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El Marcelito, o el hombre parásito



Continuó su misma e impertérrita parálisis social día tras día hasta que no pudo soportarlo más y pensó que quizás no estaría mal poner a trabajar por fin su voluntad. No lo consiguió. Desde pequeño lo único que sabía hacer como Dios era quejarse, ver todo lo absolutamente negativo que era lo que le rodeaba, ver lo que tenían los demás, envidiaba con ahínco aquellas cosas que no le pertenecían, aquel rostro que no era el suyo, aquel color de ojos, lo que tenía uno, el desarrollo del otro, esos cabellos rubios revueltos...los suyos eran lacios y negros. Cualquier cosa de los otros era siempre mejor que lo suyo y por lo tanto materia envidiable, deseable, toda persona termina por ser envidiosa si no es capaz de poder ver lo que tiene en su interior o exterior de buena. Marcelo fue educado además en el espíritu de la comparación, es decir que su madre pasaba la vida a amonestarle con esos ejemplos tan vistosos de: -ves? No eres como tu primo, él siempre trae buenas notas a casa mientras que las tuyas son mediocres. Y tanto le repitieron lo de la mediocridad que terminó por convertirse en un mediocre primero internacional y después mundial. Las medianías nunca llegan a nada espectacular claro, por eso son medianías porque digamoslo así no llegan a implicarse profundamente en nada, son aquellos que jamás se parten la cara por otro, ni se quedan en pelotas (figuradas) declarando su amor a la persona equivocada, no, estos siempre miden lo que hacen, no vaya a ser que haga el ridículo, se dicen para sí, y claro, en función de lo que arriesgan eso consiguen, nada. No se implican a tope en ninguna religión, no se implican en política, menos con una mujer, tampoco con un hombre, estos no se sabe si querrán una familia porque lo tienen todo muy claro, a su madre tampoco la quieren mucho puesto que fue la responsable de su realidad chunga, de su presente deleznable y cabrón...no se complican la vida, digo, en nada, pero son auténticos víboras para criticar lo que hacen aquellos que sí se la complican y que sí se implican en la vida. Son especialistas por tanto en ver lo que hacen los otros y disfrutan como enfermos con las caídas y levantadas de los demás, sobre todo se sienten muy capaces de juzgar lo que hacen los demás, se les da como hongos, ese papel de juez es el que verdadermente les va, porque son especialmente víboras con cabeza de cerdo a la hora de juzgar la manera de hacer de las profesiones de los otros. Sí, esos que se lo curraron mientras que ellos no.
Bien, estos tipos como el Marcelo saben de todo, pero lo saben con aire de suficiencia porque en realidad están por encima del bien y del mal, son feos, pero no feos por sus rasgos físicos, el lector ya sabe que la fealdad viene de dentro de la persona y la belleza también, el que crea otra cosa está equivocado, no, la belleza no está fuera, no es la nariz...ni el cutis... Para Marcelo, para los Marcelitos la vida la tienen dominada porque ellos son muy listos y se extrañan cuando tú que eres se conoce una cabrona porque llevas mucho tiempo esforzándote sin llegar a nada pero sabiendo lo que haces, pues resulta que un día te va bien. Ahí es cuando se les rompen los esquemas, y ellos que jamás han arriesgado nada deciden querer hundir tu vida porque la suya sigue continuando a ser una existencia de paludismo zangoloteadora. No sé qué es peor aquel Marcelito que reacciona y se convierte en intruso de las profesiones...¡madre mía!
 
                                           
No quiso verse a si mismo jamás por la sencilla razón de que jamás ha querido llegar a ningún punto de inflexión ni de marcha atrás de su cabezona e insulsa pero machacona forma de vida. Encontrarse con un ser así, con un Marcelito es repudiar es sentirse renacer, volver a encontrar una nueva razón de vivir por la sola razón de la contrariedad de la naturaleza a la que siempre hay que contrariar. No y mil veces no, antes morir que ser Marcelito. Luchar, trabajar, morir en el empeño, eso es morir en el empeño de algo pero luchar y no morir en la nada del parasitismo del opinador gratuito, de ese ser nauseabundo que solo opina y que no hace nada, que solo destruye, que solo critica, que solo vive ¿de qué? De las rentas, del Estado, de la Sgae, de Cedro, de cualquier cosa, de cualquier entidad que le dé algo, a él que se lo merece todo por su santa cara, mientras los demás trabajamos y trabajamos y él, el Marcelito opina y cobra con una jeta deleznable y cobra y cobra sin trabajar viviendo y viviendo y opinando convertido en vago superlativo y nacional, ahora más europeo que otra cosa. El Marcelito pudiendo demostrar su incapacidad para sobrevivir se traslada a Francia o a otro país comunitario donde demostrando como nunca su nulidad social para no mantenerse por una u otra razón, que siempre acharará a los demás conseguirá que lo sigamos manteniendo estos desgraciados que sí trabajamos y que si algún día ganamos un concurso, llevamos con éxito una empresa, nos hacen académicos, ganamos dinero, o nos caen los títulos...según los Marcelitos no es por nuestro esfuerzo...no, que va, cómo va a ser por eso si un Marcelo en su vida sabe lo que es el esfuerzo, será ¿por qué? Porque hemos tenido suerte, esa que él no tuvo. Así se lo explican y así se han escrito y contado muchos pasajes de la Historia y de la vida de muchos y destacados personajes que pusieron su nombre y que los demás, los Marcelos los sentenciaron con la odiosa frase de “claro es que ha tenido mucha suerte” como si el esfuerzo no estuviese detrás del que llega a algo en la vida. Y Marcelo nunca entendió que llegar a algo en la vida no supone ser famoso, ni mundialmente conocido, no entendió que consiste en querer superarse a si mismo, en querer tener un plan personal (sí, de tu persona) de querer hacer algo por y para ti mismo con independencia del éxito social y de las opiniones  de los otros, es querer progresar y en ese esfuerzo se consigue el éxito. Pero los Marcelos eso no lo entienden y no comprenden por qué no quieres dejar de hacer cosas, osea de superarte. Yo prefiero tenerlos lo más lejos posible, la verdad ¡eh!

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