sábado, 28 de agosto de 2010

Rencontre dans l'eternité






La vie s'achève,
La vie se termine tout simplement.
Un jour ce sera comme tu as dit
Parce que je suis venue pour cela
Pour le salut de mon âme
qui ne trouve sa fin qu'en toi.
J'ai pu le constater
En accourant au rendez-vous, simplement
Parce que j'ai voulu être là, maintenant,
Et ce sera à jamais
Parce que c'est mon vœu.
Parce qu'on ne peut éviter d'être soi
Je l'ai choisi à cause de toi
Comme quelqu'un qui choisit la compagnie d'une étoile
Je te pressens par moments
en parfaite communion, mais seulement par moments
Je comprends maintenant comment en t'éloignant
Je ne t'entends plus
Et je ne le supporte pas
Parce que je veux continuer encore, un instant.
En voyant maintenant que la vie n'a plus de sens
N'a plus le sens qu'elle avait quand tu étais là…
Toi seul peux donner du sens, alors,
Je préfère mourir et aller à ta rencontre.
Oui, toi, non pas ton corps ou ton âme,
Mon amour, âme de mon âme
jumelée à la mienne
Dans un acte d'amour perpétuel, mon ami,
Comment est-ce possible ?
Ce n'est pas l'époux ni l'épouse mais l'ami,
L'amour pur non identifiable
Qui peut nous fondre tous les deux
Etant, l'un et l'autre, comme tu le sais.
Un rêve hautement fou,
Une folie d'amour parfait
Une union et encore plus d'amour
Cet amour qui mord sur l'éternité
Cet amour dont nous avons tant parlé
Cet amour d'où nous venons
Et vers où nous allons pour notre rencontre
Parce que la vie, c'est aujourd'hui,
Parce que la vie s'achève et se termine
Non pas en toi, ni en moi,
Mais en nous quand tout commence.
La mort n'est pas ce que l'on dit
C'est notre commencement.
Oui, je veux être là-bas pour toujours
Là-bas, près de toi pour l'Eternité.
********
Sencillamente la vida se acaba
Sencillamente la vida se termina
Un día será así, tal y como tu dijiste
Porque para esto he venido
Para la salvación del alma cuya salida
Solo tiene su final en ti.
Ya lo he podido ver.
Y acudiendo a la cita estaremos allí
Solo porque he querido estar, ahora,
Y también será por siempre,
Porque lo he deseado.
Porque no se puede evitar al ser yo
Elegida por ti
Como quien elige la compañía de una estrella
Solo te presiento en instantes
De perfecta comunión, pero solo instantes.
Ahora he visto cómo al irte de mi presencia
Ya no te puedo sentir.
Y no lo puedo soportar porque
Quiero seguir en ese instante.
Y ahora al ver que la vida ya no tiene
El sentido que había recobrado
Porque no estás...
Y que solo tú puedes dárselo
Prefiero morir, y avanzar al encuentro.
Sí, tú, no el cuerpo, sino el alma
Alma de amor, alma humana
Que ahora gemela es de la mía
En un acto de amor perpetuo, amigo,
Como solo puede ser realizado
Por el amigo, no el esposo, tampoco la esposa.
El amor puro no tiene identidad
Pudiendo encontrarnos los dos
Siendo uno, tal y como tú sabes.
Por una locura perfecta de ensoñación
Por una locura perfecta de amor
De unión y de más amor completo
Ese que lleva a la Eternidad
Ese del que ya hemos hablado
Aquel de dónde venimos y
Hacia dónde vamos a reunirnos
Porque la vida solo es hoy
Porque la vida se termina y se acaba
Pero no en ti, tampoco en mi,
En nosotros, ahora comienza.
Sabiendo ya que la muerte no es tal
Sino el comienzo de nosotros
Sí, allí por siempre quiero estar
Allí, contigo en la Eternidad.




