a los pensamientos de otros, mas no con esto se quiere decir que los pensamientos de uno son enteramente asunto propio. Cada uno de nosotros inevitablemente afectamos a otros por medio del carácter que nuestros pensamientos y actos han producido. Cada uno de nosotros somos parte del género humano, e impartimos a los demás a la vez que recibimos de ellos. Esto parece que es sociedad, o convivencia. En las manos de todo individuo se coloca un poder maravilloso para obrar, a saber, la influencia silenciosa, inconsciente e invisible de su vida. Esta es sencillamente la constante irradiación y absorción inquebrantable de lo que el hombre realmente es, no lo que finge ser… Sobre el ser y parecer he hablado ya en otro lugar.
La vida es un estado de transmisión y filtración que persiste; existir es irradiar; existir es ser el recipiente de la irradiación. Y el hombre, no puede ni por un momento escapar de esta irradiación de su carácter, esta constante debilitación o fortalecimiento de otros. No puede esquivar la responsabilidad diciendo que se trata de una influencia inconsciente. Él puede seleccionar las cualidades que permitirá que de él irradien. Las intenciones de nuestro corazón, aun nuestro pensamiento será, es, lo que nos condenará, es lo que nos condena en vida, de ahí el sufrimiento de la mente que cada día cobra mayor importancia, incluso le ponen nombre de stress, o depresión, sin embargo no nos llevan al médico de las palabras, al de las ideas que se ciñen en nuestra percepción, en nuestro sentido, produciendo sentimientos.
Nuestras palabras, las ideas y los conceptos que rellenan nuestro cacumen nos condenarán y todas nuestras obras y pensamientos sobre todo, también lo harán. ¿Y quién custodia eso?
El que abriga malos pensamientos —y ahora me refiero a uno de los grupos que de verdad azotan la sociedad, los pederastas— a veces se siente seguro, con la convicción absoluta de que estos pensamientos son desconocidos a otros, igualmente que los hechos secretos no son discernibles. Yes que todos los hechos que conciernen a la mente configuran las acciones: no es un loco, decía el otro día un psiquiatra hablando del alemán que había tenido encerrada a su hija dieciocho años; claro que no lo es, sabía perfectamente lo que estaba haciendo, pero su mente criada a base de ideas perversas y justificaciones lo permitía. El homicidio es un acto de agresión, pero la ira es una acción de la mente, de modo que la falta puede haber sido precursora del homicidio, pero si los pensamientos de un individuo no llegan a ser furiosos ni violentos, es improbable que éste le arrebate a otro la vida, a no ser que sea expuesto a una situación límite; al menos es lo que yo creo. A base de mirar y desear lo que no es de uno acaba por generar así mismo sentimientos, ambicionando lo que no nos corresponde por naturaleza; y lo más seguro es que acabemos por cometer las mayores barbaridades y quedarnos como si tal cosa, eso es lo que hacía, lo que hacen los caníbales de la sociedad. El marido de Lupe justifica como cosa normal engañarla con otras mujeres, no recuerda el respeto a la persona ni recuerda el día que pactó con ella cumplir una serie de convenios; su marido la engaña sistemáticamente —autojustificándose— sin darse cuenta de que algo le está fallando, pero le falla a él mismo porque él es el que desvía sus acciones hacia otro lugar que no estaba pactado, ha alimentado esas ideas desde hace mucho tiempo y por ello lo hace de forma natural, impensable de realizar seguramente el día en que se enamoró de ella. Cuando Lupe le ha abandonado, este hombre que de alguna manera estará apechugando a estas horas, no entiende los porqués del abandono de aquella santa que le aguantó todo y más. De modo que al nacer el pensamiento que provoca la reacción en cadena genera toda una sarta de barbaridades en uno o en otro sentido; así me explico yo la envidia, defecto que por ahora no he sufrido nunca, pero que existe y mucho, y también hace mucho daño, nos vuelve mezquinos. El marido de Lupe la tiene amenazada, tiene una orden de alejamiento que en algunas ocasiones no cumple. Si se siembra el pensamiento y luego se desarrolla en lujuria, casi es seguro que finalmente producirá la cosecha completa de un acto vil, de algo que no conocíamos de cerca pero que después de albergarse en la mente pasa a la acción arrasando como algo natural, intrínseco al ser.
Generalmente se considera el asesinato como homicidio premeditado, y ciertamente ningún acto de esta naturaleza jamás se llevó a efecto sin que el pensamiento haya antecedido al hecho. Nadie ha robado un banco sino hasta después de que le ha dado un tiento, ha proyectado el asalto y considerado la fuga. Asimismo, el adulterio no es el resultado de un solo pensamiento, la mente puede hacer en días que esto sea algo normal y corriente, también la mentira, el engaño. Creo que el deterioro mental antecede, domina la mente del «ofensor», ha estado cursando una retahíla de pensamientos antes de cometer los hechos. En efecto, cual es el pensamiento del hombre en su corazón, así obra. Si pienso en ello el tiempo suficiente, si dejo a las ideas que se asienten, así obraré, probablemente se instalen y me dominen; he conocido algún suicida —quiero decir a alguno que cumplió lo que pensó— y comenzó así. De manera que la ocasión para protegerse contra la calamidad es cuando el pensamiento apenas empieza a tomar forma destruyendo parte de una semilla que en su momento había sido patricia, destruyendo la idea, dominándola. En Japón aprendí a batallar contra las ideas, meditando. Solo el hombre, de todas las criaturas sobre la tierra, puede alterar su manera de pensar y convertirse en el arquitecto de su destino. He escuchado decir a algún purista del arte plástico que jamás se permitiría contemplar un dibujo o pintura inferior, ni hacer cosa alguna baja o desmoralizadora, no fuere que la familiaridad con aquello le mancillara su propia idea y luego se la comunicara a su pincel, éste como ejecutor de la escuela en cierto modo desprevenida del pensamiento. Yo procuro no leer literatura basura. Se siembra un pensamiento, se cosecha un acto. Se siembra un acto, se cosecha un hábito, se siembra un hábito se cosecha un carácter, se siembra un carácter se cosecha el destino, nuestra vida, diri gimos nuestra existencia más personal, la del estado de la mente que es la que —si nos descuidamos— domina a la persona. Porca miseria, homus hominis.





Lee y piensa: samaritano o fariseo ¿qué eres?

samaritanos, fariseos...

Los libros sagrados siempre me han interesado en grado extremo y es por ello que mis reflexiones sobre la vida alcanzan también a una de la...