martes, 20 de julio de 2010

El sueño de Tabitha


Temblores y vértigos habían ocasionado más de una reacción convulsiva en la maltrecha y desesperada alma de Tabitha.

—Oigo voces y las escucho, quiero saber dónde se meten, pero es imposible.

Llevo una máscara, ¿dónde estoy? El esposo había dejado unas flores en su alcoba y sin embargo no dijo nada. Oír o escuchar, ver o mirar, siempre resultó ser lo mismo de inútil, siempre divagando en cosas ilógicas, por ello, nunca tuvieron demasiada importancia.

—Es un rojo como todos los demás —exclamó la enfermera no sin cólera y con un convencimiento digno de los mejores autoconvencidos hieráticos de la historia mejor contada de la certeza: la infalibilidad del todo ser. Era un petardo marca ACME y lo lanzó con gran precisión sobre aquellas absurdas orejas, oídos que le escuchaban también de alguna manera.

Eran orejas con pelos, de lo peorcito en orejas.

Ahora, hoy, decidió no querer y no ser nada, es lo mejor en estos casos. Demasiados colores, demasiados ruidos como para soportarlos, lo mejor es no soportarlos, ¿cómo poder hacer eso? ¿Cómo no soportar la vida si ésta lleva su curso? El peor momento, el instante más deleznable se alcanza cuando no pasa nada y, sin embargo, ésta, la vida, discurre sin más. No es que sea rutinaria, que lo es, no es que sea convencional, que lo es, no es que sea aburrida y gris, que lo es; lo que es, es insoportable. La vida, no se puede soportar cuando ésta se excluye porque le da la gana. No se puede soportar. Bien.

Tabitha decidió que la vía del tren era lo mejor para desaparecer, aunque bien pensado dijo: «Estaré fea cuando me recojan, estaré verdaderamente hecha un asco». Entonces pensó en tomar una buena dosis de barbitúricos pero igualmente le pareció harto desagradable y poco definitivo, sobre todo poco definitivo. Seguro que a última hora aparece alguien para salvarme, menuda cobardía.


—Si ingiero muchas pastillas —se dijo—, tendré que soportar un proceso largo hasta la muerte. Por qué el Dr. Robles no me pincha cualquier cosa que me haga reposar para siempre. Ya me gustaría ya. Tedio y más tedio, un día y otro día sin nada que suceda o que pueda hacer participar al ser humano de estar vivo. No puedo estar con nadie, los demás no pueden meterse dentro de mi cabeza y mucho menos de mis sentimientos, éstos maltratados hasta el infinito por la propia vida. ¿Qué son los sentimientos sino estados de la conciencia que se pueden sujetar y dirigir? ¿Qué podemos hacer con ellos? Tabitha pensó que no podía seguir aquí ni un minuto más, y es que el dolor la podía, y la podía mal.

—Es obligatorio para vivir como los demás ingerir todos estos medicamentos, entonces de qué me sirve estar en el mundo. Ellos no tienen dolor, están excluidos de esa maldición y solo juzgan. La humanidad, las gentes, juzgan a los que tienen dolor como si fueran los dueños de la creación, propietarios del mundo. Juzgan, conceptúan, atribuyen, adjetivan… y lo hacen perversamente. El dolor, el sufrimiento pertenece en exclusiva al que lo padece y el resto de la humanidad no debe intervenir en ello. Por esa misma razón cuando uno, un ser humano cualquiera, que sufre dolor decide no sufrirlo más, hay que respetar su decisión. Venimos, llegamos para marchar, transitar a otro estado a la otra vida y Tabitha lo quiso hacer cuanto antes.

Entre sueños y pensamientos suicidas no encontró la manera más digna de pasar al otro estado. Volvían las voces increpadoras, voces que promulgaban órdenes, allí en donde no se puede encontrar el ser humano, oía voces, las mismas y no sabía muy bien a qué o a quienes pertenecían. Sólo oía y conspiraban.

