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El intelecto y el papeo. Capítulo I

Me he pasado toda la vida desde pequeñita y repito sobre todo cuando de pequeña, castigada en la clase, las monjas lo hacían ya por deporte, porque tenía la costumbre de comer a escondidas cualquier cosa: magdalenas, galletitas, caramelillos, chucherías...qué se yo, llevaba en el babi, arsenales de cositas que luego me las confiscaban y digo yo que se las comían porque no creo que las tirasen a la basura. Me daba bastante rabia, la verdad sea dicha. Igualmente sigue sucediendo hoy, las manías se heredan, ya lo veo, y eso de rebelarse contra las reglas y normas tiene su aquel y uno de mis hijos se lleva también cosas a escondidas, no comida, sino enseres, gadgets y cree que en su colegio cuando le quitan los profes sus canicas, pistolillas, tirachinas y demás pues que luego se ponen a jugar a escondidas entre todos los miembros del personal educativo, profes, bedeles y tal. Se los imagina a batalla campal cuando está el cole vacío, lo que yo le digo:  ¡No te queda na, criatura!

El caso es que el otro día en la Uni me recordaron mis tiempos de hambruna –yo la tenía también de sabiduría- cuando dos alumnas me dijeron que llegarían tarde y preguntaban si podrían comer en la clase, no tenían tiempo de hacerlo antes. El curso para ellas era de las 13:00 hasta las 16:00 horas. Yo me puse contenta porque siempre me llevo el cafelito a la clase. Naturalmente les dije que si, que si, que vinieran con lo que quisieran, con el pic-nic. Lo importante para mi, es que se enteren, lo mejor es estar a gusto, enterarse de verdad, seguir al profesor, seguirle con su rotulador y con lo que habla. Yo siempre digo que solo necesito una pizarra con su tiza para enseñar, bueno una tiza no, un rotulador, porque prefiero las pizarras blancas cual folio, y el rotu a la tiza que da un repelús que echa patrás y te pones perdido. Mucho mas limpio la pizarra blanca. Esto del papear en clase ya comenzó a pasarme hace quince años cuando trabajaba en la Saint Louis University Campus de Madrid ya como profesora cuando venían los estudiantes americanos con su lata y cascos de música puestos como si tal cosa. Lo de los cascos obviamente se podía evitar, por lo del respeto, lo de la lata de coca-cola, pues me daba envidia porque yo por aquel entonces era muy de la disciplina universitas española y eso era a todas luces un comportamiento ridículo y demostraba unos “modales impropios en la Universidad”, así me habían educado, qué le vamos a hacer. Hoy en día, se ve que he cambiado y me da todo igual, y anticipo la comodidad por encima de todo. Por eso entro sin problema en clase con el cafelito o la lata y me da igual trasladar ciertos modales del otro lado, aunque aquí en Francia he visto que también los tienen. Es España el lugar raro por excelencia donde el protocolo tiene una importancia muy relevante, también lo hay aquí, claro, pero el protocolo y las formas existen siempre. Sin embargo España es rara. aleatoria o hipócrita pues guarda las formas extremas para unas cosas como si fuesen ídolos y para otras son terribles, como por ejemplo, para la puntualidad o para la atención al estudiante, que son cosas que de verdad importan y pocos son los que lo cumplen, porque el respeto, ese se gana, no depende de ir con bastón y tratar a batacazos a la gente.
Por ejemplo, con esto de las formas, mi podólogo me recomienda que debo ir con zapatos de deporte de los buenos, porque tengo los pies muy mal, dice, y dice bien y que debo ir con buen calzado aunque este sea como yo digo jachorrio. Él dice que llevar zapatos de tacón –me chiflan cuanto más alto mejor- es un crimen, sin embargo es elegante, yo lo llamo andamios, y más me gustan cuando menos los puedo utilizar. ¡La vejez! Me propone llevar al lado de los taconazos, al lado o en un bolso, pues unas playeras, bueno, las deportivas que yo las he llamado toda la vida playeras, aunque repatee al personal.
Pues me va convenciendo y a la fuerza ahorcan que se dice, porque me va dando igual las formas y voy a lo cómodo aunque parezca yo un gañán, quel horreur! Veo que lo va a conseguir y cada vez uso menos los taconazos y me conformo con mirarlos. Debe ser como los hombres con las mujeres y el tiempo. La misma relación.
Las formas en la Universidad viene siendo como los zapatos y el podólogo, que poco importan las formas cuando el contenido es interesante e importante. Lo que importa es andar y hacerlo bien sin hacerse daño pero haciendo camino. Si estando a gusto en clase con la barriga contenta y tomando un café estudiante y profesor están mejor, pues por qué no. Por qué encorsetar las cosas bajo una apariencia hostil cuando tienen un valor en si mismo mucho más natural e inteligente? Uno debe hacer que los demás sepan desglosar el valor de las cosas, que lo consideren y que sepan valorarlo espontáneamente. Y quien quiera comer pues que coma lo que le de la gana, eso sí, que invite.
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