viernes, 5 de octubre de 2012

Rêves de saisons




Aquella noche fue cruel en cuanto a recuerdos y retorcimientos, cenó con él, después soñó con él y sin embargo seguía pareciendo todo aquello una invención del subsconsciente. Aquella noche soñé con miles de madres que de forma sistemática movían sus bocas en un sólo grito, igual que en una coral, el dolor de las madres no tiene raza, lo hacen de forma inconsciente todas ellas. En aquel sueño cantaron muchas madres que al mismo tiempo, como en una coreografía, movían la boca con el bebé en la mano acercándole la cuchara para dar la papilla a su bebé —también es un hábito generalizado el mover la boca cuando alimentas a tu bebé—; un grupo, como un coro griego, se niega a hacerlo, están mudas, unidas y serias, los bebés en el suelo, ellas los pisan, nada tienen que darles, por tanto, no pueden hacer la mueca que todas las demás sí hacen. ¡Qué triste es ser madre y no tener comida para tus pequeños indefensos! Martillea esta frase en mi mente como una letanía en varios idiomas.
-¡Pero si yo no hablo idiomas! .Entenderás por fin lo que significa el mundo de los sueños: aquí todo se cumple, -susurraba una voz allende las paredes-.
De pronto, recordé que en el siglo XIX, casi como hoy, donde la familia era concebida como un microcosmos del Estado, la prescripción para las mujeres burguesas era la de lograr que aprendieran a querer criar a sus hijos, contra la práctica común de contratar nodrizas o amas de cría que entre otras cosas amamantaban a los niños. Como ahora, que amar la maternidad también empieza a ser un horror, es obvio que no está de moda, o al menos lo está a ratos, quizás en el embarazo del primero que es cuando estás más mona. También las hay que se creen únicos habitantes del mundo y se deciden a escribir un libro sobre la maternidad, un hecho a todas luces normal, natural, y no exclusivo de algunas que después comprueban que seguimos siendo iguales, y que ningún hijo vale más que otro, ni una es más madre que otra.
En aquel sueño, mujeres muy bellas tiran sus hijos al aire o contra los cuadros de las paredes al tiempo que envían sonrisas a hombres que salen al encuentro. Hambre, dolor y frivolidad eran los elementos que me propugnaron aquella noche enorme agitación. Me desperté con arcadas. Cada vez que lanzaba escupitajos, estos, se convertían súbitamente en saltamontes de color sepia, metálicos y con motor que salían de mi garganta, uno tras otro, arcada tras arcada, hasta llenar la estancia de miles de saltamontes que pilotando su propio motor habían convertido mi habitación en un circuito de carreras con un enorme ruido, ruido y más ruido, maldito brumm de mi cabeza, ya está la cefalea.
Mientras, contemplaba aquella unión pictórica de las mujeres que mueven la boca, de bebés que gorjean, de otras que gritan, otras que zapatean sobre sus hijos, otras que ríen con hombres y la carrera de saltamontes... Entra Isabel con dos sobres que habían llegado certificados. Todo era vacío en la alcoba, sólo el alivio absurdo de lo cotidiano nos salva de la locura: "Señora, comienzo por la cocina..."
-Sí, sí, Isabel comience por donde usted quiera...”, total va a hacer lo que le dé la gana. Hay que reconocer que en ocasiones, ante la tragedia, ante el horror ¡qué bueno resulta lo cotidiano! Limpiar con lejía el water, preparar el café con tostada de aceite de oliva y sal, apestar toda la casa con el puchero de cocido... ¡Qué gusto nos dan estas cosas cuando uno está al límite! Cómo reconforta el despertar cuando estamos en un mal sueño, aunque sea para estas pequeñas cosas que a menudo desestabilizan nuestro mundo de sueños y de ilusiones. ¡Qué bueno es vivir! ¿Quién va a preparar el café con tostadas, y quién va a ser el guapo/a que vuelva a limpiar el water con más lejía, hoy?
De súbito recordé que en las tumbas, cuando estás debajo de la tierra, también sucede esto: nadie te oye y te pondrías muy contento de poder degustar —si eres español— un buen plato de alubias con chorizo. Ya sabemos que los japoneses dentro de su caja de muerto comerían su sushi y los franceses sus patés...Estas dos razas me han tenido y me tienen perpleja, confieso que no los entiendo aunque en ocasiones quisiera ser japofrancesa. Lo cierto y sin peros es que cuando estás metido dentro con la tierra por encima ya no lo puedes hacer, y nadie se acordará de ti como nadie lo hace de mí ahora, como no lo hacemos ni de los versos ni del dolor de ser creados.
He soñado con un mundo de sueños que me persigue tocando las castañuelas y el tan-tán y sin embargo no puedo hacer nada por él. Hombres que van y vienen vestidos con botas de charro y cantando asturianadas. Es evidente que no saben cantar pero lo hacen. ¡Qué buenos los hombres y qué vanidosos que son! Me quedo con las madres y los saltamontes, así me vuelva loca.


Publicar un comentario

Lee y piensa: samaritano o fariseo ¿qué eres?

samaritanos, fariseos...

Los libros sagrados siempre me han interesado en grado extremo y es por ello que mis reflexiones sobre la vida alcanzan también a una de la...