jueves, 27 de marzo de 2014

La jubilación de Benito (Una novela por entregas ) Capítulo III.



Lo cierto es que Benito daba la impresión de "estar" raro pero no de "ser" verbos estos que causan bastantes problemas a todo extranjero que se acerca a hablar nuestra lengua. Ser y estar no son la misma cosa, mucho menos parecer, con este verbo en discordia dan ganas de suicidarse porque no nos entiende nadie, es por eso lo de la idiosincrasia española tan característica, pocos son los que son, están y parecen cosas completamente diferentes. Vale. Nuestro Benito, había adquirido la habilidad de ser feliz, sí, digo ser feliz cada día a base de repetir las mismas cosas como una rutina de santuario y no podía comprender la vida si no hacía esas pequeñas cosas igual y de forma repetida sistemáticamente día tras día, sin que por supuesto nadie lo pudiera comprender, mucho menos su mujer. Así es la vida, la persona que mejor debería comprender estas cosas, lo hace, lo asume pero no sé, no lo comprende, te critica continuamente,  es como si le pareciera mal, lo toma como una manía de trastornado. Estas excentricidades que por otra parte todo el mundo tiene, rituales o como se quiera llamar es lo que le da a la persona la luz roja de hacerle saber que está viva, que se identifica con cada acción porque controla y domina esas acciones, es la persona la que domina las acciones y no al revés. No son las circunstancias las que te dominan a ti sino al revés. Benito por ejemplo, no podía comprender qué había de sastisfacción en que su mujer se pusiera unos shorts y quedara con su amiga o amigas para ir a correr como una posesa por el parque del Retiro y regresara a casa derrengada pero con la idea clara de que había hecho ejercicio. Para Benito -he aquí cuan diferentes eran nuestros amigos marido y mujer- le parecía un horror impuesto por la sociedad lo del tener que sudar con unos shorts, tener que cansarse, jadear, ponerse a mil con las sienes a reventar que en una de esas vas y revientas de hecho,  vestido de mamarracho con ropa de esas tiendas que visten a todo bicho viviente como si fuera una dictadura: Decathon, Nike, Adidas...un apocalipsis infrahumano para él inconcebible y mucho menos aceptable que día tras día se repetía en su casa. Él paseaba pero sin sudad, caminar, señor, caminar, lo que es ser un caminante, ¡leche!, no un corredor- decía sin que nadie en su casa (todos deportistas y cachas) le hicieran ni el más mínimo caso.
-Cariño, me voy al parque a hacer cardio. Afirmaba nuestra Clara, consciente de su potencial deportivo dispuesta a correr la San Silvestre.
-Dios mío, qué suplicio (decía para sus adentros) pero qué es esto? afirmaba nuestro Benito, cada día más harto de todo lo que le rodeaba. 
-Pues sí, sí, que te cunda hija, ten cuidado que en una de estas tu y tus amigas reventais. De hecho lo pensaba y de hecho estaba deseando que reventaran todas ellas, su mujer, las amigas y Africa entera tocando el tan-tan. Así estaba nuestro Benito por esos días cuando sus hijos y su mujer tenían que reunirse para hablar de pap porque estaba muy raro.
-¿Cuando vuelvas estarás para comer juntos?-dijo Clara.
-No (lacónico.).Contestó Benito.
-Ah, vale, claro, tienes cosas qué hacer.
-No, no tengo nada que hacer pero no voy a estar. Dijo nuestro prematuro y desconcertante jubilado.
-Bueno, pues nada, me voy, que tengas buen día.
-Adiós, dijo, desde el interior del cuarto de baño nuestro amigo que no quiso ni salir a despedir a su deportiva mujer.
A Benito le gustaba mucho ir al Retiro pero no a sudar la gota gorda y volver a su casa "hecho un cerdo" como a menudo solía decir. "Yo soy caminante", era su frase. A Benito le encantaba pasear por ese parque, mirar la gente, escuchar el sonido de sus árboles, -y dale con que son los árboles los que hacen el viento- le decía su mujer, ¡estás loco! que te lo digo yo Clara, que son los árboles los que mueven sus ramas y consiguen mover el aire provocando el viento en la ciudad, en realidad, sí, conspiran contra el ciudadano o le ayudan cuando encuentran que hay demasiada polución.
-Tú no estás bien. 
Este tiempo que se le iba a presentar y que se conoce como jubilación prematura o anticipada en realidad era lo mejor que le podía suceder a nuestro protagonista porque si se mira bien había caído en un estado de dependencia de si mismo un poco alarmante. Quizás su bunker fabricado a base de lectura, de ideas, de libros que tan solo ya entendía él mismo, le habían aislado soberanamente hasta el punto de enemistarle incluso con las pocas personas a las que se podían considerar como amigos. Esta era una de las razones por las que sus tres hijos vieron con alarma la situación caótica de su padre: que ya no quería ver a nadie. 
Se hacía el olvidadizo, o se olvidaba de verdad, y cada vez que en las conversaciones se hablaba de enfermedades entonces salía huyendo o decía cosas insólitas, como que su familia había tenido enfermedades raras, algo hasta entonces desconocido porque jamás había dicho nada de ese tema. Su familia, había muerto en la contienda de la guerra, según había explicado, so pena que esto fuera mentira, claro. Lo peor de todo quizás era ese odio al mundo entero que le había entrado, de repente, tenía como unos deseos terroristas de cargarse el vocabulario, el mobiliario urbano, los escaparates pijos, los autobuses...incluso la atmósfera, esto era lo peor, a cada vez que salía a la calle sentía que el viento, el oxígeno le agredían, los edificios querían aplastarle, los automóviles, sentía como el metro que estaba debajo de sus pies iba a salir para agredirle, era una conspiración contra él y tendría que acabar con todo. 