miércoles, 25 de agosto de 2010

Dioses




El hombre se pregunta si Dios existe
Aunque Dios también se pregunta lo mismo.
El hombre intuye a Dios
Lo ha intuido a veces o lo ha visto
O quizás lo ha negado
Sin saberlo, se niega. Lo negamos.
Nadie puede saber si existe
por la función de nadie
menos por la experiencia de otro.
Dios tiene muchas proyecciones
una de esas eres tu.
Y tiene maneras
Y solo se puede saber por uno mismo
Si existe o no, si está y dónde está.
El hombre piensa en encontrarlo
Dónde o dónde no está y desarrollarlo.
Sí, sí, la divinidad.
Todos somos dioses y se debe saber.
Tampoco nadie puede saberlo por la
Función de nadie, ni su experiencia
Cada uno es un dios y podemos verlo
En los otros, en ti, en mi.
Acciones, hechos, alegría, inteligencia...no lo sé.
Dios existe en las personas, en aquellas que
Quieren que esté él y aunque tu no lo creas
Está en ti, porque tu eres también Dios.
Y yo... lo sé ver, como lo veo en ti.
He visto tu Dios dentro de ti
He visto como las estrellas escribían tu nombre
Y me lo han susurrado al oído
Cuando yo misma sabía desde hace mucho
Que tu estabas ahí.
Si el hombre es la proyección de Dios o
Si Dios es la proyección del hombre
No lo sé porque no me importa
Si es verdad que Dios habla por las personas
Y hace música, y palabras y miradas
Si todo eso hace o lo hace el hombre
Es una prueba de su existencia, no del hombre
Si no del Dios que hay en cada hombre.
Como sea, hoy te he encontrado
Como sea, hoy te he visto ¿te acuerdas?
Estabas ahí o eras Dios?
No lo quiero saber.
Hoy te he visto recuerda: En las estrellas,
no en el mundo. Ahí, en las estrellas y he vuelto a ti.

lunes, 23 de agosto de 2010

Presagio de terror


Había comenzado de repente a sudar y a temblar aunque no daba crédito a lo que estaba viendo. Se levantó con taquicardia, seguía sin saber si era un sueño, o era el sueño de un sueño, aunque los ruidos eran espantosos y no sabía qué estaba sucediendo. Salió al pasillo, nada, miró en la toilette, nada, pasó a mirar en las habitaciones de al lado, otra vez nada. Iba temblorosa con ese latido que te da la desconfianza, el temor de que algo está pasando y sin embargo no sabes lo que es. Se acostó de nuevo para intentar dormir, cosa espantosa cuando el sueño se interrumpe de esa manera. Escuchaba un ruido como de tren que achacó simplemente a los ruidos familiares de su cerebro, de los acuífonos que le producían sus oídos. Tras la ventana abierta, los cuervos gritaban ferozmente al tiempo que se multiplicaba el sonido producido por el crujir de la madera del ventanal, oxidado por el tiempo. Una vuelta y otra más. Poco a poco iba cayendo en su letargo. Volvió la pesadilla, esta vez era su amiga Sandra que se subía en un coche rojo acompañada por otra mujer, que a Martina le resultaba realmente familiar. De pronto pudo ver que esa otra mujer que acompañaba a Sandra no era tal, sino que era un hombre travestido que la quería asesinar. Martina comenzó a gritar como cuando se grita en los sueños y nadie te oye o como cuando quieres correr y no avanzas nada. Quería violarla y había conseguido engañarla con esa mudanza de su físico. Nadie hubiera pensado jamás que fuese un hombre. Sandra en tanto que médico, tuvo compasión de aquella mujer, hermosa, -que resultó un hombre- apiadandose de ella con el hábito de la profesión y accediendo a llevarla a un hospital, pues en su consulta tenía el escanner estropeado. A pesar de todo pudo ver cómo aquel hombre convertido en mujer atacaba sin compasión a Sandra. Pero Martina no pudo hacer nada, no había nada que pudiese hacer. tan solo visionar en su mente la tragedia que estaba sucediendo. Se despertó de nuevo, esta vez el corazón se le iba a salir y decidió llamar a Sandra convencida de que todo había sido un sueño. Marcó el teléfono y se quedó impávida cuando la llamada fue contestada por una voz terrorífica, sangrienta, de hombre. Dijo: -no, aquí ya no vive Sandra y tu Martina, será mejor que te pongas en guardia. En realidad, no daba crédito a lo que estaba pasando, ahora Martina estaba al borde de la locura, sin saber en qué punto de la realidad estaba. Perdida la capacidad para relajarse quiso cambiar las ideas, distraerse, leer, ver algún programa de la tele sencillo, entretenido, cualquier cosa para descentrar su mente de semejante horror. Dio unos paseos por la casa, y se bebió un vaso de leche. La taquicardia iba creciendo sin compasión y sin poderla controlar y Martina se preguntaba qué le estaba pasando, si en realidad solo había sido un sueño. Entonces regresó a la cocina e ingirió 40 miligramos de propanolol, con eso regularizaría el ritmo cardíaco. Intentó racionalizar la situación de alguna manera: -Sí, es un sueño, hasta ahí muy bien,  pero yo he llamado a casa de Sandra y he recibido un mensaje amenazador. No sé, quizás me he confundido o quizás la digoxina no me ha sentado bien, esa medicación maldita para cardiópatas me va a provocar alucinaciones. Será así, pero –pensaba- la voz terrible pronunció mi nombre diciendo: Martina será mejor que te pongas en guardia. ¿Y Sandra? Qué estaría pasando. Decidió encender la tele.


