viernes, 12 de abril de 2013

Apocalipsis I (reflexiones por entregas)



El libro de las revelaciones de Juan el amado o Apocalipsis que es la traducción más adecuada a nuestra lengua (en griego se traduce como Revelación, o descubrimiento) es sin duda uno de los textos más controvertidos de la Historia del Cristianismo. Este libro escrito por Juan registra acontecimientos que Jesucristo le mostró en visión, los cuales "deben suceder pronto" (Apocalipsis 1:1) El propósito del libro es ser una "bendición"  para "los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas". Está dirigido a las siete ramas de la Iglesia de Asia Menor (Apocalipsis 2-3). Sin embargo, el mensaje del Apocalipsis no estaba destinado exclusivamente para ellos. 
En la actual Turquía, en las aguas azules del mar Egeo, hay una pequeña isla llamada Patmos. En la época del auge de Roma, su aislamiento la hizo ideal para el destierro de prisioneros políticos, de enemigos ambiciosos u otros considerados indeseables por el estado imperial. A ella, en los últimos años del primer siglo D. Xto, llegó el exiliado apóstol Juan, conocido como el Amado. Y a aquella prisión rocosa que era la isla, en un día de domingo, hace unos mil novecientos años, vino el Cristo glorificado y exaltado. Anunciado por la trompeta de la voz divina y parado en medio de siete candelabros de oro simbolizando a las siete ramas de la Iglesia en Asia, estaba el Salvador. Unos cincuenta o sesenta años antes, El había colgado en agonía sobre la cruz y había sido puesto en la oscura entraña de una tumba prestada. Ahora estaba en una gloria cegadora y resplandesciente delante de Juan. "Yo soy el que vivo, y estuve muerto", declaró, he aquí vivo por los siglos de los siglos".Apocalipsis 1:18. Después d eeste acontecimiento Juan cayó en tierra como si estuviese muerto, pero la gloriosa figura lo tocó, mandándole no temer, mandándole escribir las cosas que estaba a punto de recibir de su Maestro. Una a una fueron dictadas las palabras divinas. Efeso, Esmirna, Sardis, Pérgamo, Tiatira, Laodicea y Filadelfia...una detrás de la otra llegaron a ser recipientes de cartas celestiales.

                                                                
                                                                       

En verdad, los cristianos de aquellos días, aquellos a quienes las cartas debían ir, deben haber sido semejantes -si hablamos de ser humano con cualidades y defectos- a los cristianos de ahora. Ellos también reían, amaban, se preocupaban, adoraban, lloraban, advertían.  Sus hombres presidían y dirigían, sus mujeres sostenían y apoyaban, opinaban, sus óvenes testificaban de lo que sentían como verdad, sus niños jugaban y corretenado se impacientaban en los servicios eclesiásticos, tal y como les sucede hoy. Sin embargo, había una gran diferencia, los critisanos de hoy conocen la paz, la aceptación...el cristianismo no está prohibido en los lugares y a la pregunta de "soy tan fiel como para morir por el Salvador? se convierte desde hace mucho tiempo en entelequia, pues esa pregunta es, más bien, sólo una posibilidad bastante remota, aunque según se mire. Para los cristianos de la época de Juan no era una posibilidad, era una realidad. Ellos conocieron la ira de un gobierno que tenía la intención de respaldar la política de la adoración al emperador. Conociendo el temor ante el sonido del acercamiento de los legionarios romanos. Algunos, ante tan viciosa y persistente persecución, debieron haberse preguntado, pero vive realmente?En la época de Patmos, de acuerdo a las tradiciones que han llegado hasta aquí, Pedro había sido crucificado, Pablo decapitado, Bartolomeo había sido despellejado vivo, Tomás y Mateo atravesados con lanzas. Juan era el único apóstol sobreviviente; todos los demás habían muerto violentamente por causa de su fe. En la época de Patmos, la historia de la iglesia incluía le revestimiento de las columnatas de Nerón con cristianos crucificados y el salvajismo del populacho pidiendo, a gritos, sangre en el Colseo y en el crico máximo. 
Es de suponer, que en la mente de aquellos "santos" debió haberse desgarrado por el agradable recuerdo del hogar, familia, amigos...paz, al verse arrojados a las terribles posibilidades que los enfrentaban. Cuántas veces debieron visto forzados a hacer una introspección de si mismos a fin de examinar su compromiso personal y su testimonio. La visita de Cristo a Patmos no fue solamente una reafirmación personal de su realidad para el apóstol Juan; fue una revelación de sí mismo a los santos de Dios en uno de los momentos más tenebrosos de la historia de la iglesia. Nosotros gozamos de la comodidad y paz del siglo veinte y no podemos examinar a fondo el consuelo y valor que deben haber surgido de Patmos. Pensamos de el libro del Apocalipsis como si fuera un misterio, una obra desconcertante. Para ellos debe haber sido gloriosa, pues no solamente dio fin a la osucridad de aquellos terribles días con el brillo de la persona de Cristo, sino que reveló a un Salvador viviente, amoroso, triunfante sobre el poder de las fuerzas satánicas. Como dijo Juan en sus palabras iniciales, fue la "revelación de Jesucristo". 

                                                            
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