sábado, 29 de septiembre de 2012

Los días cotidianos, el fígaro aniquilador, vericuetos


El otro día iba yo por la calle pensando en cosas, en ideas absurdas —diría yo—, con el rostro manifestador de estar más pallá que pacá, pues si, pensaba yo en el nominalismo, en que los universales no existen ni fuera
de la mente siquiera, en que nuestras representaciones son individuales; son simplemente nombres, signos de las cosas, y el pensamiento es una operación simbólica, una especie de cálculos que está estrechamente ligado al lenguaje.
En ese momento las lechugas no me parecían tales, eran otra cosa en aquel supermercado absurdo, eran una invención porque habíamos convenido en llamarle lechugas, nada más, pero podían ser, cardos o berzas.
Busqué ante aquellos melones que no paraban de hablarme, tan sólo explicaciones causales, me lo expliqué de esa manera y mi rostro lo reflejó igualmente, sin los fines, me lo explico todo de forma mecánica, algo hasta cierto punto lógico, sobre todo si recapacitamos en el mecanicismo del mundo, de la sociedad. Descartes también admitía el mecanismo para la res extensa, pero se contraponía al mundo inmaterial del pensamiento (vuelvo a decirlo porque aún hoy está sin resolver). La cuestión cartesiana en realidad no tiene que ver nada con las peluquerías, sin embargo, la persona mezcla los conceptos porque sin quererlo estamos obligados a padecer la cotidianeidad, el realismo de la vida en definitiva.
Suena el teléfono. Me inquieto por que me pone muy nerviosa el sonido del teléfono, es como si alguien me vigilara, y no quiero decir nada de los que llevan móvil. Descuelgo, ¿Está María? Preguntaron por el auricular. 
No, aquí no vive ninguna Paula, digo María, se ha confundido... susurré con bastante taquicardia y no menos mal humor después del susto que me había llevado al sonar estrepitosamente el teléfono a las tres y media
de la madrugada. Lo cierto es que por un momento dudé de mi existencia sobre todo porque la persona que preguntó al otro lado del auricular daba por real algo que podía ser, al menos en principio. Perdí el hilo pensando si era yo quien era o si realmente podía ser María o Enriqueta... qué más da. ¿Por qué no podría ser yo María, o Emilia...? y a mí qué más me da, podía haber contestado que sí, que soy María y probar suerte, porque como ahora soy... no me identifico, me veo mal, muy mal. Sería mejor transformase en otro. Gregorio en La metamorfosis también observó cómo para los demás su transformación no sirvió de nada, eso mismo nos sucede, me sucede a mí, cambiamos, evolucionamos por dentro, pero de nada nos sirve si el resto de los humanos no toman conciencia de tal metamorfosis.
O mejor dicho, si ellos (entendiendo el pronombre como el resto de la humanidad) no evolucionan hacia otro lugar también, paralizándose. El caso, es que un día vuelves a verlos, te reencuentras y sufres el inmovilismo de ellos llegando a la conclusión de que te has quedado solo de tanto pensar, que en realidad no te ha servido para nada la progresión, piensas que ha sido una elemental y chunga ensoñación, una pesadilla irracional. Te creas un enorme club de enemigos que en realidad no existe nada más que en nuestra conciencia. Digo yo que vivir en ese equilibrio no es fácil. Mejor viajo desde mi butacón azul —mis amigos lo conocen— y me veo Grandes Museos con sus cuadros bien de cerca y me quedo mucho mejor. La Fundación de Madrid y el Prado me envían los mejores catálogos y lo paso bomba en mi butaca analizando sus pinturas y reproducciones. Aprendo. Entonces ese madrugada de ruido telefónico y de melones que me habían hablado durante todo el día, recordé sin acritud, con dulzura, las últimas palabras con las que termina Tristana de Benito Pérez Galdós: «una maestra muy hábil enseñóle dos o tres tipos de pasteles, y los hacía tan bien, tan bien, que don Lope, después de catarlos, se chupaba los dedos, y no cesaba de alabar a Dios. ¿Eran felices uno y otro? Tal vez». De donde deduje que yo tenía memoria acordándome del párrafo y que en realidad lo que yo quería era hacer en esta vida era pasteles cartesianos, vamos, tener una fábrica cartesiana. Entonces volví a recordar que susurrando aquellas palabras galdosianas aquella madrugada, un día 15 de abril cualquiera, a las tres y media de la noche, mi amiga Cecilia, abandonó su casa con la esperanza de encontrar otro lugar, otra existencia, como tantos otros seres humanos que un buen día feliz para ellos abandonan al opresor y marchan en busca de búsquedas.
Había salido de Chile y todo aquel maremagnum de vivencia le impidió para siempre la posibilidad de ser otro. Claro, pocos pueden entender su evolución. Todo Chile era un recuerdo en blanco y negro, como la Guerra Civil, como los niños españoles que se marcharon a Rusia, porque hoy, sólo lo recordamos así, en blanco y negro y ya ni lloramos. A eso le llaman memoria histórica al blanco y negro, pero no al dolor y al sufrimiento, por ahora no le han inventado un nuevo vocablo que lo sustituya.
Yo le dije a Cecilia que me preocupa volar, me preocupaba el vacío, el salto, quizás el abismo de la existencia, la decisión; es en ese espacio taquicárdico donde me convierto en pájaro y voy hacia la experiencia, hacia el suceso, la incidencia, la peripecia como cualquier heroína de novela en su búsqueda. Cecilia dijo: —el vuelo no existe. Lagartos y más lagartijas que corretean sin cesar por paredes y suelos, ¡qué buenas son las lagartijas!, ¡y los grillos también! Esos sí que nos dan la sensación de vida y frescor necesaria a cada rato estival, mucho más que el champú de hierbas que tanto anuncian por la televisión. En la noche, una de esas noches fresquitas entre el verano y el otoño al son de los grillos, esas noches sí que son merecedoras de vivirlas, con un buen libro, salamandras y lagartijas que suben y bajan a su antojo... ¡eso es la vida y con qué poco se vive! Sin embargo Cecilia no pudo nunca hacer ni eso, ella nunca pudo vivir como lo hacemos los demás. El peso de su tragedia, del horror vivido, nunca la dejó vivir en paz. Para qué las personas. Altazor ¿dónde te has metido? Cómo te echo en falta en estos buenos momentos: Mi paracaídas se enredó en una estrella apagada que seguía su órbita concienzudamente... Noches de nadie sin molestias agradeciendo enormemente que nadie conteste cuando uno habla ¡qué alegría! Nadie llamará a mi teléfono para preguntar por alguien que no existe y si existe no estará nunca más para los que nos configuran a su modo, externamente. Sólo grillos y palabras, muchas palabras escritas, el silencio, los grillos otra vez... Así hasta el infinito, hasta que suena el teléfono y es alguna cotorra de estas a las que ya no aguanto más, creo que ni un minuto más. ¡Cuántas veces en nuestro fuero interno pensamos eso y sin embargo no tenemos valor para decirlo! ¡ya no te quiero ver y déjame en paz! Sobre todo: te rogaría que no hablaras porque no te voy a escuchar, no soporto las palabras hoy, prefiero escuchar a los grillos, así que no vengas a colocarte en mi jardín porque me molestas y entorpeces mi idilio con la naturaleza y con los grillos! ¡griiiillooooosss! Eso sería un manifiesto o una declaración de principios: donde molesto ya no llamo, pues eso, no llame usted que me molesta y mucho, ¡qué bien si alguien lo entendiera! Con lo que se adelanta hablando sola. Fue en ese momento cuando Cecilia —como escritora que es— quiso pensar que su dolor no era ni mucho menos en vano, no así su texto que sí lo era. Simplemente su amor estaría en el tiempo con la esperanza de desvanecerse tan pronto se sumergiera en la realidad. La irracionalidad de sus sentimientos, hiciéronle pensar que de nuevo se hallaba en los límites, aquellos que le traicionaron en alguna ocasión con la locura de su ausencia como ser. Entonces era cuando él (entidad imaginaria) emergía en la realidad como una sombra de su propia existencia. Él era el dolor, era Él cuando él volvió... siempre volvió el blanco y negro. Quererlo atrapar con sus manos, abrazar la identidad que había creado y que ya era. De alguna manera ya estaba otra vez, y tenía manos, algo viejas, y sexo, y aliento y cigarrillos liados y metálicos. El tormento volvió y su dolor, el de su alma, también volvió siempre y se asentaba como aquella enfermedad que en realidad no tenía fin. No tenía lugar en su vida, pero segura estaba de la inexistencia de su ser en el pensamiento de aquel hombre que amó una vez que llegó a Francia como exiliada. ¡Qué horror! Entre Chile con mi amiga Cecilia y mis digresiones sobre Descartes salí aquella mañana de compras después de haber tenido una noche de perros ¡claro! Me odié en aquel probador rodeada de extrañas dependientas en espera de que salgas para darte su opinión, como si uno no la tuviera y aunque maltrecha, sinceramente, la prefiero a la de otros porque al fin y al cabo mi opinión me pertenece igual que la realidad en la que vivo, es sólo mía. En esos días en que una no tiene personalidad lo mejor es quedarse en el butacón azul. No sé por qué hay que hacer estas cosas, es como ir a la peluquería, mayor desgracia para la mujer no existe. Para los hombres no sé cómo funciona este asunto, pero seguro que no es tan traumático.
Entras a la peluquería —ese salón de perritos lulú— y sales siendo otra, ¡cambian tu persona sin más! te invitan a ser como la tía Luisa o como la del sexto, ¡qué sé yo! Pocas son las que ante semejante establecimiento conservan algo de sí mismas: encuentras tu personalidad marcada, destrozada y el bolsillo maltrecho acordándote de la hora en que entraste, de tu madre —mamá por qué no estás aquí y me defiendes—, de las de los demás, de esa profesión de peluqueros/as que con tanta alegría consiguen ser y que nadie condena a la cárcel, que es en donde a más de uno/a deberían encerrar, en fin... Son pensamientos aunados todos en un solo hombre. La mayoría de los peluqueros quieren borrarte de la faz de la tierra, te quieren cambiar, sin tener en cuenta tu opinión sobre el cogito ergo sum o sobre la muerte e inmortalidad de Feuerbach por poner un ejemplo, porque influir, influye y mucho. Y así pasa claro. Y es que esta tribu de fígaros mal encarados son capaces de todo, son verdugos de la existencia, del sentir. Se diría incluso que han nacido para ello, familia son de Belcebú, de hecho. El caso es que por más divagaciones que tengas en tu cabeza, éstas se quedan en nada a la hora de entrar en un salón de esos que llaman de belleza y estética, en un mismo día que te pongas, te pongas como te pongas, ningún peluquero o maestro de la estética te verá bien, nunca. Te pondrán mil pegas, querrán hacer de ti otro ser, te invadirá la desilusión de ti misma de la no aceptación, del no servir para los otros, de estar mal para los otros, de que no existes con la presencia que tú te crees. Si tal y como existo no es real porque el que tengo enfrente lo quiere cambiar es que no existo, soy en mi ser, invisible para los demás, siempre me querrán cambiar.
Y es que esto de la peluquería es de las profesiones que te haces en menos tiempo y con ninguna responsabilidad, aunque aniquiles. Un día, uno de esos ingratos me practicó un moldeador. ¡Maldita hora y lástima de cóctel Molotov! De haberlo tenido a mano…En lugar de cabeza pasé a tener una escarola, sentí cómo me habían quemado el pensamiento de la manera más bárbara posible, me habían encrespado, rizado las ideas… —¿Y ahora qué hago? ¡Pues te tienes que aguantar! Razones hay sin duda para encerrar en mazmorras a más de uno, sin embargo no conozco ningún caso al que hayan ejecutado, aunque lapiden tu persona con el cepillo, tijeras y secador. ¡Da igual! Otros por menos...¿Por qué no habrá cárceles preventivas para peluqueros y gente de la moda? Soy imbécil, así me va, claro. Mi radicalismo emerge de la verdad, y supongo que tengo derecho a ejercerlo sobre todo cuando uno ve el resultado de sí mismo y lo contempla con tristeza y atado de pies y manos delante del espejo, ese bendito arma del cristianismo que siempre dice la verdad. Sentí que el ataque a la persona es tan fuerte como el terrorismo de masas, ellos los peluqueros te torturan, realizan la violencia y además cobran. Tampoco en esto nadie dice nada y tienen —los de la moda— además, el beneplácito de ocupar el mayor espacio publicitario por todos jamás soñado. Así va España.
Cecilia dice que cuando estuvo encarcelada en Chile sufriendo maltrato, no tenía tiempo para pensar en esas cosas. Ahora ha venido otra vez el blanco y negro asentado nuevamente en la tortura de lo cotidiano y no
lo puedo conjugar.

