jueves, 30 de enero de 2014

Abelardo



La figura de Abelardo no se puede de ninguna manera dejar atrás en estos recuerdos filosóficos del siglo XII, hombre apasionado, dialéctico batallador, las historias de sus amores con Eloísa, de su mutilación y de su vida agitada hasta su muerte, son conocidas por todos y por eso mismo no olvidado. Pero partiendo de estos datos ciertos se ha intentado dar una imagen de Abelardo librepensador y antiescolástico aunque no como mucha base, ciertamente. Nació cerca de Nantes, en 1079, de una familia de guerreros que gustaba de hacer algunos estudios anets de seguir la carrera de las armas; Abelardo lo hizo así; pero las letras lo ganaron, y en ellas se quedó siempre, su espíritu combativo se aplicó a la dialéctica y a las polémicas con sus maestros sucesivos. Frecuentó la escuela de Roscelino; luego, la de Guillermino de Champeaux; después fundó una escuela en Melun, y la trasladó más tarde a Corbeil. Años después volvió a París, donde estudió teología con Anselmo de Laon, y enseña con éxito inmenso. Según una carta de un contemporáneo, los discípulos acudían de todos los puntos de Francia, Flandes, de Inglaterra, de Suabia. Después de esta gloria vinieron las desgracias, y Pedro Abelardo se hizo religioso y llevó su agitación y su doctrina por diversos monasterios, hasta morir en 1142.
Su cultura como corresponde a un espíritu refinado es profunda y comprensiva, se ha considerado que en él y en todo el siglo XII, hay como una anticipación del Renacimiento. Escribió una gran obra de teología, de la que se conserva una Introductio ad theologiam, su famoso libro Sic et nom, en el que reúne autoridades teológicas y bíblicas aparentemente contradictorias, para buscar conciliación, otra obra, esta filosófica, Scito te ipsum seu Ethica; una Dialectica y otros varios escritos.
Pero Abelardo establece relaciones precisas entre la filosofía y la religión. No se pueden desmostrar y conocer experimentalmente los misterios; solo se pueden entender o creer según analogías y semejanzas. A pesar de esto, tiende en la práctica a interpretar diversos dogmas, por ejemplo, el de la Trinidad, y cayó  en errores que fueron condenados. Respecto a la cuestión de los universales critica primero el nominalismo de Roscelino, pero luego ataca sobre todo a Guillermo de Campeaux, a causa de sus doctrinas realistas extremadas. Según Abelardo, el intelecto aprehende las semejanzas de los individuos mediante la abstracción, el resultado de esta abstracción, fundada siempre en la imaginación, porque el conocimiento empieza por lo individual y sensible, es el universal, este no puede ser cosa, res, porque las cosas no se predican de los sujetos, y los universales, en cambio, sí, pero tampoco es una simple vox, sino un sermo, un discurso que tiene relación con el contenido real, un verdadero nomen, en el sentido riguroso en que equivale a vox significativa. La teoría de los sermones se aproxima a lo que después habría de ser conceptualismo.
Abelardo, para finalizar, sin tener una importancia doctrinal comparable a la de Escoto de Eriúgnea o de San Anselomo, ejerció un influjo personal extraordinario en las escuelas, y tocó agudamente muchas cuestiones importantes. Su actividad preparó el apogeo de París como centro escolástico y la plenitud filosófica y teológica del siglo XIII. 
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