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Una pareja misteriosa hacia 1900


Ella era hermosa; él, apuesto y, ambos jóvenes y de marcado tipo extranjero. Su llegada a San Sebastián fue un acontecimiento. Entraron en magnífico automóvil blanco; pasaron por el bulevar cuando las aceras del café de la Marina y de Novelty se encontraban densamente concurridas y los veladores rebosantes de polícromos aperitivos. Se detuvieron un momento delante de cada uno de dichos establecimientos para preguntar algo en francés a los camareros. Él guiaba entre paciente y aburrido, ella repartía provocativas miradas de matrona excelsa. Un torero (después de atusarse los tufos, igualarse el ala del cordobés y escupir) Pa encunarse. Otro (casi vestido de señorito y que ha matado en Francia) -¡Vaya buillón!
Un escultor con coleta, -Buena modelo.
Un mequetrefe -¡Camarero! ¿Sabe usted quiénes son?
El camarero, -Sí señor, dos desconocidos.
El mequetrefe.- Gracias; y se sienta satisfecho.
El automóvil continúa su marcha; recorre las avenidas y las calles donde hay aceras con veladores; la preja detiene la marcha delante de cada establecimiento y pregunta al camarero más próximo.
Cualquiera creería que se les ha extraviado un camarero de lanas y lo andan buscando. Por la noche, los dos forasteros se presentan en la terraza del Gran Casino. Los esperaban. Son el asunto debatido en todos los corrillos. Los llaman "la pareja misteriosa". Ella va exuberante de encajes y de brillantes; lleva un capital encima, si todo ello es verdad, como parece.
Buena parte de la concurrencia sigue con disimulo y discretamente a la pareja misteriosa.
-¿Quiénes son? -se preguntan todos.
Hay versiones para todos los gustos: Un príncipe ruso expulsado de su país  por haberse unido morganáticamente con una mujer de codición humilde, una norteamericana, hija del rey del bacalao, la cual se ha fugado del hogar paterno con un célebre cantante.
Un croupier y una estrella de café concert. Lo único exacto es que se dejan todas las noches algunos pesos en los caballitos, ferrocarril y demás entretenimientos del Casino, y que se hospedan en un entresuelo del bulevar. Se extraña no sea en un hotel de los más elegantes.
Algún curioso ha tenido el atrevimiento de preguntar al dueño de la casa; éste ha contestado con evasivas; sólo ha dicho que son un misterio; comen donde les coge la hora, y el tiempo que están en casa se encierran por dentro, en su cuarto y no reciben a nadie.
La curiosidad ha llegado al máximo. Las vidrieras del entresuelo, que dan al bulevar, permanecen cerradas de continuo. Por fin, una mañana de la semana grande se despeja la incógnita. La banda municipal toca en el quiosco; es día de toros; el Mediodía francés se ha despoblado sobre San Sebastián, es la hora de la ostentación...
El balcón de la pareja misteriosa está abierto, cosa rara.
Se oyen dos detonaciones casi a un tiempo.
La mayoría del público cree que son cohetes anunciadores de la corrida; pero, no. Del balcón de la pareja sale humo; allí es donde han sonado los disparos. La gente corre, y pronto se forma inmenso corro alrededor del blanco automóvil que espera a la puerta. Los municipales suben a la casa. La puerta de la habitación está cerrada por dentro. Corren a dar parte al Juzgado, que venga con un cerrajero...
Ahora es cuando la gente cree haber acertado el enigma: dos amantes, hastiados de la vida, acaban de dar fin a su existencia. ¡Dios les haya perdonado...! La noticia irradia con gran fuerza centríguga...
¿Qué pasa? Un vocerío extraño sale de la muchedumbre. Es la pareja misteriosa que ha salido de la casa y ha subido al automóvil. En sus semblantes no hay tristeza, sino sonrisa de triunfo. Uno y otro llevan una pistola en la mano, y puestos en pie en el carruaje dirigen la palabra al público:
-¡Señores! -gritaron- Para defenderse de los atropellados por el automóvil no hay como las admirables pistolas de repetición constuidas por la casa Siemens-Labrouyeres. Y dándole al volante, salieron veloces en dirección a Bayona, ants de que llegase el Juzgado y les hiciese pagar cara tan estúpida manera de anunciar la mercancía.

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