martes, 26 de agosto de 2014

pensadores medievales árabes: Algazel


El centro de creación intelectual de la filosofía árabe en la etapa Medieval (premedieval) se centró en Bagdag, y en el siglo IX constatamos la influencia de una primera gran figura, a la vez que Escoto Eriúgena en Occidente: Al Kindi.  (Kufa, actual Irak, 801 - Bagdad873). Al-Kindi trabajó en filosofía, astrología, astronomía, cosmología, química, lógica, matemática, música, medicina, física, psicología y meteorología. Hombre profundamente religioso, fue de los primeros que hicieron traducir al árabe la obra de Aristóteles, de quien recibió una profunda influencia al formular su propia obra filosófica. Sus trabajos tuvieron posteriormente gran impacto en Averroes. Elaboró una teoría de las categorías. A su influencia aristotélica se unía un profundo conocimiento de las matemáticas, la medicina, la geometría y otras disciplinas científicas. Ello, unido a su defensa del libre albedrío entre sus coetáneos, le llevó a considerar la necesidad de crear una doctrina filosófica capaz de agrupar los distintos conocimientos humanos. La Edad Media europea solo conoció muy pequeña parte de esta inmensa obra. Pero en cambio uno de sus escritos ha llegado a tener una importancia especial por tratar un tema que tuvo mucha repercusión en Europa: el problema del entendimiento.
En el siglo siguiente vive otro pensador más importante, muerto hacia el 950: Al Farabi; este hombre irá más allá de la traducción, comentando la obra de Aristóteles e introduciendo la teoría del intelecto agente, como forma separada de la materia, que había de tener tanta importancia en la filosofía musulmana, y la distinción entre la esencia y la existencia. Después aparece Avicena (Ibn Sin), que vivió del 980 al 1037. Este hombre fue un grandísimo filósofo, teólogo y uno de los médicos más famosos del mundo islámico y de toda la Edad Media. Tuvo una extraña precocidad, y su vida fue agitada y ocupada por cargos públicos y placeres, a pesar de lo cual dejó una copiosa obra. Su obra más importante, AlSifa (la Curación) es una Suma de su filosofía, de inspiración fuertemente aristotélica. También escribió AlNayat (la Salvación) y otros muchos tratados. El mundo árabe le conoce bien y no es de extrañar por tanto hallazgo e intelectualidad modernista.
En la Edad Media, e influyó mucho la llamada Metafísica de Avicena, de la que proceden gran parte de las ideas de los escolásticos cristianos. Avicena recogió la distinción entre esencia y existencia, que en sus manos adquirió gran importancia; introdujo la noción de intencionalidad, tan fecunda en nuestro tiempo, y dejó una huella hondísima en toda la filosofía posterior, muy particularmente en Santo Tomás.
Frente a este grupo de filosofías aparece entre los árabes un movimiento teológico ortodoxo, enlazado con la mística del sufismo, influido fuertemente por el cristianismo y por corrientes indias neoplatónicas. 
El más importante de estos teólogos es Algazei, autor de dos libros titulados La destrucción de los filósofos y La renovación de las ciencias religiosas. Algazel es un místico ortodoxo, no panteísta, a diferencia de otros árabes que aceptan las teorías de la emanación. Aparte de una defensa del islam en cuarenta libros llamada Prueba del islam, escribió con finalidad antifilosófica un tratado en dos partes: Las intenciones de los filósofos, parte expositiva, y La incoherencia de los filósofos, parte crítica, en la que rebate sus afirmaciones; como el Occidente latino sólo conoció la primera parte, Maqasid al falasifa traducida por Domingo Gundisalvo como una de las aportaciones de la llamada Escuela de Traductores de Toledo, se transmitió el error de considerarlo uno de los principales discípulos de Avicena y fue considerado en Europa como un filósofo antes que como un teólogo. En cambio, Averroes le critica en su obra titulada Incoherencia de la incoherencia, que en latín se conoció como Destrucción de la destrucción.
Algazel Abū āmid Muammad ibn Muammad at-Tūsī al-Ghazālī, en árabe أَبُو حَامِد الغَزَالِيّ, latinizado como Algazael (Ghazaleh, Irán, 1058 - Tus, Irán, 19 de diciembre de 1111), sirvió como transmisor de la obra de Aristóteles y comentarista de sus seguidores musulmanes Avicena y Alfarabi. Aunque estudió los postulados racionalistas, llegó al convencimiento de la ineficacia de la razón como herramienta de conocimiento o de comunicación con Dios; eso le hizo llegar a postulados místicos y a abrazar el sufismo durante diez años. Sus obras principales son, aparte de La destrucción de los filósofos tan criticada por Averroes, sobre todo Revivificación de las ciencias religiosas. Rechaza la eternidad del mundo como herética, subordinando la filosofía a la teología: al lado del conocimiento ordinario, fruto de los sentidos, coloca un conocimiento intuitivo fruto de la ascética y la fe. Su moral, aunque fundada en El Corán, acusa influencias griegas y cristianas. Criticó duramente las doctrinas racionalistas de Alfarabi. Se cree que más tarde, regreso a sus postulados de principio que otorgaban un papel central a la razón como herramienta del conocimiento humano, ejerciendo de nuevo el magisterio. Escribió también una autobiografía titulada El que libra del error, donde expone su itinerario espiritual, de la que hay traducción moderna (Confesiones: El salvador del error, introducción y notas de Emilio Tornero, Madrid: Alianza Editorial, 1989).
Algazel fue el teólogo que inspiró a los Almohades, pero no a los Almorávides, y así, a comienzos del siglo XII, el emir almorávide Alí ben Yúsuf ordenó, aconsejado por ciertos alfaquíes, que se quemaran las obras del teólogo Algazel.