En este momento, un sudor helado comenzó a recorrer su cuerpo. En efecto no estaba sola. Por la pantalla televisiva podía ver un recorrido de su propia casa con una cámara oculta. Martina podía ver la primera habitación de invitados, la segunda habitación de invitados, los largos pasillos, todo filmado al detalle con una cámara y eso lo podía ver ella en su propio televisor. Veía su propia imagen difuminada, ella se veía asimisma porque alguien la había grabado o alquien la estaba grabando en ese preciso momento. Ahora sí que empezó a temblar, era como si tuviese muchas presencias detrás de ella, como si la persiguiesen todo el tiempo, por eso tenía taquicardia porque sentía esas presencias de una forma demasiado real. Estaba inmóvil sin saber que hacer. Sentía un ahogo en la garganta insoportable, parecía que el corazón se iba a salir de su maltrecha caja. Al mismo tiempo escuchó un fuerte ruido como de algo que se hubiese caído en el piso de abajo. No podía apenas moverse porque el pánico se había apoderado completamente de Martina, no se atrevía a mirar a los lados y mucho menos detrás de su sillón porque tenía clarísimo que había presencias, aunque estas fuesen ciertamente invisibles, ella las sentía perfectamente, y escuchaba sus susurros aunque no podía entender qué estaban hablando, se trataba sin duda de otra lengua, no era español. Continuaba viendo en su televisor las imágenes de su casa filmadas en directo. Sin duda había alguien. Comenzó a temblar como solo se tiembla cuando se siente el terror llegando a un estado de no control verdaderamente desquiciante. Se hizo pis, era el pánico. Pasó algo de tiempo. De repente escuchó la voz de Isabel, la asistenta, llegada a la realidad: -Señora, señora está usted bien?. Martina despertó avergonzada de sentirse toda ella empapada. Estaba en el salón. ¿Qué hago aquí? –dijo Martina.
-No lo sé, respondió Isabel, pero enseguida le preparo su café.
-No gracias Isabel, hoy no tomaré café, no me siento bien, estoy muy agitada. Tomaré infusión.
-Señora Martina, ¿seguro que está usted bien? Martina estaba blanca como el nácar, el cabello pegado empapado en sudor, unas ojeras negras cadavéricas y empapada toda ella en agua, orina y sangre.
-He debido de perder el conocimiento. No lo sé. Últimamente no estoy muy bien.
-Señora la ayudo, usted no está bien.
-Es verdad, Gracias, no se preocupe es solo un desarreglo de la menstruación y que estoy algo cansada.
-Está bien, pero la acompaño al baño y la ayudo.
-De acuerdo Isabel, gracias por todo.
Cuando llegó al cuarto de baño, encontró una cámara de video y varias cintas tiradas por el suelo con cables.
-Isabel, dijo: Lo siento señora olvidé ayer mi aparato de video. Al pronunciar estas palabras Martina reconoció en Isabel el travestido del coche de su amiga Sandra.
Dio un espantoso grito.

lunes, 16 de agosto de 2010

Genoveva e Isabel: una historia surrealista acaecida probablemente en mi despacho

Habitación naranja, soleada y con un tragaluz por el que entra un sol de justicia. Muebles antiguos de anticuario rellenan las paredes. Dentro contienen libros cuyos lomos se transparentan por los cristales de las puertas. Todos ordenados por colores.

Genoveva (mujer muy alta, pelo corto naranja, zapato plano, largas piernas, abrigo negro hasta los pies).
(Para sí.) No entiendo la guerra en ninguno de sus aspectos por muy ligada que esté a la condición humana. ¡Maldita tortura! Lee en voz alta: «Presidente americano sin jubilación busca quien le cuide». Será esto posible. No sé por qué no hemos puesto cortinas con lo bien que van con la decoración, ciertamente son mucho más prácticas que estos estores modernos, además, ¡qué diablos!, las cortinas clásicas nunca se rompen. Habría que hacer una campaña de fomento de la cortina clásica, larga, aterciopelada, caliente, tupida… En fin, voy a comerme el bocadillo antes de seguir, pensándolo bien, diría que tengo hambre.
(Llaman a la puerta de la estancia).

