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Aburridos, personajes, raros, lectores y conspiradores. Por qué de vez en cuando es bueno sentir el tedio: he aquí el resultado de hoy.



La imaginación entendida como un derecho a la pertenencia de una realidad concreta, en el fondo no es más que una pérdida de sí mismo, es una pérdida sobre todo de la infancia y de la capacidad de fantasear en diversos planos de un mismo escenario. Todos los días encuentro las mismas payasadas, música de americanos, muy poco o nada sublime, con escaparates horteras y miradas del inconsciente involuntario que susurran lo más despreciable. Nino Bravo sigue martilleando canciones llenas de emotividad, por la radio hoy, creo, de esa emoción que te repatea las tripas, sobre todo porque no sabes bien de dónde viene (otra vez con la búsqueda de un origen), igual que si tuviéramos un Fidel Castrito dentro del cuerpo, como los cubanos, al tiempo uno se encuentra desubicado fuera y dentro de la isla. Nada que hacer, nada que vender y nada de qué hablar con nadie. Otra vez el vacío de la estupidez, aunque probablemente no sea vacío, sino simplemente aburrimiento. Hacía mucho tiempo que no me aburría, casi desde que era pequeña donde todo parecía tedio y disparate, donde las horas pasaban muy despacio, los veranos también eran muy largos, después cambian, y se transforman, bien es cierto que esto dura hasta que uno aprende a sacar partido a lo que parece tedio. La vida casi que es así para gran parte de los occidentales, europeos por fijarnos una especie cercana, un puro tedio; es como las bibliotecas, Europa, los conciertos, las óperas, la oración, o quizás el amor, en realidad no hay nada divertido en nada de ello, no hay nada cachondo, al menos en principio. Después, todo lo hacemos cambiante, porque uno reconoce que en las bibliotecas se aprende a amar el silencio, la investigación, el amor por la música, el encontrar libros inéditos que nadie ha mirado casi nunca mientras tú los tienes en tus manos, puede que por primera vez sólo para ti. El desarrollo de la voluntad en suma. Principios duros y asquerosos hasta crear la cotidianeidad habitual que supone estar en una biblioteca... Es esa una acción que a la inmensidad de la población no le importa, le resultan paparruchas, por lo que se comprende que ese es uno de los principios del aislamiento social, la consciencia de saber que al resto de nuestros semejantes les importa un bledo lo que hacemos, o nos discriminan por que no son capaces de hacer lo que nosotros sí. Un lector siempre es un conspirador, nadie controla  lo que haces. Mosquea.
Una vez asimilado eso, y habiéndonos hecho un personaje rarito donde los haya, hay que seguir, aunque no sin olvidar que algunos, una vez alcanzado ese nivel de autorreconocimiento en cuanto a extravagancia y excentricidad, se hacen sectarios al buscar a otros que hacen lo mismo que ellos, pero no por eso dejan de estar solos, simplemente comparten aficiones, o creencias. La verdadera hermandad de almas es otra cosa. En fin.

Creo yo que me siento en cierto modo agradecida (diríamos), a la vida, por vivir en los años en los que nos ha tocado vivir y agradecida por tener la oportunidad de gozar de los enormes beneplácitos de los libros.  "Los conocimientos que te otorgarán los libros jamás te abandonarán, y nunca te sentirás sola», me había dicho alguien de pequeña. Hoy los que habitamos en países desarrollados no conocemos el significado de la gratitud.

