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El tema de la conducción, los hombres y las mujeres

Conducir es algo que para los hombres y las mujeres es completamente diferente, no es porque seamos diferentes, no, no lo somos en potencia, solo somos diferentes en cuanto a la forma y características de afrontar este ejercicio, es decir, a la naturaleza y caracteres que lo rodean. Por ejemplo, y hablo en términos generales porque las excepciones son siempre excepciones y me alegro de que así sean, existen y cada uno de los seres humanos constiyuye –seguro- una excepción en alguna cosa que se considera generalidad. Pero es que el mundo está así dividido, analizado o estudiado. Generales son los dolores de muelas, las migrañas, los dolores de parto o los cólicos nefríniticos...pues vale, aun a sabiendas de que cada caso es un mundo y que de eso nada monada. Por esa misma razón los diagnósticos están equivocados la mayoría de ellos, por eso, por la generalización maldita a la que se somete a todo bicho viviente, sin embargo, y por otro lado, en otras cosas respondemos la mayoría de las veces no voy a decir que igual, pero sí parecido. Este es el caso del automóvil.

Puedo decir sin temor a equivocarme que los hombres –algunas mujeres también se han contagiado probablemente hartas de sufrir las consecuencias de sus cargantes maridos- tienen dentro de si, dentro de sus entrañas, en su estómago, en su corazón en su alma viva: un profesor de autoescuela. Felizmente los hay también que son pasotas integrales y que no tienen ningún miedo a la muerte, pero esto no es la tónica general. Los hombres cuando van de copilotos pasan miedo, pero es que las mujeres cuando vamos de copilotos también lo pasamos. De modo que cuando alguien –hombre o alguna de estas amigas recalcitrantes- lo hacen dispuestos a darte ese curso de autoescuela que nunca pudieron dar y que tu ni de broma vas a aceptar porque has olvidado todo absolutamente, todas las normas de conducción abocada ya, destinada ya al acto mecánico viciado y mal hecho, pues se provoca la tensión y después puede que bronca.
Yo, por poner un ejemplo no de egocentrismo sino de humildad, pues aparco de oído y hasta que no suena, pues no me quedo agusto y paso del arrastre de calabaza más agónico, dejándome las ruedas en las rotondas, a de repente y sin saber por qué me pongo a pisar el acelerador y como dicen los modernos sudandome bastante multas y demás, esto suele suceder cuando voy sola. Son actos mecánicos que obedecen a mi mente, infantil unas veces, estresada otras, cargada la mayoría, pero responde así porque la conducción es un acto mecánico, el más mecánico –espero- de todos los actos que realizamos al cabo del día. Para mi, y seguro que para muchas más igual, el coche no es más que eso, un coche, una chatarra más o menos mona, que sí, que puede molar más o menos, pero con la edad todos sabemos que no es más que un instrumento al que lo que le pedimos básicamente es que funcione, y ya. Que me subo por las aceras, bueno, que le doy achuchones a las ruedas en las curvas, ya lo sé, que freno en el último momento provocando suspense...pues para eso está el suspense ¡qué leche! Me doy con los pivotes, sí, para que lo voy a negar, pero tengo bastantes reflejos para esquivar a los que dicen que conducen que te cagas, pero que ya se han dado bastantes tortazos...Lo mío es eso, un despiste de cosa de oído, una laxitud de volante desinteresada y desde luego una intencionada actitud de cabrear al personal, lo reconozco. Bien.


Sin embargo, los hombres, esto no lo pueden aguantar, ellos, son los mejores porque desde pequeños saben de qué va el tema y están predestinados a conducir muy bien cuando sabemos que esto no es verdad. Claro, yo la primera vez que me subí a un coche tenía 18 años y solo me preocupé en buscar la música, el retrovisor para maquillaje y el cinturón de seguridad que por aquellos años era muy tonto y me lo puse a modo de echarpe, toda glamourosa ella. Algunas clases tuve que dar para enterarme, pero me enteré y lo cierto es que me he recorrido millones de kilómetros y hasta he conducido camiones que es la ilusión de mi vida, osea que no voy mal, si no fuera por esa actitud de pasota integral que me lleva a darme tortacillos sin importancia que van desconchando el coche y minando la moral del mismo. Cuanto más potente es el coche, más peligro llevo lógicamente, porque mi pasotismo crece y crece de verdad. Aquello de: cuidado con ese, ojo con el de al lado, ayayayai, Rosa que te dan, levanta el muslo que te aceleras, ostras otras el muro, cuidado con la abuelita, uy uy el taxista, pero no vayas así, que Madrid es la jungla, pero no ves a esa...son para mí frases que no tienen importancia, estoy hecha a ellas. no me atañen, no influyen a mi personalidad que no la tengo en esta materia, claro está. Yo voy a lo mío.


Sin embargo, a un hombre no le puedes decir nada, porque él siempre tiene la razón y el capullo siempre es el otro o mejor dicho la otra a la que mandan a fregar en el mejor de los casos. Y siguen sin entender que nos da igual, que no se nos va la vida, afortunadamente y que no quiero ser la mejor conductora del cementerio y si conduzco mal, pues conduzco mal, ¿y qué? ¿es que pasa algo? Pues otras cosas haré bien, más peligrosa es la escritura. Yo lo que quiero es ir de un lugar a otro y ya está del verbo yastar. Y desde luego, lo que no soporto de ninguna manera, aunque me aguanto cuando me toca, es que se suba alguien a examinarme constantemente porque la vida no es una competición, pero lo cotidiano no es más que el reflejo de la que se nos viene encima.
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