Tabitha pensó: «Yo quiero morirme ya». Estaba completamente inmovilizada, llena de cables y ese horrible techo otra vez. Intentaba mover una de sus piernas pero todo era dolor, un dolor insoportable, un estado de fatiga tan grande que apenas si podía pestañear. Otra vez las voces conspiradoras y más dolor, mucho más. No puedo irme hasta la vía de un tren, no puedo tirarme por un piso, no puedo ingerir miles de barbitúricos, no puedo pagar para que me maten. Los brazos le pesaban como una deuda, no podía cambiar de posición, estática toda ella, durante todas las horas del día y de la noche permanecía inmóvil, quieta, con los ojos hacia arriba, hacia el horrible techo de hospital.

—De todas formas voy a morir, qué más me da. No podré estar más con mis hijos como no lo estoy desde hace mucho tiempo, desde que estoy enferma, ni estoy ahora, ni podré volver más atrás, el tiempo ya ha pasado y aquellos días de crianza cuando yo era joven y bella, también. Mis hijos tienen que acomodarse como ya lo han hecho a vivir sin mí, porque la vida pasa, tengo fe en reencontrarlos después en esa tan anunciada vida de después.

¿Qué pasará cuando esté muerta? Nada, no pasará nada, no pasará nada. No soporto las miradas tristes de aquellos que me han necesitado tanto, tanto tiempo y que ahora tienen vida… y sin embargo se han acostumbrado a estar si mí. El maldito techo es lo que me está volviendo loca.

Sí, seguro que veré a mis hijos en la otra vida como los veo ahora. Sus lamentos, gemidos, gritos ensordecían a todo el hospital, era el dolor. Tabitha vio cómo su cama se acercaba a un lugar donde estaba escrito Cuidados paliativos. Dio las gracias al doctor que tenía cogida su mano. Tabitha ya se había despedido de todos, solo le preocupaba saber si quedaría algo de ella en el mundo… si alguien la recordaría, si pensarían en ella. De todas formas había cumplido sobradamente con sus obligaciones —que fueron muchas—, Tabitha había cumplido con toda su fuerza.

—Estoy tranquila, no siento el cuerpo y ya no siento dolor. Esto le proporcionaba una felicidad hasta aquel momento nunca encontrada. El ser humano lo aguanta casi todo.

Tabitha se estaba relajando y cada vez sentía menos, no oía las voces, tampoco a los que allí estaban, Tabitha se marchaba poco a poco con un placer ilógico, inhumano. Por las miradas de sus hijos sabía que no se moría, que en realidad no se moriría nunca. Tabitha no sentía dolor, por fin, ya no maldecía el mundo, quería marchar, ahora solo había luz, una luz enorme, inexplicable, placentera que invadía toda la habitación y a ella también.

Hora de la muerte: seis y media de la mañana. Corrieron por encima de Tabitha una sábana blanca.

sábado, 10 de julio de 2010

Magdala, la Historia de una farsa


Las mujeres, en la Historia del Antiguo Testamento han tenido el don de la profecía, han profetizado en muchas ocasiones a cerca del futuro. La historia de María Magdalena ha sido otro gran engaño a la humanidad. Paso a glosar esta astucia mal contada de la vida de Jesús de Nazaret, vida que tanto me atrae como habrán podido comprobar, por otros escritos, en el episodio de Simón el fariseo que se encuentra en Lucas 7:36. A juzgar por el lugar significativo que este suceso ocupa en la narración de San Lucas, parece que pudo haber ocurrido el mismo día de la visita de los mensajeros de Juan. Jesús aceptó la invitación del fariseo, así como había aceptado las invitaciones de otro, incluso aun las de los publicanos y aquellos que los rabinos tachaban de pecadores. Según parece, su recibimiento en la casa de Simón se vio algo desprovisto de calor, hospitalidad y atención respetuosa. La narración indica que el anfitrión actuó con cierta condescendencia.