lunes, 24 de septiembre de 2012

El sueño de Tabitha



Temblores y vértigos habían ocasionado más de una reacción convulsiva en la maltrecha y desesperada alma de Tabitha.
-Oigo voces y las escucho, quiero saber dónde se meten pero es imposible. Llevo una máscara ¿dónde estoy?
El esposo había dejado unas flores en su alcoba y sin embargo no dijo nada. Oír o escuchar, ver o mirar, siempre resultó ser lo mismo de inútil, siempre divagando en cosas ilógicas, por ello, nunca tuvieron demasiada importancia.
-Es un rojo como todos los demás. –Exclamó la enfermera no sin cólera y con un convencimiento digno de los mejores autoconvencidos hieráticos de la historia mejor contada de la certeza: la infalibilidad del todo ser.
Era un petardo marca ACME y lo lanzó con gran precisión sobre aquellas absurdas orejas, oídos que le escuchaban también de alguna manera. Eran orejas con pelos, de lo peorcito en orejas.
Ahora, hoy, decidió no querer y no ser nada, es lo mejor en estos casos. Demasiados colores, demasiados ruidos como para soportarlos, lo mejor es no soportarlos ¿cómo poder hacer eso? ¿Cómo no soportar la vida si ésta lleva su curso? El peor momento, el instante más deleznable se alcanza cuando no pasa nada y sin embargo, ésta, la vida, discurre si más. No es que sea rutinaria, que lo es, no es que sea convencional que lo es, no es que sea aburrida y gris, que lo es, lo que es, es insoportable. La vida, no se puede soportar cuando ésta se excluye porque le da la gana. No se puede soportar. Bien.
Tabitha decidió que la vía del tren era lo mejor para desaparecer aunque bien pensado dijo: estaré fea cuando me recojan, estaré verdaderamente echa un asco. Entonces pensó en tomar una buena dosis de barbitúricos pero igualmente le pareció harto desagradable y poco definitivo, sobre todo poco definitivo. Seguro que a última hora aparece alguien para salvarme, menuda cobardía.
-Si ingiero muchas pastillas –se dijo- tendré que soportar un proceso largo hasta la muerte. Por qué el Dr. Robles no me pincha cualquier cosa que me haga reposar para siempre. Ya me gustaría ya.
Tedio y más tedio, un día y otro día sin nada que suceda o que pueda hacer participar al ser humano de que estar vivo. No puedo estar con nadie, los demás no pueden meterse dentro de mi cabeza y mucho menos de mis sentimientos, éstos maltratados hasta el infinito por la propia vida. ¿Qué son los sentimientos sino estados de la conciencia que se pueden sujetar y dirigir? ¿Qué podemos hacer con ellos? Tabitha pensó que no podía seguir aquí ni un minuto más, y es que el dolor le podía, y le podía mal.
-Es obligatorio para vivir como los demás ingerir todos estos medicamentos, entonces de qué me sirve estar en el mundo. Ellos no tienen dolor, está excluidos de esa maldición y solo juzgan. La humanidad, las gentes, juzgan a los que tienen dolor como si fueran los dueños de la creación, propietarios del mundo. Juzgan, conceptúan, atribuyen, adjetivan… y lo hacen perversamente. El dolor, el sufrimiento pertenece en exclusiva al que lo padece y el resto de la humanidad no debe intervenir en ello. Por esa misma razón cuando uno, un ser humano cualquiera que sufre dolor decide no sufrirlo más, hay que respetar su decisión. Venimos, llegamos para marchar, transitar a otro estado a la otra vida y Tabitha lo quiso hacer cuanto antes. Entre sueños y pensamientos suicidas no encontró la manera más digna de pasar al otro estado. Volvían las voces increpadoras, voces que promulgaban órdenes, allí en donde no se puede encontrar el ser humano, oía voces, las mismas y no sabía muy bien a qué o a quienes pertenecían. Sólo oía y conspiraban.
Tabitha pensó: “yo quiero morirme ya”. Estaba completamente inmovilizada, llena de cables y ese horrible techo otra vez. Intentaba mover una de sus piernas pero todo era dolor, un dolor insoportable, un estado de fatiga tan grande que a penas si podía pestañear. Otra vez las voces conspiradoras y más dolor, mucho más. No puedo irme hasta la vía de un tren, no puedo tirarme por un piso, no puedo ingerir miles de barbitúricos, no puedo pagar para que me maten. Los brazos le pesaban como una deuda, no podía cambiar de posición, estática toda ella, durante todas las horas del día y de la noche permanecía inmóvil, quieta, con los ojos hacia arriba, hacia el horrible techo de hospital.
-De todas formas voy a morir, qué más me da. No podré estar más con mis hijos como no lo estoy desde hace mucho tiempo, desde que estoy enferma, ni estoy ahora, ni podré volver más atrás, el tiempo ya ha pasado y aquellos días de crianza cuando yo era joven y bella, también. Mis hijos se tienen que acomodarse como ya lo han hecho a vivir sin mi, porque la vida pasa, tengo fe en reencontrarlos después en esa tan anunciada vida de después. ¿Qué pasará cuando esté muerta?. Nada, no pasará nada, no pasará nada. No soporto las miradas tristes de aquellos que me han necesitado tanto, tanto tiempo y que ahora tienen vida…y sin embargo se han acostumbrado a estar si mi. El maldito techo es lo que me está volviendo loca. Sí, seguro que veré a mis hijos en la otra vida como los veo ahora. Sus lamentos, gemidos, gritos ensordecían a todo el hospital, era el dolor. Tabitha vio cómo su cama se acercaba a un lugar donde estaba escrito Cuidados paliativos. Dio las gracias al Doctor que tenía cogida su mano. Tabitha ya se había despedido de todos, solo le preocupaba saber si quedaría algo de ella en el mundo…si alguien la recordaría, si pensarían en ella. De todas formas había cumplido sobradamente con sus obligaciones –que fueron muchas-, Tabitha había cumplido con toda su fuerza.
-Estoy tranquila, no siento el cuerpo y ya no siento dolor. Esto le proporcionaba una felicidad hasta aquel momento nunca encontrada. El ser humano lo aguanta casi todo.
Tabitha se estaba relajando y cada vez sentía menos, no oía las voces, tampoco a los que allí estaban, Tabitha se marchaba poco a poco con un placer ilógico, inhumano. Por las miradas de sus hijos sabía que no se moría, que en realidad no se moriría nunca. Tabitha no sentía dolor, por fin, ya no maldecía el mundo, quería marchar, ahora solo había luz, una luz enorme, inexplicable, placentera, invadía toda la habitación y a ella también.
Hora de la muerte: seis y media de la mañana. Corrieron por encima de Tabitha una sábana blanca.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Un poema que no es o la irrealidad del verso (buena lectura gratuita)



