sábado, 27 de octubre de 2012

El cinematógrafo y su posible trascendencia. Un recuerdo a Salaverria ABC, lunes 25 de noviembre de 1907


 

“Han armado una ruda batalla por una parte el cinematógrafo, por otra el “género chico”; ambos contendientes riñen por la hegemonía sobre el público, y el público, ese calumniado público, empieza a inclinarse por el lado de los cinematógrafos. Y este dato, más elocuente que cien campañas periodísticas, podrá atestiguar ante el mundo que los españoles conservan todavía buena parte de su ingenuidad, y que la moral de Madrid no es la misma que la moral de Berlín; donde hay cinematógrafos, hay niños; donde hay niños no puede haber homosexuales.
            El espectáculo del cinematógrafo es, en efecto, privativo de las almas sencillas, de los corazones poco complicados y de las fantasías primitivas, candorosas y noblemente bárbaras; puesto que para contemplar atentamente el desdoblamiento de una película, lo primero y más necesario es tener un corazón limpio, una curiosidad infantil y un asombro por las cosas del mundo y de la vida. Ante el transcurso de una escena jocosa en el cinematógrafo, ante una colección de fieras y demás animalillos pasando por la película, ¿qué espíritu decadente y complicado se quedará sin bostezar? Esas inocencias y curiosidades sólo están hechas para la infancia o para hombres que conservan la virtud de la eterna infancia. Están hechas para hombres-niños que miran encantados el drama de un presidiario, el castigo de un soldado desertor, el apaleamiento de un cobrador de contribuciones, el viaje aéreo en un tranvía fantástico por encima de ciudades exóticas, las aventuras de un muchacho travieso, el jardín zoológico, lleno de terribles fieras.
            Para el cinematógrafo, como otras muchas invenciones modernas, se halla todavía en su período de iniciación y aún no ha rendido su máximo de utilidad al género humano. Así como el automóvil; hoy juguete de de los desocupados y espanto de las calles y carreteras, derivará con el tiempo en carruaje de utilísimo transporte, también el cinematógrafo se convertirá en objeto de alta civilización y prestará a la humanidad incalculables servicios. Uno de los principales servicios del cinematógrafo consistirá en el retrato nacional del hombre. Veamos este asunto atentamente.
            El hombre, en el momento actual, ¿posee el arte del retrato…? Indudablemente que no. Tenemos a nuestro servicio la talla en mármol, la pintura al óleo sobre lienzo, el dibujo sobre el papel y, finalmente, la fotografía; pero con todos estos medios de reproducción directa y exactísima, el hombre no puede verse a si mismo tal como es. Si yo, por ejemplo, encargo a un artista consumado el retrato de mi persona, ese artista pintará mi gesto, mi color y mi ademán de una manera, irreprochable; pero el pintor, por más sabiduría que alcance, no podrá retratar sino solamente un gesto, un color y un ademán de mi persona; y como yo no tengo tan solo un gesto, un color y un ademán, resultará que yo no estaré retratado más que en un aspecto particular de mi vida…Yo no soy uno, yo soy varios; yo tengo, como todos los seres que se mueven bajo el sol, infinidad de matices, de facetas, de caracteres, tanto físicos como morales; yo soy pálido ahora, después me sonrojaré, acaso luego me volveré lívido; ahora me río a carcajada abierta y luego me temblarán las mejillas de rabia; ahora estoy sentado, luego pegaré brincos, después levantaré los brazos elocuentemente…Pues si soy así, tan diverso en cada instante de mi vida, ¿para qué me sirve un retrato que solamente sorprenderá un matiz de mi persona, tal vez el más artificioso y afectado de todos?
            Queréis conocer a Sócrates y buscáis su efigie; ahí está su busto, tallado en mármol de Grecia; ¿qué veis ahí? Unas barbas revueltas, una cara impasible, una frente calva, unos ojos vacíos, sin pupilas. ¡Ese no es Sócrates…!Buscáis a Felipe II, queréis sorprender en su retrato el alma complicada de aquel hombre fenomenal, y ante el hermoso lienzo de Pantoja solamente veis una cara impasible que os mira medio de reojo, y nada más… ¿En dónde está Felipe II? ¿Quién era? ¿Cómo era? ¿Cuáles eran sus modalidades, sus múltiples gestos…? No lo sabemos ni lo sabremos nunca.
            Ahora bien, usemos del cinematógrafo, y entonces poseeremos verdaderos retratos de los individuos. Yo me levanto de la cama, y apenas me levanto, cuando ya me están enfocando unos sabios fotógrafos. Me lavo, me refriego, suelto unas cuantas voces, bostezo, me miro al espejo, bebo el desayuno, enciendo un pitillo, abro el periódico, la lectura me indigna, hago un gesto de repugnancia, luego otro gesto de alegría…Salgo, voy por la calle, tropiezo con un adoquín que está colocado de punta, lanzo una interjección…De esta manera sucesiva, cuando vuelva a mi casa de noche tendré un completo retrato de mi ser, tal como es mi ser en todos los momentos del día.
            Considerad, pues, cuán trascendente puede ser el destino del cinematógrafo. La trascendencia del retrato, ¿hay una trascendencia mayor? ¿Qué es lo más curioso para el hombre sino el hombre mismo?
            A cuantos se preocupan de la perpetuidad de sus personas, yo les aconsejo que no se tarden, que no desaprovechen la ocasión, Guillermo II, emperador de Alemania, maestro en el gesto; Santos Dumont, obsesionado de la celebridad; los tenores, los oradores parlamentarios y algunos otros que me callo”.
J.M.Salaverria. 
                                                                       La conspiración
 
