martes, 14 de agosto de 2012

El amor de Sophie (cuarta parte y desenlace provisional)

  • Decir si el profesor Pierre Lavraille era un hombre especial o no lo era, no es del todo relevante en cuanto a la seducción y capacidad de enamoramiento que cada cual tiene en la vida. Como buen francés de cierta edad –los de ahora carecen por completo de dicho atractivo "genético"- tenía modales y acento de atractivo absoluto, muy seductor, pero al mismo tiempo espontáneo, no era el característico chulín que va por la vida de seductor, no, este lo era porque había nacido así y creo que no era consciente de ello, lo era por naturaleza. Era de esas bestias que emanan sensualidad por todas partes y que no sabes muy bien qué hacer a su lado. Su manera, exquisita de usar el idioma galo, era extraordinaria, muy culta, dejándose caer en ciertas sílabas, con ciertas maneras graciosas y con un manejo de la expresividad en manos y ojos muy interesante. Captaba de inmediato la atención de un estadio de fútbol si hiciera falta. Después, su seriedad imponía excesivo respeto, casi, casi, rayaba el despotismo y esto descolocaba en cierto modo al interlocutor, receptor o amigo al no saber muy bien si las cosas le gustaban o no. No era amigo de expresiones amplias y exageradas, con lo cuál si recibía una llamada en pleno trabajo le podía sentar como un tiro, o un regalo, igualmente era una incógnita saber si le había agradado o si pensaba de ti cualquier barbaridad. Es obvio que cada persona tiene su atractivo determinado, sus cualidades que le hacen único e irrepetible, su tono de voz, su mirada….etcétera, de tal modo que lo que para uno es muy sugestivo para otro no lo es y así se ha escrito el mundo de la seducción y de los gustos en el amor que son tan variopintos como caprichosos son los juegos en la vida sexual. En este punto es donde Sophie comenzaba a no encontrar retorno alguno a su situación, algo completamente terrible en las personas que son prácticas en la vida. El hallarse en una situación de bloqueo es lo peor que les puede pasar. Sophie había perdido toda su vida, por así decirlo, todos sus juegos amorosos cotidianos, su juego inteligente en el trabajo, sus éxitos, su disfrute cultural, el gusto por cuidarse, por salir, por estar con su hija Manon, que ya empezaba a tener su personalidad, su carrera artística y ahuecaba a su madre a un lado. Era amor o era frustración ¿o ambas cosas?Eran las dos cosas, claro, no podía dejar de pensar en aquel hombre ni un momento y eso le frustraba el resto de la vida y de las emociones porque no le podía tener. Punto. Esa frustración era ya enorme y odiosa e impedía por completo disfrutar de la vida a nuestra amiga ¿Qué hacer?.

