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Genoveva e Isabel: una historia surrealista acaecida probablemente en mi despacho

Habitación naranja, soleada y con un tragaluz por el que entra un sol de justicia. Muebles antiguos de anticuario rellenan las paredes. Dentro contienen libros cuyos lomos se transparentan por los cristales de las puertas. Todos ordenados por colores.

Genoveva (mujer muy alta, pelo corto naranja, zapato plano, largas piernas, abrigo negro hasta los pies).
(Para sí.) No entiendo la guerra en ninguno de sus aspectos por muy ligada que esté a la condición humana. ¡Maldita tortura! Lee en voz alta: «Presidente americano sin jubilación busca quien le cuide». Será esto posible. No sé por qué no hemos puesto cortinas con lo bien que van con la decoración, ciertamente son mucho más prácticas que estos estores modernos, además, ¡qué diablos!, las cortinas clásicas nunca se rompen. Habría que hacer una campaña de fomento de la cortina clásica, larga, aterciopelada, caliente, tupida… En fin, voy a comerme el bocadillo antes de seguir, pensándolo bien, diría que tengo hambre.
(Llaman a la puerta de la estancia).

Genoveva.—¿Quién es? (Para sí). Vaya hombre… ahora que iba yo a hincarle el diente al bocata. Me da igual… (Con voz alta). Entre, por favor…(Es Isabel, cabello muy largo, rubio, tez blanca y con amables pecas. Apariencia graciosa. Lleva una gabardina clásica).
 Isabel.—Puedo entrar? ¿No le molesto?
Genoveva.—Sí, me molesta y mucho, pero puede entrar.
Isabel.—Perdón… ¿se dispone a almorzar?
Genoveva.—Creo que es evidente sobre todo cuando tengo un bocadillo delante de mí. Pero… diga, diga… ¿qué deseaba?
Isabel.—(Con cierta timidez). Pues venía a preguntarle y a decirle ¿cómo está usted? Además, a saber su opinión.
Genoveva.—Pues estar lo que se dice estar… qué quiere usted que le diga cuando uno se dispone a comer y le interrumpen… (mirándola fijamente).
Mi opinión sobre qué.
Isabel.—Me interesa saber qué piensa usted de un amanecer con flamencos de largas patas que corren con cara de asombro.
Genoveva.—Hombre, si corren con cara de asombro y no como una tortuga común… eso es… son cosas diferentes.
 Isabel.—Sí, sí… son flamencos que corren con verdadera decisión, como para ir al economato justo en el momento en que van a cerrar. La universidad antes tenía economato y puerto de mar, ahora… El amanecer es naranja.
Genoveva.—Bueno si es naranja… Soy la única profesora a la que han permitido pintar y decorar el despacho de color naranja… después de la última huelga que emprendí en solitario. ¿Se acuerda usted?
Isabel.—Por supuesto que me acuerdo. Usted reivindicaba un amanecer en el despacho y posibilidad de mantener el economato en la misma Universidad gestionado por estudiantes. Nadie pudo soportar aquellos días de huelga y cómo se defendió usted. (Isabel se quita la gabardina. Lleva un traje de lagarterana).
Genoveva.—(Que la mira con cierta estupefacción). A su traje de lagarterana le faltan algunos bordados, ¿no? Le decía que no encuentro yo ningún mérito en ello, salvo el poder de defensa de las libertades y de los derechos de uno. Yo quería un despacho en el que amaneciera y se iluminara todo de color naranja cada vez que a mí se me antojara... vivo aquí. La Universidad es estricta cuando menos. Pero, en fin, creo que de algo sirvió, al menos algunos han apoyado mi iniciativa. El profesor de fonética histórica viene a clase vestido de piel roja sin que pase nada, yo le cambiaría sin duda las plumas de la cabeza por una calva con cresta en el medio… más como de guerrero sioux. Creo que los hombres no tienen gusto, y menos para llevar chaquetas de pana. Y es que cuando pasan la edad de 50 años, son en su mayoría insoportables no sólo por la pana, sino porque en tanto que profesores les salen todos los complejos infantiles y de repente se convierten en papagayos con corte. Los profes hombres son así, hablan ex cátedra de las 14mayores absurdeces, quousque tandem abutere patientia nostra... catilinarias verde fucsia.