A mi, no me gusta el cine, rarita que es una y tengo que pedir perdón por ello. Hoy homenajeo a Salaverria y por ello incluyo sus palabras que vienen mucho al caso.Hoy en día si no te gusta el cine estás perdido, es como si no existieras, como si fueses un traidor. Y es que yo, de extremada sensibilidad hay muchas películas que no puedo ver –no me deja el médico- y supongo que será porque en realidad es muy fácil poner en pantalla las mayores barbaridades que uno pueda imaginarse, claro, es el cinematógrafo que con sus trucos puede reproducirlo todo. No me gusta la violencia, no me gusta sufrir terror, no me gusta presenciar escenas de sexo duro, no me gusta el ruido, ni el salvajismo. Para mí, lo difícil no es reproducir todas esas sensaciones, eso es fácil de hacer cámara en mano, con el cinematógrafo en una pantalla, o en el video de tu casa, lo difícil para mí es poder contarlo y poder leerlo, por ello no me dedico al cine, aunque mis amigos así lo creen.
            Las artes, no han pasado de moda ni mucho menos, me refiero con ello a las artes económicamente accesibles, a las artes de verdad, a los artistas que lo son, al compromiso sincero del creador con su entorno y con sus posibilidades y responsabilidades, con sus medios de expresión, a esas artes que en principio “nadie” entiende: la escritura, la pintura, la música, la danza, la escultura, el teatro. Esto es arte.
            Es una lástima que socialmente un bailarín no sea un dios como lo son los actores de cine, o un pintor, un escultor o un escritor. Eso de la alfombra roja subyuga a todos casi de una forma incomprensible. Hoy, ser modelo o actor/triz de cine es la mayor de las aspiraciones. Hoy, una modelo puede ser al día siguiente una actriz consagrada, o una cantante también lo puede ser y ganar un Goya, debe ser que no ejerce gran dificultad ser actriz de cine, claro, actriz de teatro es otra cosa y todos los sabemos. Ser escritor es algo a todas luces difícil en general –alguna inútil excepción ha existido- a los escritores nadie nos da premios por el mero hecho de ser, ni vamos de ídolos estéticos, Dios nos libre, ser escritor hoy debería resultar peligroso, como debería serlo ser filósofo. Yo creo que somos los únicos peligrosos que podemos atacar sin pistolas. Claro, si se piensa bien, a pesar de tener ocupadas las páginas de muchos de nuestros diarios por algunos intrusos que se dicen escritores, en realidad, no cualquiera puede serlo. La escritura debe golpear a la sociedad con su pensamiento, con sus conceptos, su ética…Igual que un filósofo cuyo peligro social se demuestra cuando vemos que algunos de ellos están en las listas de los terroristas. Un libro puede cambiar una sociedad? Tenemos el caso de Harry Potter. Una filosofía lo puede hacer también? ¿Quién inventa los nuevos conceptos de vida? Hay una diferencia importante, una modelo o una actriz no puede pasar de la noche a la mañana a ser escritor o filósofo, tampoco bailarín de verdad, no me refiero a esos bailes que todo el mundo hace por la televisión, donde aparentemente todo el mundo lo puede hacer. El cine representa ni siquiera el mundo de la imaginación –no he visto hasta hoy nada que así se pueda denominar- representa el mundo de la mentira, es el arte pasado por estudio.
La cuestión que yo me planteo hoy es ¿adónde van las ideas? Me refiero a que al lado de la escritura como causa-efecto se relaciona con acto de la lectura. La escritura por definición se crea para ser leída, escudriñada.
            Cuánto miedo produce un lector. Cuando vemos que un adolescente no sale de su cuarto porque está leyendo, quizás un día aislado no tiene importancia pero tomado como costumbre, sí la tiene. Tus amigos te tachan de raro ¿cómo puede alguien despreciar una salida con los amigos para quedarse en su casa leyendo un libro? Inmediatamente nos convertimos en conspiradores, en miembros de algo secreto, de una sociedad secreta, aquel que se sumerge, hoy, en la lectura y lo cambia por otras actividades sociales es un ser extraño, es un conspirador.
            En realidad no conozco otro arte que se pueda disfrutar más que el de la lectura, ni más barato, ni que conlleve tantas connotaciones por un lado ni tantas emociones por otro. Ser lector es ser peligroso para los demás. Cuántos ejemplos no tenemos de gente que se ha vuelto loca por esta razón. Leer puede cambiar al ser humano y enterarse de lo que uno lee mucho más. Yo, por el contrario pienso en la condición eterna de ese acto artístico de correlación escritor-lector. Puede pasar lo que suceda que nadie nos quitará ese carácter inmortal de aquellas ideas que se fijan en nuestra mente, en nuestro cerebro y que nadie puede arrebatarnos, y que gracias a ellos creamos nuestro mundo oculto. Ese mundo no se expone en las alfombras rojas, es absolutamente privado, forma parte de la individualidad del ser humano ese que tiene tanto miedo a la soledad. Al reencuentro consigo mismo y con la verdad del individuo. Llegado ese momento, sinceramente, las alfombras rojas no sirven para nada, en esta sociedad joven y para jóvenes. Quisiera yo y quiero bien, verlos a solas en su casa con 50 años cuando las arrugas –por más cirugía que se practique- no puedan disimular el paso del tiempo. ¿Qué hacen? ¿Cómo llenan su mundo doméstico, particular? Tiempo al tiempo. Ustedes sigan bombardeando con ese mundo falso que a todos, a todos, créame, nos llega nuestra hora.  

