martes, 6 de diciembre de 2011

NOIR


La realidad para Claude había pasado a formar parte de una consciencia inane que solo la encontraba fuera de si mismo. –Hoy vuelvo a enviar mi texto, (decía para adentro con desánimo increíble). Apenas sin darse cuenta había pasado toda la noche corrigiendo sobre el mismo párrafo y sin querer también había escrito el último cuento que Vincent le había pedido hacía un mes. Vincent, había ganado varios premios literarios gracias a Claude que era su “negro”, tenía a la crítica de su parte, tenía el tiempo de poder asistir a cuantas tertulias literarias y presentaciones le proponían, en suma, ocupaba el puesto perfecto de escritor “de moda”. Con sus cabellos grises y su apariencia seductora, Vincent dueño de un dominio perfecto de la dialéctica, podía ser capaz de conquistar a cuantas personas le escuchasen porque era un orador impresionante, era capaz de hacer creer a los demás cualquier cosa. (Vincent escuchaba su voz, oía sus pasos). Esa era la cuestión, que Vincent podía ser cualquier cosa, un abogado reputado, un político, un periodista de pro, un presentador de las noticias, un piloto, un agente, un broker...cualquier cosa menos un escritor de verdad. Sin embargo, su apariencia, la generosidad intelectual que aparentaba tener, la versatilidad que emanaba de su persona, conquistaban verdaderamente el mercado y aún a los intelectuales más renombrados que le habían nominado ya como académico. Claro, eran pocos los que sabían que Claude le entrenaba y le hacía aprender de memoria citas eruditas con el solo fin de deslumbrar a cualquier tipo de público. Vincent era en verdad, el personaje creado por el escritor hecho realidad. (Vincent escuchaba su voz, oía sus pasos.)
El escritor, hasta hace unos años tenía una función mucho más privada que la que tiene actualmente, su labor era la de un monje en su laboratorio de palabras, después se inmiscuía en la sociedad para observar y con ello nutrir su sed de creación. La observación, la imaginación y la lectura eran sus principales fuentes para poder obtener su obra literaria. (Vincent escuchaba su voz, oía sus pasos.) Claude había sido desde siempre mucho más que el negro y el asesor para Vincent, él era el verdadero creador y no Vincent, pero éste último tenía lo necesario para conquistar el mundo, aunque tuviese que aprender las citas literarias de memoria seleccionadas por otro para poder ejercer su papel de bobo de salón. Sin apenas darse cuenta de ello, había ultrajado la personalidad de su propio hermano a quien ninguneaba por la sola razón de estar fuera de la norma. No sólo era por su aspecto físico, bizqueaba de un ojo, tartamudeaba, su cuerpo no era atractivo, sufría de fobia social...por eso reinventaron el personaje de Vincent quien cada vez que aparecía con su chaqueta de terciopelo negra y su camisa malva, unido a sus cabellos grises y su pose sensacional, ganaba a cualquier director de editorial. Las ventas subían. Sin embargo el intelectual era Claude, el verdadero creador que disfrutaba con lo que hacía, construyendo textos, inventando, imaginando, investigando...él era el único genio creador y sin embargo estaba en la sombra, en silencio, en realidad como debe estar el escritor, estar en la sociedad pero no pertenecer a ella.
                                                        
Con todo, Claude no podía soportar más el enorme vacío que le producían el asilamiento, la invisibilidad de su persona, el ser pero no poder estar, la melancolía de su vida cotidiana, construida de soledad y de desprecio. Vincent, no tenía nunca unas palabras de gratitud para con su hermano, un hombre endiosado por la circunstancias no reparaba en ello porque estaba acostumbrado a no tener que pensar en nadie, nada más que en él. Días, meses pasaron desde la última publicación existosa, la de los cuentos. En la última presentación del libro, Claude asistió, se presentó vestido de negro, con ese aire de hombre anónimo que le había caracterizado desde siempre. –No quiero entrar (se dijo) Escuchando cómo recitaba con voz de locutor el crítico las últimas líneas del final del cuento, Claude se levantó y como enloquecido gritó: -Eso es un plagio. Cuando Vincent cayó en la cuenta de que su hermano estaba allí, rápidamente llamó a los guardias jurados para que le llevasen fuera. Salió del salón y le preguntó en tono amenazante:
-Qué has venido a hacer aquí? Claude, contestó: -A reclamar el éxito que me pertenece, que es mio y solo mio.
-Demasiado tarde ¿no te parece? Habíamos convenido en que esto iba a ser así. Seguían los aplausos cada vez más fuertes.
Claude salió despavorido, bajó las escaleras del Círculo de Bellas Artes tropezándo con una cámara de televisión que le había grabado. Cruzó la calle soportando unas terribles palpitaciones que apenas le dejaban la capacidad de pensar, veía pasar los muros de cada esquina que iba dejando atrás por la Gran Vía. Todo se sucedía con demasiada rapidez hasta que sin saber cómo llegó a la Calle de Bailén y tropezó con el magno acueducto de Segovia concebido en 1874 por el célebre Eugenio Barrón y rediseñado durante la II República por Francisco Javier Ferrero Rusiá . A pesar de las reconstrucciones que le han sucedido, Claude encontró aquel lugar santo mucho más cerca de él que sus novelas y cuentos. Con solo apenas unas fuerzas para poder subir a los cristales que protegen tan extraordinaria obra, recitó las últimas líneas del cuento que finalizaban el libro de Vincent: “y no logró dominar al hombre natural cuando el desánimo manchó su alma”. Claude murió en el acto.
Así fue como Vincent Poissard acabó con el personaje que tenía en su mente desde hacía mucho tiempo liberándose de él por completo. Comenzó a combatir la esquizofrenia que padecen muchos escritores...todavía no sé si lo ha logrado. (Vincent dejó de escuchar su voz y de oír sus pasos.)


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