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Pasando "las de Caín" por Francia




Cuando yo llegué a estas tierras, hace ya casi seis años, aprendí que uno no lo sabe todo ni mucho menos, aprendí que no todo está visto y que siempre absolutamente siempre tenemos algo que aprender y algo que seguir o imitar o algún hábito que cambiar aunque nuestra vida haya seguido hasta entonces unas determinadas costumbres de forma diríamos sistemática. Esto dicho así no tiene ninguna gracia pues cuando uno está/es mayor no le resulta simpático mudar las cosas de su vida, sobre todo por obligación, hablo con sinceridad. Nunca es tarde para cambiar aunque esos cambios sean de momento impuestos, luego te vas dando cuenta de que son incluso mucho mejor, sin embargo la gente en general tiene miedo pasados los treinta de introducir cambios potentes en su vida, como tener que hablar en una lengua que no se conoce, comer a una hora diferente, alimentarnos con diferentes cosas, acostarse a otra hora...somos en general reticentes a las mudanzas, nos son extrañas, simplemente.




Recuerdo al poco de llegar a Francia, lo difícil que era conseguir una casa más o menos grande, todas las agencias querían lógicamente venderte una como fuera, nada de alquilar, y es que Francia en las zonas de campaña cuando traes un gran contenedor no tienes donde meterte. Francia no es París, como España no es Madrid. Recuerdo cada vez que visitaba una nueva casa para comprar –lo de alquilar fue desestimado rápidamente- que cada uno de los vendedores exclamaba con viva voz: voilà double vitrage! Para mi lo del double vitrage cantado de esa manera me dejaba medio flipada, pues no llegaba yo a comprender la importancia y alcance del término, claro, eso fue hasta que pasé el primer invierno y ahí lo comprendí todo, se hizo la luz. En mi país, y en mi ciudad Madrid, pues supongo –no lo sé- que las ventanas tienen double vitrage pero no lo creo o al menos yo nunca había reparado en ello, y veo que no solo es útil sino necesario, se diría obligatorio. Por eso, cuando alguien enseña a otro una casa o la suya propia, debe decir con orgullo: tiene double vitrage como sello de aislamiento, garantía de prestigio y calidad.



Los horarios, también son diferentes en Francia con respecto a mi país, gran diferencia que supone en general a los extranjeros mediterráneos un esfuerzo de adaptación considerable, eso y la soledad de las calles, la poca vida externa. Al principio me creaba cierta ansiedad ver cómo a la hora normal de salir a la compra en España, aquí cerraban para comer quedando las ciudades como un desierto terrible sin que nadie te venda ni un chupa-chups ¿Por qué? Porque están comiendo y no les importas nada. Ahora ya, yo misma, se puede abrir la tierra que no perdono mi comida de midi como si fuese una jubilada, no perdono mis horarios de pitanza por nada del mundo y cuando voy a España y me encuentro con mis familiares, colegas y amigos les pego una bronca impresionante porque me pongo mala de tener que soportar sus anarquías en cuanto a los horarios de comidas y descanso. Los españoles para esto son incorregibles, si tienes una cita para cenar, seguro que terminas el postre a la una de la mañana. Ellos dicen que me estoy afrancesando y yo les digo que ha entrado un poco de cordura en mi vida y que son ellos los que están locos. Comer a las tres y media o cuatro los domingos no es normal y ellos insisten en que si, que si es normal.



Ellos –mis compatriotas- tampoco entienden como en una comida que te has quedado satisfecho puedes meterte por la vista y después por el estómago tremendo plato de quesos. En España los quesos se toman de entremeses, nunca de postre. En fin, cada quien tiene sus costumbres. También he cambiado en esto.