jueves, 25 de octubre de 2012

Festina lente


Ana no daba crédito a lo que estaba viendo. Era el mismo olor que ahora recordaba como si fuera ayer, y mientras pensó esto, pensó igualmente que ya había leído en alguna parte aquel acontecimiento. ¡Claro! Era Kundera. Siempre Kundera cuando en La inmortalidad escribe: "El concepto del amor europeo tiene sus raíces en terreno extracoital". Esto es un tostón y de aquí no paso, leía para sus adentros no sin angustiarse ante lo que le estaba sucediendo. Ana seguía observando sin parar, porque no podía parar al contemplar con aquellos ojos que ya se sentían muy ancianos, mucho. La vida para ella se había construido a partir de células que buscaban sus manos, se instalaban un tiempo y morían, de ahí a recoger otra célula para que se instalara, siempre así, viviendo en el gerundio del cambio. Siempre el gerundio. Quizás ahora sentía que de verdad podía,  debía hacer lo que le diera la gana. Era esa la razón por la que siempre estaba de un lugar a otro sin rumbo fijo y sin gana de quedarse tampoco en algún lugar. Otros tenían otra realidad. Otros tenían una célula que había ido a parar a sus manos de individuo, se instalaba y hasta siempre. A este tipo de gentes Ana los consideraba como los adaptatus socialis. ¿Cómo iba a poder siquiera a convivir con ellos? Su vida era radicalmente distinta y estaba dispuesta a continuar con que esto fuera así. El discurso sobre La inmortalidad de Borges era otra cosa claro. 
“¡Quiero comprar un traje de lino!” Había dicho él, y Ana atónita le miraba pretendiendo con aquella mirada sucumbir en su interior masculino. ¡No sé qué quiero de él, comérmelo, abrazarle, decirle todo lo que le amo, o todo lo que desde siempre le he amado! Ahora tenía ante sus manos la única posibilidad, pero ahora ya Ella se sentía anciana, casi al final sin demasiadas ganas de seguir, ¡otra vez El Horla! Me marcho a mi habitación, dos lágrimas enormes, espesas, dos lágrimas de engrudo caían en su mejilla, unida a aquella opresión anginosa que siempre se presentaba en casos así. Daba igual, todavía no era su momento.
Pronto será invierno en Rusia y el oxígeno se me va como se me van las ilusiones para que permanezca el cansancio, éste tan espectacular, y, sin embargo, si lo pienso fríamente me doy cuenta de que Todo está en Proust. (Este es el maldito hervidero de grillos de la cefalea). La situación volvía a ser la misma, como que me paso la vida haciendo curriculums sin vitaes de ninguna clase (otra vez el moscón enorme). Fue entonces cuando sintió que sus palabras estaban vacías. No estoy describiendo nada, pensó, y era hasta cierto punto lógico, ¿cómo iba a describir lo que por naturaleza no existía? Fue entonces cuando recordó que en una lectura, El Horla, que una noche realizó de Mauppassant, igualmente había enfrentado una realidad ficticia. Fue entonces cuando una angustia morada recorrió su cuerpo, al recordar que no podemos ver nuestra propia persona en manos de otra, ni siquiera nuestra propia humanidad. Sentía un vacío indescriptible, vacío en el que no paraba de llenar folios en blanco con mil disparates. Volvía de nuevo a estar en una situación límite. La vida era así y así iba a seguir por el