martes, 5 de febrero de 2013

Cuestiones infantiles no superadas

Recuerdo cuando de pequeños en el colegio (peor aún en el Instituto) nos obligaban a superar horrorosas pruebas de gimnasia. En una primera instancia parecía ser eso algo "bueno para la salud" por aquello de mens sana in corpore sano tan característico de aquellos años del posfranquismo. Y sí, una mente sana se alberga o cobija en un cuerpo que esté sano, y digo, sano sí, pero no, flagelado. Daba igual si te daban muy buenas notas o peor aún si encima eras medio zoquete, las pruebas de gimnasia había que superarlas. Hoy en día, también sucede lo mismo, los estudiantes del Instituto tienen que superar unos test obligatorios donde te tienen corriendo 30 minutos sin parar y ¡pobre de ti si no lo haces! Tío o tía, ponte las pilas esgrime el fascista profesor con cigarro en mano. Tú le miras con desprecio o con odio según el día y qué sucede, pues...Cate asegurado. 
Recuerdo estas cosas porque yo de pequeña como era bailarina bastantes horas al día, pues corría fatal, no digamos cuando nos llevaban al gimnasio y había que saltar plinto, caballo, potro...y demás torturas. Lo recuerdo como si fuera ayer. Habías superado las pruebas de elasticidad (brillantemente claro) y te habían dado buena nota, pero ahora se caía el mundo encima cuando te enfrentabas a aquellos aparatos horribles donde al entrenador le daba exactamente igual si te caías, o perdías el conocimiento o habás estado a punto de quedarte trtrapléjica. Así era la cosa, un mundo de machotes que no tenían de elasticidad nada de nada, pero que corrían mucho y saltaban horrorosos aparatos. ¿Dónde iba una chica refinada, amanerada por la danza a "hacer el salto de la paloma"? 
Una vez mi madre me llevó al médico pensando que estaba enferma: simplemente me había visto correr. Mis maneras eran si se me permite, raras. Las piernas se me iban a los lados como si fueran dos cuerdas. ¡Un horror! Siempre me he preguntado para qué servía todo aquello. Y sigo preguntándomelo hoy en día donde estamos en un mundo muy deportista y si no lo eres estás marcado como un torete, posternado al aislamiento de los inútiles totales...en definitiva sin futuro. Tienes muy buenas notas pero en Educación Física te catean. ¡Qué bonito! Encima el inútil del profesor se pensaba que llevaba las zapatillas deportivas (para mi eran playeras) prestadas, pues según él y su gran ojo clínico tenía unos pies muy grandes. Es decir, que además de amargarme la vida cateándome y haciéndome sufrir como nadie en aquellas inútiles pruebas, jugaba a amargarme la existencia y mi futuro como bailarina. Luego llegabas a tu casa y no pasaba absolutamente nada, nadie te hacía caso, no existías, todo aquello que decían y esgrimían los profesores era sistemáticamente interpretado como ex cátedra. Osea, que te quedabas sin consuelo, solo y abandonado con tu cate que había amargado todo el expediente. Ante esa frustración tan grande pues habías sido el hazmerreír de todo el personal, todavía te quedabas más solo y sobre todo más impotente ante la situación ¿y ahora qué hago para que me aprueben? Me lío a saltar por las mesas de mi casa, por las butacas y demás moviliarios o me lanzo a la calle a correr como una loca delante de un perro, salto poyetes y demás obstáculos a ver si me entreno? 
Todo aquello era absurdo, completamente absurdo. Nunca se me han dado circunstancias en mi vida en la que haya tenido que saltar plintos y hacer el salto de la paloma. ¡Menuda  chorrada! Inútil totalmente, un sufrimiento impropio para alguien que tiene cosas mejor que hacer. Así es la formación en nuestras aulas, insólita e inútilmente destinada a la mayoría. Vamos a lo nimio para intentar hacernos creer que estamos en lo superior. Mentiruscas podridas. Deberían de respetar los anhelos y los talentos que tiene cada persona, y si alguien no le gusta hacer deporte, mucho menos ese deporte, pues que lo respeten. Yo no obligo a que las gentes bailen bien, lean, se culturicen...Aquellos traumas los asumimos ya de adultos con cierta insastifacción por haber sido diferentes de la mayoría. Gracias a eso nos hacemos escritores. 
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