jueves, 26 de abril de 2012

Amor infinito



Pensamos en que Dios es amor. El hombre ama, pero Dios es el amor. Cuando amamos debemos de tener esta perspectiva sobre todo cuando amamos a alguien que se nos ha ido y que tardaremos en volver a reencontrarnos de nuevo. El hombre es todavía un sujeto, tiene todavía un ser propio fuera de su amor, en él es el amor propiedad, bienaventuranza -pues el amor es bienaventuranza- de un estado, de un momento pasajero; piénsese ahora por un momento lo que en el hombre es parte, como todo, lo que es predicación, como sujeto, como persona, como sustancia, lo que es momento, como ser permanente, entonces tendrás la visión de Dios. Dios es amor, pero el amor no es tranquilo, sino pura actividad, el amor es absorbente, lleno de sacrificio, ardiente, el amor es fuergo; es cólera ante lo particular y ante el empecinamiento egoísta. El hombre, un ser particular, abrasado de ira aniquiladora contra su natural egoísmo y particularidad, entrega en el amor, a sí mismo, algo particular y finito; pero Dios renuncia a todo; él se sacrifica a sí mismo al empeño egoísta en prevalecer de todas las criaturas; él es el amor que todo lo consume y que todo lo disuelve en sí mismo. Dios es persona; es una persona que es puro amor; deber haber pues en Dios, por así decirlo, un lugar, en el que todos los seres particulares, todas las criaturas son Uno tras ser consumidas, absorbidas. Las cosas, pues, y todos los seres particulares desaparecen por ello no inmediatamente ni propiamente en el tiempo, sin en Dios mismo. El último fundamento del carácter pasajero de toda cosa es Dios. Por lo mismo, pudiera decirse que la única y verdadera prueba de que existe un Dios es el tiempo, pues el tiempo prueba que es un ser infinito aquel en quien todo se consume, aquel ante quien todo lo que existe es finito, y sólo a causa de quien todo es finito, pasajero, no permanente; el tiempo es sólo la manifestación de que todo ha transcurrido en Dios desde la eternidad. Lo finito tendría una existencia y permanencia infinita, si no existiera un ser infinito. Lo mismo que, a causa de estar infinitamente alejados de nuestra vista los cuerpos celestes, uno de estos cuerpos luminososo, que ya ha dejado de existir hace una incontable cantidad de años, sólo nos parece que ha desaparecido en el momento en que ya no lo vemos, sólo así es también como la muerte sensible se prensenta al hombre sensible, así es como se le representa en el momento en que, con sus ojos sensibles, ve morir a un ser, a un ser que en verdad ya desde la eternidad había muerto en Dios. En efecto, la muerte temporal presupone una muerte intemporal, la muetre sensible una muerte supresensible. Y esta muerte eterna, esta muerte suprensible, es verdaderamente Dios mismo. Solamante la cáscara de la muerte es amarga, pero la almendra de su interior es dulce.  
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