martes, 14 de diciembre de 2010

En torno a la escritura II: Lo que hay detrás de la obra de un autor.



¿Qué es lo que hay detrás de una obra literaria? Qué persona o qué autoría se escode cuando nos enfrentamos a la lectura de un texto? Importa realmente tener datos a cerca de quién o de qué cosas ha hecho el que ese texto escribe a lo largo de su vida? Yo creo que no debería importar lo que haya detrás porque esas circunstancias en realidad no definen el texto filológicamente hablando, claro. Cuando estudiamos un texto, la obra de un autor, lo estudiamos todo, el contexto, las influencias del momento de otros autores, las lecturas que hacía el autor, las enfermedades por las que pasaba esa persona, en suma, su biografía parece ser definitiva para la obra...sin embargo, yo les digo a mis alumnos que cuando estudiamos una obra, un texto literarario –filológicamente hablando- estudiamos eso, la obra, no la vida del autor, estudiamos lo que ese autor ha escrito, lo que ha conseguido hacer. Es cierto que todo lo que rodea la vida del creador es importante, claro que sí, importa lo que ha influído al oficio del que escribe, de quién se ha enamorado, si le influyó o no la pérdida de su madre, de un hijo, si eso marcó en profundidad su obra como en ocasiones dictan los manuales de literatura, a mi, me parece una exageración a todas luces exenta de objetividad y de sentido común. No se puede reducir el mundo del escritor porque aquella tarde tuviese un encuentro con su amante en aquella habitación de aquel barrio marginal y que por eso al llegar a casa escribiese ese y no otro soneto o esas páginas de aquella novela de guerra. Eso cierra por completo el universo del escritor, lo empequeñece. Todos sabemos que el arte, cuando existe, brota como una necesidad de hacerlo, brota sin explicación, casi previo a la inspiración, ésta, la inspiración, lo que hace es dedicarse a provocar para que salga fuera de la mente del autor, de la mente y del mundo emocional osea de su corazón, pero sobre todo de su mente, esa que a menudo está llena de ideas en su inconformismo interminable. Cuando se estudia una obra se tiene en cuenta la vida del autor, pero solo como un referente, pero no se estudia, solo se estudia la obra, la obra literaria que es la obra de arte. En realidad, poco nos importa lo que haga, lo que hagamos, los autores para inspirarnos, es decir, para que algo provoque en nosotros la necesidad imperiosa e imperativa de en ese momento y no otro tener que escribir. La inspiración provoca que saquemos algo que ya está creado, ¿dónde? dentro. A mi, en la vida del autor poco me importa si fue suficiente y rica o pobre como para ser capaz de hacer, de crear, y a veces no quiero saber nada en absoluto del autor para que no me condicione. ¿por qué? Porque me encuentro un ensayo escrito por un sabio que tiene una vida muy simple y que su vida es simple, pero tuvo un resultado magnífico o encuentro un autor que vivió una vida muy intensa y escribió los poemas más sencillos y puros del mundo. No se sabe y casi nunca se corresponde con la realidad, y nadie debe intentar hacer corresponder ni crear esas asociaciones de ideas que nos producen en el fondo una sensación de extrañamiento: claro como vivió intensamente tiene mucho que contar, pues no, le digo yo, alomejor no sabe cómo hacerlo y existe otro que no vivió tanto pero sí tiene la capacidad de vivirlo en su imaginación. La imaginación y la observación son dos herramientas y armamentos importantes del escritor, son las dos grandes armas, además de vivir, bueno, que deben, deben, confundir al lector para que nunca sepan el lugar de dónde, el lugar de la fuente de dónde el creador ha obtenido para sí y por consiguiente esa idea. La tiene y nadie debe saber cómo la ha tenido.

