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La jubilación de Benito (Una novela por entregas ) Capítulo III.



Lo cierto es que Benito daba la impresión de "estar" raro pero no de "ser" verbos estos que causan bastantes problemas a todo extranjero que se acerca a hablar nuestra lengua. Ser y estar no son la misma cosa, mucho menos parecer, con este verbo en discordia dan ganas de suicidarse porque no nos entiende nadie, es por eso lo de la idiosincrasia española tan característica, pocos son los que son, están y parecen cosas completamente diferentes. Vale. Nuestro Benito, había adquirido la habilidad de ser feliz, sí, digo ser feliz cada día a base de repetir las mismas cosas como una rutina de santuario y no podía comprender la vida si no hacía esas pequeñas cosas igual y de forma repetida sistemáticamente día tras día, sin que por supuesto nadie lo pudiera comprender, mucho menos su mujer. Así es la vida, la persona que mejor debería comprender estas cosas, lo hace, lo asume pero no sé, no lo comprende, te critica continuamente,  es como si le pareciera mal, lo toma como una manía de trastornado. Estas excentricidades que por otra parte todo el mundo tiene, rituales o como se quiera llamar es lo que le da a la persona la luz roja de hacerle saber que está viva, que se identifica con cada acción porque controla y domina esas acciones, es la persona la que domina las acciones y no al revés. No son las circunstancias las que te dominan a ti sino al revés. Benito por ejemplo, no podía comprender qué había de sastisfacción en que su mujer se pusiera unos shorts y quedara con su amiga o amigas para ir a correr como una posesa por el parque del Retiro y regresara a casa derrengada pero con la idea clara de que había hecho ejercicio. Para Benito -he aquí cuan diferentes eran nuestros amigos marido y mujer- le parecía un horror impuesto por la sociedad lo del tener que sudar con unos shorts, tener que cansarse, jadear, ponerse a mil con las sienes a reventar que en una de esas vas y revientas de hecho,  vestido de mamarracho con ropa de esas tiendas que visten a todo bicho viviente como si fuera una dictadura: Decathon, Nike, Adidas...un apocalipsis infrahumano para él inconcebible y mucho menos aceptable que día tras día se repetía en su casa. Él paseaba pero sin sudad, caminar, señor, caminar, lo que es ser un caminante, ¡leche!, no un corredor- decía sin que nadie en su casa (todos deportistas y cachas) le hicieran ni el más mínimo caso.
-Cariño, me voy al parque a hacer cardio. Afirmaba nuestra Clara, consciente de su potencial deportivo dispuesta a correr la San Silvestre.
-Dios mío, qué suplicio (decía para sus adentros) pero qué es esto? afirmaba nuestro Benito, cada día más harto de todo lo que le rodeaba. 
-Pues sí, sí, que te cunda hija, ten cuidado que en una de estas tu y tus amigas reventais. De hecho lo pensaba y de hecho estaba deseando que reventaran todas ellas, su mujer, las amigas y Africa entera tocando el tan-tan. Así estaba nuestro Benito por esos días cuando sus hijos y su mujer tenían que reunirse para hablar de pap porque estaba muy raro.
-¿Cuando vuelvas estarás para comer juntos?-dijo Clara.
-No (lacónico.).Contestó Benito.
-Ah, vale, claro, tienes cosas qué hacer.
-No, no tengo nada que hacer pero no voy a estar. Dijo nuestro prematuro y desconcertante jubilado.
-Bueno, pues nada, me voy, que tengas buen día.
-Adiós, dijo, desde el interior del cuarto de baño nuestro amigo que no quiso ni salir a despedir a su deportiva mujer.
A Benito le gustaba mucho ir al Retiro pero no a sudar la gota gorda y volver a su casa "hecho un cerdo" como a menudo solía decir. "Yo soy caminante", era su frase. A Benito le encantaba pasear por ese parque, mirar la gente, escuchar el sonido de sus árboles, -y dale con que son los árboles los que hacen el viento- le decía su mujer, ¡estás loco! que te lo digo yo Clara, que son los árboles los que mueven sus ramas y consiguen mover el aire provocando el viento en la ciudad, en realidad, sí, conspiran contra el ciudadano o le ayudan cuando encuentran que hay demasiada polución.
-Tú no estás bien. 
Este tiempo que se le iba a presentar y que se conoce como jubilación prematura o anticipada en realidad era lo mejor que le podía suceder a nuestro protagonista porque si se mira bien había caído en un estado de dependencia de si mismo un poco alarmante. Quizás su bunker fabricado a base de lectura, de ideas, de libros que tan solo ya entendía él mismo, le habían aislado soberanamente hasta el punto de enemistarle incluso con las pocas personas a las que se podían considerar como amigos. Esta era una de las razones por las que sus tres hijos vieron con alarma la situación caótica de su padre: que ya no quería ver a nadie. 
Se hacía el olvidadizo, o se olvidaba de verdad, y cada vez que en las conversaciones se hablaba de enfermedades entonces salía huyendo o decía cosas insólitas, como que su familia había tenido enfermedades raras, algo hasta entonces desconocido porque jamás había dicho nada de ese tema. Su familia, había muerto en la contienda de la guerra, según había explicado, so pena que esto fuera mentira, claro. Lo peor de todo quizás era ese odio al mundo entero que le había entrado, de repente, tenía como unos deseos terroristas de cargarse el vocabulario, el mobiliario urbano, los escaparates pijos, los autobuses...incluso la atmósfera, esto era lo peor, a cada vez que salía a la calle sentía que el viento, el oxígeno le agredían, los edificios querían aplastarle, los automóviles, sentía como el metro que estaba debajo de sus pies iba a salir para agredirle, era una conspiración contra él y tendría que acabar con todo. 
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