    1. Bueno, Sophie tuvo varias tentativas lógicas de querer seducir a aquel hombre, vamos, de ver cómo reaccionaba o de saber si era capaz de reaccionar, más bien, si era hombre. Hombre tenía que ser, pero en las circunstancias en las que siempre se encontraban era absurdo: Sophie madre de alumna en clase de piano. Ridículo. ¡Qué seducción ni leches! A ese punto estaba ya nuestra amiga desesperada, cada vez se arreglaba menos delante de aquel témpano a quien solo le importaban las corcheas. Un jueves tuvieron que ir a un concierto, alumnos y profesor, con lo que Sophie se dijo ¡esta es la mía! Apareció en la ópera para poner a prueba la masculinidad del artista y lo logró. Sentía que el tal Pierre o Profesor Lavraille -como guste el lector- no le quitaba ojo durante todo el concierto a aquella espalda que lucía al aire casi hasta donde pierde su nombre, cabello recogido en moño y tacones de diez centímetros. Sophie controlaba esas artes de maravilla, claro, sabía andar, pararse, girarse…y sabía que aquel hombre-hielo quería abrazarla, cogerle la mano y mucho más. Después ya en la soledad de su cama lugar donde por primera vez encontró soledad, volvió de nuevo el martirio porque por primera vez en su vida dudaba de si aquellas percepciones que había sentido y que nunca hubiera dudado de ellas, no eran más que fruto de su imaginación, de su anhelo de enamorar a aquel témpano inalcanzable.
    2. Después todo volvió a la misma rutina, clases de piano y a casa.
    3. Un día Sophie se levantó y decidió que todo aquello tenía que terminar, que no podía continuar así más tiempo, ella era una mujer práctica, era una mujer con ganas de vivir y las había perdido porque quería a un hombre que estaba en su cerebro, le amaba enloquecidamente, pero en realidad, no le conocía. Pensó que en realidad los sentimientos se deben compartir, que no hay nada malo en ello, que es algo noble y honrado y que confesar lo que a uno le pasa es un acto de dignidad. Indigno es el que escucha esos sentimientos y no los respeta o no les da la seriedad que merecen. Escribió una carta contándo todo –en realidad a un extraño- a alguien que ella había creado en su imaginación, a una imagen de un hombre que ella albergaba en su corazón pero no a alguien real, no le conocía, pero con todo, le dio la carta después de una clase de piano de un viernes. No se le puede decir más noblemente a alguien todo lo que se le ama como lo hizo Sophie en aquellas letras. ¡Pobre mujer!Pero cuando pasó aquella noche y amaneció sintió que había sido todo aquello una catársis que le había venido bien a ella personalmente, pero le daba mucha vergüenza personarse delante de aquel hombre, no por qué pensaría, sino porque de repente se vio absurda, ridícula e infantil.
    4. No es no quisiera volver a verle es que ella misma se colocó en una posición extraña, incómoda, que la forzaba a actuar de manera distinta. Contrató a una joven asistente para que se encargase de asistir a las clases con Manon y no quiso verle más, se lo autoprohibió, bueno, insisto, en que no podía o no debía volver a verle no que no quisiera. Si el profesor tenía que hablar alguna cuestión sobre Manon, este no paraba de preguntarle ¿cuándo vendrá tu madre Manon? Tengo que hablar con ella. Sí, sí, pronto, es que está de viaje. Cuando pasaron cuatro meses, Sophie se había restablecido en cierto modo, había recuperado su vida cotidiana, sus costumbres, su trabajo, amistades, vida sexual, cultural…todo más o menos, aunque no era ni mucho menos la misma, quería forzarse a serlo, se obligaba y esto le provocaba mayor tristeza aún, al sentir que ya no era la misma, no tenía gana de nada, no tenía interés por las cosas. Había sin duda un antes y un después y no sabía muy bien cómo iba a enfrentar su futuro. Por primera vez en su vida sentía cierto vértigo en el devenir de los años, en el pasar de los días. Un día sonó su teléfono móvil –Manon se lo había dado a su profesor a pesar de la prohibición de su madre- y contestó sin saber quién era de manera natural. Era él: ¿buenos días mi amor, todo este tiempo no ha sido igual para mi, no has estado y me siento muy mal sin mi musa. Por favor, necesito verte, por favor, ven conmigo a Bönn los próximos quince días, necesito hablar contigo mucho tiempo.
    5. Cuando Sophie colgó el teléfono temblaba sin poderse controlar, pero aceptó. No hay nada como la propia vida para que nos sorprenda.
             La autora ya contará que fue de estos dos cuerpos con sus almas, si el lector tiene interés.

    jueves, 2 de agosto de 2012

    El amor de Sophie (parte tercera)