Genoveva.—¿Quién es? (Para sí). Vaya hombre… ahora que iba yo a hincarle el diente al bocata. Me da igual… (Con voz alta). Entre, por favor…(Es Isabel, cabello muy largo, rubio, tez blanca y con amables pecas. Apariencia graciosa. Lleva una gabardina clásica).
 Isabel.—Puedo entrar? ¿No le molesto?
Genoveva.—Sí, me molesta y mucho, pero puede entrar.
Isabel.—Perdón… ¿se dispone a almorzar?
Genoveva.—Creo que es evidente sobre todo cuando tengo un bocadillo delante de mí. Pero… diga, diga… ¿qué deseaba?
Isabel.—(Con cierta timidez). Pues venía a preguntarle y a decirle ¿cómo está usted? Además, a saber su opinión.
Genoveva.—Pues estar lo que se dice estar… qué quiere usted que le diga cuando uno se dispone a comer y le interrumpen… (mirándola fijamente).
Mi opinión sobre qué.
Isabel.—Me interesa saber qué piensa usted de un amanecer con flamencos de largas patas que corren con cara de asombro.
Genoveva.—Hombre, si corren con cara de asombro y no como una tortuga común… eso es… son cosas diferentes.
 Isabel.—Sí, sí… son flamencos que corren con verdadera decisión, como para ir al economato justo en el momento en que van a cerrar. La universidad antes tenía economato y puerto de mar, ahora… El amanecer es naranja.
Genoveva.—Bueno si es naranja… Soy la única profesora a la que han permitido pintar y decorar el despacho de color naranja… después de la última huelga que emprendí en solitario. ¿Se acuerda usted?
Isabel.—Por supuesto que me acuerdo. Usted reivindicaba un amanecer en el despacho y posibilidad de mantener el economato en la misma Universidad gestionado por estudiantes. Nadie pudo soportar aquellos días de huelga y cómo se defendió usted. (Isabel se quita la gabardina. Lleva un traje de lagarterana).
Genoveva.—(Que la mira con cierta estupefacción). A su traje de lagarterana le faltan algunos bordados, ¿no? Le decía que no encuentro yo ningún mérito en ello, salvo el poder de defensa de las libertades y de los derechos de uno. Yo quería un despacho en el que amaneciera y se iluminara todo de color naranja cada vez que a mí se me antojara... vivo aquí. La Universidad es estricta cuando menos. Pero, en fin, creo que de algo sirvió, al menos algunos han apoyado mi iniciativa. El profesor de fonética histórica viene a clase vestido de piel roja sin que pase nada, yo le cambiaría sin duda las plumas de la cabeza por una calva con cresta en el medio… más como de guerrero sioux. Creo que los hombres no tienen gusto, y menos para llevar chaquetas de pana. Y es que cuando pasan la edad de 50 años, son en su mayoría insoportables no sólo por la pana, sino porque en tanto que profesores les salen todos los complejos infantiles y de repente se convierten en papagayos con corte. Los profes hombres son así, hablan ex cátedra de las 14mayores absurdeces, quousque tandem abutere patientia nostra... catilinarias verde fucsia.
Isabel.—Sí, siempre he pensado que el latín tiene color.
Genoveva.—Sin duda, sin duda, joven lagarterana y gallega.
Isabel.—¿Yo gallega?
Genoveva.—Sí, del Ferrol, no puede usted negarlo.
Isabel.—Es verdad. Pero por favor, coma, coma usted, perdone mi inoportunidad… soy tan barroca. Por cierto ¿de qué es el bocadillo?
Genoveva.—(Para sí). Y qué le importará de qué es el bocadillo. (Alto y mirando a Isabel). Bueno, vamos a ver, el bocadillo es de queso con lechuga, pero no le pienso dar, siempre me ha dado rabia, me ha sacado de mis quicios tener que dar de mi bocadillo. Mire usted, cómprese uno o mejor fabríquelo usted misma. Un bocadillo de buen queso es lo mejor, después es conveniente leer a Schopenhauer. Pero siga, siga.
Isabel.—Yo leo a Schopenhauer y a otros más. Mientras lo hago doy sacudidas  con esta melena gallega para espantar a los mosquitos y mastico gominolas.
(Suena la puerta. Voz: ¿Podemos entrar profesora?).
Genoveva.—¿Si me dice quien habla?
La Voz.—Somos los de los muebles.
Genoveva.—Ah, sí. Pues entren, entren.
La cuadrilla va vestida de guerrero ninja. Hay un quinto mozo que entra por la ventana descolgándose con arneses.
Mozo.—Soy el antenista.
Genoveva.—Bueno, bueno, muy bien, pero por favor sean breves.
Isabel.—Lo siento, quizás sea mejor que vuelva en otro momento... tiene usted mucha gente aquí.
