sábado, 26 de enero de 2013

El Jorobadito



Días atrás, no sé por qué razón, no se encontraba en las calles y en los paseos más que oficiales del ejército . (creo que ensayaban para el día 12 de octubre). Esto me recordó los años de mi infancia y evocó en mi el recuerdo de mi amigo Luis Carlos. Un alma apasionada en la envoltura de un desmedrado cuerpo, Luis Carlos era jorobado y quería ser soldado. ¡Qué ironías tiene a veces la suerte! Mi amigo no pensaba más que en la noble carrera de las armas, y siempre era el primero en presenciar las maniobras cuando nuestros 30 hombres de guarnición hacían el ejercicio.
Con frecuencia me llevaba a la terraza de su casa, que domina la población, y desde donde se ven la ciudadela, el puente levadizo, los baluartes. Luis Carlos había logrado contraer amistad con un sargento, que varias veces nos permitió entrar en el fuerte.
Todos respetabamos al muchacho, a pesar de su joroba, de la que al fin llegamos a olvidarnos. Él poseía un tambor procedente de la feria de Béaupreu y un casco del primer imperio (éste último adquirido en el rastro). Esto le daba entre nosotros una superioridad extraordinaria. Armados de sables y de fusiles de madera, Luis Carlos, con su tambor y su casco, nos conducía a la batalla, figurando en nuestras filas como general en jefe. ¡Qué tiempos tan dichosos para Luis carlos!.
Por desgracia mi amigo creció y tuvo conciencia de su joroba (estas cosas suceden cuando uno se hace adulto). Dejó de tocar el tambor y de ponerse el casco. Después, casado y padre de familia, ejerció tranquilamente su oficio de platero. Sin embargo, los días en que se celebraba sorteo para el ingreso en el ejército apoderábase de él una tristeza indescriptible. En tales ocasiones refugiábase en el campo y procuraba olvidar el número I que había salido de la urna y que tanto había hecho reír a cuantos presenciaban el acto del sorteo. Con qué dolor recordaba el tono burlón con que, al pretender quitarse la camisa para el reconocimiento, le había dicho el presidente: "No hay necesidad de que se desnude usted! El defecto saldrá a la vista.
Luis Carlos había querido tener la talla necesaria y aprovechar la suerte que le había favorecido con el primer número de la serie. Por desdicha, no hay filtros más que para el mal; y los médicos de la comarca, tan hábiles para convertir a un tísico en un gallardo jovencito, ignoran todavía el arte de enderezar a los jorobados. 
No obstante, se realizó el milagro, porque es indudable que una firme voluntad logra siempre vencer todo género de obstáculos. Afgnistán estaba ahí, y electrizado por las circunstancias y recordando como lejana visión los gloriosos días de otros tiempos, concibió Luis Carlos el atrevido proyecto de pertenecer por lo menos a la guardia nacional.
En un principio hizo reír grandemente su loca pretensión."Yo me las arreglaré para salvar todos los obstáculos", le decía al capitán que reclutaba soldados.Al día siguiente se presentó en el campo de entrenamiento de maniobras un soldado de muy escasa talla pero de resuelto y animoso aspecto. Todos reconocieron a Luis Carlos, sorprendidos de que le hubiese desaparecido la joroba. Cuando llegó el momento de la formación, notó el capitán que en efecto, la mochila de Luis Carlos, no alteraba la línea ni en un milímetro. NO hay que devanarse los sesos para averiguar lo que había ocurrido. la mochila constituía todo el artificio; una mochiila hueca, construída con arreglo a las indicaciones de Luis Carlos, y en cuyointerior quedaba encajonada la joroba, de modo que nadie puediese notarla.
Y el ingenioso luis Carlos, siempre provisto de su inseparable mochila, no volvió a ser jorobado, al menos durante la guerra. Como se había conducido maravillosamente bien en la instruccion y maniobras, fue nombrado cabo y después sargento. Hubieran sido innumerables las proezas de nuestro amigo en aquellas tierras afganas de tener ataques directos de invasión, de seguro que sabría como atajarlos mejor que nadie.El heroísmo existe aunuqe falten ocasiones de demostrarlo. Por segunda vez, el cabo de cuarenta años había gozado de algunos instantes de verdadera dicha. El pobre jorobado había vuelto a ser tan feliz como en la época en que, con su tambor y su casco del primer imperio, ejercía de general en jefe al frente de sus infantiles compañeros para conducirles al campo de batalla en las afueras de la población. Lo cual prueba, como consoladora conclusión, que quien sabe aguardar el momento oportuno lo consigue todo en este mundo, y que, aun siendo jorobado, no hay que desesperar jamás de las favolarbles contingencias de la vida.
Publicar un comentario

Lee y piensa: samaritano o fariseo ¿qué eres?

samaritanos, fariseos...

Los libros sagrados siempre me han interesado en grado extremo y es por ello que mis reflexiones sobre la vida alcanzan también a una de la...