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Los días cotidianos, el fígaro aniquilador, vericuetos


El otro día iba yo por la calle pensando en cosas, en ideas absurdas —diría yo—, con el rostro manifestador de estar más pallá que pacá, pues si, pensaba yo en el nominalismo, en que los universales no existen ni fuera
de la mente siquiera, en que nuestras representaciones son individuales; son simplemente nombres, signos de las cosas, y el pensamiento es una operación simbólica, una especie de cálculos que está estrechamente ligado al lenguaje.
En ese momento las lechugas no me parecían tales, eran otra cosa en aquel supermercado absurdo, eran una invención porque habíamos convenido en llamarle lechugas, nada más, pero podían ser, cardos o berzas.
Busqué ante aquellos melones que no paraban de hablarme, tan sólo explicaciones causales, me lo expliqué de esa manera y mi rostro lo reflejó igualmente, sin los fines, me lo explico todo de forma mecánica, algo hasta cierto punto lógico, sobre todo si recapacitamos en el mecanicismo del mundo, de la sociedad. Descartes también admitía el mecanismo para la res extensa, pero se contraponía al mundo inmaterial del pensamiento (vuelvo a decirlo porque aún hoy está sin resolver). La cuestión cartesiana en realidad no tiene que ver nada con las peluquerías, sin embargo, la persona mezcla los conceptos porque sin quererlo estamos obligados a padecer la cotidianeidad, el realismo de la vida en definitiva.
Suena el teléfono. Me inquieto por que me pone muy nerviosa el sonido del teléfono, es como si alguien me vigilara, y no quiero decir nada de los que llevan móvil. Descuelgo, ¿Está María? Preguntaron por el auricular. 
No, aquí no vive ninguna Paula, digo María, se ha confundido... susurré con bastante taquicardia y no menos mal humor después del susto que me había llevado al sonar estrepitosamente el teléfono a las tres y media
de la madrugada. Lo cierto es que por un momento dudé de mi existencia sobre todo porque la persona que preguntó al otro lado del auricular daba por real algo que podía ser, al menos en principio. Perdí el hilo pensando si era yo quien era o si realmente podía ser María o Enriqueta... qué más da. ¿Por qué no podría ser yo María, o Emilia...? y a mí qué más me da, podía haber contestado que sí, que soy María y probar suerte, porque como ahora soy... no me identifico, me veo mal, muy mal. Sería mejor transformase en otro. Gregorio en La metamorfosis también observó cómo para los demás su transformación no sirvió de nada, eso mismo nos sucede, me sucede a mí, cambiamos, evolucionamos por dentro, pero de nada nos sirve si el resto de los humanos no toman conciencia de tal metamorfosis.
O mejor dicho, si ellos (entendiendo el pronombre como el resto de la humanidad) no evolucionan hacia otro lugar también, paralizándose. El caso, es que un día vuelves a verlos, te reencuentras y sufres el inmovilismo de ellos llegando a la conclusión de que te has quedado solo de tanto pensar, que en realidad no te ha servido para nada la progresión, piensas que ha sido una elemental y chunga ensoñación, una pesadilla irracional. Te creas un enorme club de enemigos que en realidad no existe nada más que en nuestra conciencia. Digo yo que vivir en ese equilibrio no es fácil. Mejor viajo desde mi butacón azul —mis amigos lo conocen— y me veo Grandes Museos con sus cuadros bien de cerca y me quedo mucho mejor. La Fundación de Madrid y el Prado me envían los mejores catálogos y lo paso bomba en mi butaca analizando sus pinturas y reproducciones. Aprendo. Entonces ese madrugada de ruido telefónico y de melones que me habían hablado durante todo el día, recordé sin acritud, con dulzura, las últimas palabras con las que termina Tristana de Benito Pérez Galdós: «una maestra muy hábil enseñóle dos o tres tipos de pasteles, y los hacía tan bien, tan bien, que don Lope, después de catarlos, se chupaba los dedos, y no cesaba de alabar a Dios. ¿Eran felices uno y otro? Tal vez». De donde deduje que yo tenía memoria acordándome del párrafo y que en realidad lo que yo quería era hacer en esta vida era pasteles cartesianos, vamos, tener una fábrica cartesiana. Entonces volví a recordar que susurrando aquellas palabras galdosianas aquella madrugada, un día 15 de abril cualquiera, a las tres y media de la noche, mi amiga Cecilia, abandonó su casa con la esperanza de encontrar otro lugar, otra existencia, como tantos otros seres humanos que un buen día feliz para ellos abandonan al opresor y marchan en busca de búsquedas.