Los libros, bueno la lectura, te dan soledad, una soledad rara, convirtiéndote en alguien peligroso, sospechoso, una condición, en principio buena, para poder ser desgraciada universal, fundamental para ser un personaje inmortal y tener tu mundo. Alguien que lee será alguien que piensa y aunque le acoses seguirá pensando si cabe más todavía hasta llegar a la cefalea y a dónde le de la gana, también. ¿Acaso eso se reserva para el mundo de la imaginación o sólo se traduce en los hechos prácticos, en los conceptos más básicos? Yo soy en esta vida una serie de resultados y de efectos y a medida que pasa el tiempo no soy persona, soy personaje. Osea que estoy fatal.
«El héroe sale de casa en busca de aventuras», canon literario de tantas y tantas materias novelescas, eso mismo me repito yo para ver si salgo del aburrimiento absoluto de la vida; pero nada. Hoy es de esos días de mal humor, en que no hay iguales, donde o haces un monólogo o no te comes un roscón, sola en el escenario, una se siente incomprendida, lejos de la realidad del mundo que nos rodea y sobre todo de los testigos presenciales del mundo que son las personas que..., en fin. Eso es un trozo de soledad, el desierto. Es saber que no le importas a nadie en el fondo y que lo que haces importa bledo y medio —como ya he dicho antes—; ni búsqueda de los iguales ni nada, porque «nadie es igual que tú», y menos cuando se es personaje y protagonista. De ahí la tendencia equivocada de muchos a buscar alter egos a mansalva, y a volverse sectarios, pero reconfortados, en sus quehaceres cotidianos o en sus creencias más profundas. 

Como digo, hoy me he levantado con la personalidad algo trastornada, mal, pero aceptandome, con el humor de perros de siempre en su estado puro, odiando la humanidad, sin caridad ninguna y no me arrepiento nada, es simplemente odio a la propia vida ¡y qué le voy a hacer! Creo que me he levantado siendo un poco Flaubert y otro poco siendo Emilia  Pardo Bazán en plena insolación..., algunos sabrán a qué me refiero.


El caso es que contemplaba yo con astucia —siendo uno de estos días anodinos en que el mero hecho de hacer algo produce sistemáticamente múltiples achaques de los que zafarse de ellos es mera ensoñación, transformándonos en una cuasi perfecta unión con la cama o el sofá—, pues sí, observaba ensimismada la enorme, cuanto más, inmensa, negligencia de mi perro ante el simple hecho de aproximarse a engullir su comida. Y admiré, más que con asombro, con espanto, la aciaga similitud que en cuanto a la pereza, tiene con el comportamiento de los mortales. «¡Lucas!»—que así se llama el mastín, grité—, «¡toma tu comida, chiquitín!» —Creo que no me oyó—. «¡Luuuuuuucaaaaaas!»—De nuevo—. «¡Toma tu comida, desgraciado!» Se produjo un profundo y aterrador silencio. Pasaron tres o cuatro horas en las que mi perplejidad no hallaba límites y, ¡por fin!, muy lentamente y con caminar más propio del mejor de los bailarines dignóse levantar y con serena mirada parecía exclamar: «¡Ya voy, no tenga prisa, ama!».

Tiene que ser domingo, -sí lo es- me he quedado trabajando toda la noche, como algunos sábados -no todos- y es que francamente odio los domingos y si es por la tarde aún más. Hay países como Francia donde sus habitantes son conscientes de este bajón moral y ético que proporciona la caída de la tarde dominguil y lo controlan, ¡pues qué bien, ¿no?! Esto no impidió mi natural tendencia del día de hoy ante aquellas circunstancias a continuar apaciblemente en el sofá, ya que el camino hacia la cama resultaba interminable por lo luengo que resulta, digo, pero reflexioné... ¡Será posible, estúpido perro, encima que le traigo la comida me hace esperar cuatro horas! Claro que, cotejando que es gerundio, me acordé que esa misma aflicción me invade cuando voy al banco a abrir una cartilla o a hacer cualquier cosa, ¡qué desagradecidos, será posible, encima que les traigo dinero me hacen esperar! Lo cierto es que esta espera,
propia en muchos casos de la pereza nacional, se repite continuamente casi como una persecución  fundiéndose a nuestras vidas cual uña a su carne y es que hay que esperar para todo. ¡Quiero operarme en la Seguridad Social! Pues tengo que esperar aunque tenga gravedad dos o tres años, esto después de haber pasado por la consulta innumerables veces, ya sea para pedir cita, ya sea para el papeleo burocrático ajeno por completo a mis dolencias, en fin, ya sea. Bueno hay que añadir a su favor, eso sí, que si te mueres en eso sí que son rápidos, muy rápidos (la representación del entierro es algo que no debe faltar en todo ser humano, y su desarrollo como personaje). Ir y volver muchas veces, deambular por pasillos de un sitio a otro cual peonza y si a mano viene un broncazo con la de recepción que te trata fatal y no me da la gana callarme a todo. Si usted quiere una entrevista con algún concejal de ayuntamiento para ofrecerle cualquier fructuoso proyecto, le llevará por lo menos treinta y cinco llamadas telefónicas —de las cuales, casi siempre, le dirán que está reunido—, personarse otras cuarenta veces, y si persevera armado de paciencia, su secretaria, haciéndole un enorme favor y muy lentamente, le abrirá un día las puertas del tan esperado despacho. Ni que decir tiene que la entrevista concluirá con un vuelva usted otro día. Es importante que a estas cosas no asistan individuos/as con la sensibilidad al límite como yo, con algún proyecto literario o cultural, por utilizar una acepción más universal, que sea bueno, que realmente merezca la pena, no, no, no. Nunca se debe acudir a estos sitios, ni a estos concejales, agregados culturales y demás especies de instituciones, porque si no, estamos como yo hoy, al borde del suicidio, sin fuerzas para continuar viviendo y pensando en que si no me suicido puede que aniquile definitivamente al concejal de cultura, eso, eso, ¡eso es lo mejor!, aniquilare, asolare.