Genoveva.—No se inquiete, haga usted como si no estuvieran… y si  tiene que preguntar, pues pregunte, hija, pregunte, pero pregunte cualquier cosa que no sea de la tesis doctoral. Esa la tendrá que hacer usted misma y yo no pienso ayudarle en absoluto. No pierda el tiempo y escriba lo que considere debe escribir al margen de lo que yo le diga. (Hace el pino).
Isabel.—(De súbito). Sí, sí. Bueno… de las miles de preguntas que quiero hacerle a usted, me gustaría saber ¿por qué quiere morirse aquí mismo?
Genoveva.—Pues porque me parece lo mejor que hay. Es mi despacho.
No puede usted imaginar el gusto que uno puede llegar a tener sabiendo que se va a morir donde quiera y puede que cuando quiera.
Isabel.—Pero es que usted no puede morirse, ¿qué vamos a hacer con el amanecer?
Genoveva.—Pues tendrán que conformarse con el atardecer, qué quiere usted que le diga, joven. (Eleva los ojos al cielo).
Isabel.—Si deja de venir usted al amanecer… no encontraremos sentido a la existencia. La Universidad se transformará.
Genoveva.—Pues tendrán que conformarse con el atardecer, es más acidillo y las personas empeoran su estado de humor, pero también aparecen frases y palabras que luego nos ayudan a dormir. Yo, como ya no quiero dormir más, so pena que sea la definitiva… pues eso. Pero antes tengo que acabar este —mi último diría yo—escrito. Pero qué quería usted, al entrar dijo que quería saber mi opinión.
Isabel.—Su opinión cuenta y mucho. ¿Tiene aquí a Nietzsche?
Genoveva.—Ya ve y si no lo ve es que es usted tonta de remate, que estamos todos. Que me quedo aquí para siempre y no se hable más. Pero mi opinión de qué de Nietzshe?
Isabel.—Eso sería el comienzo.
Genoveva.—(Atizando definitivos mordiscos al bocadillo de queso.) El comienzo con Nietzsche no es comienzo, no es amanecer. Yo sostengo y creo que está usted al corriente, que Nietzsche jamás existió.
Isabel.—(Que mira con ansiedad el bocadillo. Con decisión.) Ya tengo claro que no me va a dar de su bocadillo y que además come usted con un ruido que irrita, quiere sin duda molestarme. Todo el mundo lo sabe. Recuerdo cuando durante su huelga comía con ruido y boca abierta en aquellos micrófonos que nos torturaban por todo el campus.
Genoveva.—Bien, ¿ha terminado? Si ha terminado como si no, se puede usted marchar y dejarme sola en mi idilio con el queso de cabra. He sido muy amable con usted al dejarle entrar y conversar algo. Adiós, joven Isabel, vuelva usted mañana y a otra hora a ser posible. Opinión… opinión. Yo no tengo opinión. Yo no soy nada, no ve que no tengo ningún interés en existir. Que no existo ¡leche!
Isabel.—Por favor, doña Genoveva, eso es una infamia, cómo puede decir algo así. Directora de departamento, catedrática honoris causa por  veinticinco universidades. ¡Si usted ha cambiado el mundo! Desde que usted estuvo aquellos diez días por los micrófonos a grito pelado diciendo ao, ao, ao, ya nadie pronuncia los participios en -ao, incluso algunos sustantivos como bacalao se han establecido gracias a usted como uso general en: bacalado, Bilbado, Colacado. Usted, y solo usted lo ha conseguido. Al principio nos parecía un método agresivo, pero después hemos visto lo adecuado de la tecnología, en definitiva la aplicación de la teoría a la práctica de los usos mal utilizados.
Genoveva.—Sí, claro, sobre todo después de los miles de suicidios que se habían recogido este año, el daño social que experimentaban las gentes cuando tenían que escuchar las desinencias en -ao, era cuanto menos como para suicidarse.
Con razón algunos se quitaban la vida… y es que no somos nadie con tanto suicidio. De eso sí estoy satisfecha, hemos conseguido que -ado se establezca en la sociedad. Comer sin ruido fue más duro, yo misma lo llevo mal según ha podido usted comprobar. (Mira fijamente a los azules ojos de Isabel). Mejor vuelva usted mañana, señorita Isabel. Le daré la bibliografía prometida, ahora tengo que terminar mi bocadillo e ir a la compra. (Uno de los operarios se descuelga rapelando como Spiderman, los otros cuatro integrantes de la cuadrilla incluida la voz cogen muebles los levantan y los pasean por toda la estancia canturreando a Pavarotti). De mi opinión hablaremos mañana.
Isabel.—Bien, profesora Genoveva, mañana vendré otra vez. No sabe cuánto le agradezco que me haya atendido, aunque no me haya dado nadita de su bocadillo.