Era la costumbre de la época tratar a un huésped distinguido con atenciones especiales: recibirlo con un beso de bienvenida, proveerle el agua para lavarse el polvo de los pies, y aceite para la unción del cabello de la cabeza y de la barba. Simón había hecho caso omiso de todas estas cortesías.
Jesús tomó su lugar, probablemente sobre uno de los divanes o lechos en que solían acomodarse o medio sentarse para comer. En esta posición, los pies de la persona quedaban fuera de la mesa. Aparte de estos hechos relacionados con las costumbres de la época, también deberá tenerse presente que no había ese derecho de propiedad privada que hoy conocemos para proteger las casas contra la intrusión. En aquellos días no era cosa fuera de lo común en Palestina que un visitante y hasta un desconocido —en general hombres, claro—, sin embargo, entrasen en una casa a la hora de la comida, observasen lo que estaba sucediendo y aun se pusieran a conversar con los huéspedes, y todo esto sin que hubieran sido llamados o invitados. Dice la narración que entre aquellos que llegaron a la casa de Simón mientras estaban comiendo, iba una mujer; y la presencia de una mujer, aunque no era precisamente una impropiedad social, sí era algo fuera de lo común y algo difícil de impedir en tales ocasiones. Pero esta persona era de la clase caída, una mujer que había sido «impúdica» y que ahora tenía que soportar, como parte del castigo de sus pecados, el desprecio exterior y el ostracismo tácito de aquellos que se preciaban de ser moralmente superiores.


Se acercó a Jesús, a espaldas de Él, y se inclinó para besarles los pies, en un acto a todas luces de humildad por parte de ella y homenaje respetuoso para Él. Pudo haber sido una de las que habían escuchado sus palabras de gracia, posiblemente dichas ese mismo día: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar». Cualquiera que haya sido su motivo, ciertamente llegó en un estado de arrepentimiento y profunda contrición. Al inclinarse sobre los pies de Jesús, los bañó con sus lágrimas. Aparentemente sin reparar en el lugar donde se encontraba o en los ojos que vigilaban sus movimientos con desaprobación, se deshizo las trenzas y secó los pies de Jesús con su cabello. Entonces, abriendo un frasco de alabastro con perfume, se los ungió, como haría un esclavo a su amo. Sin reproches o interrupción, Jesús graciosamente permitió que la mujer continuase su humilde servicio, inspirado por la contrición y amor reverente. Simón había estado observando todo aquello; de alguna manera se había enterado de la clase de mujer que era, y aunque no en alta voz, pensó dentro de sí: «Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora». Jesús entendió los pensamientos del hombre, y le habló de esta manera: «Simón, una cosa tengo que decirte», a lo cual el fariseo respondió: «Di, maestro». Jesús continuó su argumento diciendo: «Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más?». No había sido una respuesta que lógicamente correspondiera, y fue la que dio Simón, aunque al parecer con alguna vacilación o reserva. Posiblemente temía verse comprometido. «Pienso —dijo— que aquel a quien perdonó más». Jesús lo confirmó: «Rectamente has juzgado », y entonces añadió: «¿Ves esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite, mas ésta ha ungido con perfume mis pies».