Isabel.—Sí, siempre he pensado que el latín tiene color.
Genoveva.—Sin duda, sin duda, joven lagarterana y gallega.
Isabel.—¿Yo gallega?
Genoveva.—Sí, del Ferrol, no puede usted negarlo.
Isabel.—Es verdad. Pero por favor, coma, coma usted, perdone mi inoportunidad… soy tan barroca. Por cierto ¿de qué es el bocadillo?
Genoveva.—(Para sí). Y qué le importará de qué es el bocadillo. (Alto y mirando a Isabel). Bueno, vamos a ver, el bocadillo es de queso con lechuga, pero no le pienso dar, siempre me ha dado rabia, me ha sacado de mis quicios tener que dar de mi bocadillo. Mire usted, cómprese uno o mejor fabríquelo usted misma. Un bocadillo de buen queso es lo mejor, después es conveniente leer a Schopenhauer. Pero siga, siga.
Isabel.—Yo leo a Schopenhauer y a otros más. Mientras lo hago doy sacudidas  con esta melena gallega para espantar a los mosquitos y mastico gominolas.
(Suena la puerta. Voz: ¿Podemos entrar profesora?).
Genoveva.—¿Si me dice quien habla?
La Voz.—Somos los de los muebles.
Genoveva.—Ah, sí. Pues entren, entren.
La cuadrilla va vestida de guerrero ninja. Hay un quinto mozo que entra por la ventana descolgándose con arneses.
Mozo.—Soy el antenista.
Genoveva.—Bueno, bueno, muy bien, pero por favor sean breves.
Isabel.—Lo siento, quizás sea mejor que vuelva en otro momento... tiene usted mucha gente aquí.
Genoveva.—No se inquiete, haga usted como si no estuvieran… y si  tiene que preguntar, pues pregunte, hija, pregunte, pero pregunte cualquier cosa que no sea de la tesis doctoral. Esa la tendrá que hacer usted misma y yo no pienso ayudarle en absoluto. No pierda el tiempo y escriba lo que considere debe escribir al margen de lo que yo le diga. (Hace el pino).
Isabel.—(De súbito). Sí, sí. Bueno… de las miles de preguntas que quiero hacerle a usted, me gustaría saber ¿por qué quiere morirse aquí mismo?
Genoveva.—Pues porque me parece lo mejor que hay. Es mi despacho.
No puede usted imaginar el gusto que uno puede llegar a tener sabiendo que se va a morir donde quiera y puede que cuando quiera.
Isabel.—Pero es que usted no puede morirse, ¿qué vamos a hacer con el amanecer?
Genoveva.—Pues tendrán que conformarse con el atardecer, qué quiere usted que le diga, joven. (Eleva los ojos al cielo).
Isabel.—Si deja de venir usted al amanecer… no encontraremos sentido a la existencia. La Universidad se transformará.
Genoveva.—Pues tendrán que conformarse con el atardecer, es más acidillo y las personas empeoran su estado de humor, pero también aparecen frases y palabras que luego nos ayudan a dormir. Yo, como ya no quiero dormir más, so pena que sea la definitiva… pues eso. Pero antes tengo que acabar este —mi último diría yo—escrito. Pero qué quería usted, al entrar dijo que quería saber mi opinión.
Isabel.—Su opinión cuenta y mucho. ¿Tiene aquí a Nietzsche?
Genoveva.—Ya ve y si no lo ve es que es usted tonta de remate, que estamos todos. Que me quedo aquí para siempre y no se hable más. Pero mi opinión de qué de Nietzshe?
Isabel.—Eso sería el comienzo.
