jueves, 26 de julio de 2012

El amor de Sophie (parte segunda)



Por si el ávido lector tiene sus dudas, le podremos decir que nuestra amiga Sophie no es lo que conocemos como una mujer necesitada de…Sí, me refiero a que históricamente las historias de amor en las mujeres se han relacionado con la carencia de afecto físico, sí, de falta de relaciones sexuales, de no tener con quién estar, de no sentirse amada físicamente y de no disfrutar de los placeres del cuerpo. Sophie, si es que se puede hablar de mentalidad masculina y/o femenina, desde luego la tenía masculina en el sentido de que podía estar con tres o cuatro hombres en el mismo día sin que por ello sufriera nada en absoluto. No engañaba a ninguno de sus hombres con argucias de nada, porque a todos les decía claramente que solo pasaba el tiempo. No dormía con ninguno de ellos. Si alguna de sus conquistas quería más, ya sabía por donde tenía que irse. Hacía tiempo se había operado los senos, digamos que se había puesto casi en una talla 100 de sujetador (para entendernos) con la ventaja de que con las prótesis si quieres no lo llevas, no te hace falta, las prótesis lo mantienen siempre turgente y bonito. Aquellos que critican lo artificial de estas cosas es o porque no tienen dinero, o porque no se atreven, no tienen valor para operarse, pero no se puede decir que quede mal, queda muy bien. Si con un poco de ayuda puedes tener un cuerpo estupendo por qué tenerlo peor gracias a los efectos de la naturaleza. Lo demás de su cuerpo era lo que se dice todo natural. Medía 1’70 y tenía las piernas muy largas de medidas, caderas y cintura proporcionada, elegantes y una buena melena de color castaño. Facción por facción no decía nada, pero el conjunto era extraordinario, todo un bellezón que ella misma procuraba explotar al máximo de sus posibilidades. Para Sophie era muy importante el sexo, por eso mismo, no había día que pasara sin tener su buena ración, o varias raciones –según lo ocupada que estuviera-, bien en su despacho magistral del Museo, para el que tenía un sofá divino que se convertía en cama, bien en su casa cuando Manon no estaba o bien asistía ella a casa de alguno de los incondicionales a los que frecuentaba al menos una vez a la semana, como Antoine o Lucas que eran amigos de toda la vida y compañeros de bacanal. Sus artes de seducción –además de la maravillosa lencería que en cada ocasión lucía- eran tan fuertes que desde luego sus amantes volvían una y otra vez al comprender que aquel tiempo con esa mujer no era cualquier cosa,  y poderla olvidar después se hacía prácticamente imposible.
El hecho de tener una vida sexual tan enormemente activa (exagerada diría yo) no le impedía por supuesto, desarrollar bien su trabajo para el que era una pieza clave, no había –sin duda- muchos que hablaran 8 idiomas como ella, ni que supieran de Arte como Sophie, por no hablar del bagaje cultural que le acompañaba casi en cada expresión. Por esa misma razón, el hecho de que a sus 54 años se viera inmiscuida en una situación así como en la que se encontraba con el maldito Pierre Lavraille, era cuanto menos extraño y ya, desesperante. Uno de esos días en los que llevaba a Manon a su curso abrió la puerta una mujer mayor, muy dejada, sin apenas arreglar, deformada de cuerpo, con canas…pensó que era la hermana de Pierre por la manera en la que ambos se trataban y hablaban. Tristemente descubrió algo bastante habitual y es que aquella mujer que se llamaba Térèse era su mujer, por la razón bastante común de que los matrimonios que llevan mucho tiempo juntos en general, parecen dos amigos, dos hermanos, algo así. Esto ya había terminado de hacer trizas el corazón de Sophie.
En una de las últimas clases antes de las vacaciones de Pâques, explicando Pierre las octavas en el piano –pues había una alumna de oyente- dijo: me permites, y cogió las manos de Sophie para explicar cómo el dedo pulgar y el meñique deben estirarse para llegar a hacer esas notas. Era bastante obvio que tocaba sus manos expresamente con otra intención, con la intención de amarla a través de sus manos que para él eran muy importantes. Al menos eso es lo que a ella le pareció. Otro día comentó: los músicos hablamos por medio de la música, mira por medio de estos acordes puedo estar diciendo te quiero, porque esto es lo que mejor tengo, es lo mejor de mi, lo que más me ha costado hacer, vasos de sangre para conseguirlo. Sophie, también le pareció que se lo estaba diciendo expresamente, pero como estaban en la clase delante de Manon, pensó al mismo tiempo que era una forma alegórica de hablar. Todo esto comenzaba a ser casi un tormento al que no se le veía ningún fin. 
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