    Hay dos clases de hombres: los que creen que todas las mujeres se vuelven locas por ellos, es decir que con independencia de si tienen o no arte de seducción, atractivo y demás condiciones de seductor redomado, ellos por antonomasia se creen en la posición de reyes y de que a todas las traen locas. Estos son los que a menudo confunden una mirada normal y corriente con una mirada de rendición y cosas así. Un horror. Luego están los que son todo lo contrario, aquellos que del despiste que tienen encima, ni por asomo se enteran de que les amas enloquecidamente, de que das la vida por ellos, de que te encanta aunque se aunque sea imperfecto, de que estarías dispuesta a estar a su lado hasta que se muera. Estos no se enteran, no va con ellos, generalmente enamorados de su profesión, con lo cuál si sales por ahí, con asuntos de novela decimonónica, de enamoramiento patológico y demás, lo más normal es que te miren con cara de estupefacción. Claro, conquistar a uno de estos que aparentemente no les interesa nada y que están por encima del bien y del mal, que no son terrestres, pues tiene su aquel. Pierre Lavraille pertenecía a este último grupo, el de los intocables. 
    Como ya hemos señalado Sophie, había desencuadernado por completo su azarosa vida, no podía trabajar como antes y aunque había estado de baja sin razón aparente -depresión según el médico- había tenido que reincorporarse a su puesto, pues el peso de la responsabilidad le podía sumamente. No hay nada peor en la vida del ser humano que asistir al trabajo cuando no puedes con la vida, cuando todo te da asco, cuando llevas la náusea puesta y desasosiego y angustia no puedes eliminarlo te pongas como te pongas. El tiempo, a pesar de lo que te digan se hacen interminable y todo lo que hasta ese momento hacías con rutina y satisfacción (recibir hombres en tu despacho, tomar café, idear proyectos, tomar decisiones, relacionarte, sonreír, sentirte hermosa, compartir con tus amigas, saberte conquistadora, satisfecha, maternal...) todo, absolutamente todo se convierte en apatía, en vómito. Solo quieres meterte en la cama, pero esta vez solo para dormir y desaparecer.
    Es muy normal, que la naturaleza de las mujeres les obligue a forzarse a hacerse las fuertes, en muchas ocasiones, casi siempre por el mero hecho, por ejemplo, de ser madre: como tienes hijos no puedes desfallecer y los males te los curas a tortazos. Esta es una mala terapia porque el mal que uno tiene sigue estando ahí, sin lugar a dudas, y si no te lo curas, si no te das ese tiempo que necesitas para curartelo, saldrá de alguna manera, quizás convertido en enfermedad, en carácter, en insomnio, en alcoholismo, pero salir, sale. Esa superación obligada y forzosa de los problemas y desafíos por parte de las mujeres durante esta vida de asco, me pone frenética, porque las consecuencias se ven, a base de no pararte a ver lo que te sucede y cuidarte un poco, muchas viven la amargura de la vida con caracteres verdaderamente deleznables, haciendo polvo a todo el que se acerca, otras lo pasan fatal. Esta imposición odiosa es igualmente detestable para los hombres, que desde que nacen se les inculca la responsabilidad sobre sus hombros de tener que hacerse responsables de una familia, quieran o no, de tener que darles de comer porque esa es su obligación y así ha sido toda la vida, porque sí, porque el hombre va a cazar y punto.  
    La cuestión es que Sophie, ya nuestra amiga, había perdido la ilusión por vivir. Cualquiera puede pensar que en estos tiempos que corren parece mentira que estas cosas sucedan, con mayor motivo en una mujer así, de una vida plena, material y emocionalmente hablando. Ella continuaba asistiendo a las clases con su hija Manon dos, a veces tres veces por semana y parecía ser este el único motivo de existencia. Ya tenía bastante claro que aquella mujer mayor era la esposa de Pierre, ya iba conociéndole un poco más por medio de la observación, ya se había convertido aquel hombre en algo fundamental para su -por ahora- triste vida. ¿Cómo atacar a un hombre que está casado? Es innoble, ¿con qué propósito, además? Nunca dejará a su mujer y además es normal. "El caso es que percibo que algo, un poco importante para él, si soy", se decía ella cada noche. ¿Qué puedo hacer? Esta encrucijada era la misma encrucijada que le arañaba a cada momento: ¿qué vas a hacer con todo ese amor? Porque algo tenía que hacer, su vida le había cambiado por completo, se sentía feliz y sin ganas de vivir, se conformaba con poco, con una mirada. Pero si algo tenía nuestra amiga era coraje ante la vida y a pesar de la enorme depresión que arrastraba y su crisis que no podía controlar no iba a dejarse arrastrar hasta la muerte aunque a veces lo hubiera deseado. Si estaba en un puesto como el de Directora de Museo, es porque era una mujer práctica, emprendedora y esto tenía que llevarlo al terreno del amor. Manon, cada vez estaba más contenta y progresaba muchísimo con aquel maestro, claro...todo iba sobre ruedas, maestro e intérprete, mientras que la madre, Sophie, comenzaba a dejar demasiadas cosas de si misma, pero sobre todo, la vida, empezaba a perder la vida, su energía.

    Lee y piensa: samaritano o fariseo ¿qué eres?

    samaritanos, fariseos...

    Los libros sagrados siempre me han interesado en grado extremo y es por ello que mis reflexiones sobre la vida alcanzan también a una de la...