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Calvin Clayn o la sonrisa del obrero



Que los tiempos cambian que es una barbaridad es un hecho y uno lo ve día a día pensando que es el único en envejecer. Después te encuentras —afortunadamente— con otros y comprobamos, menos mal, que no somos los únicos ni en envejecer ni en pensar que ya nada tenemos que hacer en este mundo. ¡Ufff! .Recuerdo yo cuando era algo adolescente las risas que nos hemos echado entre las amigas gracias a los españolitos domingueros que vestían sus hispánicos cuerpos con el chandal los domingos y algún sábado también, compraban el AS y se reunían con los amigos para tomarse el aperitivo al tiempo que revisaban sus coches con algún asuntillo de mecánica o de cotejo de motores diríamos. Recuerdo y recuerdo bien cuán gracia nos hacía ver la rajilla del culo asomando por el deleznable pantalón, originariamente concebido para hacer gimnasia, pero que al ser muy cómodo los hombres lo utilizan para los weekeend o finde, y recuerdo aquella donosura del tímido asomo del calzoncillo Abanderado de toda la vida asustado por el vello cular del interfecto. Era cuando menos, una lección a la humanidad, una lección cuyo tema central es que somos mortales, somos seres humanos y no debemos olvidarnos de ello, pues las bellezas de revista no existen, y el culo de los hombres pues, la verdad, no es nada del otro miércoles, más bien al contrario: el culo de los hombres dio al traste con la imagen de príncipe azul a muchas de mi generación. Enriqueta, recuerdo también, para desenamorarse, porque se enamoraba con gran facilidad y no tenía suerte alguna, se imaginaba al hombre soñado en la taza del wáter, si pasaba esa prueba entonces daba por sentado que era el hombre y el wáter de su vida.



Claro, los hombres en aquellos días no concedían ninguna importancia ni a su culo ni a su aspecto ni a nada que tuviese que ver con la mejora o artificialidad de su aspecto físico, ¡eso es cosa de maricones! Al hombre y al oso hay que respetarlo porque sí, porque —diríamos— han nacido para ello, y o se viene al mundo a ser machote o nada. Los cuatro berridos en casa, un golpe en la mesa, hablar de fútbol, las cañas con los amigos, la mecánica y unas cuantas leches a los integrantes de la familia daban cuenta de ello, con naturalidad, cotidianamente y no pasaba nada, al fin y al cabo estábamos saliendo de una dictadura, ¡qué más quiere usted!



Las higas que producían aquellas actitudes entre el personal femenino no dejaron desperdicio. Espectaculares culos masculinos, peludos, despreciados y sacados de contexto, cosificados al fin: los hombres eran culos peludos y nada más. Es que mi generación la de los cuarenta somos los que hemos cambiado la sociedad. Como digo, a aquel asomar tímido de la raja del culo se le conocía también como la sonrisa del obrero, no sé por qué, pero así era.



Días, años pasaron de ello y hemos podido comprobar la sociedad entera española y europea que este espectáculo ha cambiado considerablemente, y por alguna razón que desconozco algún empresario americano, alguna empresa que quiere vender tan preciada ropa interior decidió aniquilar el calzoncillo blanco de algodón de Abanderado o de Alcampo, que tampoco estaban mal por aquella época, incluso en El Corte Inglés también podía uno encontrar esos sabios dependientes siempre dispuestos a satisfacer a sus compradores que te vendían no uno, sino quizás tres buenos calzoncillos cien por cien coton resistentes a las fugas de pis y, por qué no, al honrado palomino, ha decidido cambiar dicha costumbre tan arraigada en la población masculina.

Parecía que todo estaba bien, una contemplaba a un tío bueno y ya contaba con imaginárselo en la taza del wáter mostrando su sonrisa obrera peluda, de pronto, una entraba casi conscientemente en la realidad, se dejaba de majaderías y asumía su contexto: los hombres deben ser algo más que una sonrisa obrera, o también, le quiero por lo que tiene dentro del coco… (como si tuviesen algo)… y grandes sandeces así, por otra parte, consoladoras y jueces de la ensoñación ficticia que cada mujer tenemos inculcada desde pequeña y que lo mejor es hacerla desaparecer así, con una bofetada.


Como digo, ahora las cosas han cambiado y enseñar el culo y los calzones está de moda. Empresarios de la actualidad y otros más han decidido disfrazar esta realidad y han querido cambiarla —y parece que esto lo han conseguido divinamente—, de modo que hasta los futbolistas —idolatrados machotes de la sociedad por excelencia— ponen de moda su bien pagado culo, sus calzoncillos con goma marcando paquete y de repente la mayoría de los hombres que quieren ser modernos ya no usan el tradicional calzoncillo gordito y abrigado, sino que se colocan incluso tangas. El tanga —también llamado suspensor— era utilizado por los bailarines, con un sentido unitario, porque no podían llevar marcas y sujetando de esta manera el pelotar daban uso a la prenda, tenía —si bien se mira— una utilidad, un sentido lógico. Lo que no me parece muy normal e incluso diría que peligroso es que todo aquel que se quiere comer una rosca y con independencia del grosor de su michelín y palomino cotidiano, tenga que ponerse por narices esos pantalones caídos, con calzoncillo a medio pelo, una marca Calvin Clayn y mostrando sin ninguna vergüenza la tradicional sonrisa obrera sin ninguna compasión, transformada ya en objeto de deseo, de estética y de modernez. ¡Adónde hemos llegado! Qué ausencia de gusto y qué manera de alejarle a uno de la realidad, pobres jóvenes. Muchos han sucumbido a esta filosofía y ya han desterrado de sus vidas el cómodo calzoncillo corto, decantándose por el Calvin Clayn y el tanga, mucho más profesional diría yo.

Bien, una vez que ellos se han decido a depilarse el culo, a darse cremas sobre aquellas curvas, a colocarse un pantalón vaquero premeditadamente estudiado para la exhibición cular, nos preguntamos qué hacer con el resto del personal masculino que no se rinde, bien por edad, profesión o moral, a los encantos de esta filosofía, nueva, en la que el culto al cuerpo y al culo supone la médula del prototipo masculino de hoy. ¿Y qué hacemos con las barriguitas, las lorzas, el vello cular que nunca deja de ser y la tradicional sonrisa obrera de chándal azul dominguero? Pues borran de un tirón a una inmensa masa de la sociedad que no significan —aunque sean los mejores científicos o intelectuales— nada para nadie, lo que importa ahora es el culo depilado bien formadito, en definitiva, el tener donde agarrarse, el no volver a comer como Dios manda, al yogur desnatado, las proteínas y el gimnasio. ¿Y qué haremos de aquellos pobres, honrados ciudadanos, cabeza profesional de la sociedad que se han quedado sin armas de seducción? ¿Qué lugar estético ocuparán los que se resisten al culto del culo? Una nueva incógnita se presenta ante el cambio climático de la funda pelotar. Y es que no sabemos dónde vamos a llegar, yo, desde luego, me quedo con los de siempre, con aquellos hombres clásicos vestidos de puro algodón blanco.


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