lunes, 28 de junio de 2010

La discreción


Si en el medio de una pirueta mental alguien se acercara a preguntarnos cuál es la condición que estimamos mejor en un hombre ¿qué diriamos? Si en esa misma pirueta nos dieran a elegir entre diversas condiciones del ser humano como la más admirable, respetable...¿cuál, cuál elegiríamos? Para unos será la bondad, otros dirán que la inteligencia, el sentido del humor dirán otros. Hoy, después de haber tenido que escuchar a una aunque amiga, insoportable mujer, me decanto directamente por algo que muchas personas olvidan: la discreción. En la vida política, en la vida social, en las relaciones generales entre los seres humanos, lo más importante es sin duda la discreción. No soporto a los que no lo son. ¿por qué? Porque una falta de discreción es imposible para la vida. Las cualidades anteriormente mencionadas son algo tangible que se demuestra por medio de las obras, los hechos...pero ¿cómo se exterioriza la discreción? ¿qué forma tiene y cómo la reconocemos?


En ocasiones nos vemos frente a situaciones en las que nos horroriza lo poco discreta que es la gente. Una falta de tono en una conversación, unas carcajadas que no vienen al caso, un comentario que menos venía aún, es alguien cuyos hábitos de conducta y de palabra están claramente en pugna con el contexto que le rodea. Esto es a todas luces insoportable. Terrible es soportar a un hombre indiscreto, sí, pero no sé si nos deja al grupo femenino mucho peor una mujer que “se pasa siete pueblos”, haciendo comentarios disonantes, riéndose de mala manera, cotilleando de mala manera, avergonzando en definitiva al resto de las del grupo. ¿Por qué tiene que ser una mujer la que haga el ridículo? me he preguntado en más de una ocasión.


Maquiavelo en el Capítulo XXII de II Príncipe, decía que existen tres clases de espíritus. Los primeros son aquellos que comprenden las cosas por si mismos; los segundos son los que las comprenden cuando se las explican, y los terceros son los que no las comprenden ni por sí mismos ni cuando se las explican. Los primeros de estos espíritus son discretos; los segundos pueden ser también capaces de discreción. Pero ¿cómo podrán ser los terceros? ¿cómo podrán ser discretos aquellos hombres que no entienden las cosas ni cuando las ven ni cuando se las explican? Soportar la falta de discreción para mi es terrible y mucho más cuando esto sucede en tu casa, por ejemplo. La persona pasa a ser directamente un intruso. Normalmente la indiscreción –en ocasiones así lo he visto- se produce entre gentes del mismo sexo, hombres indiscretos con hombres discretos y claro, mujeres sin discreción delante de otras mujeres que sí la tenemos, ellas –como la “amiga” de hoy- portan una epidermis impertinente por naturaleza. He presenciado igualmente hombres sin discreción cacareando delante de mujeres que sí somos discretas. El espectáculo es espantoso. ¿Qué le vamos a hacer? Hay espíritus, y lo digo como apostilla a mi viejo Maquiavelo que se engloban en una cuarta categoría y son los que comprenden las cosas, las saben, pero hacen como si no las comprendieran, es decir, no les da la gana de comprenderlas aunque las sepan, se les añade el hecho de que jamás van a comprender las cosas porque no querrán aunque se les explique. Estos son los peores de todo, los que no tienen ningún remedio y sin embargo hay que soportarlos. Me acuerdo del dicho de “lo cortés no quita lo valiente” y creo que voy a batallarlos.

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