El fariseo no pudo menos que notar aquella observación tan directa que se le hizo por haber prescindido de los ceremoniales más comunes de respeto hacia un invitado especial. La lección de la historia había hallado su aplicación de él, así como la parábola de Natán había hecho que el rey David se condenara a sí mismo con su respuesta. Por lo cual —siguió diciendo Jesús— te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama». Entonces se volvió a la mujer y le habló: «Tus pecados te son perdon ados». Simón y los otros que estaban a la mesa murmuraron dentro de sí: «Quién es éste, que también perdona pecados?». Entendiendo su protesta silenciosa, Cristo se dirigió de nuevo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, ve en paz». La última parte del relato evoca otra ocasión en que Cristo concedió la remisión de pecados, y por motivo de la oposición que se manifestó en los pensamientos de algunos oyentes —oposición no menos efectiva a pesar de no haberse expresado verbalmente—, había complementado su afirmación autoritativa con otro pronunciamiento. No se ha escrito el nombre de esta mujer que vino a Cristo en la forma ya narrada, y cuyo arrepentimiento fue tan sincero que ganó para su alma agradecida y contrita la seguridad de la remisión de sus pecados. No hay ninguna evidencia de que ella figure en algún otro acontecimiento asentado en las Escrituras. Ciertos escritores la han representado como María de Betania, la que, poco antes de la traición de Cristo, ungió la cabeza de Jesús con perfume de nardo, pero hallamos que esta identidad supuesta carece de todo fundamento, y empaña con una sospecha injustificada la vida anterior de María, la devota y amorosa hermana de Lázaro. Igualmente erróneo es el esfuerzo que han hecho otros de identificar esta «pecadora» arrepentida y perdonada con María Magdalena, cuya vida, en lo que a las Escrituras concierne, nunca se vio manchada por el pecado de la inmoralidad. La importancia de evitar la comisión de errores respecto de la identificación de estas mujeres dicta la prudencia de añadir algunos párrafos adicionales a lo que ya se ha dicho. En el siguiente capítulo del que contiene la relación de los acontecimientos que hemos estado considerando, San Lucas dice que Jesús anduvo por toda la región visitando todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio de Dios. En este viaje lo acompañaron los Doce y también «algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades; María, que se llamaba Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Chuza, intendente de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus bienes». Se hace referencia adicional a algunas de estas mujeres honorables, o a todas ellas, al hablar de la muerte, sepultura y resurrección de Jesús, y se hace particular mención de María Magdalena. Esta María, cuyo segundo nombre probablemente deriva de Magdala, su pueblo natal, había sido sanada, por intervención de Jesús, de sus aflicciones físicas así como mentales, causadas, éstas, por la presencia de espíritus malignos. Nos es dicho que Cristo había echado siete demonios de ella, pero ni aun en tan grave aflicción encuentro justificación para afirmar que esta mujer no fuese virtuosa. María Magdalena llegó a ser una de las amigas más íntimas que Cristo tuvo entre las mujeres; y su devoción hacia Él, en calidad de su Sanador y Aquel a quien adoraba como el Cristo, fue invariable; ella se acercó a la cruz mientras las otras mujeres se pararon lejos en los momentos de su agonía mortal; fue una de las primeras en llegar al sepulcro en la mañana de la resurrección, y el primer mortal en ver y reconocer a un Ser resucitado, su Señor, a quien amaba con todo el fervor de la adoración espiritual. Decir que esta mujer, escogida de entre las demás para ser merecedora de tan distintivos honores, fue en un tiempo una perdida, su alma cicatrizada por el fuego de una lascivia impía, es contribuir a la perpetuación de un error para el cual no hay excusas. Sin embargo, la falsa tradición que surgió de una su posición antigua en injustificada —de que esta noble mujer, tan distinguida amiga del Señor, es la misma que, con fama de pecadora, lavó y ungió los pies del Salvador en la casa de Simón el fariseo y recibió la gracia del perdón por medio de su contrició— se ha aferrado tan tenazmente al pensamiento popular con el transcurso de los siglos, que el nombre Magdalena, se ha convertido en designación genérica de la mujer que pierde su virtud y más tarde se arrepiente. Falsamente se le imputa a María Magdalena la capacidad por naturaleza de pecar, el hombre es incapaz de medir los límites o sondar las profundidades del perdón divino; y si es que María de Magdala y la pecadora arrepentida que hizo este servicio a Jesús mientras se hallaba a la mesa del fariseo fueron la misma, la pregunta se contestaría afirmativamente, porque aquella mujer que había sido pecadora fue perdonada. Lo que estamos tratando es la narración bíblica como la historia, y en ella no hay nada que justifique la verdaderamente repugnante pero común imputación de falta de castidad al alma devota de María Magdalena.

miércoles, 7 de julio de 2010

¡Er júlbol! oé, oé, oé.