momento, trepas que matan por un lamentable puesto de trabajo al amparo de nadie. Esa era la única verdad la que a todos nos molesta y nos hace muchas cosquillas en la barriga y aún en otros lugares peores que ni mencionar quiero. La obsesión, la maldita obsesión de asegurar las habichuelas eso era lo que destrozaba la creatividad. Lamentablemente para Ana había sido así. Ella que tenía un gran intuición ante la vida, había salido al paso de la misma como una gladiadora de lo cotidano, de la supervivencia más absoluta, con una idea siempre clara de que a la vida hay que darle virajes fuertes, porque si no te los da ella a ti. A ese juego estaba, al de sorprender a la vida y con ello guiar su destino, adónde: hacia lo insólito. A un lugar que con probabilidad ya había estado con frecuencia, al lugar del conocimiento, de la calma temporal donde el espíritu ya está en un plano que supera el ostracismo ético de otros días. Ella, desde su conocimiento podía asumir lo cotidiano desde otra perspectiva superior, mucho más superior y mucho más condescendiente con la debilidad del ser. Del ser atrapado por la medianía de la que hablaba Turguèniev o por la mediocridad de su propia creación, o por la necedad de la globalidad de los humanos que se arrastran pretendiendo llegar a lo infinito, sin llegar a nada, sin llegar ni al conocimiento de su propia existencia. Es decir, no llegar a ningún sitio o llegar a esa línea del mar que todos vemos y que nunca podremos tocar..., pero necesitamos verla para vivir, porque es la línea clara del horizonte, y viéndola, contemplándola, pensamos que tenemos un horizonte cuando en realidad no tenemos nada, sobre todo si lo que tenemos delante es un pensamiento acerca de la materialidad de lo finito.
Me preocupa el volar, me preocupa el vacío, el salto, quizás el abismo y es en ese espacio taquicárdico donde me convierto en pájaro y voy hacia la experiencia, hacia el suceso, la incidencia, la peripecia cual heroína de novela en su búsqueda. Lagartos y más lagartijas que corretean sin cesar por paredes y suelos, ¡qué buenas son las lagartijas!, ¡y los grillos también!  Esos sí que nos dan la sensación de vida y frescor necesaria a cada rato estival, mucho más que el champú de hierbas ni mandangas de esas. En la noche, una de esas noches fresquitas de verano y otoño al son de los grillos, esas sí que son merecedoras de vivirlas, con un buen libro, salamandras y lagartijas que suben y bajan a su antojo... ¡eso es vida y con qué poco se vive!
El elefante quiere llegar. Nada como la vida misma para sorprendernos. Por primera vez estaba en el escenario con verdaderos artistas de gran talento, como personajes no están nada mal, ahora estaba consiguiendo aquello que es el motivo principal de esta historia de aficionada. Ana estaba en el entierro de su padre. Yo, también como mi amiga he eludido a mi creador y no sé si los personajes terminan por ser seres humanos, o al contrario, no sé si partimos de la ficción o de la realidad construimos un mundo imaginario. Ahora ya están aquí las moscas otra vez a entorpecer la labor y he visto a mi creador, que es el enemigo más terrible, más enconado de mi progreso y, sobre todo, de mi inmortalidad.