Que los editores pecan de sinvergonzones no cabe la menor duda si bien no hay que hablar mal de ellos, no, con decir la verdad, basta, ni aún firmando los contratos de cesión de derechos tan trasnochados como ellos mismos, ¡qué cesiones ni cesiones!
Estos días he estado en idilio perpetuo con el silencio, con la soledad con el hacia dentro y el conocimiento de uno mismo, ¡qué gusto da! aún consciente de no ser nada en la vida de nuestra sociedad, aun teniendo un trabajo ímprobo, aun colaborando con la formación intelectual de muchos estudiantes... Sabemos que eso no interesa, al menos los políticos no lo enfrentan con naturalidad, los políticos siempre han tenido miedo a los intelectuales, estas cosas no venden. Los así llamados trabajadores del silencio que dan a los lectores lo mejor de la literatura no tienen derecho a nada, yo misma he desafiado estas convenciones durante toda mi vida por supuesto sin llegar a nada, por eso he decidido últimamente ser metástasis ser personaje del personaje, he dicho.
Y es que en el fondo las palabras, las letras, algo tienen de verdad, buscamos la verdad en un sentido más lírico que lógico en "unas pocas palabras verdaderas" como dijo Antonio Machado de Gustavo Adolfo Bécquer o en la poesía, un poema es un poema…de Huidobro. Como él, como Bécquer, comprobamos que no toda su obra podía aspirar a ser sublime y donde claramente se podían atisbar diferencias, por eso mismo se podría extractar lo mejor de su proceso creativo.
            La poesía o género lírico —no de zarzuelas precisamente— es el que se ha prestado y se presta más y mejor, gracias a su carácter unitario y breve, a la transmisión en forma manuscrita, y no solo a ello sino a la transmisión oral, también. Porqué no hablaran en verso los periodistas?. ¡Horror! Escucho un ruido infernal que me acaba de desconcentrar y dar al traste con la inspiración, es un ruido que ha ahorcado a la musa que ahora se encontraba aquí, dándome calorcito. Me levanto y... ¡qué va a ser sino la olla exprés que yace olvidada en la vitrocerámica! Los textos nacen del subconsciente y ya que me levanto a apagar la maldita olla, abro una barra de pan exactamente por el medio y, ¡sorpresa!, un lado es mucho más grande que el otro, por lo que llego a la conclusión de que las barras de pan también son mutantes como los poemas, como los versos sueltos, como tú mismo. Por lo que parece que esto debe ser estar en la realidad, a saber, que cuando uno está en lo mejor de sí mismo, creando, incurren en tal proceso hábitos cotidianos, absurdos que le machacan a uno la vida y la propia creación, no me extraña que los escritores digamos tonterías las mayoría de las veces, como Javier Marías. Por cierto, aunque digas absurdidades por lo cotidiano de la escritura, vas muy bien encaminado y te admiro bastante después de todo, aunque digas que los concursos para escritores no sirven de nada, ¿y cómo se forja una carrera de novelista si no es con los malditos concursos? Por cierto tú tienes algún premio? Y perro? Yo, sí tengo perro.
Hoy he soñado que tenía un pene enormemente descomunal bajo mi falda y que haciendo la postura gimnástica conocida como "el clavo" éste crecía más y más... En fin... Sigo, a ver si es posible que termine esta absurda exposición de ideas para mandársela a este editor virtual que es el Blog, después de haberme levantado a la nevera doscientas veces doce. Bueno, digo que en la tradición literaria, la lírica ha sido y es la que más y mejor se presta a las antologías, recopilaciones y colecciones que esto ya viene de maricastaño antaño. ¡Otro bocata que me endilgo! Los criterios, ningunos. En general y ya más bien en el XVII, los aficionados a los versos iban constituyendo pacientemente antologías manuscritas con aquellas composiciones que se acomodaban a sus gustos. Estos cartapacios, a menudo llevaban el título de Poesías varias o Diferentes poesías y gracias a ellos es posible reconstruir buena parte de la poesía de aquellos siglos. El gusto o criterio del compilador es el que hace que estas compilaciones varíen, si bien se puede observar en estas colecciones un gran "espíritu de época" que permite distinguir por sus contenidos las fechas de compilación, aunque, por lo general, acostumbran a mantener una cierta distribución de las obras por grupos temáticos o métrico-temáticos, formando pequeños núcleos con piezas de un mismo autor. Puede haber en ellas un cierto color de grupo poético local, pero en general no era la norma. Es verdad que los cancioneros individuales también existían por aquellos años, pero tuvieron en su momento escasa difusión. En cuanto a estos cancioneros colectivos la cuestión más palpitante es la de las atribuciones fidedignas, que en esto la prudencia es la mejor consejera crítica a la hora de atribuir un determinado soneto a un autor, pues con la costumbre de escribir el nombre de éste en el poema que inicia la serie y después escribir en los restantes Otro del mismo, se generan serios problemas. Sobre todo, si se pierde el folio que trae el nombre del autor o bien se lo salta el copista, pues, entonces, esos poemas pasan directamente al autor anterior. Y ahora ¡váyase usted a saber! No obstante, existen cancioneros individuales movidos por el afán de dejar, por parte de los poetas, un testimonio fiel de su paso por el mundo poético, aquí en la tierra. Siempre como se puede comprobar la ansiada inmortalidad, presente en el hecho creativo quizás de manera inconsciente, sino que se lo digan a Blecua.
Los místicos eran los que mayor suerte corrían en este sentido, además de tener emocionantes experiencias personales y poca vida cotidiana que lidiar, bien sea por que su producción fue bastante escasa —no eran Quevedo ni Lope desde luego—, bien porque la proyección personal de su obra estaba destinada a la práctica en conventos, como era el caso de la Noche oscura de San Juan que se solía cantar en los conventos durante el refectorio, el hecho es que vivían en el verso concebido este como una experiencia mística sobrenatural. Bien es verdad que gran parte del Cántico espiritual por poner un ejemplo está escrito en clave simbólica, no precisamente para ser interpretada en los refectorios, o quizás sí, no lo sabemos. Para el estudio de la obra de San Juan —le comentaba mi amiga Laura a Eva, otra amiga, quien era bastante escéptica con las fidelidades en la transmisión artística—, es difícil encontrar claves o códigos que de forma igualitaria nos lleven a criterios interpretativos únicos; la coherencia que por lo general intentamos aplicar a la interpretación textual, para el Cántico es imposible. No lograremos encontrar el sentido de las palabras, las estrofas, las frases si partimos de una perspectiva religiosa, a no ser que forcemos los significados; y si partimos de una clave erótica, de sencillo amor humano, sucederá lo mismo. La correspondencia entre el texto y el sentido alegórico o simbólico es un proceso para el lector cuanto menos difícil, por lo que tiene —como digo— de contenido simbolista. La verdad es que no sé como hacían en los refectorios, cuando a nosotros, los del XXI, se nos hace o nos resulta tan difícil de comprender, usemos la perspectiva espiritual, erótica o cualesquiera. O ninguna, eso es: ninguna y todas a un tiempo.
Los poemas de Santa Teresa corrían igual suerte, pues éstos eran difundidos en las residencias conventuales, entre ellas. ¡Algo para ellas!
            En cuanto a la transmisión de textos en la época medieval, el problema se agrava para filólogos e historiadores que en esta materia concreta son una misma cosa. Los copistas ejercieron sobre los textos un gran monopolio y una gran libertad a la hora de introducir variantes, las cuales imprimen si cabe mayores dificultades a la hora de discernir su autoría. Por variante se entiende la variedad o diferencia de lección que hay en los ejemplares o copias de un códice, manuscrito o libro cuando se cotejan los de una época o edición con los de otra. Se nota que soy profe, y mala, me pongo desatinada. Si alguien, usted, usteda, alguna vez ha soñado o tenido la oportunidad de soñar con variantes sabrá a qué me refiero. Cuando desfilan por la alcoba palabras, desinencias, legajos, latinismos..., miles de palabras que hablan por sí mismas y que tienen a su vez su propio mundo, su república, sus exigencias, sus propios desafíos y, sobre todo, sus amonestaciones al filólogo, ahí es donde se le hunde el mundo; cuando se ponen a exigir la exhortación de la variante que quiere ser otra cosa, ha sido y es el tormento más terrible del lingüista. Voces que hablan, variantes reivindicadotas, no me persigais más sil vu plé.
De la inmensidad de libros de crítica publicados sobre poesía o historia de la poesía son pocos los fidedignos y pocos los que están bien hechos, sin ponerles o quitarles comas, que en esto incluso los editores de la actualidad también se permiten estas licencias. Entran en los textos y en las publicaciones como elefante en cacharrería, con una capacidad indigna de saltarse a la torera los procedimientos de unos autores que ya en vida se veían resignados a ser publicados sin su consentimiento.
                                                             
