martes, 8 de octubre de 2013

Valente (parte I)



La Historia del Arte no es sino la Historia de la evolución del Hombre-Espejo hacia el Hombre-Dios, y al estudiar esta evolución uno ve claramente la tendencia natural del arte a separarse más y más de la realidad preexistente para buscar su propia libertad, dejando atrás todo lo superfluo y todo lo que pueda impedir su realización perfecta. “La idea del artista como creador absoluto del Artista-Dios –escribe Vicente Huidobro en uno de sus manifiestos, sobre el Creacionismo-, es que el poeta o artista es un Dios; no cantes a la lluvia, poeta, haz llover. Lo que hace el creador es crear su propio mundo paralelo e independiente de la Naturaleza”. Yo hago memoria, pienso en Valente, estela inmortal y escribo.

            Cruzo un desierto y su secreta
desolación sin nombre.
El corazón
Tiene la sequedad de la piedra
Y los estallidos nocturnos
De su materia o de su nada.
Hay una luz remota, sin embargo,
Y sé que no estoy solo;
Aunque después de tanto y tanto no haya
Ni un solo pensamiento
Capaz contra la muerte,
No estoy solo.
Toco esta mano al fin que comparte mi vida
Y en ella me confirmo
Y tiento cuanto amo,
Lo levanto hacia el cielo
Y aunque sea ceniza lo proclamo: ceniza.
Aunque sea ceniza cuanto tengo hasta ahora,

Cuanto se me ha tendido a  modo de esperanza.


 Hacia 1955 se consolida el llamado “realismo social” con dos libros de poemas que marcan un hito: Pido la paz y la palabra de Blas de Otero y Cantos Íberos de Gabriel Celaya donde ambos poetas superan su anterior etapa de angustia existencial, para situar los problemas humanos en un marco social. España  ha salido de la guerra profundamente destrozada y esta gran tragedia ha supuesto en el terreno cultural una violenta ruptura, una irreparable interrupción de las ricas corrientes anteriores; unos escritores han muerto; muchos se han exiliado; otros guardan silencio; esperan; nada nuevo. “Todos nuestros poetas desde Machado a los poetas sociales de los años 50, sin [1]excluir a Valente, han vivido condicionados por la circunstancia histórica del “problema de España””, escribe no sin razón García Berrio[i], porque el punto de arranque del poeta Valente, veremos, es sin duda el sufrimiento por un caos hispánico, triste y con pocos visos de solución para aquellos desafortunados años. Tras los así llamados por Martínez Cachero “años de convalecencia” surgirán un buen número de escritores cuyo camino parece haber sido hallado en el realismo social, exponiendo en manifiestos una nueva concepción del arte y sobre todo de la misión del escritor –en este caso poeta- en la sociedad. En esta dirección social daba un giro a la estética poética Vicente Aleixandre con, Historia del corazón,  donde, “el poeta es una conciencia puesta en pie hasta el fin”.
 De 1955 es A modo de esperanza, donde Valente traspasa ese mundo llamado realismo social, en busca de una nueva poética capaz de buscar la identidad del creador. “Sorprende en A modo de esperanza –escribe Sánchez Robayna-, una presencia de la muerte que es, acaso por encima de todo, una presencia afrontada en la palabra (...)Esta experiencia verbal del conocer –rastreable en distintos lugares de esta obra poética- parece, paradójicamente, estar alejada por igual tanto de una traducción confiada del pensamiento (pues sabemos, en esta poesía, cuánto importa el lenguaje a la idea) como de la posibilidad inversa, esto es, de una confianza extrema y de una entrega absoluta al lenguaje”[ii]. El primer verso del primer poema de A modo de esperanza, otorga la clave y la pauta a Valente del lugar originario de dónde viene la palabra. “¿De dónde viene esa voz y qué dice?” -cuestiona Valente; viene de un no lugar, viene del desierto real o simbólico, viene de imágenes de desnudez, “de transparencia o de rancia incondicionada del ser”. La clave es el desierto,  pues, es el lugar  de manifestación de la palabra y de comparecencia ante la palabra; y para el poeta ese es el lugar de esencia originaria de la palabra. Aquél páramo por consiguiente, es la frontera yerma con lo infinito, es el lugar privilegiado de la lucha del hombre con los dioses y los demonios. La luz en las tinieblas que resplandece, ésa es la palabra, escucha  del desierto.




[i] García Berrio, Antonio, “Valente: descensos antiguos a la memoria, pág 24 de El silencio y la escucha: José Ángel Valente , ed de Teresa Hernández Fernández, Madrid, Cátedra, 1995.
[ii] En El silencio y la escucha: José  Ángel Valente . Ed de Teresa Hernández Fernández. Madrid, Cátedra, 1995, pp 173-174.


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