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Historias de asesinos, cosas de niños

A las siete y media de la tarde de ayer se comunicó a la Comisáría del distrito del Hospital el comandante del puesto de la Guardia Civil del puesto de Vallecas que en la casa número 22 de la Calle del Pacifico había sido encontrado un hombre muerto violentamente. El jefe de dicho puesto envió a la casa indicada a los guardias que estaban a sus órdenes. Francisco Conde Piernas y Andrés Rodriguez García para que custodiasen el cadáver y prestasen los auxilios que las circunstancias exigiesen. Al mismo tiempo, la Comisaría ponía el hecho en conocimiento del juez de guardia que era el del Congreso, señor Cores, que inmediatamente acordó que el juzgado se constituyese en la casa del crimen.
En la casa donde se ha desarrollado el sangriento drama de que nos ocupamos, se halla instalada una fábrica de yeso cuya explotación corre a cargo de don Gregorio Alonso. Un cuñado de este, llamado Venancio Martínez se hallaba al frente de la fábrica, y ocupaba con su familia una de las habitaciones de la planta baja. También vive en la finca, un hortelano que tiene a su cargo el cuidado de una extensa huerta que ocupa toda la parte posterior del edificio. En abril del año último el propietario del inmueble don Faustino Uldaeña, tomó a su servicio al chauffer  Miguel García, el cual, en unión de su esposa, Francisca Ludeña fue a ocupar una de las habitaciones que había disponible en la fábrica, y contigua al local que para garaje había designado el señor Uldaeña. Tanto de la finca como de los productos de la huerta que eran muy abundantes, disfrutaban por partes iguales las familias de Venancio y del hortelano sin que nadie les hiciesen cuentas de dichos productos que tan amigablemente se repartían. Pero la llegada de Miguel y su esposa contrarió los planes de aquellos y a partir del día de su entrada en la finca se inició contra ellos la terrible cruzada que tan trágico fin ha tenido. Por que ni Venancio ni el hortelano podrían transigir con que persona alguna, siquiera fuese tan allegada al dueño de la finca pudiera ser testigo de cuanto ellos hacían.
Así es que por todos los medios posibles procuraban hacer insoportable la vida en aquel sitio, apelando a toda clase de recursos para obligarles a abandonar la casa. Comenzaron por matarle los conejos, las gallinas, las palomas, y hasta un gato, propiedad del chauffer, estaba sentenciado a muerte.
Miguel y su esposa se habían quejado en diferentes ocasiones al señor Uldaeña y aunque este procuró hacer valer su autoridad como dueño de la finca, sobre la familia del arrendatario, nada había conseguido. El hortelano prohibió al chauffer que atravesarala huerta para salir a la calle. Tratába de incomunicar al matrimonio, para que no pudiera salir de noche de la finca, para lo cuál cerraba Venancio la puerta principal con llave que guardaba en su poder.
Minutos después de las nueve se presentó el Juzgado compuestod el juez Cores, y del secretario señor Pérez Herrero. El comisario interino  del Centro del distrito del Hospital, señor Fernández Luna, acompañado del inspector Belundes y del agente Barco, recibió al Juzgado poniéndoles en antecedentes de lo que había ocurrido. El juez precedido de un empleado de la casa, que provisto de un candil iba alumbrando el camino, llegó al sitio en que se hallaba el cadáver. El cuadro que se ofreció a los ojos del juez Cores no pudo ser más conmovedor.
Tendido en el suelo en una pequeña hondonada que formaba la huerta, estaba el cadáver de Miguel García, cuya cabeza descansaba sobre una almohada que cuidadosamente había colocado su esposa. A los requerimientos juez se destacó del grupo que en torno del cadáver formaban las personas que por razón de su cargo asistian a la diligencia, don Vicente Díaz interventor de la fábrica, pidiendo permiso al juez Cores para declarar cuanto sobre el particular sabía.
el señor Días es un hombre de unos sesenta años, de aspecto noble y simpático. Con una valentía y una entereza de que se  dan pocos, aquí donde tanto se teme a la justicia, dijo con voz firme: -Señor juez, este hombre ha muerto asesinado.
-A ver, explíquese usted, dijo Cores.
-Ayer tarde, -continuó Díaz- oí yo que en la habitación de Venancio decía éste dirigiéndose al hortelano y a la mujer de este: "Hoy mato a ese hombre, ¡Dejadme salir! Hoy ha amanecido mal día para ese hombre y para mi! Le voy a levantar la tapa de los sesos. Él tienen que atravesar la huerta cuando venga del ventorro donde suele ir, decía una voz femenina. El señor Díaz comprendiendo el gran riesgo que corría Miguel pues conocía el genio de Venancioy las malas intenciones del hortelano, corrió a decir a la esposa de Miguel lo que había oído para que previniese a su marido. Cuando Francisca Ludeña oyó lo que le decía el señor Díaz corrió a la huerta, al mismo tiempo que entraba su marido por la puerta que da al campo, y de su habitación salía Venancio armado con una faca de grandes dimensiones.
Venancio se dirigió a Miguel y sin que mediase palabra alguna, le dió una puñalada en la tetilla izquierda. Miguel anduvo unos pasos vacilante y cayó pesadamente en tierra sin que su esposa tuviese el tiempo de acudir a sostenerlo. Venancio huyó a su habitación desapareciendo después. La infortunada esposa quedó al lado del cadáver hasta que llegó la guardia civil declarando lo mismo que el señor Díaz.
Se dieron las órdenes precisas para la captura del agresor. El juez dispuso que tanto el agresor y su esposa como el hortelano y la suya pasasen a disposición del Juzgado de guardia. El matador de Miguel García compareció ante el juez, y a las preguntas de este funcionario contestó declarandose el autor de la muerte del chauffer. Respecto de los motivos que había tenido para ello, dijo que ambos habían reñido y que Miguel le había dado dos bofetadas. Él entonces, ciego de ira, acometió a Miguel con una navaja. Esto es substancialmente lo que contó el agresor.
Declara Gregorio Alonso. Esta mañana prestó declaración el arrendatario de la fábrica de yeso, diciendo que ignoraba que existiesen resentimientos entre Miguel y su cuñado Venancio, y que le sorprendió hondamente la noticia del suceso. El arma homicida obraba en poder de una hermana de Venancio y aunque éste había dicho que no recordaba lo que habia hecho con la navaja, el comisario Fernández Luna la recuperó valiéndose de un ingenioso ardiz.
Terminadas estas diligencias, el juez, señor Cores, decretó el procesamiento y la prisión de Gregorio Alonso y Venancio Martínez, los cuales han sido conducidos a la cárcel celular en las primeras horas del día de hoy. ¡A la cárcel!
¿Verdad o mentira?
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