viernes, 5 de octubre de 2012

Rêves de saisons




Aquella noche fue cruel en cuanto a recuerdos y retorcimientos, cenó con él, después soñó con él y sin embargo seguía pareciendo todo aquello una invención del subsconsciente. Aquella noche soñé con miles de madres que de forma sistemática movían sus bocas en un sólo grito, igual que en una coral, el dolor de las madres no tiene raza, lo hacen de forma inconsciente todas ellas. En aquel sueño cantaron muchas madres que al mismo tiempo, como en una coreografía, movían la boca con el bebé en la mano acercándole la cuchara para dar la papilla a su bebé —también es un hábito generalizado el mover la boca cuando alimentas a tu bebé—; un grupo, como un coro griego, se niega a hacerlo, están mudas, unidas y serias, los bebés en el suelo, ellas los pisan, nada tienen que darles, por tanto, no pueden hacer la mueca que todas las demás sí hacen. ¡Qué triste es ser madre y no tener comida para tus pequeños indefensos! Martillea esta frase en mi mente como una letanía en varios idiomas.
-¡Pero si yo no hablo idiomas! .Entenderás por fin lo que significa el mundo de los sueños: aquí todo se cumple, -susurraba una voz allende las paredes-.
De pronto, recordé que en el siglo XIX, casi como hoy, donde la familia era concebida como un microcosmos del Estado, la prescripción para las mujeres burguesas era la de lograr que aprendieran a querer criar a sus hijos, contra la práctica común de contratar nodrizas o amas de cría que entre otras cosas amamantaban a los niños. Como ahora, que amar la maternidad también empieza a ser un horror, es obvio que no está de moda, o al menos lo está a ratos, quizás en el embarazo del primero que es cuando estás más mona. También las hay que se creen únicos habitantes del mundo y se deciden a escribir un libro sobre la maternidad, un hecho a todas luces normal, natural, y no exclusivo de algunas que después comprueban que seguimos siendo iguales, y que ningún hijo vale más que otro, ni una es más madre que otra.
En aquel sueño, mujeres muy bellas tiran sus hijos al aire o contra los cuadros de las paredes al tiempo que envían sonrisas a hombres que salen al encuentro. Hambre, dolor y frivolidad eran los elementos que me propugnaron aquella noche enorme agitación. Me desperté con arcadas. Cada vez que lanzaba escupitajos, estos, se convertían súbitamente en saltamontes de color sepia, metálicos y con motor que salían de mi garganta, uno tras otro, arcada tras arcada, hasta llenar la estancia de miles de saltamontes que pilotando su propio motor habían convertido mi habitación en un circuito de carreras con un enorme ruido, ruido y más ruido, maldito brumm de mi cabeza, ya está la cefalea.
Mientras, contemplaba aquella unión pictórica de las mujeres que mueven la boca, de bebés que gorjean, de otras que gritan, otras que zapatean sobre sus hijos, otras que ríen con hombres y la carrera de saltamontes... Entra Isabel con dos sobres que habían llegado certificados. Todo era vacío en la alcoba, sólo el alivio absurdo de lo cotidiano nos salva de la locura: "Señora, comienzo por la cocina..."
-Sí, sí, Isabel comience por donde usted quiera...”, total va a hacer lo que le dé la gana. Hay que reconocer que en ocasiones, ante la tragedia, ante el horror ¡qué bueno resulta lo cotidiano! Limpiar con lejía el water, preparar el café con tostada de aceite de oliva y sal, apestar toda la casa con el puchero de cocido... ¡Qué gusto nos dan estas cosas cuando uno está al límite! Cómo reconforta el despertar cuando estamos en un mal sueño, aunque sea para estas pequeñas cosas que a menudo desestabilizan nuestro mundo de sueños y de ilusiones. ¡Qué bueno es vivir! ¿Quién va a preparar el café con tostadas, y quién va a ser el guapo/a que vuelva a limpiar el water con más lejía, hoy?
De súbito recordé que en las tumbas, cuando estás debajo de la tierra, también sucede esto: nadie te oye y te pondrías muy contento de poder degustar —si eres español— un buen plato de alubias con chorizo. Ya sabemos que los japoneses dentro de su caja de muerto comerían su sushi y los franceses sus patés...Estas dos razas me han tenido y me tienen perpleja, confieso que no los entiendo aunque en ocasiones quisiera ser japofrancesa. Lo cierto y sin peros es que cuando estás metido dentro con la tierra por encima ya no lo puedes hacer, y nadie se acordará de ti como nadie lo hace de mí ahora, como no lo hacemos ni de los versos ni del dolor de ser creados.
He soñado con un mundo de sueños que me persigue tocando las castañuelas y el tan-tán y sin embargo no puedo hacer nada por él. Hombres que van y vienen vestidos con botas de charro y cantando asturianadas. Es evidente que no saben cantar pero lo hacen. ¡Qué buenos los hombres y qué vanidosos que son! Me quedo con las madres y los saltamontes, así me vuelva loca.


