martes, 17 de abril de 2012

Juventud detenida: a María



La vida cuando sigue su desarrollo nos convierte en seres dudosos de nuestra existencia y a medida que ese vivir recobra la identidad en si misma nos produce la situación inestable del no retorno. Los sucesos, los acontecimientos que hemos vivido no volverán a existir nunca más, ya han sido, ya han pasado y grabados están en nuestra memoria y capacidad de ser. Nos agarramos al pasado con auténtica pasión y miedo de perderlo al saber que nunca más será, comienzan los miedos, la inseguridad de saber que lo mismo que esos acontencimientos no serán, nosotros tampoco seremos nunca más. Olvidados de nuestra memoria el hombre, la mujer, recobra la sensación inerte de una probable y más que probable segura inexistencia, de una evidente desaparición de la persona y sabemos que no lo podemos evitar. A partir de ese momento existe lo que entendemos como diferentes modelos o formas de vivir que van directamente unidas a un proceso personal. Dicho proceso se relaciona aun sin querer con todo lo que nos rodea, al ser evidentemente hijos de una sociedad que pertenecemos a un grupo, que hemos surgido de una célula familiar y que con probabilidad dejaremos de pertenecer a ella. Ese es el primer eslabón de una cadena irremediable. El cuerpo, el nuestro, dejará de tener vida, con el tiempo, el cuerpo comienza a experimentar su deterioro plausible y las dudas se acrecientan: tendremos dolor, qué será la partida al otro mundo de lo que entendemos como cuerpo físico y cuerpo espiritual ¿duele la muerte?

Si estamos configurados de células vivas, la pregunta es cuándo comienzan a morir y de qué forma nos afectará el desenlace paulatino en nuestra vida. Asistimos a nuestro deterioro corporal y funcional y a cada paso que esto sucede un grano más de tragedia se asienta en nuestra vida. ¿por qué? Porque vemos que se aproxima el final y con ello las angustias de saber que no hemos realizado todo lo que queríamos, que nos falta tiempo, el tiempo...el único testigo y dueño de nuestra voluntad y resolución de pesares, ahora se convierte en nuestro principal enemigo. Solo la aceptación de la realidad con su dulce paso, con su normal estela por la vida puede ayudarnos a admitir que un día fuimos jóvenes y que ahora poco a poco dejamos de serlo. Si logramos asumir esta realidad y sacarle nuestro mejor partido, podemos tener una conciencia acorde a nuestra vida. Con ello nos evitamos falsas interpretaciones vitales, diferentes frustraciones, ansiedad, quimeras que no se han cumplido, falacias inexpugnables. La armonía de saber y de aceptar tal y como son las cosas relativizando las emociones que disparadas nos llevan al tedio, nos hará estar mejor en nuestra piel y en las relaciones con los que nos rodean. ¿Acaso nuestro vecino vivirá más tiempo y mejor que nosotros? ¿Lo merece más? ¿Conoce algún remedio infalible de perpetuarse? Se puede vivir en los demás y no morir nunca? Son algunas cuestiones de nuestra existencia para las que no le encontramos solución alguna, creciendo el problema, la idea, la obsesión. Muerte, devitalización continua del yo, del nosotros, del mundo, o acaso el mundo no dejará de existir, claro que si, pero siempre habrá alguien que seguirá vivo mientras nosotros moriremos. Y eso tiene difícil solución.

Desde la niñez constatamos la misma crisis de soledad que de adultos cuando un día nos preguntamos cómo hemos llegado y qué hacemos en este mundo. La angustia crece cuando añadimos que un día cualquiera tendremos que separarnos de nuestros familiares, generalmente en esa edad en la que las ligaduras se hacen irreversibles. Pocos pueden asumir con estoicismo el hecho produciéndose a tan temprana edad una crisis de identidad muy considerable, tanto que el ser humano que en esos momentos es un niño joven comienza a desarrollar el pensamiento y de ahí las ideas. Una separación temporal nos parece larga en la edad infantil del individuo, recordamos aquellos días donde nuestra madre se ausentó (quizás una pequeña operación o un servicio a la familia) y lo recordamos como una época larga de soledad, enormemente larga, las preguntas se suceden ¿dónde está mi madre? ¿por qué no está aquí? Cuando por fin nos reencontramos con ella y de adultos nos enteramos de que en realidad no había estado ausente nada más que 6 días, los seguimos recordando como una eternidad. El día en la guardería se nos hacía largo hasta que llegaba nuestra mamá, el paso del tiempo se configuraba en un espacio de tal elasticidad que los minutos duraban el doble. El tiempo, si es que existía tenía otra dimensión, pero cobrabamos sentido de lo que es con la separación de las personas queridas. Pero esto eran tan solo historias de la infancia que se magnifican cuando de adultos encontramos el verdadero sentido de la muerte. Hay personas, sin enbargo que “se nos mueren” en vida, son aquellas que por una razón u otra desaparecen de nuestra vida, pero no porque hayan dejado de existir fisicamente sino por el adiós enorme que les hemos dado al hacerlas desaparecer de nuestra vida es brutal. En general pueden ser parientes, familia directa, marido...mueren sin más, dejando de estar en las líneas inteligibles de nuestro pensamiento. Se han ido y no vendrán a nuestros sentimientos nunca más, aunque estén en cuerpo en la vida de la realidad. Luego están aquellas otras personas que en efecto mueren en cuerpo pero se quedan en nuestro ser para siempre, siendo de esa manera inmortales incluso en el momento mismo de nuestra muerte, también estarán formando parte de ella, viven en nosotros y no queremos olvidarlas. Esta figura a veces la ocupan los padres muertos o los hijos, un amor...personas realmente importantes con las que además hemos desarrollado muchos lazos de convivencia.
Pero la separaciónn vuelve al centro de nuestro pensamiento tanto si nos ocurre en la edad infantil donde la dependencia es enorme, como si nos ocurre en la etapa adolescente o en la adulta donde la lucha por la aceptación es encarnizada.
A menudo nos preguntamos y preguntamos ¿cómo será la muerte de mi padre y la de mi madre? La de aquel, la de un amigo...sucede y sucede sin más: mueren y en este sentido será igual la mentalidad joven o vieja proque una pérdida siempre es dolorosa, nos atraviesa la moral dejándonos en la miseria.
Esta parte del desencuentro es quizás una de las más difíciles de sostener y de aceptar tal y como he esbozado anteriormente. Sentimos una pena muy grande al ver uno de nuestros seres queridos (por ejemplo una madre) sufrir, sentir dolor, la tristeza y el desencanto dominan nuestro territorio más terrestre y sin saber por qué rompemos a llorar en un anhelo de desesperación absoluta y de incomprensión máxima. Por qué debemos sufrir para morirnos? Escuchamos las noticias de un sunami, de un terremoto, un accidente aéreo, un atentado...y siempre tenemos la misma pregunta en nuestra búsqueda quimérica de cambiar la realidad, ¿habrán sufrido para morirse? Lo enigmático de la vida es saber que tiene fin.



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