Los poemas han circulado manuscritos de una a otra generación hasta hoy, que se sigue haciendo lo mismo, sin pensar que desde que el autor redacta su obra hasta que la considera válida para ser publicada existen muchos estadios creativos desconocidos para la inmensidad de los lectores. Incluso una vez editada la obra el autor continúa ejerciendo correcciones y generando distintas variantes valiosísimas para cualquier investigador o amante de la verdad literaria, variantes que puedan dar al traste con el sentido inicial o primero del autor. El otro día, por cierto, en mi casa, un amigo de los de toda la vida, de los listillos, de los pepitogrillos, vino a decirme sin que nadie le dijera nada, que todo esto de lo literario, de lo experto: no es nada, que lo que hacemos los estudiosos no es nada que nada significan los libros de erudición, Quijotes, tomazos de Romanceros, ediciones críticas del XIX (de las que yo soy cuasi experta) y un gran etcétera, que eso no es nada. ¡Ah! Y que somos unos acomplejados que nunca escribiremos nada importante. ¡Pues vaya! Me quedé hecha polvo, destruida, agredida y ahora como soy una acomplejada pues arremeteré en mis escritos con el tal “amigo” y se tendrá que aguantar, y sino que se hubiera callado, ¡caníbal!
            Por poner un ejemplo diré que Boscán y Garcilaso eran amigos como algunos lectores saben, y a los pocos años de morir Garcilaso, Boscán publica sus poesías en el cuarto libro de su colección personal. Boscán murió sin llegar a corregir los pliegos finales en los que se incluía el texto de Garcilaso. Es obvio que apenas quedan manuscritos con textos garcilasianos, por tanto sólo queda pensar que Boscán fuera respetuoso con los poemas de su querido amigo como única solución. En realidad, para los renacentistas el gran paso que transforma su lírica es el adoptar un metro distinto, el endecasílabo, que era más acorde con la nueva sensibilidad impuesta por el Renacimiento, ya que se trata de un verso con un ritmo mucho más lento, que nos permite un detenido análisis del sentimiento del poeta y de su entorno. Boscán, el poeta nacido en Barcelona, fue sin duda quien abanderó el proceso de renovación formal de la lírica en España, de la nueva escuela poética del Renacimiento preparando el camino que después siguieron otros. Yo es que abogo mucho por Boscán, le quiero, me ha hecho y me hace mucha compañía. Como digo, lo curioso es que la obra completa de Boscán, sus versos, se publicaron al año siguiente de su muerte, en 1543, al cuidado de su viuda, distribuidos en tres libros, y su publicación gozó de sonado éxito por incluir las de su amigo Garcilaso, Las obras de Boscán y algunas de Garcilaso de la Vega, quedando así unidos los nombres de ambos incluso después de muertos. ¡Lo que no hagamos las viudas!
De la primera edición hubo ese mismo año dos falsificaciones en Castilla, y llegaron a veintinueve las ediciones que se hicieron a lo largo del siglo XVI. Ambos poetas van juntos en el elogio y en el vituperio, incluso en las versiones que se hacen a lo divino, transformando su sentido de amor humano en amor a Dios. De 1569 es la primera edición de la obra de Garcilaso sin Boscán, a partir de la cual el autor catalán ha sido olvidado por completo —aquí somos así— hasta el siglo XIX que, relanzando su poesía, Knapp publica una edición moderna de su obra con notas críticas. La tendencia a la comparación es intrínseca a la esencia de ser humano, incluso en las recopilaciones más celebradas de poesía se puede leer: "Pronto se vio asistido y superado en la empresa por Garcilaso, y tras la muerte de éste se dedicó a compilar uno de los libros más importantes de la poesía española" y volvemos a citar el de Las obras de Boscán..., pues mal, muy mal. En métrica, en temática o en lo que sea, uno es quien es y por mucho que se empeñe nunca puede ser otro; no lo digo yo, ya decía algo parecido a esto Galdós cuando le entrevistaban y le agobiaban comparándole con Zola, con Ibsen... ¡qué afán en España con las comparaciones, así nos va! A mí, sí me gusta el poeta catalán y una buena prueba de ello es el soneto Quien dice que la ausencia causa olvido merece ser de todos olvidado. Es posible que la excelencia se alcance en estas pequeñas cosas, puede ser que el poeta excelso lo sea tan sólo con un soneto así, es suficiente desde luego, pero no lo sé. Estas cosas pasan.
Sigue la matraca. Era muy frecuente también en estos siglos XVI y XVII que los poetas que no eran muy aficionados no publicaran sus obras, pues una pujante tradición manuscrita y oral podía difundir sus creaciones suficientemente. Por tanto, el silencio del autor sobre la fidelidad del texto es evidente al realizarse ediciones por lo general póstumas, por amigos, familiares o seguidores del autor, cuando no algún impresor, poniendo en cualquier caso en peligro la integridad de los textos. Este fue también el caso de Francisco de Aldana, cuyos manuscritos fueron publicados por sus hermanos sin saber hasta hoy hasta dónde llegó intervención tan preciada. Fray Luis de León y Francisco de la Torre fueron publicados por Quevedo en un ambiente humanista que había difundido el método filológico hasta caracteres de invasión, de tal forma que cualquiera se consideraba capacitado para limpiar un texto de posibles errores; si bien está demostrado que Quevedo no corrigió el texto en el caso de Fray Luis, dando a la imprenta un manuscrito con errores, hasta el punto de repetir la oda Inspira nuevo canto. Siglos controvertidos en muchos aspectos, sin duda en cuanto a precisión y rigor, pues esta situación de inestabilidad también se daba en filosofía, sobre todo si se compara con los momentos contundentes de la Escolástica. Con Francisco de la Torre, no hay constancia expresa, si bien es de suponer que en poco intervino, pues la idea de Quevedo, principal publicador de estas ediciones, no era en absoluto la de realizar una esmerada tarea filológica, sino la de lanzar por medio de estos poetas una réplica contra el gongorismo. Detrás del creador a veces, también simplemente lo que hay es una mezquindad que después pasa a formar parte de lo que yo denomino Universales inmortales de ayer y hoy, (este título debe leerse con voz fuerte) como en las pelis americanas.
La obra en verso que Quevedo estaba puliendo y preparando para la imprenta poco antes de su muerte, fue publicada por González de Salas, un humanista y amigo suyo, que en ocasiones utilizaba sus autógrafos. Su intervención en el texto debió de ser la propia o característica de un filólogo del siglo XVII, es decir correcciones sólo en los casos de errores evidentes o presumibles.
Pero el fin, el caso más lamentable fue el de Fernando de Herrera editado por Pacheco, pues las variantes de esta edición afectan radicalmente al usus scribendi del poeta, ya que aparecen en ella arcaísmos y neologismos inexistentes en los manuscritos y en los impresos cuidados por el propio Herrera. ¡La pera!
            Por tanto, con la excepción de los materiales del XIX y XX cuya transmisión es un poco más fidedigna, me encuentro como lectora amante de la poesía metida en serios problemas. ¡Qué bueno y cercano es el siglo XIX! Cuán cerca estamos de él y con qué rigor se pueden trabajar los textos. Aprecio en grado sumo este siglo colindante precisamente por eso, porque era el siglo donde "menos te puedes equivocar". Por muy mal que se encuentren los testimonios, en general siempre se puede acudir a los manuscritos, a las primeras ediciones o princeps, tenemos en suma pruebas donde poder realizar bien un trabajo crítico y de investigación, aunque para los listillos esto no sea nada, sólo carne de chepa ¡qué complejo tan grande tengo señor!.
La lengua escrita decimonónica ha cambiado poco en realidad, no  existieron los problemas de transmisión y reproducción gráfica de los siglos anteriores desde luego. Lo siento como un siglo precedente donde acudir para entender el XX y el XXI ¡claro! Por fortuna los autores del XIX gustaban enormemente —o más bien era la costumbre al uso— de escribir y publicar en los periódicos, sobre todo cuentos y poemas que eran lo más manejable; aunque la publicación en este medio, no permitiera corrección de pruebas por lo que a las equivocaciones nacidas de la precipitación en el momento de entrega de originales, se une la precipitación de la impresión, hecho que viene a añadir nuevos errores, cuando no intervenciones ajenas para acomodar el texto a un espacio determinado; lo cual le confiere mayores erratas si cabe que si acudimos a la difusión en forma de libro. Pero bueno, al fin, siempre podemos revisar todas las ediciones en vida del autor, y obtener de esta forma todas las variantes textuales que debemos conocer para nuestra investigación. Esas que se meten en mi alcoba y me hacen polvo. Claro, por eso las ediciones de Obras Completas, póstumas en general, que no siempre recogen las primeras ediciones o las versiones dadas como definitivas del autor, deben desestimarse. ¿Adónde hay que acudir pues para extraer unos poemas y en función de qué deben éstos ser seleccionados? ¿Lo que leemos, por tanto, es lo que leemos?. Llegado a este punto me pongo de los nervios y siento que las almendras ingeridas hace un rato están haciendo su efecto. ¡Retortijón!