Recuerdo el primer cumpleaños para niños que celebré aquí, claro, de momento me extrañó el horario que estaba programado (una amiga portuguesa me puso en antecedentes) de 15 horas a 18 horas ni un minuto más ni uno menos. Era mayo y venían a casa veinticinco niños, menos mal que había jardín para poderlo soportar, en fin, lo cierto es que se portaron muy bien. Preparamos todo tipo de juegos, aunque esto está demostrado que tampoco sirve, a los niños no hay que prepararles juegos, ellos ya saben, es la manía de los padres por querer darlo todo aunque sea innecesario, yo me cuento entre ellos. El caso es que la comida que era lo que más me importaba se quedó prácticamente entera, después lo entendí, yo había puesto todo salado según la costumbre española, aceitunas, patatas fritas, todo tipo de snacks, bocadillos de salchichón, de chorizo, de jamón, todo lo dejaron, hasta que llegó el momento de la piñata –sí ya sé que aquí es costumbre en las bodas- que estaba llena de caramelos y gominolas y la tarta. Ya he comprobado que en los cumpleaños de Francia, los niños no comen cosas saladas sino cosas dulces, muchos caramelos, chocolates, crepes, brioches…


También he podido comprobar cómo un apero no significa dar de comer a un regimiento, invitar a un apero, es invitar a un aperitivo donde los invitados pueden tener después otra cita, es decir se pueden ir de tu casa sin haber cenado, algo incomprensible para mi, yo, hija de un chef de cocina no puedo dejar salir de mi casa a las diez de la noche por ejemplo, a un invitado sin que haya cenado opíparamente, no me entra en la cabeza, pero sí, se puede dar un aperitivo y luego mandarlos a su casa o a donde se quieran ir a eso de la diez. Un día por un malentendido tuve a todo el personal sin comer hasta las cuatro de la tarde, hora en que les ofrecí amablemente un café, por fin, uno de ellos me preguntó ¿pero a qué hora comen en su país? Finalmente entendimos y creo que entendieron que yo no había comprendido el propósito de la reunión y a esas horas pudieron comer en mi casa, algo tarde pero seguro. Por otro error, al poco de llegar en una cena de compromiso en uno de los mejores restaurantes top classe, al anfitrión más destacado y elegante no sé porqué razón idiomática le llamé petit cochon, fue tal el lío que me hice con la lengua que así fue estas fueron mis palabras: Por favor garçon, ese plato es para el petit cochon. Aquel hombre glamuroso me miró con ganas de matarme pues probablemente en su vida nadie le habría insultado así, le hizo gracia, pero estaba estupefacto. Todavía hoy no me lo puedo explicar, había alguna conversación entorno a los petites cochones, que están deliciosos, o a cerca de la gula, no sé, creo que me falló el subsconsciente. El caso es que ya no nos volvieron a invitar a pesar de las reverencias iniciales. C’est la vie!



Tener o no que llevar por narices el apellido del marido, ¡inadmisible! Las españolas y en esto no soporto ser otra llevamos dos apellidos uno de nuestro padre y otro de nuestra madre, toda la vida y nos casemos con quien nos casemos, sin embargo desde que llegué aquí soy otra llevo en el ochenta por ciento de los casos el apellido de mi marido, con el consiguiente cabreo, luego no me sirve ninguna tarjeta en mi país claro está. Ahora estoy cambiándolo todo y reafirmándome en mi persona, pero es difícil que se enteren los ordenadores que son máquinas y no entienden nada de cambios. ¿Y las rotondas? Al principio tenía hasta náuseas porque me perdía y daba vueltas en ellos como una tonta, es verdad eso que dicen que hay una rotonda para cada ciudadano. En España que conducen como salvajes también me dicen que conduzco como una paisana y es que a uno le dan ganas con tanta rotonda de ponerse en el medio de una de ellas y ponerse a saludar a los coches, o a bailar o montar un número de circo con peluca o a hacer el pino y ver a todos los coches del revés, mientras se acerca el gendarme a preguntar: ¿qué hace usted señora? Y yo le diría: pues ya ve señor gendarme esperando el tranvía.



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