jueves, 20 de marzo de 2014

La jubilación de Benito. Una novela por entregas (Cap. II)



Y de ese modo pasaban esos días de hastío o de desesperación, sentimientos que solo parecían existir para él, porque como ya hemos señalado que ni su consumista esposa, ni su amamantados hijos tenían el más mínimo sentimiento con respecto a Benito, con respecto a lo que le podía pasar en esa apariencia rara que tenía últimamente, siendo el padre de familia, simplemente todo aquello comenzaba a ser molesto. Eva, una de las hijas, pija como ella sola, dijo que tenían que reunirse los cinco, es decir los cuatro hermanos con mamá. Ella había estudiado esa carrera que se conoce que debe ser "la carrera" porque a todos les da por lo mismo y es eso tan poco creativo de Dirección de empresas, osea que uno da por hecho que o diriges una empresa, te preparas para ello o te das un tiro. No se conforman los susodichos (estudiantes) con aprender economía, estrategia de economía y todo lo que tiene que ver con ello, no, se preparan para dirigir, es como ir a la Facultad para ser Director de editorial cuando no sabes lo que es una corrección de texto o ni siquiera se te ha ocurrido alguna vez escribir un poema aunque sea de esos malos que a todo el mundo se le ocurre una vez en su vida. Ser Director de El corte inglés, eso sí estaría bien, habría que hacer una Facultad que tuviera esa especialidad, Director de asuntos sin importancia, Director de sacerdotes, Director de todo y Director de nada. Bueno, Eva era eso, una directora de empresa que no conocía nada de los entresijos de la misma y que por ello sus empleados la engañaban como a una china recién llegada, y por ello no encajaba muchos movimientos raros de la misma como no podía ser de otra manera. La "niña" había sido educada en las formas más pijas de la sociedad que no siempre tienen que coincidir con tener o no tener dinero. Hoy en día se puede tener un niño malcriado, un pijo consentido ausente de la realidad social, un futuro imbécil, aunque éste sea hijo de obreros, así es la cosa, los padres de hoy en día lo dan todo por sus hijos, se olvidan que para educar hay que cortar las ramas del árbol, podar, dejando al arbolito maltrecho y chiquitín para que crezca sano, fuerte, vigoroso e indestructible. Ese proceso en jardinería creo que se tiene que hacer de vez en cuando con los árboles, pues con los hijos sucede igual, el que tiene miedo por "no hacerle daño" a podar a su hijo, éste es imposible que crezca sano y sin recobecos, imposible por una cuestión de naturaleza, simplemente. Pues la pobre Eva, porque en el fondo es digna de comiseración, de pija y ausente de la realidad que era -al fin y al cabo era el resultado de una educación- le tocaba ahora tomar partido de si misma y ¿cómo se llama eso en este tipo de casos? Pues que la angelical pijilla se nos había transformado en una cretinaza como no podía ser menos, claro. 
La esposa de Benito, Clara, en realidad tampoco es que viera nada demasiado raro en su Benito del alma, decía: -pues nada, que está como más ido que otras veces, pero vamos, como siempre, abstraído en sus libros, sus cosillas (llamaba cosillas a sus cosas) sus textos, que es lo que le gusta, hija. 
Esto quería decir en general: Gracias a que a tu padre le gustan los libros y trabaja en ello bien solito, yo hago lo que me da la gana y no me tengo que ocupar de él, de ningún tipo de necesidad, ¿por qué? porque le gustan los libros, es feliz en ese mundo y yo no. Claro, -decía- es que eso no se puede imponer y con eso justificaba todo añadiendo otro parámetro más de crueldad: le culpabilizaba por gustarle los libros, o por dedicarse a ello, porque siempre ha sido cosas de conspiradores: encierre usted a alguien en un cuarto a leer que seguro sospecharán de él.  
Eva era la única fémina de los hermanos, los otros tres eran varones, uno de ellos Chico, vivía en Francia, pero venía con bastante frecuencia, era abogado, era el mayor tenía 32 años, después estaba Luis que tenía 30 y era músico, pianista profesional, luego estaba Andrés de 28 años el deportista cuya profesión además de dedicarse como un poseso a hacer deporte era creativa le gustaban las letras como a su padre y de forma parecida buscó algo que pudiera compaginar con el deporte: era traductor y de los buenos. Luego quedaba Eva con sus 26 añitos sabionda, sabionda y muy Directora ella. 