martes, 2 de octubre de 2012

Laura en tierras africanas



Respirar, oler, ver, utilizar todos los sentidos como en una ensenada. Estar vivo y ser reconocerse en un todo. Laura tuvo siempre la ilusión, el proyecto de ir algún día por tierras africanas, con razón, llevaba escuchando
desde bien pequeña el hambre que se pasa allí que a nada que uno tenga un poco de solidaridad o de caridad, te dejas caer como sea. Yo, por el contrario, siempre he pensado que no hago nada en tierras africanas, que es peligroso y que solo sirve para enaltecer tu propio ego haciendo algo por los demás cuando en realidad lo puedes hacer, hoy, puede que con el vecino del quinto, que sin duda necesitará ayuda. Todos necesitamos ayuda, en un momento o en otro, reconociéndolo o no, pidiéndolo o no. El caso es que nuestro amigo Pepino se había quedado a vivir en África hace muchos años y sólo sabíamos de él muy de tarde en tarde. Togo, creo que es de los pocos lugares donde se puede esperar, esperar, sólo esperar, en las ciudades occidentales no se espera nada, no nada hay que esperar. Después de haber salido de Santiago de Chile, dos años después, merced a las maniobras de embajada de Pepino, Laura se marchó con Máximo, que así se llamaba en realidad Pepino, a aquel viaje de puras coincidencias por el continente africano, tan solo coincidencias.
Laura, volvió a Madrid, pero él, el hombre al que gustaba descansar debajo de un roble, no volvió, Máximo nunca más volvió ¡qué inverosímil puede resultarnos el no poder volver a algo! Tomó un avión hacia Lagos, y
de ahí a Togo, en Daomei, para visitar la comunidad de cooperantes de origen misionero, sería el fin del recorrido, aunque en realidad eso no era lo que estaba buscando Laura, puede que ni ella misma lo supiera ¡Maldito Lagos! Seis carriles de autopista que desembocan en un puente de una sola dirección para entrar en la ciudad. ¿Por qué se empeñan en hacer diez mil carriles para desembocar en uno solo? Eso mismo es lo que sucede en Madrid por más autopistas que hagan. ¡Qué manera de engañar a la población con tanta carretera y ningún dinero en reforestación o energía solar! Es obvio que siguen pensando que los ciudadanos somos tontos y de esa manera damos ¡más opio para el pueblo! 
Ahí fue donde conoció a un tal Mauro Pignotti, que así se presentó cuando ambos se apearon del taxi, ya que el taxista, desesperado, les dijo que se bajaran, pues faltaban sólo dos kilómetros y según aquellas circunstancias
lo mejor era hacerlos a pie. Laura ya había dejado gran parte de sus dineros a los buitres de la aduana que, para sacarle dinero, le habían retenido el pasaporte; pasaporte con el que pudo reencontrarse gracias al chantaje.
África es así.
Laura, en realidad, llevaba poca ropa, poco equipaje, porque a Ella le ha gustado toda la vida comprar y asumir las costumbres del lugar adonde llegas, haciendo honor a los dichos quevedianos, sólo que estos dichos quevedianos en África no te sirven de gran cosa; con todo, lo mejor es no ir de europea prepotente, pero tampoco pretender parecer o ser —que ambas cosas no son lo mismo, en según qué casos— como ellos, porque te creará muchos problemas. Lo mejor es ser normal dentro del consejo quevediano. A Laura, no se le ocurrió otra cosa que prestar su igualitaria y feminista ayuda al Mauro de las narices, pues éste iba cargado con dos grandes maletas y una más pequeña.
