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Arbeit Macht Frei

A veces no podemos explicarnos cómo pueden sucederse a cada día los horrores en la humanidad, y que además nadie los impida. El protagonismo de la mujer en algunas ocasiones —pocas a decir verdad— ha sido suficiente para que el transcurso de la historia y de los pueblos cambie hacia otra dirección. Estaba yo alojada en un hotel de Katowice durante los días de un Congreso de Hispanistas en Polonia. Pasadas unas horas y puede que dos días más, abandoné la extraordinaria compañía de un renombrado profesor y de mis colegas hispanistas para visitar Ostewiche y allí el conocido lugar de los horrores que fue el campo de concentración de Austewich-Birkenau. Contraté los servicios de un taxista que amablemente me llevó explicando en polaco y medio español parte de lo que allí se podía ver. El hombre fue extremadamente amable. Se esperó a que yo terminase mi recorrido y después de retorno depositó lo que quedaba de mí en el lugar del Congreso. En aquella visita donde el horror supera a la persona, quise pararme, hubiera querido tener compasión a aquellos seres aniquilados, mi familia y decirles: cuánto lo siento. No pude hacerlo. Tardé varios días en expulsar de mi cuerpo y de mi alma (elementos para mi claramente diferenciados pero dominantes e influyentes el uno sobre el otro) la desolación tan grande que produjo en mí aquel recorrido frío, gélido, gris, triste, muy triste.

Recordaba yo por el camino las miles de veces que la suerte del pueblo judío había sido llevada al límite e inmortalicé —claro—la imagen de Ester en mi memoria salvando a su pueblo del exterminio. ¿Por qué no habría existido en la Alemania nazi una mujer como Ester que los salvara otra vez? Vino de golpe a mi atormentada mente la festividad de Purim (Pur echar suertes) y de súbito escuché los cantos y alborozos de la fiesta. En la historia, Amán echó suertes y decidió la extinción del pueblo judío como un capricho de su voluntad, solo que no logró su propósito gracias a la intervención y podríamos decir a la fe de Ester y de su tío Mardoqueo. Para celebrar esta ocasión de liberación, con el tiempo los judíos establecieron un nuevo festival que ellos conmemoran hasta el día de hoy. Desesperación absoluta.


¿Qué pensarían aquellos pobrecillos, aquellos niños indefensos, aquellos ancianos en manos de las SS? Allí se conservan aún parte de sus objetos, objetos, objetos. La fiesta se llama Purim, en memoria de la suerte echada por Amán. Es un festival de gran regocijo, es lo más parecido que

tiene el judaísmo a una fiesta popular o a un carnaval. Eran (¿son?) el pueblo elegido. En aquel paseo por los barracones del campo venían a la memoria la lectura del Libro y los alborozos de los niños, pero me atormentaba una angustia indescriptible, una confusión de la realidad, un hondo agobio, una ansiedad incontrolable: era sufrimiento. Desde el día anterior a Purim (es el ayuno de Ester), se ayuna desde la salida del sol hasta el ocaso, ya se sabe que las mujeres están exentas de esa obligación, como de leer la Torá, e incluso de asistir a la sinagoga los días de Sabbat. Las mujeres, para los judíos, tienen como misión principal criar a su familia, impulsar adelante a sus hijos, y con eso están salvadas ganando la vida eterna. A la puesta del sol las sinagogas se llenan. La marcada diferencia entre esta celebración y las demás del año judío está en el número de niños que participan. Entre montañas de gafas arrancadas a cuajo de las narices de los hebreos escuché primero la música única e irrepetible durante todo el año que precede a la

lectura del rollo, la lectura del Libro de Ester, el Megillah. El Lector espera pacientemente. Observo toneladas de cabello arrancado y al tiempo el golpeteo y huracán de matracas, ruidos que los niños hacen cada vez que se recuerdan aquellas palabras del Libro, aquel hombre: Amán. El Lector espera pacientemente, y pronto repite el nombre de Amán, el demonio parece desatarse nuevamente al sonido de este apodo. Esto continúa, y como Amán ahora es una figura importante en el relato, el ruido se produce con mucha frecuencia, cada vez más. Los niños, lejos de cansarse o aburrirse, se llenan de entusiasmo. Lo hacen con un seguro instinto de populacho: austero silencio durante la lectura, explosiones después de cada «Amán». Hay pasajes (cualquier lector lo puede comprobar) en los que el nombre de Amán aparece varias veces en un corto espacio. La paciencia del Lector va disminuyendo y finalmente se acaba. Parece imposible leer con tantas interrupciones.


Hace gestos airados a los niños a través de la tormenta de las matracas y arroja miradas pidiendo auxilio al rabino. Esto, naturalmente, es lo que los niños han esperado. Desde ese momento hasta el final hay una lucha despiadada entre el Lector y los niños. Él trata de no pronunciar bien el nombre «Amán» que aparece repetidamente, pero ellos lo detectan con estentóreas salvas. El Lector llega al final del versículo final, agotado, vencido, furioso, y todo es risa desordenada en la sinagoga. La fiesta continúa después de haber escuchado entero el Megillah, repartido dádivas entre los pobres, preparar comidas de celebración, disfrazarse e intercambiar regalos entre amigos, el Shalakh Manos. Me siguen las miradas de hambre, las miradas de horror, los huesos, el tifus, la enfermedad… es la mayor desolación del ser humano y sin embargo… Aún hoy se siente el olor terrible a quemado, a humanidad abrasada por la tortura, a almas que gritan indignadas, allí encontré mi pasado en aquellas fotos, en aquellos nombres… Lloré. El Amán hitleriano lo logró, consiguió la mayor barbaridad que alguien pueda cometer, como el capricho de un loco sin que nadie lo impidiera, como echar a suertes el día del exterminio, y fueron miles los que le siguieron y dejaron salir de sí mismos el horror que llevaban dentro, su animal arrasador.

¿Es que eran todos unos perturbados? ¿Es que acaso Adolf Hitler conocía el Libro de Ester y quiso cumplir la historia, cumplir las escrituras? No lo sé. ¿Algún Dios salvará esas almas (¿locos?) ejecutoras por mucha misericordia que tenga un Dios? Creo que no.



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