(Vuelve a sonar la puerta).
Genoveva.—(Aparentemente da por concluido su almuerzo). ¿Quién es?
(Isabel mira con estupor y terror los ademanes de doña Genoveva, quien mueve sus brazos tarareando una canción de un cantautor conocido, la cosa más horrible del mundo).
Isabel.—¿Cómo puede usted cantar eso? Es espantoso.
Genoveva.—Lo hago para ver si los de la puerta y los de los muebles se largan. En fin, ¿quién es?
Voz: Somos los peluqueros.
Genoveva.—(Con voz de mezzosoprano lanza un grito igual que el del final de Tosca.)
Esta es la mía, señorita Isabel, marque usted el número de la policía. (Isabel marca el número y le pasa el auricular a Genoveva).
Genoveva.—¿Es la policía? Por favor vengan de inmediato, ya están aquí.
Voz: Entran con todo tipo de elementos de peluquería.
Genoveva.—Recuerde el alma dormida… (Comienza a recitar los cuartetos manriqueños a grito pelado).
Isabel.—(Mira a Genoveva con admiración y la acompaña en la recitación). cómo se pasa la vida… tan callando.
La cuadrilla da por terminado su trabajo de pasear los muebles. Vuelven a dejarlos en su sitio y el antenista termina su rapel por la antena.
Antenista.—¡Señora, ya está todo en su sitio!
Genoveva.—Bien, bien, pues decline usted rosa-rosae; si no, no le pago.
Isabel.—Hace usted muy bien doña Genoveva, no le deje salir y no le pague mientras no cante todas las declinaciones.
Antenista.—(Que se ha quitado el traje de escalar): rosa, rosa, rosa, rosae, rosae rosa, rosae rosae rosa rosarum rozis rozis.
Genoveva.—¿Cómo que rozis rozis?
Isabel.—(Suelta una carcajada descomunal) rozis… de Rocinante, claro.
Genoveva.—Bueno, hijo, creo que usted debe estudiar un poco más…o… no se ha enterado ado, ado de nada. ¿Acaso es usted andaluz por casualidad?
Antenista.—Sí, señora, toda la vida ida ida, todos mis ancestros lo son.
Genoveva.—Con razón. Bueno, como le dije, vuelva usted mañana y veremos si ha mejorado su latín. Recoja, por favor, todos sus elementos de trabajo y deje ya de saltar ¡Hombre de Dios, no se puede botar de esa manera y declinar al mismo tiempo! Decídase usted sobre lo que quiere hacer y mañana lo volvemos a ver. Adiós. (El antenista-hombre-araña con un gran salto desde el mueble, sale).
Genoveva.—(Para sí). Ustedes los peluqueros, no tienen perdón de Dios. (Entra la policía haciendo mucho ruido ¡al suelo, al suelo! Los peluqueros se tiran al suelo con las manos atrás, dejando todos sus instrumentos criminales en la mesa.)
Genoveva.—Digan ustedes qué pensaban hacer a la policía.
Peluquero 1.—(Con pánico). Sólo veníamos a peinarla, aquí a domicilio, yo quería hacerle un brussing.
Peluquero 2.—(Aterrado). Bueno, yo había pensado practicarle un moldeador.
Genoveva.—Eso, para achicharrarme el pelo al tiempo que la cabeza. ¡Muy bien! Y seguro que ni zorra de quién era Cervantes, ¿o me equivoco?
Peluquero 3.—(Con la voz entrecortada). No se equivoca usted, doña Genoveva, desconocemos quién era Cervantes, pero estamos vivos.
Isabel.—¡Qué atrevimiento!
Genoveva.—Eso no es vivir, señor mío; ¡qué atrocidad no conocer a Cervantes y pensar que están vivos!
Policía.—¿Cuántas escabechinas no habrán hecho durante La semana del peluquero. Veníamos siguiendo sus pasos, ¡sinvergüenzas!
Genoveva.—Yo tenía razón señores policías, verán: ¿qué es una perífrasis verbal?
Peluqueros.—Silencio absoluto.
Isabel.—Sea usted implacable, doctora.
Genoveva.—Descuide. ¿Y cuántas cabezas más no pensarían desgraciar?
Bien, llévenselos. Los hemos cogido a tiempo. Ustedes solo quieren cambiar las vidas y apariencias de las personas, sin respetar su libertad, además de ser  unos zopencos de marca mayor.
(Salen todos, policías, peluqueros, antenista, cuadrilla de los muebles e Isabel que se despide de Genoveva con grandes abrazos con golpecillo masajeador en la espalda. Una despedida de complicidad).
 Isabel.—Profesora… mañana vengo otra vez.
Isabel.—Sí, venga usted, pero con su propio bocadillo, así no sufrirá por lo que no tiene, como yo por lo que no he escrito hoy. Cierren la puerta por favor, adiós, adiós a todos.
(Queda Genoveva en silencio, de pie recorre la estancia en pequeños saltos, primero sobre el pie derecho y después sobre el izquierdo. Al mismo tiempo recita sonetos de Quevedo. Es su despacho donde vive y hace lo que le da la gana).

