viernes, 25 de noviembre de 2011

Marie, un día cualquiera


Estar en la tumba de mi abuela no es una cosa extraña para nadie, todo el mundo lo ha hecho en alguna ocasión, si no fuera porque ésta me obligó a permanecer aquí al menos veinticuatro horas con una pancarta que dijese: A la mejor vedette. Bien, esto no es raro en ella ni mucho menos y como se debe hacer con las personas que se van, hay que recordar de ellos todo lo mejor que nos han dado.
La misa de difunta –aunque ella ha sido protestante de toda la vida- ha sido realizada por mi padre que es cura católico, sí, ya sé que no se entiende nada como casi todo en la vida que si se piensa no se entiende en absoluto. Venimos a la vida cada quien con unas condiciones específicas, se conoce y  las mias son lo que son, raras y a pesar de todo, han conseguido que supere los inconvenientes. Bien, saber que mi padre es un sacerdote católico lo he sabido mucho más tarde, un día cualquiera, cuando se fue de casa el que yo creía que sí era mi padre pero que resultó no serlo y ya se irá contando al hilo de la narración el cómo y por qué los sucesos de la vida me han llevado a esta situación: sola en la tumba con una pancarta y cantando, rien de rien de Edith Piaf.
Mi madre, es decir la hija de la difunta porque yo soy la nieta, ya lo veía venir –según ha dicho en varias ocasiones- y la llegada no se ha demorado porque la muerte nos visita o un día u otro, y nadie sabe la hora ni el cómo pero lo que es seguro es que la muy perra, vendrá a abrazarnos y nuestra existencia terrenal habrá, qué, pues muerto. Ella, mi madre, que no puede enfrentar en absoluto las situaciones reales de la vida, pues ha venido borracha a todos los oficios religiosos, normal, ya vino dando tumbos hace unos días cuando mi abuela dijo que la sacásemos del maldito hospital a morir a casa. La pobre se tambaleaba subida a sus plataformas intentando coger a mi abuela en brazos para raptarla...En ese impás vinieron los celadores y a poco más la meten en la cárcel, y es que mi madre está cada día peor, se ha vuelto una gamberra y no entiendo nada de su vida porque parece que nos hemos cambiado los papeles, es decir, su vida es como la de una adolescente y quiero recordar que la adolescente soy yo.
Como de costumbre mi madre no ha sido capaz de decir nada, no ha podido decidir nada absolutamente, he tenido que hacerlo yo por ella. Estupendo. Conseguí sentar como pude a Louise que así se llama mi abuela en el coche de mi madre, retirando previamente las mil cosas que ocupan el mismo todas ellas absurdas empezando por el propio coche que es un dos plazas (es que siente ella chiquilla) y tuvimos que meternos mi abuela y yo como en una lata de sardinas. Bien le dije que podríamos ir en taxi,que estaá prohibido que esto que lo otro, nada, le dió igual y tuvimos que meternos abuela y nieta en su coche friki y hortera como él solo. Hasta el último momento a mi abuela no le faltaron las ganas de vivir: vivir hasta la muerte, o viviendo la muerte. La mujer seguía cantando sus canciones de gran vedette con esa extraordinaria voz que aun conserva –bueno ya no-. Decía pisa el acelerador pisa...vamos deprisa, y yo entre las dos locas horrorizada pensando que soy yo la abuela y no ellas. Me encargó por el camino que a su muerte la arreglase y que la pusiera muy guapa para irse a la otra vida. Así lo he tenido que hacer, mientras yo me he quedado aquí sin ella y amargada intentando cantar como lo hacía ella, pero sin conseguirlo: Todo el mundo ve la muerte como una tragedia hija, pero no lo es, -decía una y otra vez. Es un descanso absoluto.
Como ya me había enseñado a inyectarle  morfina, pues así lo hice, otra vez más, para tener otros instantes sin dolor que es justo lo que ella quería, no tener dolor de nada. Estos últimos días en casa hasta su muerte, le he cambiado los trajes, por lo menos diez veces, le he maquillado, pintado las uñas...todo listo para partir. Mi abuela Louise a pesar de tener una edad, 78, la verdad es que se ha mantenido fenómenal hasta el final. Como es muy alta y de una piel blanca y fina como la porcelana ha parecido siempre una mujerona divina con sus cabellos rubios y magníficos. Ahora estoy tranquila en cierto modo de saber que se ha muerto contenta con un tipo de vida elegido por ella y vivido a su manera -no parábamos de brindar con champagne- siendo insconsciente de su inmortalidad, porque en eso lleva razón y puedo decir que mi abuela, no se va a morir nunca, para eso estamos los demás, para recordarla y hacer viva su memoria, no muere, ella permanece en mi. Por cierto,  mi madre se ha dado a la bebida totalmente y más cosas claro que no me dice pero que yo lo sé. Tiene un lío de novios que no hay por donde cogerlo y me voy ahora a pagar la multa y poderla sacar de la cárcel, osea,  del trullo, donde la han metido ayer por escándalo público. Está loca, yo creo. Sí, ella está contenta y loca, pero ¿y yo? Mi abuela en paz, mi madre feliz... ¿y yo? El próximo día os contaré las aventuras de mi madre. Ah! por cierto, se llama Veronique.

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