Siempre he pensado que el fúlbol es un deporte de cafres y para cafres y que detrás de ello estaba la máquina capitalista haciendo de las suyas. Esto es un hecho que creo está bastante claro para todos. Bueno. Es obvio que el tiempo pasa para todos, aunque no para todos de la misma manera y en ocasiones cambiamos la forma de pensar o de posicionarnos. La verdad es que el fulbol o julbol  sigue sin importarme al menos como le importa a otras muchas gentes que se gastan los pecunios en comprar entradas o en viajar como forofos en apoyo del grupo. Hasta ahí no llego. Muchos demagogos dicen –aunque no sin razón- que el fulbol sirve para alienar a la sociedad que es el opio del pueblo cuando éste está en una profunda crisis como lo está el pueblo español. Y no lo niego, pero, digo yo –y esto lo reafirmo- que una vez visto “lo mal que lo están pasando algunas gentes” pues que con algo se tiene que distraer uno. Alomejor desde ese punto de vista de hedonismo total, alomejor no es tan grave, alomejor no pasa nada por ser forofo en unos mundiales programados en verano, máxime cuando además el equipo español es bueno. A mi, con estos temas me entra el españolismo catetil, lo reconozco, y como vivo fuera de España soportando comentarios –algunas veces denigrantes de mi país- pues me entra el avenate españolil y me sumerjo con todos ellos a gritar el oé, oé, oé y oé como la que más, como la más futbolera. Hago torrijas fuera de tiempo y paellón que te crió. Eso es lo que tiene. Pues sí, igual que cuando juega Rafa Nadal en París que a todos les repatea porque siempre gana. Pues eso, mal que les pese a los franceses que no paran de criticarle, pues viene a París y gana sistemáticamente y no sé yo a qué esperan para reconocerle, pero en fin.

En terreno futbolero veo que los más simpatizantes con España me ven por la calle y me dicen “a por ellos” y cosas así. Aprovechan la ocasión, el otro día concretamente, para preguntarme –de paso- que cómo se compra una sandía española. Ya ves tú y yo qué sé. Le dije al hombre que le diera unos golpecitos o que simplemente le hablara a ver qué pasaba, después seguimos hablando de “la Roja”. De otro lado, hay otros a los que les repatea tanta victoria deportiva española y ya tienen sentenciado el partido de hoy con un 4-0 a favor de Alemania. Y digo yo, ¿qué mas da? El deporte casi por definición está concebido para competir, sino, no tendría sentido, es por eso que no me gusta porque yo soy muy poco amiga de competir, no me compensa. Tampoco se puede estar haciendo de todo un problema existencial. En ese sentido, el hombre, el ser humano, necesita escapes de alguna manera, distenderse y concretamente en esto del mundial veraniego pues no lo veo tan grave que la gente lo emplee como distracción absoluta, claro, todo tiene sus límites. Es una ocasión que muchos aprovechan incluso para reunirse con otros, charlar, sentir que forman parte de algo que está libre de las ataduras políticas o económicas, aunque en el fondo esas ataduras estén. No se puede ser las veinticuatro horas del día un intelectual, ni un músico, ni un pintor, ni un filósofo “menudo cuco”, muy al contrario y según dicen los especialistas un músico tiene que escuchar de todo en su periodo de formación y no solo la música elevada a la que se supone se prepara a ejecutar durante todo el tiempo. En la variedad de las cosas está muchas veces la inspiración necesaria para crear y esto del deporte de masas, es acojonante, sí, pero alomejor tiene su aquel y de vez en cuando un poco de opio no viene mal, oé, oé.

