jueves, 23 de junio de 2011

De guionistas y otros advenedizos: Amar en tiempos revueltos


Las novelas españolas de época y por entregas han vuelto a tener entre nuestro público gran predicamento y no me extraña. En el fondo nos gusta saber de nuestra idiosincrasia, mucho más que de la de aquellos, la de otros que nos son, que nos resultan en el fondo completamente ajenos. No es fácil encontrar similitudes. Aunque el ser humano sufra o ría de la misma manera, en cierto modo nos seguimos encontrando muy lejos de aquellos escenarios de casas americanas, de latifundios gringos donde en realidad un español no tiene nada que hacer, no se ve retratado. De ahí que ahora algunas series que sí hablan de nuestra historia y que de alguna manera la cuentan, la relatan y la hacen real estén pisando fuerte en el panorama televidente nacional. Yo lo prefiero a otras cosas peores. Son para entretener y entretienen. Bien. Las novelas por entregas han tenido históricamente su posición en la literatura y mucho mayor peso aún en la sociedad, por lo que no debemos extrañarnos si en la actualidad también ocupan un papel, máxime cuando el ser humano está mas necesitado que nunca de distracción, de changer les idées, que dicen los franceses. Muchas de nuestras novelas, la mayoría, fueron difundidas así, por entregas. Los autores que vivían de ello, por lo general grandes novelistas tenían igualmente su hueco en la literatura y en el elistista mundo cultural de las letras. Y es que aquellos sabían lo que hacían. La Señora, La República, o Amar en tiempos revueltos son algunas de las mas celebradas, especialmente esta última que seguimos con afición desde hace ya al menos cinco años. Yo que vivo en Francia la he seguido más o menos, claro, no todos los episodios al pie de la letra, ni todas las semanas con el mismo ímpetu, pero bueno, hemos estado ahí, que se dice, sobre todo en verano. Está claro que escribir guiones de época especialmente –ahora me refiero a los que han escrito La Señora- no es cosa fácil y es obvio que no se trata solamente de vestir a los personajes y ubicarlos en un escenario de época: estos deben pensar, reflexionar y sentir y hablar como se hacía en el momento histórico en que se sitúa la historia, el suceso. Huelga decir que esto no se ha visto en absoluto en esta serie ni en ninguna, pero con todo, nos ha gustado verlo porque los personajes, la imagen, su interpretación ha sido muy sugerente.
                                                     
La cuestión de Amar en tiempos, hay que reconocerlo está algo en declive, a los guionistas se les ha ido en cierto modo la pluma de la actualización y se han pasado añadiendo elementos extrahistóricos, osea, fuera de época. Ni las mujeres reflexionaban como lo hacen estas, no se partían el cacúmen así, para nada, ojalá lo hubieran podido hacer. El argot que se utiliza no era ni por asomo como el que ultimamente venimos escuchando con dichos, frases y palabras que no existían (cansino...) por supuesto ningún hombre iba por la calle con camisa, chaleco y sombrero, sin chaqueta. Había ciertas leyes, en un Madrid, donde  te multaban si no ibas vestido correctamente por la calle. Eso del chaleco metido por dentro del pantalón... En fin, una suerte de elementos que están fuera de contexto constantemente, que puede que actualicen la obra pero que la desvirtuan por completo. Los personajes cambian de un día para otro –supongo que en función de la audiencia- pasando de ser el malo o mala malísima a poseer la mayor de las ternuras, el caso de la bailarina, o el del judío que luego era nazi. Pierden credibilidad. Irene, una mujerona de tomo y lomo asaltacunas, es presentada sufriendo unos amoríos raros, cuyas amigas son todas tan jóvenes que no corresponden a su potencial de mujer ni a su realidad social, espero que se decante por Andrés que es el único que está en su sitio y que obedece a su lógica contradicción masculina. Almudena es difusa igualmente, no se sabe la edad que tiene, y lo que hace tampoco se corresponde a la edad ni con la época, es decir, está todo fuera de contexto, he conocido algún caso de polio y la situación no era así ni por asomo, aquellos casos eran muchísimo más duros, mucho más crueles aunque fueran señoritas bien. Poco real. Los del bar desbarran por completo y deberían cuidar su lenguaje porque es a ellos donde más se les nota el desajuste temporal e histórico. Pelayo que suele estar bastante bien, ultimamente también le meten gazapos y formas que se repiten. Los guionistas deberían –si no son de Madrid, yo si lo soy- leer más a Pérez Galdós. Una joven embarazada era una verguenza nacional, nadie lo tomaba tan “deportivamente”. La Benita, esquizofrénica ella, no sabemos por donde va a salir aunque se le ve las intenciones, es un claro elemento de novela negra que no debe faltar en toda novela de intriga, pero planteado así, poco creíble. En fin, la cuestión política que era lo más importante socialmente y en la vida cotidiana ahora está en un segundo plano, una pena, aunque podemos seguir disfrutando aunque sea con unos seres un poco irreales pero al fin de cuentas de carne y hueso, vecinos todos que conocemos y que son muy nuestros como el que más o como el que menos, aunque sin duda se les podía sacar mucho más partido. Hay –como todo en la vida- que conocer el oficio, amiguitos. Pero seguiremos hablando.


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