viernes, 9 de abril de 2010

Lo que significa hoy ir al dentista

Hoy, sigo dándole vueltas a los asuntos de la vida cotidiana, esa que arranca de nuestro ser lo mejor que tenemos para aplastarlo y dejarnos en el vacío de lo insólito. Y es que, seguro, porque esto es seguro para todos que alguna vez hemos ido a la persona que se encarga de arreglar y desarreglar las dentaduras. Claro, esta profesión ha sido históricamente desempeñada por los barberos, llamados sacamuelas, de ahí el atavismo irremediable que les lleva a ser considerados una especialidad, digamos, un poco de segunda. Después con la llegada de odontólogos extranjeros y que sus estudios no se correspondían con la especialidad médica de estomatología española, ha venido a traer un cambalache de no saber quién es quién, de no saber si un dentista es médico o no, pero a su vez recentan antibióticos...raro, muy raro. Hay a quien le ha ido muy bien con los odontólogos –que en realidad no son médicos- y hay a quien también le ha ido muy bien con los estomatólogos –que sí lo son- pero que probablemente no ven un diente hasta pasados cinco años de carrera o así y viceversa. Cuando nuestro problema no tiene solución, entonces el sacamuelas –barbero- de toda la vida, pondrá coto a nuestro dolor y maltrecho estado de salud con un simple tirón.


¿Qué significa hoy en día ir al dentista? En principio nada del otro mundo hasta que comenzamos a preguntar a amigos y vecinos sobre la cuestión. Siempre estará relacionado con las situaciones descritas por los psiquiátras como de pánico. En Francia, por ejemplo, los ciudadanos tan sistemáticos como son para determinadas cuestiones como es ir al dentista o al oculista por lo menos una vez al año, tienen nutrida experiencia y un hábito muy bien instalado, aunque el pánico no hay quien se lo quite. Los españoles nos manejamos diferente. Lo del ir al oculista al menos una vez al año y desde pequeñito, tiene un pase en este país y hace mella porque es el lugar donde la gente lleva más gafas del mundo entero. Ya lo del dentista...conlleva sus secundarias reacciones. Por reacción yo entiendo por ejemplo, tener miedo atroz.


Desde pequeños y en mi generación de cuarentones, ya llevabamos ortodoncias, esos aparatos espantosos que en nada han evolucionado y que aún permaneciendo igual toda la dentadura del sujeto en cuestión, es decir sin arreglo, una gran mayoría, los utiliza encontrando su bolsillo bastante maltrecho por la circunstancia que obliga a ir muchas veces al gabinete de dentista con su consiguiente pago de la visita y demás. Como digo, si el tema trata de sacarmuelas o intentar arreglar con la ortodoncia lo que no tiene arreglo, la situación está perfectamente controlada. Ahora bien, el riesgo o mejor la situación crítica viene cuando el problema es de etiología desconocida, a saber, tenemos molestias o incluso mucho dolor y el dentista debe adivinar el origen del problema. Ya tendido en una situación vulnerable cuanto menos, tumbado y expuesto a cualquier cosa, el manipulador quiere saber el origen del problema y ahí es cuando comienza a usar todo tipo de ganchos y cosas raras. En mi época nos hacían los empastes a los niños con muy poca anestesia, como a las embarazadas, atavismos absurdos porque no pasa nada por poner un poquitín más de anestesia y así no sufrir, pero no, es mejor, pegarle el trallazo a uno en el diente o en la muela, llegándote a la misma cavidad del alma y el mismo núcleo del ser, y así cumplimos. Eso me da pavor, lo confieso. Las manipulaciones del nervio dental por medio de endodoncias y demás modernidades, lo confieso, me aterran. ¿Y el torno? Válgame el cielo. ¿Y el depósito ese para escupir babutis y sangrecillas? Aterrador y asqueroso, muy asqueroso. ¿Y el olorcillo a tocino quemado que emana la sala con mezcla de gomoresina? Vomitivo y mareante. ¿Y el cablecillo que aspira mientras el otro manipula? No comprendo como alguien puede dormir después de semejante rato. Me aterra hasta un simple empaste de una caries, no lo puedo remediar, estás como esperando ese trallazo mortal para quedarte ahí mismo como una mosca aplastujada por un zapato.
Afortunadamente he conocido otras personas –ojo no he hecho un foro- que también panican -como dirían los franceses- grandemente a la hora de entrar en un gabinete dental. He llegado a la conclusión que se pasa tan mal, pero tan mal tan mal, que por lo menos tienes que ir de Trankimazin para arriba. Los hay que van literalmente cocidos de vozka hasta el fin...El problema es grande y conozco a algunos barra algunas que prefieren ver sus piezas dentales destruidas antes que pasar por el suplicio y martirio, -diría tormento- de acudir al torturador bucal. Yo siempre le digo que se explaye, que no tenga miedo, que atice toda la anastesia que tenga porque mis encías necesitan caña dura de la de verdad, le digo que no me suele hacer efecto la anestesia, que me voy a marear, que me dan ataques de histeria...y un montón de cosas más para amedrentar al manipulador salvaje hombre-caverno que me va a meter mano, con perdón. Hay mucho aparato de apariencia moderna pero que luego en la fase práctica no lo es en absoluto. Esto lo veo nada más entrar y claro, entro desconfiando bastante y con la certeza de haber dejado hecho mi testamento y voluntades últimas bien claras. De modo que cuando entro en su gabinete a tumbarme, ya casi que me tiro más bien, del atontamiento a tranquilizantes que llevo a causa del pánico. Le digo siempre con la boca medio caída –que esa es otra- que siga, que siga pinchando anestesia pues soy de encía rara y que en modo alguno hará efecto. Imagino que mi expresión deleznable pues me dirijo a él o ella con  expresión desencajada y claro el hombre se queda acongojado por no decir otra cosa y pasa a la acción. Por más que pincha y pincha yo nunca me fío y toda contracturada aguanto el tirón como una bendita, muerta literalmente por el miedo pero aliviada por los tóxicos clamando al cielo, no de rodillas, ya quisiera yo, sino panza arriba en posición de camilla de dentista, casi llorando, horrorizada por la vida y jurando en arameo que no vuelvo, que no vuelvo y que no voy a volver y punto. ¡Qué desgracia tan grande aunque después uno vea los resultados! pero ¡qué desgracia tiene uno encima!. Hay que añadir el bolsillo escudriñado porque para qué lo va a pagar la Seguiridad Social si total no es cosa de la salud ¿no? En Francia tiene una pequeña subvención, pero no es grande cosa. La segunda parte contratante además de los dineros perdidos viene después cuando sales de la visita tambaleándote como si estuvieras borracha, que lo estás, con la cara como un corcho, labio caído, el rimmel también y con un stress encima que solo quieres acostarte. Un horror con hache. Así es el asunto, y en ese caso lo mejor es volverte a tu casa y meterte en la cama, porque yo al menos ya no levanto cabeza en todo el día.

Publicar un comentario

Lee y piensa: samaritano o fariseo ¿qué eres?

samaritanos, fariseos...

Los libros sagrados siempre me han interesado en grado extremo y es por ello que mis reflexiones sobre la vida alcanzan también a una de la...