martes, 10 de agosto de 2010

Mira mamá lo que sé hacer

Es un día gris de niebla, los parques están vacíos y no hay nadie por la calle. Es Europa y no importa cualquiera que sea el país porque son las cuatro de la tarde. La peor hora del día. Madre (de 35 años) e hijo (de 12) pasean solitarios, hace frío, todo es de color gris, edificios grises, aire gris, oxígeno gris. El niño va vestido como un antiguo, abrigo largo, chalequito, camisa de rayas gris, pantalón de cuadritos, botas de piel marrón. Le asoman cabellos rubios detrás de una gorra de pana muy abultada. La madre lleva una boina de color rojo con una trenza rubia, abrigo rojo con cuello y botones negros, leotardos de rayas y zapatos planos de charol. Está contenta y tranquila.

Madre.—¿Qué tal, hijo, cómo has tenido hoy el día? ¿Qué has comido?
Niño.—No me gusta la escuela, mamá, hubiera querido quedarme contigo en casa y leer juntos libros e historias.
Madre.—Nada me gustaría más que eso.
Niño.—Entonces, ¿por qué no lo hacemos?
Madre.—Porque no se puede.
Niño.—Y por qué no podemos almorzar juntos, no me gusta la comida del comedor, la detesto, los niños se ríen de mí.
Madre.—¿Por qué?
Niño.—Porque dicen que no tengo padres, también se ríen de mis gafas.
Madre.—Hijo, no tienes gafas.
Niño.—Sí, pero ellos creen que sí y con eso basta, nada podrá convencerles de que no llevo gafas.
Madre.—No lo entiendo, bueno sí, la gente incluso desde pequeños no soportan a los que son diferentes, se sienten incómodos. Eso es algo, hijo, con lo que tendrás que aprender a vivir, hemos elegido una vida especial y en ello incluye la no comprensión de los otros, el estar fuera de lugar casi permanentemente… la no existencia, la contrariedad.
Niño.—Se inventan cosas de mí.
Madre.—Eso es natural, se sienten nerviosos al no poder controlarte.
Niño.—Ayer he estado castigado todo el día por querer hacer huelga, en realidad no por querer hacer huelga, sino porque no han entendido mis razones, porque los demás compañeros no han secundado la huelga, no lo han creído necesario. Ya sabes que si las ideas no son compartidas por la inmensa mayoría entonces se convierten en enemigas.
Madre.—¿Y no has podido convencerlos?
Niño.—No, en realidad no me han dejado. Quise hacer huelga por diversas razones entre otras la de protestar por la supresión del latín en las escuelas.
Madre.—El latín debe estar en las escuelas.
Niño.—Sí, pero pocos son los que así lo creen. Estos días son únicos.
Madre.—¿Por qué?
Niño.—Porque son los únicos días de mi vida en que tendré 12 años, después creceré y dejaré de ser un niño, mamá. Yo he pasado toda mi infancia contigo, he aprendido contigo y ahora que tengo que «integrarme» no lo puedo hacer. No puedo compartir con nadie las lecturas que hemos hecho, porque ninguno de mis compañeros ha leído las cosas que yo, ninguno, y eso me aísla aún más.
Madre.—Ya te dije que a los 12 tendrías que integrarte o convivir con los demás, no podemos seguir el programa de estudios en casa de por vida.
El individuo necesita relacionarse.
Niño.—¿Para qué? ¿Para que le miren a uno con los ojos que ellos quieren?
Me ven verde.
Madre.—Bueno es verdad que todos somos de uno o de varios colores.
Niño.—Sí, pero yo no soy verde y se empeñan en verme así. Yo soy blanco y se me ve mucho, no entiendo por qué nos hemos empeñado toda la vida en que sea blanco, para que ahora los demás me vean verde.
Madre.—Ya…
Niño.—Además me quitan mis cosas diciendo que he sido yo quien lo ha escondido, engañan a los profesores, dicen que soy yo quien les pega y les roba sus cosas, son agresivos, crueles e ignorantes. Las chicas también se burlan.
Madre.—¿Por qué?
Niño.—Por qué dicen que soy raro, que soy un poco niña.
Madre.—¿Y a ti eso te molesta? La infancia es cruel, lo más cruel y reaccionamos a aquellas experiencias cuando somos adultos, un tiempo en el que ya es todo demasiado tarde y el daño está hecho.
Niño.—En realidad no, yo me conozco y de sobra sé quién soy.
Madre.—¿Entonces?
Niño.—Pues que hacen higas, me miran, ríen… es horrible. Dame la mano, mamá creo que no entiendo la vida, en realidad no entiendo a las personas, a los niños, me siento solo.
Madre.—Sí, te sientes solo, pero no debes sentirte así porque no lo estás, hay quien vela por ti y tú eso lo sabes.
Niño.—He obtenido la mejor nota en redacción, he escrito sobre la soledad  de Dios y sus consecuencias, de cómo lo abandonamos por otras cosas de la vida terrenal y de cómo sufre él a contemplar nuestro desprecio. También sé que a nadie le importan estas cosas.
Madre.—Pero te importan a ti y con eso es suficiente. Cómo has planteado esa redacción… parece algo demasiado abstracto. Bueno, al menos tu profesor ha podido ver algo de tu talento o de tus gustos, la escritura. Todo escritor sufre en sus propias carnes la agresión de la sociedad, el aislamiento, el miedo, la soledad absoluta. Va con la condición de escritor y tú debes observar cómo hacen los demás, cómo se mueven, qué hacen y guardarlo en tu memoria. Seguro que un día aparece alguien que pueda comprenderte y compartir tus ideas además de mí, claro. Piensa que yo también me siento así de mal, estoy fuera de toda costumbre social, no creas que eso sucede solo por ser niño, desgraciadamente también sucede en los adultos. A mí también me han hecho la vida imposible. Tú serás escritor.
Niño.—¿Y tú qué haces para subsistir?


