martes, 7 de septiembre de 2010

¿Puedo meterme en los zapatos de un niño?


¿Puedo meterme en los zapatos de un niño? ¿puedo hacerlo en la mentalidad de un criminal? Tal vez en los pensamientos de un anciano que mira ya muy de cerca la muerte? Eso entre otras muchas cosas es lo que debe intentar hacer un escritor. El otro día, ayer creo, alguien respondía muy amablemente por cierto a un relato mio donde se hablaba de ir al supermercado pasada de kilos y con poco parné. El hombre, porque era un hombre el que respondió a mi texto, contestaba compadeciéndose de mi, contestándome que en realidad “no se me ve tan mal”. Decía que las mujeres siempre nos vemos gordas y que ante esa situación, él fotografía a la mujer en cuestión con su móvil y luego se lo muestra para que se cuenta de que está en un error. La verdad es que me gustó que me contestara así por diversas razones que no vienen al caso, pero una de ellas es que demuestra que el lector se cree exactamente lo que queremos que se crea. Osea pensó que estoy como una foca o que me creo que estoy como una foca. Por una foto del rostro que yo publico en Facebook no puede saber si estoy gorda o no lo estoy, y en todo caso eso no es lo más importante, lo importante es hacer creer a los demás que sí lo estoy y que el texto parezca escrito por una gorda. Esa es o debería ser la magia de un escritor. Jugar con la realidad y la ficción de las palabras, de los temas, de los personajes y dar al lector algo que sea una verdad, no importa si esto es una ficción, que sea ficción pero verdadera. Muchos lectores creen que los lectores nos confesamos en lo que escribimos y muchas veces no es así, creen que es autobiográfico, olvidando el componente imaginativo, fundamental en el proceso creativo. Imaginación y observación son dos elementos innatos que no debe olvidar todo escritor. Los periodistas tampoco deben olvidar sobretodo la observación que la imaginación les es menos necesaria. Pero ese es otro discurso que no voy a tratar ahora. Hay quien me ha preguntado con respecto a mis relatos titulados Amnesia y El sueño de Tabitha si he estado en el umbral de la muerte, o si he estado al borde de la locura. Yo creo que eso importa poco. Lo que importa es que lo que se lee en una situación así sea creible porque de las fuentes que utiliza el escritor, es decir, si son de la esperiencia como si son de la observación como si son de la imaginación...o de otras...poco importan, pero a la gente parece importarle mucho. Hay cosas que se pueden inventar o reconstrui, hay ambientes y situaciones que se tienen que vivir, hay otras que se observan, pero tampoco es sistemático y cada autor tiene su técnica e irá descubriendo con el tiempo nuevos resortes. Es por ello que el paso del tiempo, la vida en si, es importante para la escritura, para la madurez del ser, de la persona lo es, lo es también para el proceso artístico.


Los niños -lo he visto, lo he vivido o lo he inventado- juzgan a sus madres en función de si ponen la sopa muy caliente y escribo su diálogo, un diálogo que si se lee o no, no habrá necesidad de cuestionarse si me lo he inventado o si he escuchado pacientamente a dos niños. Si un niño lo lee le parece verosímil, claro que ellos piensan en abstracto y nosotros no.
Jean: ¡Cómo mola tu madre!
Eva: sí, la tuya también es muy guapa!
Jean: ¿tu madre te pone la sopa muy caliente?
Eva: Sí, mucho, y la tuya? ¿Se ducha también con el agua ardiendo?
Jean: Sí, mi madre se deja abrasar debajo del agua, se queda todo mojado en el baño, los espejos...las paredes...todo, todo, quemando.
Eva: ¿abre la boca cuando se ducha?
Jean: Sí, también.
Eva: Sí, a mi me preocupa, creo que a veces con el secador le va a salir fuego del pelo.
Jean: Eso mismo le he dicho yo a la mía. El otro día la he visto en una tienda de esas que van las madres...
Eva: (interrumpiendo) una peluquería, Jean.
Jean. Eso, una peluquería. Pues la he visto, y vi como le metieron la cabeza dentro de una enorme campana que irradiaba mucho calor, mucho, pero mucho.
Eva: Sí, yo sé lo que es, es un secador de peluquerías, es mas rápido que los de las casas y no conocen a las personas.
Jean. ¿cómo que no conocen a las personas?
Eva. Sí, que no conocen a nadie, están ahí para secar con mucho calor, pero no matan.
Jean: Osea que no matan porque no conocen.
Eva: Eso mismo.
Jean: Ah, menos mal, pues me quedo mucho mas tranquilo.
Eva: Mi madre se bebe bebidas ardiendo, no solo la sopa, el puré, manzanilla, te, café, chocolate, todo, todo como el fuego.
Jean: Pues veo que son iguales. Las madres son iguales. La tuya cuando chilla se le pone el pelo de punta?
Eva: Sí, y le cambia el color de los ojos.
Jean: Osea que van a ir al infierno porque eso es lo que he oido en la catequesis.
Eva: Pero, qué dices?
Jean: Lo que oyes. Eso dice el cura, que el fuego se relaciona con la mujer, con lo caliente, con el infierno, con el pecado y por lo tanto con nuestras madres.
Eva: Jean no tienes que ir más a esa catequesis si es para escuchar eso. Nuestras madres lo ponen todo caliente y su cabeza también lo está porque es igual, igual, que su corazón. Yo lo he visto en un sueño. He visto un corazón con fuego, he visto a Jesús y me daba el corazón de mi mamá y me decía todo lo que me quería por eso a ellas les gusta todo caliente, la sopa...el cholotate, la ducha...también el brasero, mi madre tiene un brasero debajo de una mesa.
Jean: Ya claro, y no tiene que ver con el infierno.
Eva: pues claro que no, es una muestra de su corazón, de su cariño, que está debajo de la mesa, en la sopa, en la ducha...por todas partes. También tienen cocinas donde preparan brevajes o comidas que luego nos dan a los niños.
Jean: Entonces, ¿no son cosas de brujas? He visto cómo mi madre metía pollos en la olla.
Eva: Claro para hacer caldo de pollo.
Jean: Eso no es lo que hacen las brujas?
Eva: Pues claro que no, eso es buena comida. Las madres preparan comida con cariño y nos la dan caliente para que nos sepa mejor y nos temple la tripita en invierno.
Jean. Es verdad, llevas razón, ¿cómo no me he dado cuenta antes?
Eva: Porque para eso estoy yo que soy Eva, para explicarte las cosas y que te enteres.

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