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Liebesleid


Escuchaba el otro día una de las melodías que más me gusta interpretada al violín por mi gran amigo Uwe Strogies en una de sus miles de grabaciones: Liebesleid, de Fritz Kreisler. Escuchaba yo, por cierto con gran emoción cuando me llevé a los labios la uña del dedo índice. Pude sentir que la uña en cuestión estaba como con volantitos, toda abierta ella, a piquitos.

Y es que una de las cosas peores que a uno le puede pasar —dando por hecho que cualquiera pensará que es una tontería— es cortarse las uñas mal, sí, sí, a dentelladas, con unos alicates o tijeras malas u oxidadas de manera que el aparato te las deje a trasquilones, de modo que uno se las enganche en cualquier lugar, en la ropa, de forma que lleva uno el escalofrío puesto todo el día, eso son palabras mayores es tener la total.


¿Cómo un hecho tan nimio puede dar al traste con el estado anímico de un día entero? Pues, sí señor, lo consigue. Me fijo en que tengo las uñas mal crecidas (yo que siempre las llevo muy cortas). Corro veloz en busca de las tijeritas, ¡no!, mejor una lima de uñas, pero ¡horror! No está en el cajón de siempre, yo, ¡Dios mío! Con lo ordenada que soy, HOY, que es el gran día en que necesito la lima de uñas, no está. Esto es motivo suficiente como para matar al que uno tiene al lado, por eso es mejor no tener a nadie. Abro el último cajón del final del armarito del baño porque recuerdo que hay una bolsita donde guardo esas muestrecitas de hoteles tan prácticas ¡seguro que una de ellas tiene una lima de uñas! ¡Por favor! Repaso: gel, set de dientes, costurerito, body milk, peine, set de afeitar, jabón, más jabón, más gel, ¡un estuche!... ¡ah! pero es para limpiar zapatos, fundamental claro!, ¡ahora! El estuchito de limas... pues no, son cerillas.
¡Desolación! Creo que en el bolso del año pasado que está en el maletero, aquel tan horroroso de las rebajas, ese que parece de piel que crees que da el pego, pero que a todas luces se ve que es de skay, y además te lo demuestra Lola, la del cuarto, que trabaja en Loewe, con su mirada. Sí, ahora recuerdo, puede que allí dejara una lima cuando fui a casa de Eva y guardé una caja para acompañarla al médico, como me ponen tan nerviosa estas cosas... ¡Sí! Seguro que allí están esas limas, malas, pero limas de uñas, seguro que me pueden resolver este conflicto sin salida en el que ahora me encuentro...
Suena el teléfono -trrrinng, trrrinnng (es un sonido distinto):
—«¡Hola Uwe! Este es mi amigo el violinista. ¿Que qué me pasa? Aquí me encuentro intentando resolver una de mis neuras, por cierto ¿tú sabes dónde hay limas de uñas en mi casa?»
—«Sí, en mi abrigo gris marengo tengo un paquete». Siempre deja algo de sus ropas olvidadas en mis armarios y además se acuerda. ¡Qué tío!
«Gracias guapo, ahora te vuelvo a llamar cuando esté algo más tranquila». Bueno, menos mal, ahora respiro, en el fondo tampoco es tan raro que desde París, Uwe me solucione una vez más el problema, a fin de cuentas, un violinista cuida con mucha frecuencia sus manos, y en especial sus uñas.
Finalmente, he podido resolver el problemón. El ataque de histeria que a punto estuvo de acabar conmigo, parece resuelto, después de sufrir enganches de las uñas en todos los sitios, bragas, p pantys, paños de cocina, teclado de ordenador, incluso en los cristales, arañaba hasta los mismísimos cielos, tal era mi desideratum, por no hablar de las cortinas..., ya me veía enganchada en ellas como la mismísima mujer araña. Y eso que no, que no lo soy.
Continúo escuchando al violinista y yo sola me transporto como volando, subiendo las escaleras de cinco en cinco como si tal cosa, porque el lirismo de esas notas es suficiente como para que uno pueda volar. Yo vuelo con Liebesleid y en ese ritmo vienés me pego cada salto que alucinas pepinillos recordando las tormentas de amor de mi vida que es lo que cuenta el tema del compositor alemán. De lo que uno escucha también podemos extraer conclusiones. En España ahora la sociedad se ha vuelto chiqui-chiqui y pasea su chiquitear por toda Europa, menos mal que a nadie le importa, si no estaríamos perdidos.
Puedo ser capaz y lo hago con frecuencia de salir a la calle en zapatillas de las de paño, de cualquier forma, sin peinar, con los calcetines cambiados, con tomates en los dedos... sí, sí, claro que soy capaz, de eso y de mucho más; sin embargo, me hundo por completo en cuanto tengo las uñas esquiladas de mala manera, ¡qué vamos a hacer! La vida nos somete a estas pruebasdesastrosas, pero por lo menos tengo un amigo que como buen músico que cuida sus manos, siempre está atento a ayudarme en mis desesperaciones cotidianas, sí mi amigo Uwe, que es un dandy a la antigua trasplantado a los tiempos de nuestra actualidad no descuida ni un solo detalle de su imagen y por supuesto de sus uñas, por eso me salva. Entre éxitos, movimientos, sonatas y allegros, tiene todavía el tiempo de resolver lo que yo no puedo en los momentos de desesperación absoluta. Gracias Uwe, ¡qué haría yo sin ti!




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