Cuando convocó a los chicos para aquella reunión, a todos les pareció que era una sandez, una tontería, imaginaciones de su madre y de su hermana: nuestro padre raro ¿estará enfermo tal vez? 
Benito, por lo demás, es cierto que había cambiado un poco sus hábitos desde aquella mañana que sabemos que intuyó su muerte, en lugar de trabajar siempre en casa, desenpolvó su carnet de investigador y se marchaba cada mañana a la Sala Cervantes de la Biblioteca Nacional donde pasaba de 8 de la mañana a 12, después subía a los servicios de Hemeroteca donde buscaba sin cesar papeles, registros, todo con un misterio absoluto. En lugar de comer en la Biblioteca, volvía caminando a su casa de la calle de Velazquez número 21, 1º D. El lector pensará que vivir en el Barrio de Salamanca y en ese edificio no lo consigue cualquiera, osea que Eva era pija con razón, una pija clásica, no de las del Barrio del Pilar o de Villaverde o Zevillana. En realidad, fue maniobra de Clara, a la muerte del padre de Benito vivían alquilados en la misma casa que él, con una renta antigua irrisoria para un piso de 300 metros cuadrados, como por aquel entonces Benito se había trasladado con su mujer Clara para atender los últimos meses del cáncer de huesos de su padre no le quedó otra que empadronarse allí y con ello conseguir -sin darse cuenta y por azar para Benito- que al fallecimiento tuvieran la opción de poder comprar aquel magnífico piso por un precio bastante adsequible, a fin de cuentas era hijo único y toda la herencia era para él. Así consiguió el piso de Velázquez aunque le hubiera dado un poco igual porque él lo que quería era irse a vivir a Canarias o comprar una casa con mucho jardín en la sierra de Madrid. 
Con el tiempo vio que eso era lo que tenía que haber hecho, sobretodo porque pasaba mucho tiempo en casa, y por eso es necesario otro tipo de hábitat distinto al de su mujer que a las nueve de la mañana ya estaba fuera sin que nadie supiera muy bien para qué. 
La cuestión es que la rutina de Benito, en efecto se vio perjudicada a efecto de los demás porque comenzó a ser desorganizado, escribía possit que nadie podía entender, su despacho se tornó desordenado con libros abiertos en páginas inconexas y sin cerrar se apilaban unos encima de los otros. De repente, algunos de sus gustos en las comidas cambiaron y donde jamás le había gustado el queso, ahora lo compraba él mismo cada día y del fuerte, Roquefort, Emmental...un horror que atrás le hubiera desesperado por el olor, pues ahora no. Él, que nunca comía pan, ahora venía cada día con una barra o dos, baguette del que fuera, debajo del brazo, interpelaba para que hubiera pan a mediodia y por la noche, si no lo había, no regañaba a nadie, simplemente se bajaba a comprarlo y listo, bajo el asombro de todos. Ahora desayunaba café con leche, del café americano, una taza grande de las de cereales, y a veces repetía con otra supertaza, esto tampoco lo hacía antes, nunca había tomado café. Sin embargo no volvía a probar ni el cacao ni el zumo de naranja. Decía que eso era un horror. Poco a poco iba cambiando sus hábitos en las comidas para asombro de Clara su mujer y de Eva su hija, que más que esposa e hija eran el tribunal de la Inquisición. Sus hijos no decían nada de todo esto, les daba igual, decían que era normal que estuviera aburrido de hacer lo mismo, que no había mal en ello, que tenía 62 años el hombre y que era muy dueño de hacer lo que quisiera con su vida. 
Cuando Benito comenzó a recibir correo postal certificado y a diario entonces Clara se alarmó, porque su marido no quiso decirle nada con respecto a lo que recibía ni por qué. -Cosas mías sin importancia como siempre, decía. Los chicos estaban reacios a la reunión familiar "para hablar de papá" como había dicho su madre, especialmente Chico, quien dejaba sus asuntos en Francia  para cosas importantes y : -creo que esto no lo es, no sé por qué os alarmais. Sin embargo no les quedó otra ante la insistencia de las dos mujeres. Mientras, Benito, ausente de todo, continuaba su búsqueda en los archivos de la Biblioteca Nacional a diario y después se encerraba en su casa en actitud conspiradora, cada día más despistado y ausente de todo pero inmiscuido en lo que parecía "asuntos de importancia". No sabía la que se le venía encima.  
                                                        
