sábado, 26 de marzo de 2011

La adversidad en el progreso de la persona





Terremotos de Japón, guerra, iniquidad...orfandad. El otro día vi cómo unas lágrimas como petróleo plateado caían sobre el rostro de una anciana de 86 años cada vez que recordaba cuando murieron sus pequeños hermanos y los enterraron o cuando perdió a su joven madre de 30 años cuando ella tenía tan solo cuatro años de edad. Aquella mujer de treinta años llevaba en su vientre dos niños a término, murieron los tres, la anciana todavía recuerda aquel episodio tristísimo como si fuera ayer, de qué manera se movía aquel vientre sagrado, maternal, ante las bofetadas de la muerte. Hoy, a pesar de haber sufrido múltiples operaciones y otras grandes y difíciles pruebas en la vida, guerra, dolor, desilusión, grandes dificultades de la vida...las mismas lágrimas como petróleo plateado siguen cayendo ante el recuerdo de la pérdida de aquella joven madre, o ante el recuerdo de unos ataúdes pequeños, blancos, de niños que no tuvieron la posiblidad de poder vivir. Es una anciana de 86 años que llora en silencio el pesar de la vida y recuerda la frase que cualquier ser lanza al mundo ¿Por qué Dios deja que todo esto suceda? Aun a sabiendas de que Dios tiene participación fundamental en nuestra vida, no sabemos cuánto es lo que Él hace que suceda y cuánto lo que simplemente permite ocurrir. Como sea, la pregunta es clave: ¿Habría podido Dios evitar esas tragedias? Evidentemente, sí. Dios -para el creyente- es omnipotente y todo lo puede hacer, Él está por encima de la enfermedad, incluso de la muerte.
Deberíamos ser capaces de poder entender esto, puesto que podemos darnos cuenta, -espero- de lo imprudente que sería que protegiéramos a nuestros hijos de de todo esfuerzo, de desilusiones, de tentaciones, pesares y sufrimiento. La ley básica del Evangelio -para el creyente- en este sentido es el albedrío y como consecuencia el progreso eterno. El que se nos fuerce a ser cuidadosos o a tener rectitud sería como anular esa key fundamental y hacer que el progreso fuera imposible. Es así que si contemplamos nuestra vida en la tierra como el total de toda nuestra existencia, entonces el dolor, el pesar, el fracaso y la vida truncada serían una calamidad. No tenemos acaso pruebas para alzarse por encima de ellas? responsabilidades para que cumplamos metas (el que las tenga claro, la sociedad ahora es rarita), trabajo para fortalecer nuestros músculos, pesares para quizás probar el alma? No está expuesto el creyente a la tentación para poner a prueba su fortaleza, a la enfermedad para aprender a tener paciencia, o a la muerte para ser inmortalizados y en ello glorificados?

Si lo pensamos bien y si a todos los enfermos por los que se ora fueran sanados, si todas las personas rectas fueran protegidas, y los inicuos (lo que yo llamo los malos) destruidos, el programa del Padre eterno quedaría completamente anulado y en este sentido, el albedrío como principio básico del Evangelio habría llegado a su fin: nadie tendría por qué vivir por la fe. Si Dios diera de forma instantánea y sin esfuerzo gozo, paz y recompensas a los que hacen el bien, no existiría el mal: todo el mundo haría el bien (en el fondo con ello sueño) pero no harían el bien porque es correcto hacerlo, no habrían elegido hacer el bien, sino que sería algo impuesto y eso no puede ser. No habría pruebas de fortaleza ni desarrollo del carácter, no habría aumento de poderes (digo del bien de la fe) ni albedrío. Si todas las oraciones se contestaran de inmediato de acuerdo con nuestros deseos en parte egoístas y nuestro entendimiento limitado, entonces el sufrimiento sería mínimo o no existiría, y no habría dolor, desilusión, ni siquiera muerte, y si todo eso no existiera, tampoco habría gozo, felicidad, éxito, resurrección ni vida eterna y divinidad. Piénsese que no es fácil de asumir. De modo que es preciso, es natural y obligado casi por definición que haya oposición en todas las cosas. Quizás el sufrimiento puede hacer santas a muchas personas, muchas, porque en él se aprenden muchas verdades que son eternas, que ennoblecen nuestra persona y dignifican nuestro ser. La adversidad es probablemente necesaria para el ser humano.
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