lunes, 23 de agosto de 2010

Presagio de terror


Había comenzado de repente a sudar y a temblar aunque no daba crédito a lo que estaba viendo. Se levantó con taquicardia, seguía sin saber si era un sueño, o era el sueño de un sueño, aunque los ruidos eran espantosos y no sabía qué estaba sucediendo. Salió al pasillo, nada, miró en la toilette, nada, pasó a mirar en las habitaciones de al lado, otra vez nada. Iba temblorosa con ese latido que te da la desconfianza, el temor de que algo está pasando y sin embargo no sabes lo que es. Se acostó de nuevo para intentar dormir, cosa espantosa cuando el sueño se interrumpe de esa manera. Escuchaba un ruido como de tren que achacó simplemente a los ruidos familiares de su cerebro, de los acuífonos que le producían sus oídos. Tras la ventana abierta, los cuervos gritaban ferozmente al tiempo que se multiplicaba el sonido producido por el crujir de la madera del ventanal, oxidado por el tiempo. Una vuelta y otra más. Poco a poco iba cayendo en su letargo. Volvió la pesadilla, esta vez era su amiga Sandra que se subía en un coche rojo acompañada por otra mujer, que a Martina le resultaba realmente familiar. De pronto pudo ver que esa otra mujer que acompañaba a Sandra no era tal, sino que era un hombre travestido que la quería asesinar. Martina comenzó a gritar como cuando se grita en los sueños y nadie te oye o como cuando quieres correr y no avanzas nada. Quería violarla y había conseguido engañarla con esa mudanza de su físico. Nadie hubiera pensado jamás que fuese un hombre. Sandra en tanto que médico, tuvo compasión de aquella mujer, hermosa, -que resultó un hombre- apiadandose de ella con el hábito de la profesión y accediendo a llevarla a un hospital, pues en su consulta tenía el escanner estropeado. A pesar de todo pudo ver cómo aquel hombre convertido en mujer atacaba sin compasión a Sandra. Pero Martina no pudo hacer nada, no había nada que pudiese hacer. tan solo visionar en su mente la tragedia que estaba sucediendo. Se despertó de nuevo, esta vez el corazón se le iba a salir y decidió llamar a Sandra convencida de que todo había sido un sueño. Marcó el teléfono y se quedó impávida cuando la llamada fue contestada por una voz terrorífica, sangrienta, de hombre. Dijo: -no, aquí ya no vive Sandra y tu Martina, será mejor que te pongas en guardia. En realidad, no daba crédito a lo que estaba pasando, ahora Martina estaba al borde de la locura, sin saber en qué punto de la realidad estaba. Perdida la capacidad para relajarse quiso cambiar las ideas, distraerse, leer, ver algún programa de la tele sencillo, entretenido, cualquier cosa para descentrar su mente de semejante horror. Dio unos paseos por la casa, y se bebió un vaso de leche. La taquicardia iba creciendo sin compasión y sin poderla controlar y Martina se preguntaba qué le estaba pasando, si en realidad solo había sido un sueño. Entonces regresó a la cocina e ingirió 40 miligramos de propanolol, con eso regularizaría el ritmo cardíaco. Intentó racionalizar la situación de alguna manera: -Sí, es un sueño, hasta ahí muy bien,  pero yo he llamado a casa de Sandra y he recibido un mensaje amenazador. No sé, quizás me he confundido o quizás la digoxina no me ha sentado bien, esa medicación maldita para cardiópatas me va a provocar alucinaciones. Será así, pero –pensaba- la voz terrible pronunció mi nombre diciendo: Martina será mejor que te pongas en guardia. ¿Y Sandra? Qué estaría pasando. Decidió encender la tele.


En este momento, un sudor helado comenzó a recorrer su cuerpo. En efecto no estaba sola. Por la pantalla televisiva podía ver un recorrido de su propia casa con una cámara oculta. Martina podía ver la primera habitación de invitados, la segunda habitación de invitados, los largos pasillos, todo filmado al detalle con una cámara y eso lo podía ver ella en su propio televisor. Veía su propia imagen difuminada, ella se veía asimisma porque alguien la había grabado o alquien la estaba grabando en ese preciso momento. Ahora sí que empezó a temblar, era como si tuviese muchas presencias detrás de ella, como si la persiguiesen todo el tiempo, por eso tenía taquicardia porque sentía esas presencias de una forma demasiado real. Estaba inmóvil sin saber que hacer. Sentía un ahogo en la garganta insoportable, parecía que el corazón se iba a salir de su maltrecha caja. Al mismo tiempo escuchó un fuerte ruido como de algo que se hubiese caído en el piso de abajo. No podía apenas moverse porque el pánico se había apoderado completamente de Martina, no se atrevía a mirar a los lados y mucho menos detrás de su sillón porque tenía clarísimo que había presencias, aunque estas fuesen ciertamente invisibles, ella las sentía perfectamente, y escuchaba sus susurros aunque no podía entender qué estaban hablando, se trataba sin duda de otra lengua, no era español. Continuaba viendo en su televisor las imágenes de su casa filmadas en directo. Sin duda había alguien. Comenzó a temblar como solo se tiembla cuando se siente el terror llegando a un estado de no control verdaderamente desquiciante. Se hizo pis, era el pánico. Pasó algo de tiempo. De repente escuchó la voz de Isabel, la asistenta, llegada a la realidad: -Señora, señora está usted bien?. Martina despertó avergonzada de sentirse toda ella empapada. Estaba en el salón. ¿Qué hago aquí? –dijo Martina.
-No lo sé, respondió Isabel, pero enseguida le preparo su café.
-No gracias Isabel, hoy no tomaré café, no me siento bien, estoy muy agitada. Tomaré infusión.
-Señora Martina, ¿seguro que está usted bien? Martina estaba blanca como el nácar, el cabello pegado empapado en sudor, unas ojeras negras cadavéricas y empapada toda ella en agua, orina y sangre.
-He debido de perder el conocimiento. No lo sé. Últimamente no estoy muy bien.
-Señora la ayudo, usted no está bien.
-Es verdad, Gracias, no se preocupe es solo un desarreglo de la menstruación y que estoy algo cansada.
-Está bien, pero la acompaño al baño y la ayudo.
-De acuerdo Isabel, gracias por todo.
Cuando llegó al cuarto de baño, encontró una cámara de video y varias cintas tiradas por el suelo con cables.
-Isabel, dijo: Lo siento señora olvidé ayer mi aparato de video. Al pronunciar estas palabras Martina reconoció en Isabel el travestido del coche de su amiga Sandra.
Dio un espantoso grito.

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