                                                      
                                                         Sala Cervantes de la BNE.

jueves, 13 de marzo de 2014

La jubilación de Benito (Cap. I)



Sentía asfixia desde hacía mucho tiempo cuando comprendió que el papel que  le había asignado la sociedad se había terminado, su tiempo de servidumbre de ciudadano había caducado desde tiempo atrás y Benito, tan sólo había aguantado hasta aquel momento como pudo, tan solo como pudo. Una cosa agradable y recompensadora que tiene el vivir entre libros es que puedes vivir solo perfectamente, no te hace falta nadie. Por otra parte, esta actividad que desemboca en hábito, hooby o profesión rara vez coincide con la del vecino, la de tu amigo o la de tu "pareja", lo entrecomillo porque lo de pareja siempre me ha llamado la atención. Por pareja se entiende el otro lado, una parte que es igual que la otra, algo es parejo de otra cosa, que lo juntas y coincide porque son iguales. Bien, siguiendo estas definiciones mas o menos discutibles, puedo llegar a la conclusión sin miedo a equivocar al lector que jamás he tenido una pareja. 
El pobre Benito, nuestro amigo errante, había adquirido -como se puede imaginar- unos gustos completamente opuestos a los de su esposa, huía de cualquier bullicio, se encerraba en si mismo, en su carcasa tortuguil, tenía incluso fobia social, temblaba de pensar en intercambiar ideas o pensamientos con otros, le aburría soberanamente porque había llegado a la conclusión de que no servía para nada, la gente no escuchaba, y sabía que nadie no convencía con argumentos a otro, sino, nunca hubiera existido la guerra. De modo que ni se molestaba. A su mujer, por el contrario, era alguien a quien le gustaba, claro, relacionarse mucho, hablar, asentir, convencer en las conversaciones, sentir aceptación del público, de la gente, del panadero de la esquina, saber de la conformidad del otro, de cómo le queda el pelo o si le sienta bien esta falda y no otra, del camarero del bar donde asistía con sus amigas a tomar el desayuno algún que otro día en semana...ella se movía, le encantaba bailar, salir de compras, mirar escaparates, quedarse en esas plantas bajas de El corte inglés completamente bestiales que huele a perfume que tumba y que a su vez disimula lo mal que huele el supermercado de abajo...pasear entre zapatos, mirar aquí y allá, urdir, bullir entre objetos, oler, mirar colores al tiempo en que uno era consciente de su anonimato hasta que por azar llegaba un dependiente o dependendienta de esos pocos que quedan que parece que saben lo que hacen, que te observan desde hace rato y te dicen eso de: ¿puedo ayudarle en algo señora?
Benito, era otro tipo de persona mucho más discreta, reservada, sencilla, amable, pero en la sombra de todo lo que hacía, era un gran conversador que había tenido que dejarlo por no tener con quien hacerlo, eso sí, el aspecto físico que presentaba nuestro amigo cuando se le veía en público despistaba sobremanera porque era un hombre bastante atractivo. Otro en su lugar se dedicaría sin duda a quemar los ultimísimos cartuchos, los manotazos del ahogado en materia sexual y de seducción, solo que a él no le interesaba y punto. Su cabello gris, largo pero cuidado para su edad, siempre muy bien afeitado y limpio, oliendo muy bien, ataviado con ropa bohemia que dejaba ver la comodidad si se tiene en cuenta que pasaba muchas horas sentado. Pantalones anchos con la cintura algo