lunes, 5 de julio de 2010

La página en blanco del creador

El escuchar y mirar: ¿y a usted qué le importa? El otro día estuve con un amigo cuya osadía supera con creces la que uno se puede llegar a imaginar incluso en sus mejores sueños. Pues sí, mi amigo hacía higas del «escuchar pasos», utilizado tanto por los escritores, o el «mirar» por «ver», que también se utiliza bastante. Y claro, digo, yo ¿qué le importará si un escritor en su manera de «crear formas» juega con el lenguaje y le parece más adecuado o lírico desarrollar su lenguaje a veces metafórico diciendo «escuché pasos en el corredor» en lugar de «oí pasos en el corredor»? Ambas acciones como todo el mundo sabe son diferentes y cada una con su connotación y su semántica, claro está. No hay nada malo en ello ni se va a acabar el mundo por dar una intención a la escritura, como intención se pone en el mismo hecho de la creación literaria. Ese es el fallo, el fallo es que hoy día cualquiera puede opinar y de hecho es el deporte nacional de la mayoría de los pueblos civilizados, la opinión, sí, opinión pero con un cierto, solo cierto, criterio, por más que nos pese: «Anda, hazlo tú», se le diría a cualquiera de los que opiniones tan gratuitas, improcedentes, injustificadas vierten sobre los castos oídos de los que nos dedicamos a la creación. En efecto, los que consagramos la vida a la creación formamos parte de esa masa social de ociosos que tanto molesta a los que no llegan a nada en la vida, ni siquiera (que ya lo querría para mí misma) a estar conforme con uno. Es así, la disconformidad o la necesidad de dar o aportar algo que no se sabe aún de dónde sale, supongo que conforma el hecho creativo, el creador, el artista. Y molestos somos, si, y mucho. Cualquiera puede juzgar una obra creativa (film, literatura, pintura, escultura) sin tener ninguna idea, solo por el hecho de que el arte se debe compartir con la sociedad, con independencia de si ésta es alguien para juzgar o valorar el trabajo del vecino: «Anda, hazlo tú».

Son ya también variadas, las veces que han llegado a mi casa amigos con varias preocupaciones constantes, sin poder resolver, inquietudes difíciles de solventar por sí solos, por ellos mismos, unos han llegado equivocados, otros verdaderamente intranquilos, otros con escepticismo, la mayoría desabridos. La cuestión si bien se mira, o según como se mire, no es tan grave, lo es en su medida, un poco. Me refiero al problema de la utilización del deber de, más infinitivo que hemos estudiado todos en alguna ocasión y que a menudo —yo la primera— utilizamos mal. Cualquiera puede pensar que soy una exagerada, pues no, no soy nada exagerada, las palabras como la sintaxis pueden llegar a crearnos ansiedad, tedio, histeria, alegría, tristeza, cachondeo, risa… miles de sensaciones y sentimientos los cuales no se pueden entender nada más que en el ámbito lingüístico de la palabra. Sí, uno se puede volver tarumba, u odiar a alguien por cómo habla, por cómo utiliza el lenguaje, por cómo se deforma en definitiva nuestro tesoro histórico más rico: la lengua. La utilización de la @ como morfema de género es solo un ejemplo de ello, las terminaciones de los participios en -ao en lugar del tradicional y tan musical para el oído -ado. Son los periodistas —desolé—los que por una cuestión estratégica hacen uso multitudinario y público del idioma, errando la mayoría de las veces, creando muchos vicios también.

