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Cosas chinas: hambruna y evolución

Es cierto que la gastronomía ha suscitado un gran interés en estos últimos años, no cabe duda de ello. En España por ejemplo y no hace mucho de ello, comer era lo más parecido al regreso del hombre primitivo, quiero decir que no se le otorgaba la importancia que tiene, se comía por comer, llenar el estómago y poco más, no existía lo que entendemos como deleite (placer del ánimo y placer sensual) y deleitar (que significa producir ese deleite), pues no, aquello era un placer algo tosco, impuesto inquisitorialmente. Hoy en día la comida es un rito, se ha convertido en algo mucho más culto, más importante. Dicho esto, relaciono el tema con China, donde ha sucedido exactamente la misma cosa. El cambio experimentado en su sociedad con respecto a costumbres e importancia en la alimentación ha sido muy considerable. Hoy en día, gozan de una gran cocina que relacionan con sus estado anímicos, con sus relaciones sociales, es el centro de sus vidas. 
Desde tiempos muy antiguos, la verdad sea dicha, los chinos han considerado a su país como centro del mundo geográfico y cultural; como una tierra rodeada de bárbaros inferiores. Desde que empiezan a aprender a hablar, a los chinos se les inculca la idea de que su patria es el Reino Central, o el País Central, es decir el punto neurálgico del universo. Claro, después les ha costado lo suyo aceptar tener intercambio cultural o de cualquier tipo con otras sociedades extranjeras (pienso ahora en la muralla china con sus 8850 kilómetros de fortaleza y lo comprendo perfectamente).
Cuando Guasimara y Paco acabaron con la moral de todos los comerciantes chinos, estábamos extenuados, muertos literalmente. Mis pies ya no lo eran, tenía muñones, el cabello de Guasimara había cambiado, parecía una loca, como salida de La Gran Batalla, de Paco qué vamos a decir a parte de llevar tiritas por todos los lados, había perecido a la ampolla mundial china con sus pies, que desde luego no eran invencibles, menos con esa humedad y calor. Paco había ganado fuerzas, sin perder la compostura, para los que le conocíamos un pelín, era ya un chiquillo que iba a por todas, a seguir ganando partidos.

El momento de encuentro con el grupo fue el two much, especialmente por la hambruna que llevábamos encima, nos comíamos todo lo que se mueve. Con mucha sonrisita nos sentamos de nuevo en la mesa redonda ubicada en un saloncito reservado para la ocasión, todo con mucho ritual y mucha importancia como corresponde a la situación. Habíamos sentido en nuestras carnes directamente y de nuevo el riesgo de perder la vida, vamos que no se te puede ocurrir cruzar la calle de cualquier manera, incluso no se te puede ocurrir ni ir por las aceras, la posibilidad de que te atropellen es inmensa, pero bueno, el sentimiento es que: vale, uno menos y ya está. 