caída, nada de cinturones, ni camisas pegadas, toda su ropa era amplia y de tejidos nobles, foulards, bufandas, siempre muy cómodo el hombre, chaquetas de pana, de comunista le decía su hija que contrastaba sobremanera con el estilo de su esposa, a quien no le faltaba nada que fuera de marca. Todo estaba estudiado. Benito, había sido profesor de filosofía y además era filólogo, pero cuando fue profesor de filosofía tuvo un tropiezo que ya se dirá más adelante y le dieron una baja permanente, con lo cual le quedó la posibilidad de dedicarse gran parte de su vida, casi toda, prácticamente a los libros y a los textos, encontró un trabajo (añadido por debajo, es decir en negro) como corrector de estilo para editoriales, por tanto, se pasaba la mayor parte del tiempo repasando y repasando frases, oraciones, adjetivos que no concordaban ni con el sustantivo ni este a su vez con el verbo, coordinadas que se perdían, subordinadas que no encontraban el fin, erratas y más erratas, erratas de la conciencia, del alma misma, de una sintaxis lunática de escritores retorcidos, mal encarados o peor formados. En definitiva, Benito tenía que reescribir todo aquello que no se sabía hacer y en más de alguna ocasión había conseguido un texto extraordinario digno de un autor de Premio, a los que también corregía. Se decía en la soledad de su trabajo, "si la gente supiera cómo llegan estos textos, madre mía donde se queda ese escritor y qué sería de sus fans". 
Pero aquel día tomó conciencia de que su vida terminaría un día de estos, cualquier día próximo. ¿Por qué uno toma conciencia de eso un día y no otro? Por que sí, por la misma razón que uno nace en el mes de mayo y no en el de abril o diciembre, porque por esa misma razón la persona, el individuo social que tenemos en el cuerpo se tiene que morir un día cualquiera de estos del calendario y no sabemos cuál de ellos será. Como era muy listo, pensó: "si me tengo que morir pronto, entonces dejaré algo importante que pase a la posteridad". 
Esto de ser listo, cualquiera puede pensar que lo es, y no lo niego, no es cosa simple, hay mucha gente que lo es pero de forma muy rara. Está la inteligencia, y está la inteligencia emocional que casi nadie sabe manejar. Un hombre o mujere inteligente (aquí digo listo) deja de serlo en el momento en que piensa que lo es y no lo pone en práctica es decir no lo lleva a cabo, no lo demuestra ni a si mismo ni a la sociedad en la que vive. 
En ese momento, la esposa de Benito integrada socialmente que vivía en su casa, sus cuatro hijos a los que había amamantado perfectamente, dejaron de tener interés, vamos que tampoco lo habían tenido en los últimos tiempos si se mira bien y ellos en el fondo lo intuían pero tampoco hacían nada, bueno sí, le "veían raro" pero como suele suceder en los tiempos que corren nadie hace nadie por nadie, ni tu pareja que en el fondo no lo es, ni tus hijos que solo lo son mientras son amamantados, luego ya se dedican a cerrarte la boca para que no hables, tú que les has contado todo en la vida, ahora tienes que callarte cada vez que ellos -grandes premios nobeles mundiales- lo deciden. Ese es uno de los grandes momentos de ser padre: ser callado cuando uno de tus hijos -lider mundial de la sabiduría- lo decide. 

Lee y piensa: samaritano o fariseo ¿qué eres?

samaritanos, fariseos...

Los libros sagrados siempre me han interesado en grado extremo y es por ello que mis reflexiones sobre la vida alcanzan también a una de la...