Había salido de Chile y todo aquel maremagnum de vivencia le impidió para siempre la posibilidad de ser otro. Claro, pocos pueden entender su evolución. Todo Chile era un recuerdo en blanco y negro, como la Guerra Civil, como los niños españoles que se marcharon a Rusia, porque hoy, sólo lo recordamos así, en blanco y negro y ya ni lloramos. A eso le llaman memoria histórica al blanco y negro, pero no al dolor y al sufrimiento, por ahora no le han inventado un nuevo vocablo que lo sustituya.
Yo le dije a Cecilia que me preocupa volar, me preocupaba el vacío, el salto, quizás el abismo de la existencia, la decisión; es en ese espacio taquicárdico donde me convierto en pájaro y voy hacia la experiencia, hacia el suceso, la incidencia, la peripecia como cualquier heroína de novela en su búsqueda. Cecilia dijo: —el vuelo no existe. Lagartos y más lagartijas que corretean sin cesar por paredes y suelos, ¡qué buenas son las lagartijas!, ¡y los grillos también! Esos sí que nos dan la sensación de vida y frescor necesaria a cada rato estival, mucho más que el champú de hierbas que tanto anuncian por la televisión. En la noche, una de esas noches fresquitas entre el verano y el otoño al son de los grillos, esas noches sí que son merecedoras de vivirlas, con un buen libro, salamandras y lagartijas que suben y bajan a su antojo... ¡eso es la vida y con qué poco se vive! Sin embargo Cecilia no pudo nunca hacer ni eso, ella nunca pudo vivir como lo hacemos los demás. El peso de su tragedia, del horror vivido, nunca la dejó vivir en paz. Para qué las personas. Altazor ¿dónde te has metido? Cómo te echo en falta en estos buenos momentos: Mi paracaídas se enredó en una estrella apagada que seguía su órbita concienzudamente... Noches de nadie sin molestias agradeciendo enormemente que nadie conteste cuando uno habla ¡qué alegría! Nadie llamará a mi teléfono para preguntar por alguien que no existe y si existe no estará nunca más para los que nos configuran a su modo, externamente. Sólo grillos y palabras, muchas palabras escritas, el silencio, los grillos otra vez... Así hasta el infinito, hasta que suena el teléfono y es alguna cotorra de estas a las que ya no aguanto más, creo que ni un minuto más. ¡Cuántas veces en nuestro fuero interno pensamos eso y sin embargo no tenemos valor para decirlo! ¡ya no te quiero ver y déjame en paz! Sobre todo: te rogaría que no hablaras porque no te voy a escuchar, no soporto las palabras hoy, prefiero escuchar a los grillos, así que no vengas a colocarte en mi jardín porque me molestas y entorpeces mi idilio con la naturaleza y con los grillos! ¡griiiillooooosss! Eso sería un manifiesto o una declaración de principios: donde molesto ya no llamo, pues eso, no llame usted que me molesta y mucho, ¡qué bien si alguien lo entendiera! Con lo que se adelanta hablando sola. Fue en ese momento cuando Cecilia —como escritora que es— quiso pensar que su dolor no era ni mucho menos en vano, no así su texto que sí lo era. Simplemente su amor estaría en el tiempo con la esperanza de desvanecerse tan pronto se sumergiera en la realidad. La irracionalidad de sus sentimientos, hiciéronle pensar que de nuevo se hallaba en los límites, aquellos que le traicionaron en alguna ocasión con la locura de su ausencia como ser. Entonces era cuando él (entidad imaginaria) emergía en la realidad como una sombra de su propia existencia. Él era el dolor, era Él cuando él volvió... siempre volvió el blanco y negro. Quererlo atrapar con sus manos, abrazar la identidad que había creado y que ya era. De alguna manera ya estaba otra vez, y tenía manos, algo viejas, y sexo, y aliento y cigarrillos liados y metálicos. El tormento volvió y su dolor, el de su alma, también volvió siempre y se asentaba como aquella enfermedad que en realidad no tenía fin. No tenía lugar en su vida, pero segura estaba de la inexistencia de su ser en el pensamiento de aquel hombre que amó una vez que llegó a Francia como exiliada. ¡Qué horror! Entre Chile con mi amiga Cecilia y mis digresiones sobre Descartes salí aquella mañana de compras después de haber tenido una noche de perros ¡claro! Me odié en aquel probador rodeada de extrañas dependientas en espera de que salgas para darte su opinión, como si uno no la tuviera y aunque maltrecha, sinceramente, la prefiero a la de otros porque al fin y al cabo mi opinión me pertenece igual que la realidad en la que vivo, es sólo mía. En esos días en que una no tiene personalidad lo mejor es quedarse en el butacón azul. No sé por qué hay que hacer estas cosas, es como ir a la peluquería, mayor desgracia para la mujer no existe. Para los hombres no sé cómo funciona este asunto, pero seguro que no es tan traumático.
