sábado, 4 de septiembre de 2010

Ir a la compra pasada de kilos y no con mucho parné


Tanto si se hace un trabajo intelectual como si no, existen ciertas cosas en la vida de orden cotidiano de las que no te libra nadie, absolutamente nadie, y que en general, nos traen al mundo activo y terrenal después de una jornada de “pensamiento” o de cualquier otra cosa, cada quién según su caso. Para mi, después de trabajar en la escritura y en la filosofía –y lo digo con cierta acritud cuando esto es por obligación y no por placer- venir al mundo terrestre ha sido desde siempre un alivio muy grande. Ese mundo de cacas, potas, pañales, compra, perros, gatos, gritos...y etcétera, aunque con odio muchas veces, otras, ha sido y es un remanso muy grande de bajarme los humos, los pensamientos, traerme de las batuecas, sacarme de las nubes. Ser madre o dirigir una familia no es muy compatible con el trabajo intelectual, está claro, así que no queda otra que pensar que ¡nos viene muy bien!. Pues vale. Después de este micro prefacio paso al tema de hoy, ¡como el que lava!.

Hoy me tocaba jornada de compra, nada extraordinario en la vida del ser, según se mire, claro. Lo extraordinario se desarrolla y se instala cuando te sientes como una foca marina y ese día, ese precisamente te decides a querer adelgazar, miserable de ti! Te has visto en el espejo con un poco más de tiempo –algo poco frecuente- y te has dado cuenta de que estás bulímica perdida, que te comes al vecino por lo pies si es preciso, que te comes cerdamente la comida que los demás de tu casa se dejan en el plato, que la lorza aparece, que no te caben los vaqueros que te quedaban otrora tan monos, que tienes que cambiar de talla de sujetador, que estás muy cansada por que comes cualquier porquería, que tienes que dejar de ser amiga de esa vecina que te regala chorizos que ingieres con verdadera ansiedad...que en definitiva, te has dicho a ti misma ¡basta ya! Hoy es el día. Has llegado a una determinación: ¡a partir de hoy me dedico a mi! Lástima que sea el día que tengo que ir a hacer la compra para un regimiento. Comienza el horror.


Habíamos quedado que en las grandes superficies no entro porque veo que no salgo con el cometido al que iba en un principio. Salgo, pero con otro cometido. Dejo de lado la gran superficie y busco ese supermercado de toda la vida, más pequeñito, sin inmensas estanterías llenas de colorínes dispuestas a que te hagas un lío y te lo lleves todo. No, estos super son más personalizados y te ponen la oferta delante de tus narices, ¡menos mal! Porque en las grandes superficies estás todo el rato por los suelos, ¿por qué? Porque solo en la estantería de abajo está el precio más barato y es un horror para las lumbares. Bueno, te caes del burro cuando ves los precios de la fruta y la verdura que ya te ha descorazonado para ese plan de dieta al que has tenido a bien incluir a toda la familia, porque claro, estar a dieta tu sola...ni hablar. ¿Cuántos kilos de acelgas tengo que llevarme para que coman siete cuando con pasta y filetes lo soluciono? Ya vamos mal. La fruta que me gusta, está por las nubes...¿qué hago? porque la unica que se puede comprar es la odiosa y siempre triste manzana, vale, seguimos peor. Fiambres, panes...huy...ese pan alemán con lo que me gusta...desayuno, voy a buscar el desayuno:cereales. –pero por qué voy a llevar cereales con lo bien que está el pan de toda la vida con su mantequilla y mermelada o bien con su aceite y tomate. Nada, no llevo cereales. Llevo pan. Claro que engorda más. Lácteos. No soporto la leche descremada y lo veo absurdo cuando he cogido siete kilos de mantequilla y otros tantos de variados quesos que aquí en Francia da mucho gusto comprarlo. Se acabó, fuera la leche descremada. Al final llevaré los cereales porque la familia no tiene la culpa de mis neuras, esto subirá unos diez euros más. Lechugas, muchas lechugas, pero muchas y tomates como para dar de comer a un regimiento, eso es, que no engorda, solo si no los cargas de aceite y te pones de pan pringao hasta arriba que es justo lo que hago yo enlas ensaladas de tomate, claro está. Patatas fritas, ¡con lo buenas que están y lo triste que estoy! Llevo patatas, siete u ocho kilos. Mi madre siempre dice que habiendo huevos y patatas ya estaba todo solucionado...nostalgia...lagrimilla que va y que viene mientras suena Shakira. Esto de estar solipandi en un país extranjero a veces es chungo. Se acerca un señor a preguntarme que si entiendo de sandías, ¡ya ves tú! le digo entre sollozos que no mucho, pero que le puedo hablar si quiere de Borges o de Lorca o de Spinoza. Después le dije: -yo suelo hablar con los melones. Piensa en efecto que las españolas y alguna que otra mexicana estamos de la olla. Y va a ser verdad.


Se acerca el momento de la caja a la que llego con poca fe, muy poca. Hay otros días en que mi energía sobrepasa a todo y a todos como para irme incluso sin pagar, pero hoy no, hoy es de esos días que voy mal y lo peor es que se me nota. Detrás de mi enorme carro hay diez personas, claro, yo creo que estoy en España donde en general la gente es histérica y te monta un pollo si no te das prisa, pero caigo en la cuenta de que estoy en Francia donde la gente tiene una paciencia infinita. No obstante, yo me doy caña sola y me estreso bastante, me pongo muy nerviosa al ver que hay mogollón de gente y empiezo a guardar todo absurdamente, sin ton ni son, aplastando las lechugas –que es de lo peor que se puede hacer- con el roquefort al final de la bolsa, los yogures por encima, un zumo de medio lado, el papel de aluminio amoñigado, ocupando las bolsas desordenadamente y por consiguiente estropeando toda la compra. Unguardar neurótico, esquizofrénico más bien. Esto hace que me de a mi misma más pena todavía sobretodo cuando intento guardar esa planta inmensa que no cabe en el coche pero que estaba a muy buen precio, aunque no hacía falta alguna y que la he comprado. Y por qué la he comprado. Por que la planta me había hablado en el supermercado, sí los objetos, los seres vegetales me hablan y no lo puedo remediar. Salgo como puedo, guardo todo mal, en el maletero, mientras viene un chulillo con un descapotable y se aparca a mi lado con mirada desafiante quizás como con ganas de impresionar o algo así. Jamás me impresionó ni un hombre ni una mujer -bueno alomejor una mujer sí-  por su coche. A mi me da igual. El hombre, o el guaperas, no se da cuenta de que a mi estas cosas ya me dan igual. Hoy, he decidido por fin que prefiero mi michelín que evidentemente me estaba preocupando en exceso, mi lorcilla, mi cartuchera y poder comer lo que me apetece sin tener más restricciones en la vida. He decidido que no acepto crearme más problemas innecesarios. He decidido que prefiero continuar con mis escritos y contarte cosas como lo hago contigo, amiga, amigo, porque eso es más importante. He recordado que cuando he estado muy, muy delgada, que ha sido mucho tiempo, no era feliz, lo estaba pasando mal, y como me gusta cocinar mucho, pues eso, que entre mis libros y las ollas creo que me he reencontrado otra vez. Ufff, menos mal.

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