¿Por qué Laurita se ofreció a llevarle una? Pues porque a veces también es imbécil con eso del feminismo, lo hemos hablado en muchas ocasiones. Cargando la maleta ajena, cargando la maleta, la más pesada del mundo,
nunca en su vida hubiera pensado que una maleta pudiera albergar tal pesadumbre, más pesadumbre que la humanidad entera tocando el tan-tan. Cargaba con aquella maleta desde su perspectiva igualitaria y reivindicativa de feminismo absurdo durante unos interminables tres kilómetros de calor tropical, de olor a vegetal, de humo de coches muy viejos, más Ut, más Ut,gritaba aquel italiano descerebrado y loco.
Más Ut, más Ut.
—¡Pero qué dice este tío!
Con toda probabilidad se dislocó el hombro, las muñecas, el cuello, las cervicales..., pero Laura, impertérrita, quería demostrar al mundo entero otra de sus absurdeces, quería demostrar que su delgadez extrema era igual
al cachazudo cuerpo del italiano que caminaba a toda leche con gran donosura, con el más Ut, más Ut de locos, mientras se destrozaba en el afán de su reclamo feminista que en aquel momento, es decir, que en África, resultaba irracional, completamente irracional. Era la irracionalidad de Laura en realidad la que una vez más le impulsó el coraje de llegar, y finalmente así fue, llegaron, cual Pelayo y un puñado de hombres por las montañas de Covadonga —ese es muchas veces el contexto de Laurita, una lucha para todo, absurda, como la de Pelayo.
El hotel, lo de siempre, africano, contemplado en su perspectiva como un oasis, uno de esos Continentales, donde no había habitaciones, es decir, no había habitación para Laura: un oasis de ilusión. Laura había prometido a Pepino como íntimo y gran amigo de su padre que era, hacer un gran reportaje sobre su vida, labor y trabajo en África, con la idea de poder influir en las conciencias y por qué no en los bolsillos y en el tiempo de otros, para que fueran allí a echar una mano, que buena falta hacía.
El hombre italiano, Mauro Pignoti se ofreció a cambiar su habitación reservada y sencilla, por una doble con el fin de devolverle la ayuda prestada a Laura. Es obvio que mi amiga aceptó el reto, total pensaba ella: «¡qué me
va a hacer el pollo éste, tan feúcho como es, para ser italiano!, África es diferente del mundo, además no me queda otra».                                        
Laura se carga de razones sobre todo cuando en el palmeral de su mente hay corrientes alternas y huracanes, en ese momento es cuando se pone madura, coherente. La cuestión es que pasó la noche sin poder dormir, obsesionada con la idea machacona: «¡qué diablos lleva este italiano en las maletas!»Mauro Pignoti, por la mañana, se había marchado sin decir adiós —a hacer gestiones, decía—, y como un señor había dejado pagado el desayuno, también continental, y la siguiente noche, por si acaso. Laura no volvió a verle más, pues tuvo suerte y encontró, después de mucho esperar, vuelo para Cotonou, en Daomei, hoy República de Berín. Por fin, pensando si no habría dormido en la misma habitación con un traficante de armas, por lo menos, desveló su intriga y se atrevió a abrir el equipaje del italiano. He aquí la luz: Mauro Pignotti, representante de azulejos, leyó en las tarjetas de presentación. ¡Malditas maletas! Cargadas de azulejos, ¡con razón...! Es de suponer que los africanos también compran azulejos a representantes. La vida casi siempre es mucho más sencilla de lo que la imaginación origina en ella con sus incursiones extravagantes. Nadie hubiera pensado en aquel momento que ese italiano en aquellas circunstancias llevaba dos maletas de toneladas de azulejos, allí, en África, por muy sencilla que sea la vida; pues, sí señor, la vida más que sencilla es kafkiana.