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Mira mamá lo que sé hacer


Es un día gris de niebla, los parques están vacíos y no hay nadie por la calle. Es Europa y no importa  cualquiera que sea el  país porque son las cuatro de la tarde. La peor hora del día. Madre (de 35 años) e hijo (de 12) pasean solitarios, hace frío, todo es de color gris, edificios gris, aire gris, oxígeno gris. El niño va vestido como un antiguo, abrigo largo, chalequito, camisa de rayas gris, pantalón de cuadritos, botas de piel marrón. Le asoman cabellos rubios detrás de una gorra de pana muy abultada. La madre lleva una boina de color rojo con una trenza rubia, abrigo rojo con cuello y botones negro, leotardos de rayas y zapatos planos de charol. Está contenta y tranquila.
Madre.- ¿Qué tal hijo cómo has tenido hoy el día? ¿Qué has comido?
Niño.- No me gusta la escuela mamá, hubiera querido quedarme contigo en casa y leer juntos libros e historias.
Madre.- Nada me gustaría más que eso.
Niño.- Entonces, ¿por qué no lo hacemos?
Madre.- Porque no se puede.
Niño.- Y por qué no podemos almorzar juntos, no me gusta la comida del comedor., la detesto, los niños se ríen de mi.
Madre.- ¿Por qué?
Niño.- Porque dicen que no tengo padres, también se ríen de mis gafas.
Madre.- Hijo, no tienes gafas.
Niño.- Sí, pero ellos creen que si y con eso basta, nada podrá convencerles de que no llevo gafas.
Madre.- No lo entiendo, bueno sí, la gente incluso desde pequeños no soportan a los que son diferentes, se sienten incómodos. Eso es algo, hijo, con lo que tendrás que aprender a vivir, hemos elegido una vida especial y en ello incluye la no comprensión de los otros, el estar fuera de lugar casi permanentemente…la no existencia, la contrariedad.
Niño.- Se inventan cosas de mi.
Madre.- Eso es natural, se sienten nerviosos al no poder controlarte.
Niño.- Ayer he estado castigado todo el día por querer hacer huelga, en realidad no por querer hacer huelga sino porque no han entendido mis razones, porque los demás compañeros no han secundado la huelga, no lo han creído necesario. Ya sabes que si las ideas no son compartidas por la  inmensa mayoría entonces se convierten en enemigas.
Madre.- ¿Y no has podido convencerlos?
Niño.- No, en realidad no me han dejado. Quise hacer huelga por diversas razones entre otras la de protestar por la supresión del latín en las escuelas.
Madre.- El latín debe estar en las escuelas.
Niño.- Sí, pero pocos son los que así lo creen. Estos días son únicos.
Madre.- ¿Por qué?
Niño.- Porque son los únicos días de mi vida en que tendré 12 años, después creceré y dejaré de ser un niño mamá. Yo he pasado toda mi infancia contigo, he aprendido contigo y ahora que tengo que “integrarme” no lo puedo hacer. No puedo compartir con nadie las lecturas que hemos hecho, porque ninguno de mis compañeros ha leído las cosas que yo, ninguno, y eso me aísla aún más.
Madre.- Ya te dije que a los 12 tendrías que integrarte o convivir con los demás, no podemos seguir el programa de estudios en casa de por vida. El individuo necesita relacionarse.
Niño.- ¿Para qué? Para que miren a uno con los ojos que ellos quieren? Me ven verde.
Madre.- Bueno es verdad que todos somos de uno o de varios colores.
Niño.- Sí, pero yo no soy verde y se empeñan en verme así. Yo soy blanco y se me ve mucho, no entiendo por qué nos hemos empeñado toda la vida en que sea blanco, para que ahora los demás me vean verde.
Madre.- Ya…
Niño.- Además me quitan mis cosas diciendo que he sido yo quien lo ha escondido, engañan a los profesores, dicen que soy yo quien les pega y les roba sus cosas, son agresivos, crueles e ignorantes. Las chicas también se burlan.
Madre.- ¿Por qué?
Niño.- Por que dicen que soy raro, que soy un poco niña.
Madre.- ¿Y a ti eso te molesta? La infancia es cruel, lo más cruel y reaccionamos a aquellas experiencias cuando somos adultos, un tiempo en el que ya es todo demasiado tarde y el daño está hecho.
Niño.- En realidad no, yo me conozco y de sobra se quien soy.
Madre.- ¿Entonces?
Niño.- Pues que hacen higas, me miran, ríen…es horrible. Dame la mano, mamá creo que no entiendo la vida, en realidad no entiendo a las personas, a los niños, me siento solo.
Madre.- Sí, te sientes solo pero no debes sentirte así porque no lo estás, hay quien vela por ti y tú eso lo sabes.
Niño.- He obtenido la mejor nota en redacción, he escrito sobre la soledad de Dios y sus consecuencias, de cómo lo abandonamos por otras cosas de la vida terrenal y de cómo sufre él a contemplar nuestro desprecio. También sé que a nadie le importan estas cosas.
Madre.- Pero te importan a ti y con eso es suficiente. Cómo has planteado esa redacción…parece algo demasiado abstracto. Bueno, al menos tu profesor ha podido ver algo de tu talento o de tus gustos, la escritura. Todo escritor sufre en sus propias carnes la agresión de la sociedad, el aislamiento, el miedo, la soledad absoluta. Va con la condición de escritor y tú debes observar cómo hacen los demás, cómo se mueven, qué hacen y guardarlo en tu memoria. Seguro que un día aparece alguien que pueda comprenderte y compartir tus ideas además de mí, claro. Piensa que yo también me siento así de mal, estoy fuera de toda costumbre social, no creas que eso sucede solo por ser niño, desgraciadamente también sucede en los adultos. A mi también me han hecho la vida imposible. Tú serás escritor.
Niño.- ¿Y tú que haces para subsistir?
Madre.- Nada, no hay que hacer nada, no hago nada, solo dejar estar las cosas y seguir nuestro camino. Lo más importante no es llegar sino perseverar hasta el final. Yo me siento muy feliz por tenerte, somos familia, somos genética, tenemos la misma sangre, sentimos de la misma manera, tenemos los mismos gustos y por eso lo que más nos alegra es estar juntos porque lo pasamos bien y no hay nada que explicar, simplemente nos comprendemos con solo una mirada, mirar es muy importante. Yo ahora estoy en paz y te miro.
Niño.- Si, mamá, siempre he tenido tu mirada sobre mi dándome vida, mirándome a cada momento, cuidándome, por eso ahora me resulta imposible prescindir de esa mirada. Tengo miedo.
Madre.- Tú decías, te acuerdas: mira mamá, mira mamá. Todos los niños lo dicen, los parques están llenos de niños que imploran que sus madres les miren, en realidad, solo quieren eso, solo quieren que su madre les mire todos sus movimientos, mira mamá, mira lo que se hacer. Eso es importante, es realmente importante.
Niño.- Sí, pero ahora estoy atrapado en esa mirada y no me encuentro en ninguna parte. Quiero verte madre y no puedo. El niño despierta encuentra nada en su habitación. Se oyen risas infantiles, gritos en parte desagradables y llantos, muchos que rompen una armonía apenas existente. Miles de madres se hacinan en eso que llaman parques. Un lugar donde las mujeres descargan su conciencia consintiendo a sus hijos todo lo que quieren, un lugar donde el juego es programado, pero esas madres están de forma física no espiritual, al tiempo fuman  sin parar miles de cigarros con otras que parecen ser amigas, lo de menos en realidad son los niños, estos pueden desaparecer sin que nadie se de cuenta. Es un mundo mecánico de pequeños robots que saltan en los columpios, que juegan a nada. Hay una madre con boina roja, trenza rubia y abrigo rojo con cuello y botones de terciopelo negro, medias de rayas y zapatos de charol negros que mira y pasea vigilante, sonríe y mira.
Niño.- Mamá, mamá mira. Recapacita y despierta de su sueño. Mamá está muerta pero me sigue mirando en sueños, me mira durante el día y en la vigilia. Mamá mira, mira lo solo que estoy ante el mundo.
Madre.- Nunca te dejo, hijo y estaré en tus sueños siempre que quieras, en ese espacio de la realidad donde nos veremos siempre, en los sueños, en el mejor lugar donde estar.
Suena la puerta. Profesor Méndez, le están esperando para escuchar su conferencia, después tiene la entrevista con los medios de comunicación. Gracias, me había quedado por unos minutos dormido. El profesor se levanta, coloca sus rubios cabellos, se viste su abrigo largo, antiguo y se coloca una gorra abultada. Sale. Miles de estudiantes le esperan con admiración.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Buscando mi mono gramático. Teresa va a Japón del libro (Sin pies ni cabeza) de Rosa Amor del Olmo



Buscando al mono gramático: Ahora me doy cuenta de que mi texto no iba a ninguna parte, salvo al encuentro de sí mismo.
Octavio Paz. El mono gramático

