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Cuando llegó el cinematógrafo


El hombre, en el momento actual, ¿posee el arte del retrato…? Indudablemente que no. Tenemos a nuestro servicio la talla en mármol, la pintura al óleo sobre lienzo, el dibujo sobre el papel y, finalmente, la fotografía; pero con todos estos medios de reproducción directa y exactísima, el hombre no puede verse a si mismo tal como es. Si yo, por ejemplo, encargo a un artista consumado el retrato de mi persona, ese artista pintará mi gesto, mi color y mi ademán de una manera, irreprochable; pero el pintor, por más sabiduría que alcance, no podrá retratar sino solamente un gesto, un color y un ademán de mi persona; y como yo no tengo tan solo un gesto, un color y un ademán, resultará que yo no estaré retratado más que en un aspecto particular de mi vida…Yo no soy uno, yo soy varios; yo tengo, como todos los seres que se mueven bajo el sol, infinidad de matices, de facetas, de caracteres, tanto físicos como morales; yo soy pálido ahora, después me sonrojaré, acaso luego me volveré lívido; ahora me río a carcajada abierta y luego me temblarán las mejillas de rabia; ahora estoy sentado, luego pegaré brincos, después levantaré los brazos elocuentemente…Pues si soy así, tan diverso en cada instante de mi vida, ¿para qué me sirve un retrato que solamente sorprenderá un matiz de mi persona, tal vez el más artificioso y afectado de todos?

Queréis conocer a Sócrates y buscáis su efigie; ahí está su busto, tallado en mármol de Grecia; ¿qué veis ahí? Unas barbas revueltas, una cara impasible, una frente calva, unos ojos vacíos, sin pupilas. ¡Ese no es Sócrates…!Buscáis a Felipe II, queréis sorprender en su retrato el alma complicada de aquel hombre fenomenal, y ante el hermoso lienzo de Pantoja solamente veis una cara impasible que os mira medio de reojo, y nada más… ¿En dónde está Felipe II? ¿Quién era? ¿Cómo era? ¿Cuáles eran sus modalidades, sus múltiples gestos…? No lo sabemos ni lo sabremos nunca.


Ahora bien, usemos del cinematógrafo, y entonces poseeremos verdaderos retratos de los individuos. Yo me levanto de la cama, y apenas me levanto, cuando ya me están enfocando unos sabios fotógrafos. Me lavo, me refriego, suelto unas cuantas voces, bostezo, me miro al espejo, bebo el desayuno, enciendo un pitillo, abro el periódico, la lectura me indigna, hago un gesto de repugnancia, luego otro gesto de alegría…Salgo, voy por la calle, tropiezo con un adoquín que está colocado de punta, lanzo una interjección…De esta manera sucesiva, cuando vuelva a mi casa de noche tendré un completo retrato de mi ser, tal como es mi ser en todos los momentos del día.
Considerad, pues, cuán trascendente puede ser el destino del cinematógrafo. La trascendencia del retrato, ¿hay una trascendencia mayor? ¿Qué es lo más curioso para el hombre sino el hombre mismo?
A cuantos se preocupan de la perpetuidad de sus personas, yo les aconsejo que no se tarden, que no desaprovechen la ocasión, Guillermo II, emperador de Alemania, maestro en el gesto; Santos Dumont, obsesionado de la celebridad; los tenores, los oradores parlamentarios y algunos otros que me callo.



 
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