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La jubilación de Benito (Cap. I)



Sentía asfixia desde hacía mucho tiempo cuando comprendió que el papel que  le había asignado la sociedad se había terminado, su tiempo de servidumbre de ciudadano había caducado desde tiempo atrás y Benito, tan sólo había aguantado hasta aquel momento como pudo, tan solo como pudo. Una cosa agradable y recompensadora que tiene el vivir entre libros es que puedes vivir solo perfectamente, no te hace falta nadie. Por otra parte, esta actividad que desemboca en hábito, hooby o profesión rara vez coincide con la del vecino, la de tu amigo o la de tu "pareja", lo entrecomillo porque lo de pareja siempre me ha llamado la atención. Por pareja se entiende el otro lado, una parte que es igual que la otra, algo es parejo de otra cosa, que lo juntas y coincide porque son iguales. Bien, siguiendo estas definiciones mas o menos discutibles, puedo llegar a la conclusión sin miedo a equivocar al lector que jamás he tenido una pareja. 
El pobre Benito, nuestro amigo errante, había adquirido -como se puede imaginar- unos gustos completamente opuestos a los de su esposa, huía de cualquier bullicio, se encerraba en si mismo, en su carcasa tortuguil, tenía incluso fobia social, temblaba de pensar en intercambiar ideas o pensamientos con otros, le aburría soberanamente porque había llegado a la conclusión de que no servía para nada, la gente no escuchaba, y sabía que nadie no convencía con argumentos a otro, sino, nunca hubiera existido la guerra. De modo que ni se molestaba. A su mujer, por el contrario, era alguien a quien le gustaba, claro, relacionarse mucho, hablar, asentir, convencer en las conversaciones, sentir aceptación del público, de la gente, del panadero de la esquina, saber de la conformidad del otro, de cómo le queda el pelo o si le sienta bien esta falda y no otra, del camarero del bar donde asistía con sus amigas a tomar el desayuno algún que otro día en semana...ella se movía, le encantaba bailar, salir de compras, mirar escaparates, quedarse en esas plantas bajas de El corte inglés completamente bestiales que huele a perfume que tumba y que a su vez disimula lo mal que huele el supermercado de abajo...pasear entre zapatos, mirar aquí y allá, urdir, bullir entre objetos, oler, mirar colores al tiempo en que uno era consciente de su anonimato hasta que por azar llegaba un dependiente o dependendienta de esos pocos que quedan que parece que saben lo que hacen, que te observan desde hace rato y te dicen eso de: ¿puedo ayudarle en algo señora?
Benito, era otro tipo de persona mucho más discreta, reservada, sencilla, amable, pero en la sombra de todo lo que hacía, era un gran conversador que había tenido que dejarlo por no tener con quien hacerlo, eso sí, el aspecto físico que presentaba nuestro amigo cuando se le veía en público despistaba sobremanera porque era un hombre bastante atractivo. Otro en su lugar se dedicaría sin duda a quemar los ultimísimos cartuchos, los manotazos del ahogado en materia sexual y de seducción, solo que a él no le interesaba y punto. Su cabello gris, largo pero cuidado para su edad, siempre muy bien afeitado y limpio, oliendo muy bien, ataviado con ropa bohemia que dejaba ver la comodidad si se tiene en cuenta que pasaba muchas horas sentado. Pantalones anchos con la cintura algo caída, nada de cinturones, ni camisas pegadas, toda su ropa era amplia y de tejidos nobles, foulards, bufandas, siempre muy cómodo el hombre, chaquetas de pana, de comunista le decía su hija que contrastaba sobremanera con el estilo de su esposa, a quien no le faltaba nada que fuera de marca. Todo estaba estudiado. Benito, había sido profesor de filosofía y además era filólogo, pero cuando fue profesor de filosofía tuvo un tropiezo que ya se dirá más adelante y le dieron una baja permanente, con lo cual le quedó la posibilidad de dedicarse gran parte de su vida, casi toda, prácticamente a los libros y a los textos, encontró un trabajo (añadido por debajo, es decir en negro) como corrector de estilo para editoriales, por tanto, se pasaba la mayor parte del tiempo repasando y repasando frases, oraciones, adjetivos que no concordaban ni con el sustantivo ni este a su vez con el verbo, coordinadas que se perdían, subordinadas que no encontraban el fin, erratas y más erratas, erratas de la conciencia, del alma misma, de una sintaxis lunática de escritores retorcidos, mal encarados o peor formados. En definitiva, Benito tenía que reescribir todo aquello que no se sabía hacer y en más de alguna ocasión había conseguido un texto extraordinario digno de un autor de Premio, a los que también corregía. Se decía en la soledad de su trabajo, "si la gente supiera cómo llegan estos textos, madre mía donde se queda ese escritor y qué sería de sus fans". 
Pero aquel día tomó conciencia de que su vida terminaría un día de estos, cualquier día próximo. ¿Por qué uno toma conciencia de eso un día y no otro? Por que sí, por la misma razón que uno nace en el mes de mayo y no en el de abril o diciembre, porque por esa misma razón la persona, el individuo social que tenemos en el cuerpo se tiene que morir un día cualquiera de estos del calendario y no sabemos cuál de ellos será. Como era muy listo, pensó: "si me tengo que morir pronto, entonces dejaré algo importante que pase a la posteridad". 
Esto de ser listo, cualquiera puede pensar que lo es, y no lo niego, no es cosa simple, hay mucha gente que lo es pero de forma muy rara. Está la inteligencia, y está la inteligencia emocional que casi nadie sabe manejar. Un hombre o mujere inteligente (aquí digo listo) deja de serlo en el momento en que piensa que lo es y no lo pone en práctica es decir no lo lleva a cabo, no lo demuestra ni a si mismo ni a la sociedad en la que vive. 
En ese momento, la esposa de Benito integrada socialmente que vivía en su casa, sus cuatro hijos a los que había amamantado perfectamente, dejaron de tener interés, vamos que tampoco lo habían tenido en los últimos tiempos si se mira bien y ellos en el fondo lo intuían pero tampoco hacían nada, bueno sí, le "veían raro" pero como suele suceder en los tiempos que corren nadie hace nadie por nadie, ni tu pareja que en el fondo no lo es, ni tus hijos que solo lo son mientras son amamantados, luego ya se dedican a cerrarte la boca para que no hables, tú que les has contado todo en la vida, ahora tienes que callarte cada vez que ellos -grandes premios nobeles mundiales- lo deciden. Ese es uno de los grandes momentos de ser padre: ser callado cuando uno de tus hijos -lider mundial de la sabiduría- lo decide. 
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