jueves, 27 de diciembre de 2012

Un cuento solo para niños: Pocapo y Pocapa



Sonó la sirena de la Estación, Pocapa había girado en torno suyo mirando con disimulo para ver si alguien le seguía. No era cualquier cosa aquella aventura pues tenía tan solo diez minutos para encontrarse con Pocapo en el vagón-lit número 087 que les llevaría a París. Tendrían que dormir toda la noche en el tren y tan solo restaban ya 15 minutos para la salida que estaba programada a las 20:00 horas. Pocapo, todavía no había llegado, ni rastro de él. ¿Habría conseguido las pruebas irrefutables de la culpabilidad del asesino?
Llevaba un microordenador que le servía al mismo tiempo de cámara oculta con la forma de un colgante muy bonito de color morado y con rebordes de plata. Por medio de este colgante Pocapa podía grabar todo lo que sucedía a su alrededor. 
Cuando llegó al tren y no encontró a Pocapo comenzó a inquietarse porque no sabía bien qué hacer cuando el revisor se le acercó a pedirle su billete:
-Por favor señorita puede enseñarme su billete?
-Sí, claro, como no...
-Pero es para dos personas...y usted está sola, si no me equivoco.
-En efecto, es para dos, pero es que todavía mi hermano no ha llegado.
-Pues señorita: faltan tres minutos para la salida.


