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El amor de Sophie (parte tercera)



Hay dos clases de hombres: los que creen que todas las mujeres se vuelven locas por ellos, es decir que con independencia de si tienen o no arte de seducción, atractivo y demás condiciones de seductor redomado, ellos por antonomasia se creen en la posición de reyes y de que a todas las traen locas. Estos son los que a menudo confunden una mirada normal y corriente con una mirada de rendición y cosas así. Un horror. Luego están los que son todo lo contrario, aquellos que del despiste que tienen encima, ni por asomo se enteran de que les amas enloquecidamente, de que das la vida por ellos, de que te encanta aunque se aunque sea imperfecto, de que estarías dispuesta a estar a su lado hasta que se muera. Estos no se enteran, no va con ellos, generalmente enamorados de su profesión, con lo cuál si sales por ahí, con asuntos de novela decimonónica, de enamoramiento patológico y demás, lo más normal es que te miren con cara de estupefacción. Claro, conquistar a uno de estos que aparentemente no les interesa nada y que están por encima del bien y del mal, que no son terrestres, pues tiene su aquel. Pierre Lavraille pertenecía a este último grupo, el de los intocables. 
Como ya hemos señalado Sophie, había desencuadernado por completo su azarosa vida, no podía trabajar como antes y aunque había estado de baja sin razón aparente -depresión según el médico- había tenido que reincorporarse a su puesto, pues el peso de la responsabilidad le podía sumamente. No hay nada peor en la vida del ser humano que asistir al trabajo cuando no puedes con la vida, cuando todo te da asco, cuando llevas la náusea puesta y desasosiego y angustia no puedes eliminarlo te pongas como te pongas. El tiempo, a pesar de lo que te digan se hacen interminable y todo lo que hasta ese momento hacías con rutina y satisfacción (recibir hombres en tu despacho, tomar café, idear proyectos, tomar decisiones, relacionarte, sonreír, sentirte hermosa, compartir con tus amigas, saberte conquistadora, satisfecha, maternal...) todo, absolutamente todo se convierte en apatía, en vómito. Solo quieres meterte en la cama, pero esta vez solo para dormir y desaparecer.
Es muy normal, que la naturaleza de las mujeres les obligue a forzarse a hacerse las fuertes, en muchas ocasiones, casi siempre por el mero hecho, por ejemplo, de ser madre: como tienes hijos no puedes desfallecer y los males te los curas a tortazos. Esta es una mala terapia porque el mal que uno tiene sigue estando ahí, sin lugar a dudas, y si no te lo curas, si no te das ese tiempo que necesitas para curartelo, saldrá de alguna manera, quizás convertido en enfermedad, en carácter, en insomnio, en alcoholismo, pero salir, sale. Esa superación obligada y forzosa de los problemas y desafíos por parte de las mujeres durante esta vida de asco, me pone frenética, porque las consecuencias se ven, a base de no pararte a ver lo que te sucede y cuidarte un poco, muchas viven la amargura de la vida con caracteres verdaderamente deleznables, haciendo polvo a todo el que se acerca, otras lo pasan fatal. Esta imposición odiosa es igualmente detestable para los hombres, que desde que nacen se les inculca la responsabilidad sobre sus hombros de tener que hacerse responsables de una familia, quieran o no, de tener que darles de comer porque esa es su obligación y así ha sido toda la vida, porque sí, porque el hombre va a cazar y punto.  
La cuestión es que Sophie, ya nuestra amiga, había perdido la ilusión por vivir. Cualquiera puede pensar que en estos tiempos que corren parece mentira que estas cosas sucedan, con mayor motivo en una mujer así, de una vida plena, material y emocionalmente hablando. Ella continuaba asistiendo a las clases con su hija Manon dos, a veces tres veces por semana y parecía ser este el único motivo de existencia. Ya tenía bastante claro que aquella mujer mayor era la esposa de Pierre, ya iba conociéndole un poco más por medio de la observación, ya se había convertido aquel hombre en algo fundamental para su -por ahora- triste vida. ¿Cómo atacar a un hombre que está casado? Es innoble, ¿con qué propósito, además? Nunca dejará a su mujer y además es normal. "El caso es que percibo que algo, un poco importante para él, si soy", se decía ella cada noche. ¿Qué puedo hacer? Esta encrucijada era la misma encrucijada que le arañaba a cada momento: ¿qué vas a hacer con todo ese amor? Porque algo tenía que hacer, su vida le había cambiado por completo, se sentía feliz y sin ganas de vivir, se conformaba con poco, con una mirada. Pero si algo tenía nuestra amiga era coraje ante la vida y a pesar de la enorme depresión que arrastraba y su crisis que no podía controlar no iba a dejarse arrastrar hasta la muerte aunque a veces lo hubiera deseado. Si estaba en un puesto como el de Directora de Museo, es porque era una mujer práctica, emprendedora y esto tenía que llevarlo al terreno del amor. Manon, cada vez estaba más contenta y progresaba muchísimo con aquel maestro, claro...todo iba sobre ruedas, maestro e intérprete, mientras que la madre, Sophie, comenzaba a dejar demasiadas cosas de si misma, pero sobre todo, la vida, empezaba a perder la vida, su energía.
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