Bibl: Guerrero, Ramón. (1985). El pensamiento filosófico árabe. Madrid. Cincel, D.L. ISBN 84-7046-403-5.
Ferrater Mora, J. (1984). Diccionario de Filosofía (4 tomos). Barcelona. Alianza Diccionarios. ISBN 84-206-5299-7.


miércoles, 13 de agosto de 2014

Judas Iscariote, el hombre más juzgado


                                                                    

Judas Iscariote: el hombre más juzgado
Rosa Amor del Olmo

El discípulo que traicionó a su Divino Maestro. El nombre Judas (Ioudas) es la forma griega de Judá (en hebreo “alabado”), un nombre propio que se encuentra frecuentemente tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Incluso entre los Doce había dos que llevaban el nombre, y por esta razón está habitualmente asociado con el sobrenombre Iscariote [en hebreo, “de Kerioth” o Carioth, que es una ciudad de Judea (cf. Josué 15, 25)]. No puede caber duda de que esta es la interpretación correcta del nombre, aunque el verdadero origen está oscurecido por la ortografía griega, y, como podía esperarse, se han sugerido otros orígenes (vg.:de Isacar).
Se nos cuenta muy poco en el Texto Sagrado respecto a la historia de Judas Iscariote más allá de los hechos desnudos de su llamamiento al Apostolado, su traición, y su muerte. Su lugar de nacimiento, como hemos visto, se indica en su nombre Iscariote, y puede señalarse que su origen le separa de los demás Apóstoles, que eran todos galileos. Pues Kerioth es una ciudad de Judea. Se ha sugerido que este hecho puede haber tenido alguna influencia en su carrera, al provocar falta de simpatía con sus hermanos en el Apostolado. No se nos dice nada respecto a las circunstancias de su llamada o su participación en el ministerio y milagros de los Apóstoles. Y es significativo que nunca se le menciona sin alguna referencia a su gran traición. Así en la lista de los Apóstoles dada en los Evangelios Sinópticos, leemos: “ y Judas el Iscariote, el mismo que le entregó” (Mateo 10:4. Cf. Marcos 3:19; Lucas 6:16). Así de nuevo en el Evangelio de San Juan el nombre se presenta de nuevo en conexión con el anuncio de la traición: “Jesús les respondió: ¿No os he elegido yo a vosotros los doce? Y uno de vosotros es un diablo” (Juan 6: 70-71).
¿Por qué  Jesús escogió a Judas?
En este sentido sería necesario recordar dos ideas que la tradición ha recogido siempre:
La primera es que Jesús respeta nuestra libertad. ¿Es cierto que Jesús sabe como cada persona utilizará su libertad,? ¿Es esa una libertad real?.  La segunda es que Jesús nos da la gracia y espera que tengamos la disponibilidad para arrepentirnos y para convertirnos, Él es rico en misericordia y perdón, -dice la tradición-.
Pero qué motivos podría tener Judas para actuar de esa manera?¿qué le llevó a esas acciones, y utilizando el vocablo de la tradición,  ¿por qué traicionó a Jesús? Según Benedicto XVI, “es un error pensar que el gran privilegio de vivir en compañía de Jesús es suficiente para que una persona sea santa”. Hace falta responder a la gracia.
La decisión de Judas ha suscitado a lo largo de la Historia varias hipótesis, que aquí recogemos. Algunos recurren a la avidez por el dinero; Judas sería un avaricioso. En este pasaje San Juan añade una particular adición al mencionar el nombre del padre del Apóstol traidor, que no se recoge por los otros Evangelistas. Y es él de nuevo quien nos dice que Judas llevaba la bolsa. Pues, tras describir la unción de los pies de Cristo por María en la fiesta en Betania, el Evangelista continua: Dice Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que le había de entregar: ‘¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?’ No decía esto porque le preocuparan los pobres, sino porque era ladrón, y como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella (Juan 12, 4-6).
Este hecho de que Judas llevaba la bolsa es de nuevo referido por el mismo Evangelista en su relato de la Última Cena (13, 29). Los Evangelios Sinópticos no reseñan este cargo de Judas, ni dicen que fuera él quien protestó del supuesto derroche de ungüento. Pero es significativo que tanto en Mateo como en Marcos el relato de la unción está seguido inmediatamente por el relato de la traición: “Entonces uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue donde los sumos sacerdotes, y les dijo: ¿Qué me queréis dar, y yo os lo entregaré?” (Mateo, 26 . 14-15); “Entonces, Judas Iscariote, uno de los Doce, se fue donde los sumos sacerdotes para entregárselo. Al oírlo ellos, se alegraron y prometieron darle dinero” (Marcos, 14 .10-11). Se observará que en ambos relatos Judas toma la iniciativa: no es tentado o seducido por los sacerdotes, sino que se acerca a ellos por su propia decisión. Lucas cuenta la misma historia, pero añade otro matiz al atribuir el hecho a la instigación de Satanás: “Entonces Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, que era del número de los Doce; y fue a tratar con los sumos sacerdotes y los jefes de la guardia del modo de entregárselo. Ellos se alegraron y quedaron con él en darle dinero. Él aceptó y andaba buscando una oportunidad para entregarlo sin que la gente lo advirtiera”.(Lucas 22: 3-6).
                          