Cuando el revisor dijo: faltan tres minutos, Pocapa no podía soportar por mucho más tiempo la tensión. Anunciaron la partida del talgo Madrid-París y su hermano no llegó.
Pocapo y Pocapa eran dos hermanos mellizos nacidos en Madrid y que ya se habían dado a conocer en el mundo policial por sus capacidades excepcionales de investigadores privados, sobre todo cuando aunaban fuerzas. Era ya tal la complicidad que no podían trabajar separados el uno de la otra. Como corresponde a su ocupación de detectives, su trabajo consistía en descubrir culpables, aclarar asuntos farragosos y ocultos, desfacer entuertos quijotescos, destapar  robos, infidelidades... cualquier cosa podía ser motivo de investigación y sobre todo de espionaje.
Trabajaban por cuenta propia desde hacía diez años y ahora ya comenzaba a pesarles tanto asunto porque no tenían nunca vida privada. Con tanto hacer y desfacer por los demás, resultó que su vida cotidiana se vio mermada de posibilidades, de libertad...en suma de poder vivir.
Ese Talgo lleva a muchas familias a DisneyLand que felices ocupan todos los compartimentos haciendo mucho ruido por donde quiera que van, parecen contentos, van de ocio con la cabeza llena de ilusiones, gritan unos de felicidad, chillan otros porque se buscan y se despiden por las ventanas. Lo que no sospechaban aquel jueves por la noche en la Estación de Chamartín es que ese tren iba cargado de asesinos. 
No lo supieron, nunca supieron cómo aquella mujer de pelo naranja, medias de rayas, abrigo amarillo y gran bolso verde de cuadros podría ser un detective, parecía imposible, pero el caso es que lo era.
El tren arrancó y Pocapo no llegó a su destino, de modo que Pocapa tuvo que emprender el viaje sola, en su compartimento previsto para dos pero que ahora era solitario y casi, casi, lúgubre.
No daba crédito a lo que sucedía. Dentro de su deseperación y de no saber qué iba a suceder  con su hermano que no había venido, decidió ir a la cafetería, para qué? Pues para tomar algo y distraerse. Pidió un bocadillo mixto con una coca-cola cuando de repente vio por la ventanilla una cazadora de cuero azul, sobre unas anchas espaldas que pertencían a un hombre. Reconoció a aquel hombre pues le tenía en su ficha polcial desde hacía varios años sin poder encontrar rastro de él. Quiso serenarse, respirar.
Era Lekabolic[1]. Cuando se fijó en él quiso disimular, lo que consiguió perfectamente pues Pocapa tenía un talento enorme para hacerse invisible y cosas así. “El poder está en la mente” decía muchas veces. De súbito el tren se paró, eran las 4 de la mañana. Pocapa salió de su solitario compartimento y preguntó a uno de los vigilantes del tren: -Oiga, por favor, qué sucede, por qué se ha parado el tren?
-El vigilante contestó: Es por el cambio de vías.
-Ah!, vale, de acuerdo.
Cuando menos se lo esperaba y atenta completamente a lo que sucedía a su alrrededor, apareció en la frontera de Hendaia su hermano Pocapo. –“Hermano, -exclamó, dónde te habías metido?. Vamos, date prisa, hay que actuar, está en el tren Lekabolic.
-Sí, lo sé le he reconocido en la cafetería y le he grabado aquí en mi colgante de microfilmar.
-Déjame ver...cuando contempló la grabación, Pocapo que tenía una astucia muy particular, se fijó en varios detalles que Pocapa no había apercibido. Hermana, tenemos que actuar.
En el guardamaletas hay diversas valijas con armas. Vamos a mirar, ven, deprisa.
Cuando llegaron al guardamaletas, encontraron al vigilante degollado, muerto en el suelo. Sin saber bien cómo actuar miraron de un lado a otro por tener las dos puertas controladas. ¡Ha sido Lekabolic, -exclamó Pocapa. Ha sido él, conozco esas huellas en el cuello de sus víctimas, siempre deja tatuada una flor de lis.
Tenemos que detenerle lo más rápido posible, dijo Pocapo con expresión alterada por la preocupación. Sin poder revisar las maletas con detenimiento pasaron su scanner de alta resolución y en efecto, todo el equipaje de aquel compartimento estaba cargado de explosivos. ¿dónde irían a parar?
Cuando el tren retomó su marcha hacia el norte, es decir hacia  Bourdeaux y varias horas después a París, llevaba consigo la inquietud de los agentes que no paraban de andar de un vagón a otro con la sola idea obsesiva de encontrar a los criminales y puede que contrabandistas que estaban camuflados a lo largo del tren. ¡Qué panorama desolador! ¿Qué prentendía estaba vez Lekabolic? Se preguntaban una y otra vez. –Le apresaré como se coge a un conejo y lo pienso fulminar, aseveró Pocapo.
-Hermano, dijo Pocapa, olvida ya tu pasado y actuemos con la misma frialdad que usan ellos. ¡Hay que aniquilarlos!
No es ocioso decir que además de explosivos, armamento y drogas, aquel tren llevaba oculto algo más. Sin perder la vigilancia, capturaron a dos de los compinches del odioso Lekabolic que esta vez había ido demasiado lejos. Le vieron saltar por la ventana una y otra vez, encaramándose a la estructura del tren,  ejecutando unos malavarismos dignos del mejor de los circenses. Le dejaron actuar y actuar con su grupo. Pocapo y Pocapa estaban esta vez perfectamente camuflados con sus disfraces de “gente feliz”. Vigilaban ojo avizor las maneras raras de trepar que tenía el Lekabolic.
En una de estas, Pocapa le siguió hasta el último vagón, eran ya las 7 de la mñana y después de una larga noche comenzaba a amanecer. El olor a tabaco prohibido impregnaba todo el tren, infringiendo la ley completamente, algo que sucede muy a menudo cuando un grupo de contrabandistas se ponen de acuerdo para algo. Pero Pocapo pensó que debía haber –seguro- algo más y en efecto era así. El equipo de Lekabolic esta vez había ido muy lejos, tenía secuestrados cinco niños en las bodegas de correo del tren. Estaban atados y atados sin poderse mover, ni respirar. Fue Pocapa quien lo descubrió metiéndose por una de las ventanillas.  Rápidamente Pocapa empuñó su arma y comenzó a dar tiros al techo, sin parar, ¡pim, pam! Sonaba fuertemente.
Apareció Lekabolic, por fin, trepando por una de las paredes y subiendose a uno de los muebles que estaban en la cafetería, lugar donde Pocapa le abordó. Vamos, deprisa...vamos rápido, decía Pocapo a los niños que amordazados nada podían hacer.  Su hermana en un gran salto se avalanzó por encima de Lekabolic al que paralizó de un golpe muy fuerte en el cuello, dejándole sin fuerzas para seguir el combate. ¿Pero cómo os atreveis a hacer todo esto que estáis haciendo? –dijo Pocapa con ira desatada. ¡Desgraciados!, gritó.
En un movimiento rápido, los dos hermanos se hicieron con todo el equipo de traficantes del grupo de Lekabolic, a tiro limpio, claro. El tren tuvo que pararse en las proximidades de París porque Pocapa hizo explotar una de las bombas. El ajetreo era inmenso, olor, humo, ruido por doquier....Se subieron al tren un grupo de policías que estaban ya alertas pues Pocapo en Hendaia les había avisado del peligro que llevaba aquel convoi.
No pudieron escapar. Eran un grupo de doce asesinos dispuestos a todo con el pelo rubio, todos eran rubios, había mucho ruido, mucho humo....De pronto, Pocapo dijo: eh! Hermanita que te has quedado dormida. Voy a buscar a Papá que ha ido a por tabaco al compartimento. ¿Pero qué te pasa por qué me miras asi?
-Pocapo!, es esto un sueño o realmente nosotros somos detectives que hemos resacatado de un grupo de asesinos y contrabandistas este tren? ¿No hemos liberado a esos cinco niños?
-Hermanita, qué imaginación tienes. Nosotros vamos con papá a Disneyland como todos los niños de nuestro instituto y a ti que te pasa? ¿por qué estas tan rara?
-Osea que no somos detectives...ni estamos en una misión especial? Solo somos unos niños que vamos a Disneyland?
-Eso es, asintió Pocapo. No somos detectives...¡qué imaginación! Y no, no hemos estado toda la noche descubriendo arsenales de armas, ni tráfico de humanos, ni aquí hay asesinos, ni ese Lekabolic que trepa y secuestra niños para explotación...¿de dónde sacas todo eso?
-De acuerdo., dijo con pesar Pocapa, pero entonces ¿qué es esta grabación que tengo en mi colgante? Era el colgante muy bonito de color morado y con rebordes de plata y dentro de su microfilm de ordenador estaba grabado todo lo que Pocapa relataba a su hermano. ¡No es posible! ¡No es posible! Decía Pocapo con desolación...¡pero aquí estamos todos muertos!




[1] Hombre con capacidades para trepar por los muebles y aún por el techo y que es mucho más real que Spiderman. 
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