Genoveva.—(Atizando definitivos mordiscos al bocadillo de queso.) El comienzo con Nietzsche no es comienzo, no es amanecer. Yo sostengo y creo que está usted al corriente, que Nietzsche jamás existió.
Isabel.—(Que mira con ansiedad el bocadillo. Con decisión.) Ya tengo claro que no me va a dar de su bocadillo y que además come usted con un ruido que irrita, quiere sin duda molestarme. Todo el mundo lo sabe. Recuerdo cuando durante su huelga comía con ruido y boca abierta en aquellos micrófonos que nos torturaban por todo el campus.
Genoveva.—Bien, ¿ha terminado? Si ha terminado como si no, se puede usted marchar y dejarme sola en mi idilio con el queso de cabra. He sido muy amable con usted al dejarle entrar y conversar algo. Adiós, joven Isabel, vuelva usted mañana y a otra hora a ser posible. Opinión… opinión. Yo no tengo opinión. Yo no soy nada, no ve que no tengo ningún interés en existir. Que no existo ¡leche!
Isabel.—Por favor, doña Genoveva, eso es una infamia, cómo puede decir algo así. Directora de departamento, catedrática honoris causa por  veinticinco universidades. ¡Si usted ha cambiado el mundo! Desde que usted estuvo aquellos diez días por los micrófonos a grito pelado diciendo ao, ao, ao, ya nadie pronuncia los participios en -ao, incluso algunos sustantivos como bacalao se han establecido gracias a usted como uso general en: bacalado, Bilbado, Colacado. Usted, y solo usted lo ha conseguido. Al principio nos parecía un método agresivo, pero después hemos visto lo adecuado de la tecnología, en definitiva la aplicación de la teoría a la práctica de los usos mal utilizados.
Genoveva.—Sí, claro, sobre todo después de los miles de suicidios que se habían recogido este año, el daño social que experimentaban las gentes cuando tenían que escuchar las desinencias en -ao, era cuanto menos como para suicidarse.
Con razón algunos se quitaban la vida… y es que no somos nadie con tanto suicidio. De eso sí estoy satisfecha, hemos conseguido que -ado se establezca en la sociedad. Comer sin ruido fue más duro, yo misma lo llevo mal según ha podido usted comprobar. (Mira fijamente a los azules ojos de Isabel). Mejor vuelva usted mañana, señorita Isabel. Le daré la bibliografía prometida, ahora tengo que terminar mi bocadillo e ir a la compra. (Uno de los operarios se descuelga rapelando como Spiderman, los otros cuatro integrantes de la cuadrilla incluida la voz cogen muebles los levantan y los pasean por toda la estancia canturreando a Pavarotti). De mi opinión hablaremos mañana.
Isabel.—Bien, profesora Genoveva, mañana vendré otra vez. No sabe cuánto le agradezco que me haya atendido, aunque no me haya dado nadita de su bocadillo.
(Vuelve a sonar la puerta).
Genoveva.—(Aparentemente da por concluido su almuerzo). ¿Quién es?
(Isabel mira con estupor y terror los ademanes de doña Genoveva, quien mueve sus brazos tarareando una canción de un cantautor conocido, la cosa más horrible del mundo).
Isabel.—¿Cómo puede usted cantar eso? Es espantoso.
Genoveva.—Lo hago para ver si los de la puerta y los de los muebles se largan. En fin, ¿quién es?
Voz: Somos los peluqueros.
Genoveva.—(Con voz de mezzosoprano lanza un grito igual que el del final de Tosca.)
Esta es la mía, señorita Isabel, marque usted el número de la policía. (Isabel marca el número y le pasa el auricular a Genoveva).
Genoveva.—¿Es la policía? Por favor vengan de inmediato, ya están aquí.
Voz: Entran con todo tipo de elementos de peluquería.
Genoveva.—Recuerde el alma dormida… (Comienza a recitar los cuartetos manriqueños a grito pelado).
Isabel.—(Mira a Genoveva con admiración y la acompaña en la recitación). cómo se pasa la vida… tan callando.
