lunes, 23 de enero de 2012

Algo de Aristóteles: lo verdadero y lo falso


Hace falta recordar la importancia de la filosofía aristotélica como la etapa más importante en la cronología de la filosofía, y como punto de arranque del que partir de otros fillósofos. Nunca la filosofía griega ocupó un lugar más grande que con este pensador cuyas ideas serían la puerta de los caminos que después de él había de recorrer la filosofía. Y recurro a él para reflexionar, hoy, en torno a lo verdadero y lo falso, conceptos tan de moda hoy como antaño. Me refiero particularmente a la verdad en la dialéctica, no en las personas y su apariencia lo que sería sin duda, tema de un gran texto y de otro contexto. Para el filósofo griego la verdad o la falsedad se da primeramente en el juicio. el enunciado A es B, que une dos términos encierra necesariamente verdad o falsedad, según que una lo que está en realidad unido o lo que está separado; a la inversa diríamos de la negación. Pero hay un sentido más radical de verdad o falsedad, que es la verdad o falsedad de las cosas, la del ser. Así decimos de algo que es una moneda falsa, o que es café verdadero. Aquí la verdad o falsedad corresponde a la cosa misma. Y cuando decimos que dos y dos son cuatro, el sentido del verbo ser es el de ser verdad. Algo es verdadero cuando muestra el ser que tiene, y es falso cuando muestra otro ser que el suyo, cuando manifiesta uno por otro; cuando tiene pues, apariencia de moneda lo que es un simple disco de plomo. El disco de plomo, como tal, es perfectamente verdadero, pero es falso como moneda: es decir, cuando pretende ser una moneda sin serlo, cuando muestra un ser apariencial que no tiene en realidad. aquí aparece el sentido fundamental de la verdad αλήθεια en griego. Verdad es el estar descubierto, patente, y hay falsedad cuando lo descubierto no es el ser que se tiene, sino uno aparente; es decir, la falsedad es un encubrimiento del ser, al descubrir en su lugar uno engañoso, como cuando se encubre el ser de plomo tras la falaz apariencia de moneda que se muestra. Pasamos la vida entera en este juego permanente de ver lo que no hay en una muestra ficticia de lo que en realidad es y no lo parece. Este devenir de verdad y de falsedad es difícilmente reconocible y a menudo el ser humano, el individuo se deja llevar, quiere dejarse llevar y vivir en esa situación equívoca de la realidad, porque es mejor para él en un sentido global. Forma parte de esa ficción detestable hasta que un día quiere saber, quiere verdad y de tanto jugar a la apariciencia se da cuenta de que no sabe, no puede volver a la esencia misma verdadera de su ser. El hombre, casi por definición y desde el punto de vista de la alienación social, es un ser encubierto casi por naturaleza, porque quiere y necesita vivir en ese juego falso de ser quien no es. La sociedad está creada a partir de este sencillo y simple punto de partida y está aceptado por todos. ¿Cuántas personas conocemos a nuestro alrrededor que sean de verdad? ¿Lo son de forma individual y cuando forman parte del juego social ya no lo son? ¿Cuántas hay que no encubran algo? Lo bueno que da la vida al escritor es no tener que estar batallando cada día y de forma cotidiana con los juegos de falsedad y de verdad en los que se mueven la mayoría de los individuos. El escritor vive cuando trabaja fuera de la sociedad, la observa. La soledad que proporciona la escritura -hablo de la creación en si misma- le libra a uno de batallar contínuamente de esas falsedades, si bien, luego pasamos a una etapa mucho más encarnizada de lo falso, porque el escritor necesita de la verdad y de la mentira o falsedad para poder ser.  
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