El escritor, el autor debe estar al margen de la sociedad, su vida quiero decir, y con su obra ser el motor de la sociedad, combate con su obra, no con su persona, ésta como imagen pública debe estar siempre en su segundísmo plano, casi invisible. Claro, esto hoy ha cambiado y a los editores les gusta que los autores nos presentemos en público, que seamos enigmáticos, extraños...en definitiva vendibles. Que hagamos entrevistas, de esas odiosas en las que en nada aparece tu pensamiento sino más bien el pensamiento del que entrevista. Ahora está de moda hacer entrevistas de gilopoyas porque así llegas más al salón de la casa del vecino. No. No hay por qué llegar al salón de la casa de nadie, lo que uno hace con eso es decepcionar, porque el lenguaje escrito es una cosa y el discurso oral, otra. Ahí es por donde muchos de mis colegas pierden su lugar porque dan preferencia a lo que no es la obra literaria, dando con su vida un precio y no con su obra que es como debería ser. Todos sabemos que un libro es en si mismo suficiente para incitar una revolución, o un movimiento social determinado, para cambiar el mundo en definitiva, yo creo en eso, por lo tanto, ideología, sí, letras, sí, pero micrófonos e imágen no, porque eso no es escritura ese no es el dominio del escritor.  Hemos visto en ocasiones a muchos poetas como Alberti o el propio Neruda –pongo un ejemplo- que leian regular sus poemas, cosa muy lógica por otra parte. Eran poetas, no comunicadores y su ritmo, el ritmo de esos poemas lo tenían en su corazón, en su mente...no eran actores especializados en oratoria y dicción para leer sus versos. Eran poetas y los poetas no son expertos en leer poemas, no es lo suyo, otra cosa muy distinta es que a uno le encante ver al propio autor leer lo que ha escrito, vale, pero no porque lo haga bien. Lo que quiero decir con esto es que lo que sí es seguro es que esos versos dejaron de ser suyos una vez que los lanzaron al mundo, y se nota cuando lo leen que ya no son de ellos, son del mundo, de los libros, de las aulas, del viento, de los ancianos, de los presos, de los niños, de los que sufren, de los enamorados...y cada uno debe hacerlo suyo. Eso es el compromiso con la obra literaria, en especial con la poesía, el lector debe hacerla suya y olvidarse de lo que le pasó al autor, ya ha desaparecido hasta cuando cerramos el libro y acaso es en esa lágrima de agradecimiento donde está ese autor, o cuando nos lo encontramos por la calle, también le agradecemos, o le escribimos: gracias por ayudarme con tal o cual libro. Lloramos en silencio las obras y sus autores agradeciéndoles su esfuerzo cuando les reeditamos y estudiamos sus obras o transcribimos sus manuscritos, dando variantes de texto muy interesantes para la historia de la filología. Agradecemos por tanto a un autor por todo lo que hace de avance a la cultura de un país y por lo que ha dado a las personas con su trabajo de servicio a los demás. Pero no nos importa mucho lo que hacía por las noches o con quién dormía. Eso no perdura, en realidad todo eso no va a ninguna parte, ni siquiera sirve para vender porque como se dice en mi pueblo eso es pan para hoy y hambre para mañana.


Es por ello que hoy en día, los autores debían pensar en esto y fijarse bien en que a los lectores nada les importa lo que hagan en su vida. Debemos preocuparnos en dar buenas obras a la humanidad, obras que queden de generación en generación, obras de solemnidad, con elementos eternos. Hoy, algunos autores toman demasiado partido por los asuntos de la sociedad, no desde su obra, no, sino desde los micrófonos televisivos, desde la radio, desde la imagen, desde lo comercial. Comercializan su persona -sin caer en que para todo hay límites- haciéndose como los demás, perdiendo de esta manera el interés que produce su papel de escritor, de observador y de creador casi casi al margen de los demás, al margen de la sociedad pero en el fondo “dirigiéndola” con sus ideas de inconformismo. Cuando algunos han traspasado esta frontera –metiéndose en política, en moda, en periodismo- por una u otra razón –porque todo el mundo tiene derecho a equivocarse- siempre les ha costado muy caro, no a ellos, somos personas todos y el que más o el que menos se equivoca, sino lo peor, a su obra, sobre la que se pasa una factura muy grande, quizás excesiva, y comienza a perder su valor, ese que en un momento determinado obtuvo por sus méritos propios pero que pasa inmediatamente a dejar de tenerlo. La sociedad, los lectores, empujan y adoran grandemente a un escritor, pero también lo castigan duramente, siendo capaz de mandar al destierro todo lo que éste haya hecho con tan solo “opinar”. El escritor, debe por tanto dedicarse a escribir y la escritura debe ser su palestra.

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