¡Qué poquitito vocabulario tenemos, pero qué poquitito! Hemos asistido ya varias veces al entierro y funeral de muchas palabras, frases que se han desterrado ya de forma insólita, ya de forma terrible y ahí estamos, ahí están todas las reglas y normas como los porteros de la Casa de los Horrores. Yo digo que una pintura, una pieza de música, una escultura, pues o me gusta o no me gusta, o me hace sentir algo o no, o bien me quedo solo en el que me guste, aparte de si lo entiendo o no lo entiendo que imagino yo que como los expertos en la materia no habrá quién. Digo que el arte o me gusta o no, pero lo que no haría de ninguna manera es tergiversalo, interpretalo mal, insultar al creador arremetiendo con su vida o su persona...Pues eso, eso mismo es lo que se hace con los escritores, ensayistas, poetas y sus obras literarias. Un poeta o me gusta o no me gusta, pero nunca me meteré –aunque por mi condición de Filóloga pudiera hacerlo- a decir cosas destructivas de su obra. Sé lo que cuesta por ejemplo rellenar tan solo una página en blanco. Hazlo tú. Punto filipino. ¿Por qué? Porque no, respeto mucho el arte como para hacerlo y además cualquiera te puede sorprender en un momento. Una vez conocí a una poetisa desconocida con una obra que nadie conocía ni respaldaba y la tía me pareció magnífica. Me pareció una poeta increíble. No sé qué habrá sido de ella pero lo voy a averiguar. A menudo, escuchamos la misma monserga. Si escribes para la mayoría, eres simple y cometes errores, si lo haces subido de grado, entonces nadie te entiende y lo que quieres es hacer un alarde de retórica, sólo destinado a los especialistas, esos que también repatean a los paupérrimos e ignorantes lectores medios como mi amigo. El especialista, es el crítico, el opinador y éste en efecto muchas veces castiga o premia el hecho literario, el texto de autor, con gran facilidad. Triste, severo e inhumano, es cierto, pero al menos sabrá lo que dice puesto que se dedica a ello, es un experto. Por lo mismo que una intervención médica solo debería ser juzgada por otro médico a poder ser éste sin prejuicios, igual sucede en el mundo literario. Eso sí, tanto los pacientes de los médicos como los lectores que se incluyen en el grupo de nuestro seguidores, probablemente no tendrán la experiencia ni la preparación de un científico o de un filólogo, pero saben expresar la huella de éstos en su vida. De nuevo la ignorancia tristemente nos crucifica y nos lleva a ensalzar a la categoría de Dios al médico carnicero que nos hace ir a su consulta mil veces para hacer que hacemos y cobrarnos, como al escritor que en verdad no tiene nada que contar, pero lo cuenta muy bien, o al que en verdad tiene cosas que contar, pero no lo sabe hacer. Yo creo, que un buen texto escrito a lo largo de una vida, puede hacerlo cualquier mortal, ¿quién no se ha sentido inspirado o dolido en alguna ocasión?, ¿quién si hubiese escrito las palabras de aquella ocasión…? En efecto, es posible, puede suceder que cualquiera puede escribir algo en su vida realmente bueno, pero eso no quiere decir que sea escritor, que sea un creador y que en el mejor de los casos pueda ganarse la vida con su escritura. Si es tan fácil hágalo usted mismo, o usted, o usteda que mira mi texto con superioridad… Es posible del mismo modo, que todos los ciudadanos en una situación extrema podamos curar alguien, a nuestro hijo, a nuestra abuela, quizás llevados por una mano divina, pero eso no quiere decir que seamos médicos, ni mucho menos. El buen escritor como el buen médico se pasa la vida arriesgándose a aportar cosas nuevas, se pasa la vida en gerundio, trabajando para que los demás juzguen sus intervenciones. Sin embargo, Dios me libre de decir que el fontanero me ha engañado o que el pintor no sabe lo que hace. El profesional de algo, de siempre, de toda la vida puede seguir monótonamente su profesión, aventurada supongo por alguna razón escondida. Razones hay muchas: necesidad fisiológica, ganas de salvar al mundo, crear cosas y olvidarlas, inventar… y qué pena tan grande cuando contemplamos que cualquier caníbal se cree tan listo, pero tan listo se cree como para juzgar de forma tan maldita y radical.
«Anda, hazlo tú» y sabrás de lo que hablo. Lo que se hace, aunque no guste, es lo que queda y lo que no se hace… Voy a tomarme un café con mi amigo Antonio. Hasta luego.