Entras a la peluquería —ese salón de perritos lulú— y sales siendo otra, ¡cambian tu persona sin más! te invitan a ser como la tía Luisa o como la del sexto, ¡qué sé yo! Pocas son las que ante semejante establecimiento conservan algo de sí mismas: encuentras tu personalidad marcada, destrozada y el bolsillo maltrecho acordándote de la hora en que entraste, de tu madre —mamá por qué no estás aquí y me defiendes—, de las de los demás, de esa profesión de peluqueros/as que con tanta alegría consiguen ser y que nadie condena a la cárcel, que es en donde a más de uno/a deberían encerrar, en fin... Son pensamientos aunados todos en un solo hombre. La mayoría de los peluqueros quieren borrarte de la faz de la tierra, te quieren cambiar, sin tener en cuenta tu opinión sobre el cogito ergo sum o sobre la muerte e inmortalidad de Feuerbach por poner un ejemplo, porque influir, influye y mucho. Y así pasa claro. Y es que esta tribu de fígaros mal encarados son capaces de todo, son verdugos de la existencia, del sentir. Se diría incluso que han nacido para ello, familia son de Belcebú, de hecho. El caso es que por más divagaciones que tengas en tu cabeza, éstas se quedan en nada a la hora de entrar en un salón de esos que llaman de belleza y estética, en un mismo día que te pongas, te pongas como te pongas, ningún peluquero o maestro de la estética te verá bien, nunca. Te pondrán mil pegas, querrán hacer de ti otro ser, te invadirá la desilusión de ti misma de la no aceptación, del no servir para los otros, de estar mal para los otros, de que no existes con la presencia que tú te crees. Si tal y como existo no es real porque el que tengo enfrente lo quiere cambiar es que no existo, soy en mi ser, invisible para los demás, siempre me querrán cambiar.
Y es que esto de la peluquería es de las profesiones que te haces en menos tiempo y con ninguna responsabilidad, aunque aniquiles. Un día, uno de esos ingratos me practicó un moldeador. ¡Maldita hora y lástima de cóctel Molotov! De haberlo tenido a mano…En lugar de cabeza pasé a tener una escarola, sentí cómo me habían quemado el pensamiento de la manera más bárbara posible, me habían encrespado, rizado las ideas… —¿Y ahora qué hago? ¡Pues te tienes que aguantar! Razones hay sin duda para encerrar en mazmorras a más de uno, sin embargo no conozco ningún caso al que hayan ejecutado, aunque lapiden tu persona con el cepillo, tijeras y secador. ¡Da igual! Otros por menos...¿Por qué no habrá cárceles preventivas para peluqueros y gente de la moda? Soy imbécil, así me va, claro. Mi radicalismo emerge de la verdad, y supongo que tengo derecho a ejercerlo sobre todo cuando uno ve el resultado de sí mismo y lo contempla con tristeza y atado de pies y manos delante del espejo, ese bendito arma del cristianismo que siempre dice la verdad. Sentí que el ataque a la persona es tan fuerte como el terrorismo de masas, ellos los peluqueros te torturan, realizan la violencia y además cobran. Tampoco en esto nadie dice nada y tienen —los de la moda— además, el beneplácito de ocupar el mayor espacio publicitario por todos jamás soñado. Así va España.
Cecilia dice que cuando estuvo encarcelada en Chile sufriendo maltrato, no tenía tiempo para pensar en esas cosas. Ahora ha venido otra vez el blanco y negro asentado nuevamente en la tortura de lo cotidiano y no
lo puedo conjugar.

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