Allí, en Berín en un hospital perdido, a tres días de Cotonou, encontró a Máximo, al doctor Máximo, a Pepino, quién le desveló la gran verdad que ella había estado buscando como eje principal de su investigación: las ONG son una mentira y mientras los gobiernos de ese continente no dejen de ser corruptos, nada se adelantará: vete a Mauritania que allí podrás hacer un reportaje serio de las desapariciones de fondos. Don Máximo es, también
he tenido la oportunidad hace años de conocerle, de los pocos médicos que dan literalmente la vida por los demás, y así lo venía demostrando durante largos años de viajes de un país a otro con buenos programas de atención a aquellas gentes, sólo que estaba completamente desolado con el trapicheo y el oportunismo de muchos grupos de cooperantes, de las oenegés como así él las llamaba. Bueno, con él Laura sólo podía dar constancia de la enorme pobreza de las gentes, de las interminables filas de pacientes que acudían a verle, de lo pobrecitos que eran, de lo poco que se les quiere, del cúmulo de enfermedades que albergan sus tristes cuerpos... En suma, el gran cuadro de miseria humana.
Para Èmile Zola, un creador, inventor y configurador del alma femenina, la novela experimental debe reflejar la verdad, la realidad no debe describir ni inventar situaciones irreales que el lector no reconozca como verdaderas: «es una experiencia auténtica que el hombre hace sobre el hombre ayudándose con la observación». Le he dicho muchas veces a Laura que es difícil creer las cosas que le pasan, la realidad supera a la ficción, está claro, y sin embargo, el lector debe reconocer la vida misma no sólo en la lectura, también en el teatro. El teatro como los viajes a África, debe —aun siendo representación— reflejar la vida tal y como es dando lugar al fluir del paso del tiempo, de las situaciones reales, sin interpretar el mundo en la mente del que escribe, sino dando al espectador una verdad, un fragmento de la vida humana. Un plebeyo nunca se entrevista
con un rey, por tanto esa no es una situación verdadera, sí lo es un matrimonio que discute sobre divorcio o el transcurrir de la vida en un salón burgués. Sin embargo, ahora vemos cómo las representaciones están cambiandoy por tanto, dando al traste con la vida misma, ahora los plebeyos no sólo se entrevistan con los reyes, sino que se casan con ellos. Por eso el arte también debe cambiar en función o en honor del devenir de los tiempos.
Como estamos en un mundo que de momento está del revés, forma parte de él también el olvido, el cerrar los ojos al hambre, a la mutilación,a la tortura, a la enfermedad, porque forma en este momento parte del paisaje, el dolor es el decorado y nos parece normal, real, asumimos sin problema esa perspectiva. Laura, en su viaje por África solo encontró estupor, padecimiento, martirio, tormento. Eso es viajar por tierras africanas, algo poco creíble, tan solo destacable por su aire superrealista: la deshumanización de la realidad.                                                                              

Lee y piensa: samaritano o fariseo ¿qué eres?

samaritanos, fariseos...

Los libros sagrados siempre me han interesado en grado extremo y es por ello que mis reflexiones sobre la vida alcanzan también a una de la...