Una cuestión mesiánica: Judas habría quedado decepcionado al ver que Jesús no entraba en el programa de liberación político-militar de su propio país. Según esta teoría, Judas habría creído que el arresto de Jesús le forzaría a defenderse y encabezar la rebelión armada para liberar a su pueblo. Entonces, al ver que Jesús se entrega mansamente  provoca en Judas una desesperación que no puede controlar. Se desespera y en cierto modo es lógico porque el pueblo judío en este momento estaba pasando uno de los momentos más conflictivos y delicados políticamente. Jesús podía haber liderado realmente una revolución social del pueblo judío que no era otro que el pueblo elegido por el Padre. Iscariote había cambiado el orden establecido también en la ley judía, la cuál en ese momento tenía que cambiar pues estaba sometida y corrompida ante el dios romano, Jesús lo sabía y con el establecimiento del nuevo Evangelio se enemistaba principalmente con los de su pueblo, con los judíos, más que con los romanos. Las prédicas de Jesús estaban produciendo inquietud en el orden social de Israel se refiere, fundamentalmente, al orden social religioso judío, al Sumo sacerdote, su Consejo y los magistrados. El otro orden social , el romano –Judea era territorio de ocupación romano- no se debió ver alterado por el ministerio público de Jesús. No obstante, el Consejo del Sanedrín se esforzó en presentar a Jesús como “enemigo público” de los romanos, y conducirle, en su detención, a la jurisdicción del gobernador romano, Poncio Pilatos, con lo cual pretendían eludir la propia y única responsabilidad de las autoridades religiosas como únicos responsables de la detención y ejecución de Jesús.
Roto el orden, con su poder celestial podía renacer de nuevo el pueblo y establecer un nuevo orden social. Asumiendo su destrucción, dejándose vencer, solo facilitaba la victoria de unos vencedores que someterían la verdad y la libertad. Esto era muy difícil de asumir para un ser humano, débil, imperfecto, con poca evolución. Lo que sabemos con certeza es que, detrás de las decisiones de Judas está la tentación del maligno: «El diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle» (Juan 13: 2). Del mismo modo, Lucas escribe: «Satanás entró en Judas, llamado Iscariote, que era del número de los doce» (Lucas 22: 3). No es casual que el número de los discípulos de Jesús fuera doce, pues doce era el número de las tribus de Israel y de esta forma volvía a cumplirse la predicción bíblica: Instituyó doce, para que estuvieran con él, y para enviarles a predicar con poder de expulsar a los demonios, Marcos 3:16.  En todo caso, la traición de Judas sigue siendo un misterio. Jesús le trató como a un amigo (Mateo 26: 50), pero en sus invitaciones a seguirle por el camino de las bienaventuranzas no forzaba su voluntad, ni le impedía caer en las tentaciones de Satanás, dejaba su libre albedrío, respetando así la libertad humana.
“No nos corresponde juzgarlo sino cuidarnos para no caer en lo mismo que él”
Según, Benedicto XVI: “A nosotros no nos corresponde juzgar su gesto, poniéndonos en lugar de Dios, quien es infinitamente misericordioso y justo. Si bien en la Iglesia (Católica) no faltan cristianos indignos y traidores, será Jesús quien los juzgue. A cada uno de nosotros nos corresponde contrabalancear el mal con nuestra entrega a Jesucristo.” Así como hay hombres y mujeres que con su testimonio denigran a la Iglesia, también es cierto que hay muchísimos católicos que viven  su vida imitando a Cristo, nuestro fundador. En estos duros tiempos es cuando más conviene vivir con intensidad nuestra fe, sustentado en Cristo Jesús y siempre con la esperanza de que el amor de Dios perdure para siempre.[1]