            Fue absurdo pensar que todo iría bien porque para eso no se viene al mundo, precisamente para que todo vaya bien no, aquí hay que estar siempre mal y con mucho sueño, pensaba por aquellos días mi amiga Teresa no sin cierta razón ¡Qué horror el comentario de hacerse viejo que todos hacen para que les digas que no están mal! Bueno, todos hacemos frases del tipo: “¡Sin gafas ya no soy nadie!” o “!Es que estoy ya muy mayor!”, que es de las preferidas por la población. Como había escrito Octavio Paz en los versos de la Refutación de los espejos: “Los espejos repiten al mundo pero tus ojos lo cambian: tus ojos son la crítica de los espejos: creo en tus ojos. (...) ese agujero no es el espejo que devuelve tu imagen: es el espejo que te vuelve Imagen”. Claro, en esa rotación de espejos, en esa rotación absurda de devenires, de miles de fotos de Henry Cartier-Breson y de miles de espejos con que Teresa tenía decorado su salón, pensaba sin duda que nunca se está en lo mejor de la vida, lo mejor de la vida está cuando se termina. Teresa había triunfado en este apartado y consiguió paliar los efectos de las desgracias mediante el efecto de la superposición, tuvo suerte en este sentido, y es por encima de lo bueno o de lo malo de su existencia, en efecto, que se superponen nuevas cosas que le hicieron distanciarse o mirar con lejanía aquellos acontecimientos, tanto de un lado como de otro del dolor y de la alegría, así hasta que la muerte nos separe. Es decir –entiendo yo- que hay personas o personajes a los que la vida no les da la oportunidad de poder olvidar o distanciarse de aquello que fue tremendo en su vida, por eso se quedan como anclados a la desgracia sin poder alejarse de ella, o a la alegría sufriendo de nostalgia de aquellas cosas que pasaron buenas para nosotros pero que ahora por alguna razón son tiempos que ya no se pueden vivir igual, de ahí la añoranza, la tristeza absoluta que sentimos sin saber por qué, muchas veces o muchos días o puede que muchos años. Deberíamos tener un espejo nuevo cada cierto tiempo, así configuraríamos nuestra imagen nueva, recién nacida, ante el ocaso, la autodestrucción y el no progreso. 1785 y sin ningún pronombre demostrativo que llevarme a la cabeza…
En fin, que Teresa es una triste —le decían, le digo— porque dio por perdidas determinadas situaciones a las que no dedicaría ningún esfuerzo, porque según ella están olvidadas y excluidas del para sí, en eso tuvo perdida toda la ilusión y puede que tuviera perdida toda la esperanza en cierto modo. Quizás ha vivido en una fuerte depresión —como dicen ahora— y nunca lo ha identificado como tal, sobre todo por su potencial de energía, una energía que a todos ha emocionado, una energía que le configuró en un ser diferente a los demás, con una dignidad de otro mundo, quizás era por lo de estar hecha todo un personaje y venir de allá, que nunca se sabe. Monos y más monos gramáticos generativistas vienen a mi memoria haciendo el pino, y yo con estos pelos.
-Sofisma.
En la fauna de caracteres, también se puede ser un sentimental y ya está, digo yo. Y yasteo como me da lagana y no lana, y me admito como soy, sin tener por ello que ir irremediablemente al psiquiatra, si uno es un sentimental, pues lo es, como el que es alto, guapo, gordo, o flaco. ¡Esa puñetera manía tan contemporánea de pretender que todos seamos iguales me exaspera! Por tanto, el que no es algo, el que no tiene espejo ni gramática, está desde luego perdido: es un rarito de tomo y lomo. Poca metafísica veo yo en todo esto, ¡insisto! poca. Otra vez 1785.

En fin, sigo. Como sea, Teresa vivía en cuanto a lo cotidiano en perpetuo empute, voz no recogida en el Diccionario de la RAE —que se sepa—, pero que define muy bien el estado de cabreo. Ahora mismo acaban de entrar varias moscas, hecho razonable si se tiene en cuenta que una cosa es ventilar las habitaciones y otra muy distinta tener las ventanas de par en par doscientos minutos para que se llene la casa de bichos inmundos, pero es que la señora de la limpieza es así, nadie hace bien su trabajo, o lo hacen raro.
En el fondo no tiene la culpa esta trabajadora del nettoyage, el culpable de mi empute, además de las moscas es un casposo compañero de departamento, o directorcillo, ese de los que como te ve de aspecto joven y mujer, sobre todo mamá, la has jodido, de esos que se convierte en paternalista y supresor. Los textos puede que se hagan a sí mismos, pero hay cada uno que necesitaría varias vidas y diversas historias de la literatura para que le dieran algún papel de sui géneris, porque lo que se merecen es no salir nunca, ni de malos, bueno se merecen que no salga de ellos ni la caspa, ni de ellos el primer mono precursor de su estampa. ¡Anda ya!
Sigo. Había sido –como digo- un día como tantos de diario y tanto el empute como el verbo yastar habían crecido sobremanera cuando Teresa intentó no obstante que su amiga Eva Ojeda presentara su libro de poemas en la Universidad extranjera de unos amigos. ¡Acabose! Resulta que la señora, porque esta vez topó con una colega, no quería promocionar a la poetisa tal honor, porque no era conocida y ni siquiera había ganado ningún premio, tan solo tenía un libro de poemas autopublicado. 1785.
—¿Y qué? —contestó Teresa—, todos los grandes lo han hecho, todos se han autoeditado sus primeros libros, lo importante es que éstos de la Ojeda son buenos. En cuanto a lo de los concursos no me toques las narices o ¿vas a decirme que los integrantes de los jurados que valoran obras son alguien como para decidir el futuro de un creador? Tranquila doctora —esgrimió Teresa—, ya me encargaré yo de que se conozca a Eva Ojeda. Además, tú te lo pierdes, porque es guapa, da fenomenal en las cámaras de la tele; ha sido puta, con lo que te pierdes conocer a alguien de esta especie; sabe de arte más que tú y que yo, y sabe hablar de todo, bueno sabe más que tú y yo juntas. No te preocupes, guarda tu Universidad para los fósiles, que, desde luego, no me extraña que no sembréis las semillas ni de la afición por la literatura, ni de la creatividad, ni de nada... Bueno sí, la supresión de la conciencia... Estas y otras cosas cariñosas habíale esgrimido Teresa a la decana en, sutil al principio y al final encendida, conversación colegial y normal, en un día cotidiano de moscas y más moscas que entran a joderte la marrana. Es que la Universidad, y su encorsetamiento, también es así; en general, están los que no tienen que estar.
 