Hoy todo es una enorme cola, ayer también lo fue porque era sábado y tuve que hacer la compra, enormes colas invadían el supermercado, y lo pasas prosternándote, llorando e implorando que por favor alguien te cobre. Las de la tercera edad por designar de alguna forma a las mujeres más mayores, se cuelan, con un hocico más grande que el de un oso hormiguero, y todo porque te ven más joven en cuanto al físico, pero no en cuanto al interior, y mucho menos en cuanto a la paciencia, que probablemente esté mucho más quemada que la suya, mucho, pero que mucho más. Nunca entenderé por qué (este sector de la sociedad que tanto quiero, osea las abuelas) aparece los sábados a comprar sabiendo que ahí estamos nosotras, las que trabajamos, ¡a jodernos la marrana! A demostrar que son muy amigas de Pepe el carnicero, quien les ha reservado los mejores solomillitos, y a ti, te ningunean con ese clásico amiguismo del que se entiende muy bien y quiere excluirte de forma extraordinaria de la situación. Es triste, tristérrimo que tengamos que echar mano del amigo Freud y nos trasportemos sin querer, claro, a la infancia cuando no te querían en la pandilla, al final vuelves a casa comprando cualquier cosa, odiando a estas prepotentes ancianas que se lo saben todo, les da todo igual porque ya han pasado lo peor y sin duda están más jóvenes que tú, que tienes la moral por la moqueta, catorce detrás de ti para sacar adelante, y sin fuerzas para luchar ni por un kilo de filetes, ¡bien terciaditos!

Todo es lento a nuestros ojos, todos están coordinando y a nadie le importa en absoluto tu problema o tu espera, porque en este país de siesta, la ineficacia y la lentitud dan mucha pereza porque para todo hay que armarse de valor y esperar. Colas para cobrar el paro, colas para apuntarse, colas para información, para hacerte el dni, para el pasaporte, colas para el autobús, colas para comer, una enorme cola, esperar y esperar, pereza para mirar y para decidir... Y en este estado de gandulez sofariana física y mental en que me hallo, recordé con cierta vaguedad eso sí, un artículo de José de Larra, el llamado Vuelva usted mañana, escrito en 1835, en el que genialmente se habla de la tan traída y llevada pereza nacional, de lo que hay que esperar y siempre volver, y en fin, de la enorme paciencia que tenemos que practicar cualquiera que quiera vivir en nuestra querida y no menos adorada tierra de lazarillos y quijotes que es España.

En esto estaba pensando, en las razones del porqué después de trece años en que un día envié a la editorial un proyecto literario me responden ahora, que sí, que tienen mucho interés. ¿Pero si han pasado trece años? ¿Y si de resultas me he muerto? De nuevo el tedio y el aburrimiento de saber cómo pasa el tiempo aguantando el vacío de la voz que no existe, aunque otros la busquen y crean que la han encontrado: ¡Por fin la voz! Puedo morirme, eso sí a poder ser con un libro en la mano. ¿Pero qué voz?
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