Cualquiera sabe que cuando estás muy cansado, con los horarios cambiados y en una situación extraña a tus circunstancias cotidianas, a uno le puede dar por cualquier cosa, es como cuando en verano y durante el período vacacional observas que la gente discute más, hay más divorcios, nadie se aguanta y en el fondo todo el mundo desea volver a sus actividades diarias. Pero luego está la otra vertiente y es que a nada que tengas de imaginación puedes utilizar la risa como terapia. Dice un proverbio chino: "Para estar sano hay que reír al menos treinta veces al día" bueno, justo, justo, eso era lo que hacíamos los tres españoles. Se podría decir que en todos los tiempos se ha considerado la emoción de la alegría y el comportamiento de la risa, como aspectos que ayudan a tener una vida mas llevadera y satisfactoria. En la Biblia se mencionaba ya algo relacionado con esto, se decía por ejemplo: "Si el corazón está alegre, la vida es más larga, pues un corazón lleno de alegría cura como una medicina, por el contrario, un espíritu triste lo desechan hasta los huesos", este aparte se encuentra en el libro de los Proverbios de Salomón, lo que nos indica que desde mucho tiempo antes, la alegría se tomaba muy en serio.
Avanzando un poco más en el tiempo, en el siglo XVI, el médico Francois Robelais comentaba que la risa es propia del hombre, es algo que traemos genéticamente, lo cual se corrobora en investigaciones recientes que se han hecho con niños sordos y ciegos, los cuales a temprana edad emiten sonrisas, lo que nos da a entender, que esta conducta no es aprendida. (justificando el tema podría decir alguien seguro) Eso mismo es lo que nos pasó en el restaurante que en cuanto apareció el primer plato con algo que era parecido a una tortilla empezamos a decir paridas y la risa se nos desató ya sin control: trae pa cá, trae pa cá, decíamos los tres españolitos cuando la rueda de platos se paraba en nuestro lado, bueno la obligábamos a pararse haciendo verdadera fuerza, ¡a por la comía, a por la comía!. En China se como de tó, cualquier cosa que a uno se le ocurra, pues se lo comen, un perro, tu tío el del pueblo...cualquier cosa, pelín duro el asunto aunque sí, ya sé que a quien se le diga que comemos torreznos y cerdo crudo que es el jamón, pues alucinan. En la mesa además estaban otros extranjeros, los rusos, a los que en el fondo les dábamos cierta envidia de nuestro gamberrismo supino. No sabían muy bien de qué diablos nos reíamos, tampoco lo podíamos explicar, era nuestro comportamiento insólito de tirarnos en plancha a los platos de la mesa como si fuéramos salvajes que en ese momento, lo éramos. Queríamos un recuerdillo de aquella cena, llevarte los típicos palillos para ver qué tal, na, la típica respuesta de cualquier adolescente y gamberro. Alguien se llevó un juego de palillos que guardados de aquella manera se le clavaban por todos lados, lo cuál nos daba más risa, vamos, que parecíamos borrachines, sin serlo. Venga de atascar la rueda comiéndonos todo, venga de reírnos, venga de ¡no mueves la rueda que me toca a mi, los chinos que nos miraban con gran perplejidad, los rusos que flipaban con cierto mosqueo como diciendo: los españoles la lían parda ahí donde van. 

                                                                           
                                                                    bonita, bonita ciudad

Al día siguiente teníamos un gran evento para el que había que seguir ciertos protocolos como por ejemplo llegar allí mismo en coche oficial o en taxi. Pues no señor, Paco y Guasi empecinados el uno como aragonés, la otra como buena canaria cabezona e Isidora que soy yo en las nubes dejándome llevar, pues empeñados en que al evento había que ir en el Metro. Uno de los rusos dijo: no pienses que este Metro es como el de Moscú, bonita. Claro, el ruso haciéndo patria que me parece bien, pero nuestra decisión (bueno mía no lo sé) había desconcertado al resto de los colegas que no daban crédito a entender por qué razón los españoles querían llegar al evento en Metro cual vagabundos o gente pobre. Ví en Paco en ese momento a miles de aragoneses en uno combatiendo amotinados a los franceses, tal era su seguridad, que dije: sí, sí, claro que voy en Metro. Entre las risas, el merme que llevábamos encima con la seguridad que da eso y la autoestima subida por el España 10 China 0 patatero, uno de los comensales largándose cervezas en plan ganbei (ya sabes, vacía tu vaso) por los nervios, la hambruna que parecía que no habíamos comido en nuestra vida...la imagen quedó como de vividores o de algo peor, probablemente, clavándose alguien que yo me sé para disimular los palillos en el costado. (je, je).
Y es que esto del comer es más importante que lo las gentes creen, particularmente cuando estás en un lugar donde todo va al revés y la comida a la que estás acostumbrado no la ves, tan solo algunos retazos en el desayuno y ahí fue donde los dos últimos días formamos la marimorena. Pero es que no se podía hacer otra cosa, como dicen los franceses: je suis desolé.La llegada al hotel fue magistral, del propio cachondeo que llevábamos encima entramos a saco, yo diciéndole al de la entrada: hijo mío, te falta un hervor. 


                                                                          
                                                               El Metro de Shenzhen con sus cristaleras para evitar suicidios.

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