Nada como la esgrima, deporte que Teresa practicaba siempre que podía. Un deporte en España elitista y mal mirado, sobre todo si es esgrima artística: “¡Ah!, sí, eso en que te disfrazas de mosquetero!”. Somos unos paletos... Ahora me acuerdo, 1785, es la fecha en la que Carlos III instituyó la bandera roja y gualda, de tres listas para los buques de guerra y la de cinco para las demás embarcaciones; la primera se convertiría paso a paso en la bandera de España. Hecho fundamental para los españoles, sobre todo si se tiene en cuenta que ese mismo año Mozart realizaba tres de sus mejores composiciones: El concierto n.º 20 en do menor, K 466, el concierto n.º 21 en do mayor, K 467 y el concierto n.º 22 en mi bemol mayor, K 482. Los españoles como siempre pensando en españoladas fundamentales, ergonáuticas, como si no hubiera otra cosa más importante, menos mal que han existido otros que por fortuna nos han llenado de gloria y en aquel mismo año de 1785, Francisco de Goya inicia una serie de retratos de los directores del Banco de San Carlos —embrión del actual Banco de España— con el de José de Toro, un retrato por el que Goya recibió 2.328 reales y en el que asombra la mirada del personaje. El tal, era un rico indiano, diputado de la nobleza del reino de Chile, que llegó a ser director del Banco de San Carlos. En España siempre atentos como José de Toro a sucesos extemporáneos, atentos a otras cosas que no nos conciernen y Goya como espejo de su tiempo así lo refleja. Así andamos todavía.
Teresa dice que hay que ligarse a todo lo español, dice, porque vengo de aquéllos, de todos. ¡Como vivo fuera!...y qué, que viva fuera…me gusta el jamón tanto como el paté ¡pero qué paleta y loca eres hija! Ires de venires de tiempos que a veces no fueron "mehoreh". ¡Claro que Teresa vive toda la vida en las clases de lingüística aplicada a la literatura y en la vida de los autores explicando dónde habían nacido éstos, y lo poco leales que habían sido a su tierra, con razón Teresita comenzó a perder la razón. ¡Los autores españoles son españoles y se acabó! Como los franceses –decía- son franceses. Después de todo podían haber pedido la opinión de don Francisco de Goya para lo de los colores de la bandera, a lo mejor hubiera organizado la debacle.
Lo cierto es que así: tras tanto andar muriendo, tras tanto de uno en otro desatino... Así fue como mi amiga y colega Tere conoció a Patrick una noche en Shiatshu, un garito de occidentales en Osaka, una de las pocas noches en que Teresa salió por puro compromiso, por salir, como todo el mundo, y salió a ver qué pasaba como siempre en busca de haikú, de demostrativos, de perífrasis, de espejos, de monos gramáticos, salir por salir de forma absurda, como toda ella. Trabajar en un lectorado en el extranjero es, como no sea el momento, un tostón. Habiendo llegado a la idea Teresa de que como su padre jamás habrá ningún otro en la Tierra, pues una tiene que abandonar y desistir en que más padres ya no va a encontrar, por que no lo son, ni hay que esperar que lo sean. No hay que buscar nunca un padre, tampoco el "padre y muy señor mío" porque éste será siempre otro ser interesado en otras cosas que un noble padre no lo está, pater familias.  Con los hombres lo mejor es –de esto ya hemos hablado- como si no existieran, y si existen en los espejos pues no agobiarles, no hacer preguntas, no esperar nada y no pretender sorprenderles siendo lo que no se es ni jamás se va a ser, el espejo es a la realidad lo que la gramática a la existencia. Los hombres: in homine fidem et industriam mágnum videbat.
Japón fue el país de acogida donde de forma temporal Teresa se trasladó como profesora de español a la Universidad de Osaka, y cualquiera se preguntará si es que los japoneses tienen interés en aprender la lengua de Cervantes, a lo que yo les contesto que sí, sí, tienen mucho interés, otra cosa muy distinta es que lo consigan, pero cuentan —por si les interesa— además con muchos departamentos de español, bien organizados: con inteligencia y saber estar. A los orientales les interesa todo lo occidental. Y por si alguien no lo sabe, han tenido y tienen continuos negocios con el Perú, por lo que se les hace obligatorio para algunos y curioso para otros aprender la lengua española. Pero, vamos, de todas formas, allí hay gente para todo. Podría en este sentido hablar de las relaciones entre Perú y Japón, pero no quiero porque me pongo muy nerviosa y vuelvo una vez más al empute nacional y extranjero cuando recuerdo a Fujimori o a Ciro Alegría, ¿vale?. Digo Vale, como Cervantes.
Era jueves y aquel día Teresa estuvo cansada de japoneses, de que todo lo reverencien, de hacerle a uno sentir que es alguien cuando no es así, de terminar sus clases con "oari mas oskare samadesta" y tener que sonreír. Sobre todo, estuvo harta de estar con una gente que todo lo aguanta; del culto a la timidez que está muy bien pero no siempre porque nadie se deja conocer, sí, los japoneses lo aguantan todo, incapaces de rendirse al desaliento, sufren con una gallardía que asusta, que les da esa condición de seres de hierro, de máquinas. ¡Cómo les han cambiado los tiempos también a estos! Ahora lo tienen que importar todo porque se quedaron sin almas, sin artistas y como tampoco tienen posibilidad de acceder a viviendas dignas, pues eso, a comprar flamenco, discos o batidoras nuevas cada mes; la posibilidad de viajar les ha dado a algunos nuevos mundos, pero enseguida tienen que volver para poder comer su comida, si no se hunden...Cuando mi amiga viajó a Japón, fue buscando –irracional ella- sintoísmo, budismos ancestrales, y le costó, le costó, pero le costó encontrar lo que buscaba en una ciudad como Osaka en aquel entonces, hacia el 1990, con unos 16 millones de habitantes que pululaban de un lugar a otro en bicicleta, como sin saber a donde van, más bien con gran capacidad de movimiento, ¡eso sí!: de movilidad, como les gusta denominarlo a los políticos.
Aquellas gentes japonesas son prodigiosas, nunca tienen vacaciones, sólo el día de la primavera y poco más, así que para una española a la que inevitablemente tiene por obligación que adorar las tapas —con denominación de origen—  y los baretos pues la cosa se puso dura, por lo de la tendencia a los encasillamientos. Pero, en fin "en peores garitos hemos hecho guardia", frase clásica de la mili, que gran parte de los hombres conocen al pasar por ese trance de su vida, que define muy bien la situación. Por cierto, ya los hombres de hoy no tienen —al igual que las mujeres la etapa de partos y cesáreas— cosas de la mili para contar, así que la historia se pintará de otra manera; que conste que siempre generalizo, ya sé que no todas las mujeres han sido ni tienen por qué ser madres, ni eso es lo más importante, ni todos los hombres han hecho la mili, pero tenía su aquel, escuchar a los españolitos al final de la fiesta con alguna que otra copilla, hablar de sus fraternales experiencias en este sentido. Muy importante para la integración del amigacho o colegón preguntarles con fervor e interés acerca de esta etapa de sus vidas, en cierto modo rejuvenecen algo, les da marchilla. Lo veo: ¡hombres con barriga, calva y exaltación que hablan a grito pelado en un bar procurando ser comprendidos! Quimera inadmisible. Toda evocación del recuerdo nos imprime cierta renovación de la existencia. Esta práctica la había hecho Teresa mucho en Japón, no la de la mili, sino la de la evocación hacia tiempos pasados.
Aquel día desde su apartamento de lujo en Fuminosato quiso ir hasta Namba en taxi, a sabiendas de que pagaría muchísimos yenes, pero al menos se abrirían las puertas automáticas, un chófer perfectamente uniformado le ofrecería bebidas diversas, haría un recorrido feliz hacia una posible aventura. Los taxis allí son también otro mundo. El trabajar como máquinas y no saber solazarse es intrínseco al mundo entero, con la excepción de los españoles, que, en contra de las apariencias, somos los que más trabajamos, pero también sabemos disfrutar como nadie o mejor que nadie, de la vida, con nada. Las dudas vienen si este mélange interesa dentro del país o no, o quizás es mejor que estos talentos de seres escogidos, que así tengo yo a los ibéricos, estén mejor desperdigados por el planeta dando por saco, porque lo que es todos juntos... ¡le fine!
Para Teresa la única acción de ir a buscar aventuras le parecía vomitivo, era el plan de las amigas de los viernes noche o sábados, salir a ver qué pasa, ¡deleznable! Mil veces sola. Teresita Méndez era la leche, simplemente nunca salía por la noche —quizás porque siempre cambiaba su vida como los espejos— y aquella noche era oscura, mucho, quiso salir y quiso hacerlo de forma confortable. Salió como una reina. Shiatshu  era uno de los pocos locales adonde acudían lo que en el argot se decía occidentales, y en esa raza, lo mismo podías encontrarte franceses, americanos, alemanes, italianos, peruanos, canadienses... que uno de Burgos..., no tengo nada en contra de los burgaleses, pero tiene menos glamour ¿o no? Es como las palabras ‘chorizo’, ‘cebolla’, o ‘paté’, ‘saumon’, ‘foie’, con las primeras te sientes como las serranas del Arcipreste de Hita, y con las segundas te imaginas ser Emma Bovary de cena con los mismísimos hermanos Goncourt mano a mano; es el debate de lo extranjero y de cómo nos ha llegado en nuestra tradición histórica, del cómo apreciamos todo lo externo, nada lo nuestro y biceversa. Bueno, a Teresa le habían hablado algunos compañeros –más amables en apariencia- que todos los viernes se dejaban caer por allí, que fuera, que ya se verían.
Era lógico, lo mismo que a los occidentales les parecen los orientales todos igual, sin distinguir entre coreanos o chinos o japoneses..., pues, por asimilación, occidente también es así, para los orientales todos los blancos son igual y huelen como a pis. No sé bien qué hacen con los africanos en cuanto a las distribuciones. Surgieron al tiempo ecos infantiles no superados cuando al entrar recordó las palabras que su madre siempre le repetía cuando volaba su adolescencia: “mira Tere que en esos lugares y a esas horas no hay ningún hombre interesante”. En cierto modo, la experiencia le había demostrado una parte de razón en esto, por ello no había psiquiatra que le arrancara la fijación...¡la noche, siempre mala!...en fin. Llegó y se encontró con unos diez tíos o mendas y el equivalente en mujeres surcando la barra de la tasca del lugar en el que había que entrar cortando el humo a cuchillo, lo que a Teresa ya le horrorizaba por su increíble manía de tener que oler bien, el humo de cigarros olía muy mal, y atascaba sus perfumes franceses, Ella que siempre era protagonista, la starring de su vida oliendo a tabacazo, ¡qué maripuri! En fin, ya no era momento de echarse atrás, ya había visto a Azucena      —otra colega de las de español—, al absurdo de Luis de la Universidad de Takarazuka, Hidefuji Someda, Tetsuo Yosikaua,  y Nama, entre otros más, y ellos ya la habían visto entrar, con lo cual la huida era imposible.