La cuadrilla da por terminado su trabajo de pasear los muebles. Vuelven a dejarlos en su sitio y el antenista termina su rapel por la antena.
Antenista.—¡Señora, ya está todo en su sitio!
Genoveva.—Bien, bien, pues decline usted rosa-rosae; si no, no le pago.
Isabel.—Hace usted muy bien doña Genoveva, no le deje salir y no le pague mientras no cante todas las declinaciones.
Antenista.—(Que se ha quitado el traje de escalar): rosa, rosa, rosa, rosae, rosae rosa, rosae rosae rosa rosarum rozis rozis.
Genoveva.—¿Cómo que rozis rozis?
Isabel.—(Suelta una carcajada descomunal) rozis… de Rocinante, claro.
Genoveva.—Bueno, hijo, creo que usted debe estudiar un poco más…o… no se ha enterado ado, ado de nada. ¿Acaso es usted andaluz por casualidad?
Antenista.—Sí, señora, toda la vida ida ida, todos mis ancestros lo son.
Genoveva.—Con razón. Bueno, como le dije, vuelva usted mañana y veremos si ha mejorado su latín. Recoja, por favor, todos sus elementos de trabajo y deje ya de saltar ¡Hombre de Dios, no se puede botar de esa manera y declinar al mismo tiempo! Decídase usted sobre lo que quiere hacer y mañana lo volvemos a ver. Adiós. (El antenista-hombre-araña con un gran salto desde el mueble, sale).
Genoveva.—(Para sí). Ustedes los peluqueros, no tienen perdón de Dios. (Entra la policía haciendo mucho ruido ¡al suelo, al suelo! Los peluqueros se tiran al suelo con las manos atrás, dejando todos sus instrumentos criminales en la mesa.)
Genoveva.—Digan ustedes qué pensaban hacer a la policía.
Peluquero 1.—(Con pánico). Sólo veníamos a peinarla, aquí a domicilio, yo quería hacerle un brussing.
Peluquero 2.—(Aterrado). Bueno, yo había pensado practicarle un moldeador.
Genoveva.—Eso, para achicharrarme el pelo al tiempo que la cabeza. ¡Muy bien! Y seguro que ni zorra de quién era Cervantes, ¿o me equivoco?
Peluquero 3.—(Con la voz entrecortada). No se equivoca usted, doña Genoveva, desconocemos quién era Cervantes, pero estamos vivos.
Isabel.—¡Qué atrevimiento!
Genoveva.—Eso no es vivir, señor mío; ¡qué atrocidad no conocer a Cervantes y pensar que están vivos!
Policía.—¿Cuántas escabechinas no habrán hecho durante La semana del peluquero. Veníamos siguiendo sus pasos, ¡sinvergüenzas!
Genoveva.—Yo tenía razón señores policías, verán: ¿qué es una perífrasis verbal?
Peluqueros.—Silencio absoluto.
Isabel.—Sea usted implacable, doctora.
Genoveva.—Descuide. ¿Y cuántas cabezas más no pensarían desgraciar?
Bien, llévenselos. Los hemos cogido a tiempo. Ustedes solo quieren cambiar las vidas y apariencias de las personas, sin respetar su libertad, además de ser  unos zopencos de marca mayor.
(Salen todos, policías, peluqueros, antenista, cuadrilla de los muebles e Isabel que se despide de Genoveva con grandes abrazos con golpecillo masajeador en la espalda. Una despedida de complicidad).
 Isabel.—Profesora… mañana vengo otra vez.
Isabel.—Sí, venga usted, pero con su propio bocadillo, así no sufrirá por lo que no tiene, como yo por lo que no he escrito hoy. Cierren la puerta por favor, adiós, adiós a todos.
(Queda Genoveva en silencio, de pie recorre la estancia en pequeños saltos, primero sobre el pie derecho y después sobre el izquierdo. Al mismo tiempo recita sonetos de Quevedo. Es su despacho donde vive y hace lo que le da la gana).
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