jueves, 1 de julio de 2010

Cochinitos somos


Hoy escribiré un poco más corto que otras veces y lo haré como una madre que ve los fallos de su hijo, le corrige por ello y sin embargo no consiente que nadie venga a decirle nada, ¡faltaría más! Así es como yo veo España, como una madre a su hijo o hija. Ayer, según me enteraba de las noticias, -sí, veo todos los canales españoles- en particular de la huelga organizada en el metro de Madrid y sus consecuencias, pues me fijé en algo que a estas alturas de la vida y después de vivir ocho años fuera no pasa indemne por mi cabeza y era la porquería que se acumulaba en el suelo cuando la imagen de la cámara enfocaba a los autobuses. Es decir, me fijé y me acordé de lo sucios que somos en España. Yo lo siento, pero es así, y lo siento de verdad porque me repatea bastante llegar a mi ciudad Madrid o a otra cualquiera del país y ver todo a veces en tan lamentable estado de suciedad. Ya sé que se metieron mucho con él cuando mi amigo Sánchez Dragó dijo que los madrileños eran muy sucios, pero es que va a ser verdad. Vivir fuera y en Europa concretamente tiene –como todo en la vida- su lado positivo y otro muy negativo del que puedo dar fe, sin lugar a dudas. Pero en esto del paisaje, uno se acostumbra a que todo está muy limpio, incluso en las zonas de descanso de la autopista, las playas...se pueden encontrar las toilettes en un más que razonable estado de limpieza. ¿por qué no encontramos esto en España? ¿Quiénes son los que se encargan de ensuciarlo? Estoy segura de que en nuestro país hay más papeleras por metrocuadrado y habitante que por ejemplo en Holanda o Francia. ¿Qué hacen los europeos con sus basuras? Pues no lo sé, yo solo sé que llevo el coche como “el tío aguaviva” de los pequeños papelitos de chicles, envoltorios de las meriendas de mis niños...porque no sé donde tirarlo y hasta que no llego a mi casa no me desembarazo de la porquería. Lo cierto es que una vez que te acostumbras a vivir aquí este tipo de cosas te chocan mucho cuando vuelves a España. Yo puedo hablarlo “sotto voce” pero no te quiero ni contar cuando “alguien” un francés sobretodo o un holandés me dice que España es muy sucia. Si la fuerza tiene forma física entonces se me puede ver transformada en un mamut agresivo, pero con todo, me tengo que aguantar y poco puedo decir o hacer en defensa. Vamos que me sienta como un tiro, lo reconozco.

Cuando viví en Canarias, la excusa era el viento, quiero decir que como son islas muy ventosas pues la fuerza del viento arrasa con todo poniéndolo perdido. Tampoco sé si esto es verdad porque he vuelto hace muy poco a Las Palmas y me he encontrado una ciudad mucho más limpia, pero mucho más, que cuando yo viví allí. Luego no era el viento. No voy a entrar ahora en lo de hacer botellón o no hacerlo, aquí está prohibido y punto, pero sin embargo hay manifestaciones de jóvenes en muchas circunstancias de conciertos, reposo en los campus universitarios y otras movidas más en las que desde luego no es preciso que vengan –como he visto en Madrid o Andalucía- patrullas de barrenderos para quitar los millones de desperdicios, horribles, que mancillan nuestras calles, con lo bonitas que son. En fin, el tiempo todo lo mejora o lo empeora, ya veremos y como dijo Immanuel Kant "Como el camino terreno está sembrado de espinas, Dios ha dado al hombre tres dones: la sonrisa, el sueño y la esperanza”. De momento, no me queda otra.

Lee y piensa: samaritano o fariseo ¿qué eres?

samaritanos, fariseos...

Los libros sagrados siempre me han interesado en grado extremo y es por ello que mis reflexiones sobre la vida alcanzan también a una de la...