-¡Socooooorro me quiero ir, quiero mis adjetivos calificativos! Nadie contestó.
Honorables y orientales saludos varios, golpes de cabeza, hipócritas sonrisas de bienvenida, mucho teleñeco en definitiva, un enorme instrumento, un violonchelo, otro más pequeño, un violín, y dos hombres a los que Teresa no conocía ni de cerca ni de lejos. Uno de ellos llevaba cabellos rubios largos, recogidos en una coleta con lazo negro, un tal Patrick Carrión, francés, y otro italiano, precisamente de Cagliari (conozco esa ciudad y cuando Tere me contó…), se llamaba Francesco Buonarotti, como casi todos los italianos, impecable; en cualquier caso, ambos entraban en la denominación de "occidentales" y eso en Japón daba mucha alegría. Poder mirar ojos normales, cabellos normales o sin cabellos, honradas calvicies curradas a fuerza  de hormona masculina... En fin, no quiero decir con esto que los japos no sean machotes, ¡no por Dios!, ni que todos tengan los pies muy pequeños, ¡no por Dios!.. es que no sé, no sé, se decía Teresa.
Su rostro, el de la españolaza, cambió, porque además de todo en el Shiatshu, donde siempre se hablaba inglés, resultó que los dos nuevos hablaban mucho y sobre todo querían hablar español, ¡bien! Ya sólo por eso había merecido la pena salir, hablar la lengua madre a veces viene a ser más que una bendición del cielo, más que el maná bíblico, más que el mundo entero, sobre todo para alguien tan tímido como Teresa. La timidez fue uno de los denominadores comunes entre Teresa y Japón, por eso se sentía bien. Observó que aquellos dos eran músicos...¡claro sobre todo cuando tienen al lado un violonchelo y un violín! No será para sacarlos de paseo como a una mascota! O alomejor si, hay gente muy rara. Teresa pensaba: amarán a Puccini y a todos los demás, ¿tal vez a Schumann? Ah, pues yo podré ser como Teresa Schumann, seguro que aman a todos mis autores preferidos. Esa es otra costumbre virulenta del ser humano, el pretender que los demás sueñen y les guste las mismas cosas que a uno. Mal, muy mal.
El caso es que la noche se prometía tranquila, menos mal que a los compañeros de Teresa no les había dado por desbarrar pidiendo sake y emborrachándose en cinco minutos como era la costumbre de los nativos, ¡qué raza tan compleja! ¡Qué seriedad y educación y qué forma tan bochornosa de perderla en cuanto se atizaban una simple cerveza o biru como dicen ellos! Los chicos parecían tranquilos y recientemente habían terminado su actuación con la Orquesta de Osaka en el Teatro Kintestshu, un auditorio bárbaro que tienen allí como todo lo de ellos, pura megalomanía. En fin, eran músicos invitados como solistas principales de chelo y violín. Francesco era dulcemente amable, boca de melocotón, con hidalgos modales, enormemente atractivo, varonil, vestido con exquisitez, virtudes que además de llamarse Francesco le definían como "el italiano", ya sé que el seudónimo no es nada original, pero los nombres sí, ¿verdad? No es lo mismo conocer a Francesco y Patrick que a Manolo y a Pepe, por poner un ejemplo, bueno, ellas me entienden, a las starring les pasan estas cosas y a las amigas de las starring pues también ¡lo siento!
Francesco tenía las piernas cruzadas como una mujer, unas piernas muy delgadas que cubría con un pantalón muy clásico de cheviot verde oscuro, chaleco alto, corbata a la antigua de nudo muy ancho y una chaqueta a lo Cary Grant, larga, cruzada y con doble botonadura. Olía a Azzaro. En esto del olfato, Teresa era magnífica y esta cualidad le ayudó mucho en su vida, se parecía al protagonista de la novela El perfume de Patrick Suskind, Jean Baptiste Grenouild, o la protagonista de El amor en los tiempos del cólera, Fermina Daza, también bastante starring, quien descubre la infidelidad de su marido médico olfateando en su ropa; Teresa también era así, un poco chucho. Y había calado el olor del Azzaro un poco sudado en un cuerpo moreno y limpio... aquello era el colmo de la atracción. El tal Francesco no era consciente de su potencial, como casi nadie lo es cuando de verdad se tiene, ni la misma Teresa lo era, pues siempre se consideraba una mujer del montón de los montones, con arrugas por doquier, y en el fondo, sin llegar a poder controlar la capacidad camaleónica que su cuerpo y su rostro podían llegar a producir. Teresa podía llegar a ser un animal de seducción, pero ella ni lo sabía, ni le interesaba nada en absoluto. La vida, un salto de tropiezos.
El Francesco era como se dice en los madriles un figura, un vivales, y ya le hubiera gustado a ella pasearse con él del brazo y no con el cochon de su ex marido por algún lugar. El marido de Teresa dejó de existir en su día, lo que es morirse vamos. Francesco era de los que te agarraba del brazo como si hiciera mucho frío, como en las fotos en blanco y negro de los antiguos cuando iban por la calle, parecía que fueran diciendo ¡qué no me quiten a la que es mía!. La infeliz Teresa pudo comprobar estas ideillas salidas de su mente, este adelantarse a los sucesos después, más tarde, porque él la cogió así del brazo. En fin, Francesco era aquel hombre con quién soñar, en quién pensar en las noches de tormenta, al leer a Bécquer, o al pensar en un revolcón o en un viaje al Taj Mahal o al mismo Senegal. En efecto, Francesco, con toda probabilidad, lo mejor que tendría que decir lo diría en la cama. Teresa, a quien le gustaban más bien feos, pensaba que ir a la cama sólo, como única y desesperada solución sin más que hablar, se debe hacer sólo con los extraordinariamente guapos, porque éstos no tienen palabras, sólo culo donde agarrar y cuerpo donde acariciar. Los sin palabras.
Era obvio que Teresa estaba llena de tópicos, y por más que se lo he dicho nada, pero hasta su momento, no había encontrado la excepción, quizás la meta de su vida era encontrar la excepción como en Gramática Generativa, para luego no llegar a ninguna parte. Si Eva Ojeda —nuestra amiga puta— le hubiera conocido hubiera encontrado sin duda el motivo para dejar de serlo, ¡qué hombre, por Dios, más bestial!. Me espían mis pensamientos. Pienso que no pienso (...) La realidad está al borde del hoyo siempre. Pienso que no pienso. Como un golpe en la mente de Teresa se repetían los versos de diferentes poemas de Árbol adentro de Octavio Paz, ese compañero infatigable que había sido el poeta mexicano para Ella en Japón. Así machacaban cuando, sin embargo, se fijó en Patrick, éste no sólo era músico, sino que lo parecía, que ambas cosas son fundamentales en un artista. Ser y parecer. Es una sobreactuación de las situaciones y sobre el mundo que nos rodea, primero hay que creer firmemente en la situación, en el papel que nos ha tocado o en la situación que hemos elegido vivir, después hay que trabajarlo bien, interiorizarlo, visualizarlo dentro, desde la introspección de nosotros mismos; es un proceso actoral, es el proceso de Stanislavski; para después poder conseguir que los demás, la comunidad, los seres que nos rodean nos acepten exactamente en aquello que nosotros queremos, y esta aceptación será realizada en la medida en la que hayamos hecho bien nuestro trabajo, nuestra fuerza. El aplauso es secundario. A Patrick había que aceptarle como músico porque era imposible imaginarle de otra cosa, no podría aceptar otro personaje por nada del mundo, era como si hubiera nacido para ello, por eso era tremendamente honesto con la vida y con los humanos, eso luego se demostró. Teresa sintió eso de Patrick nada más verle y sintió una paz indescriptible, ¡por fin estaba con alguien de verdad!, ¡por fin estaba con alguien que estaba en su sitio y que estaba porque quería ser y estar donde quería estar, había hecho su proceso de aceptación y probablemente había roto más de un espejo! Quería ser Patrick y no otro, no sería jamás un ser envidioso. ¡Bien, Patrick sí merecía la pena! Teresa extrañada preguntó al franchute, es decir, a Patrick:
—¿Por qué hablas tan bien español?
—De pequeño estudié en un colegio español. Somos de Toulouse, mi abuela era española y mi padre también. Dejó escrito mi abuela —ella murió cuando yo tenía 8 años— que yo llegase a dominar el español como para llegar a comprender la literatura escrita de los clásicos. Mi abuela (paterna) no quería que la lengua de mi madre —el francés— invadiera mi español, siendo mi lengua materna el francés. Es verdad que el español de los exiliados en Francia se ha perdido en la mayoría de las generaciones posteriores, no fue el caso de Patrick. Domage.
-Mis padres se separaron pronto –continuó el músico- y yo me eduqué con mi madre, de ahí el miedo de mi abuela a la pérdida del español. Es que mi padre es un conocido crítico literario, profesor de universidad, en fin un pez gordo de las letras hispánicas, como tú te dedicas a asuntos lingüísticos según me han contado... pues por eso te lo digo. Y por ahí siguieron hablando.
A Teresa, ya se le habían puesto los ojos a cuadros, un francés que conocía literatura española y al que había conocido en un garito en Japón, desde luego que la noche estaba de suerte. Jamás hay que buscar aventuras, sólo con vivir la vida en su fluir normal es suficiente, la vida en sí misma ya es una aventura.
—¿Y realmente has conseguido que te guste la lengua española? — preguntó Teresa.
Patrick  dijo que sí, que no sólo eso, sino que además había vivido, dos años en Madrid y otros dos en Buenos Aires para hablar, sobre todo para sentir por medio de la lengua cómo es la vida.
—Osea, que has buscado tu gramática, el soñar de las palabras. ¿No te gustará Borges verdad?. Dijo.
Patrick y Teresa llegaron a ser todo en la vida. Tuvieron la relación más rara que yo he visto…Encontraron una gramática común y crearon por eso un mundo. Fabricaron una realidad. Ya se leerá en otro lugar.

Lee y piensa: samaritano o fariseo ¿qué eres?

samaritanos, fariseos...

Los libros sagrados siempre me han interesado en grado extremo y es por ello que mis reflexiones sobre la vida alcanzan también a una de la...