Madre.—Nada, no hay que hacer nada, no hago nada, solo dejar estar las cosas y seguir nuestro camino. Lo más importante no es llegar, sino perseverar hasta el final. Yo me siento muy feliz por tenerte, somos familia, somos genética, tenemos la misma sangre, sentimos de la misma manera, tenemos los mismos gustos y por eso lo que más nos alegra es estar juntos porque lo pasamos bien y no hay nada que explicar, simplemente nos comprendemos con solo una mirada, mirar es muy importante. Yo ahora estoy en paz y te miro.
Niño.—Si, mamá, siempre he tenido tu mirada sobre mi dándome vida, mirándome a cada momento, cuidándome, poreso ahora me resulta imposible prescindir de esa mirada. Tengo miedo.
Madre.—Tú decías, ¿te acuerdas?: mira mamá, mira mamá. Todos los niños lo dicen, los parques están llenos de niños que imploran que sus madres les miren, en realidad, solo quieren eso, solo quieren que su madre les mire todos sus movimientos, mira, mamá, mira lo que sé hacer. Eso es importante, es realmente importante.
Niño.—Sí, pero ahora estoy atrapado en esa mirada y no me encuentro en ninguna parte. Quiero verte madre y no puedo. El niño despierta encuentra nada en su habitación. Se oyen risas infantiles, gritos en parte desagradables y llantos, muchos que rompen una armonía apenas existente. Miles de madres se hacinan en eso que llaman parques. Un lugar donde las mujeres descargan su conciencia consintiendo a sus hijos todo lo que quieren, un lugar donde el juego es programado, pero esas madres están de forma física no espiritual, al tiempo fuman sin parar miles de cigarros con otras que parecen ser amigas, lo de menos en realidad son los niños, estos pueden desaparecer sin que nadie se dé cuenta. Es un mundo mecánico de pequeños robots que saltan en los columpios, que juegan a nada. Hay una madre con boina roja, trenza rubia y abrigo rojo con cuello y botones de terciopelo negro, medias de rayas y zapatos de charol negros que mira y pasea vigilante, sonríe y mira.
Niño.—Mamá, mamá, mira. Recapacita y despierta de su sueño. Mamá está muerta, pero me sigue mirando en sueños, me mira durante el día y en la vigilia. Mamá, mira, mira lo solo que estoy ante el mundo.
Madre.—Nunca te dejo, hijo y estaré en tus sueños siempre que quieras, en ese espacio de la realidad donde nos veremos siempre, en los sueños, en el mejor lugar donde estar.
Suena la puerta. Profesor Méndez, le están esperando para escuchar su conferencia, después tiene la entrevista con los medios de comunicación. Gracias, me había quedado por unos minutos dormido. El profesor se levanta, coloca sus rubios cabellos, se viste su abrigo largo, antiguo y se coloca una gorra abultada.

Sale. Miles de estudiantes le esperan con admiración.

Lee y piensa: samaritano o fariseo ¿qué eres?

samaritanos, fariseos...

Los libros sagrados siempre me han interesado en grado extremo y es por ello que mis reflexiones sobre la vida alcanzan también a una de la...