La traición era conocida por Cristo. Del mismo modo San Juan hace hincapié en la instigación del espíritu maligno: “cuando ya el diablo había inspirado a Judas Iscariote, el hijo de Simón, el propósito de entregarle” (13: 2). El mismo Evangelista, como hemos visto, nos da una temprana insinuación del previo conocimiento de Cristo de la traición (Juan 6: 70-71), y en el mismo capítulo dice expresamente: “Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que le iba a entregar” (6: 64). Pero coincide con los Sinópticos al registrar una predicción más explícita de la traición en la Última Cena: “Cuando dijo estas palabras, Jesús se turbó en su interior y declaró: Yo os aseguro que uno de vosotros me entregará” (Juan 13, 21), Y cuando el propio Juan, a petición de Pedro, preguntó quién era éste, “ le responde Jesús: Es aquel a quien dé el bocado que voy a mojar.[2] Y, mojando el bocado, lo toma y se lo da a Judas, hijo de Simón Iscariote. Y entonces, tras el bocado, entró en él Satanás. Jesús le dice: Lo que vas a hacer, hazlo pronto. Pero ninguno de los comensales entendió por qué se lo decía. Como Judas tenía la bolsa, algunos pensaban que Jesús quería decirle: Compra lo que nos hace falta para la fiesta, o que le mandaba dar algo a los pobres” (13: 26-29). Estos últimos detalles sobre las palabras de Jesús y la natural conjetura de los discípulos, sólo se dan por Juan. Pero la predicción y la pregunta de los discípulos se recogen por todos los Sinópticos (Mateo:26; Marcos :14; Lucas:22). San Mateo añade que el propio Judas preguntó, “¿Soy yo, maestro?” y fue respondido “Tú lo has dicho” . ¿Por qué Juan, el que más menciona el nombre de Judas en su Evangelio, y el que lo hace siempre con evidente “saña”, no oyó ese “tú lo has dicho” que oyó Mateo? Juan es el único que hace acusaciones directas contra Judas, en una ocasión llamándole ladrón y en otra asegurando que Jesús señaló ante él al Iscariote como traidor; Juan, en cambio, no oyó el “tú lo has dicho”. Antes de entrar en la versión de la cena que se da en el Evangelio de Juan debemos convenir en que Mateo no testifica correctamente. De haber sido así –cualquiera podría concluir en lo mismo- otro hubiera sido el curso de los acontecimientos, pues probablemente Judas no habría podido salir de la cena indemne, por sí solo, como lo hizo, y además cumpliendo una orden de Jesús.  Si en el corazón de Judas había tal propósito, ¿por qué no es él sólo quien pregunta si a él le tocará el triste papel de traidor; por qué lo preguntan todos, dato en el que están de acuerdo Mateo, Marcos y Lucas? Además, esa es una opinión de Juan, no un relato de los hechos.
Juan Bosch,[3] destaca algunas contradicciones en el apóstol Juan que reseñamos aquí. Para este estudioso lo que Jesús temía era que alguno de sus discípulos se prestara a testimoniar contra él para poder juzgarlo.[4] Si Jesús no llega a admitir en presencia de sus jueces que es el Hijo de Dios, no habrían podido condenarle. Los propios jueces lo dicen: “¿Qué necesidad tenemos ya de testigos?”. En una ciudad de pulso eminentemente religioso como Jerusalén no era posible guardar secreto sobre las gestiones para buscar testigos, y mucho menos si en el seno del Sanhedrín había, como parece ser el caso, amigos del perseguido. [5] Los discípulos lo sabían, pues si no, ¿de dónde aparecería en dos evangelios la noticia concreta de que en pos de testimonios contra Jesús, el Sanhedrín dio al fin con testigos? Y sin lo sabían los discípulos, necesarimente debía saberlo también Jesús. Así, pues, lo que evidentemente agobia a Jesús en la cena es la sospecha de que uno de los suyos pueda servir a sus enemigos para ejecutar sus propósitos. Este testigo no fue Judas. Más he aquí que ahora aparece Juan en la escena para afirmar que Jesús le dijo a él, y solo a él, que Judas sería el traidor. Hasta el momento en que Juan rinde esta acusación, nadie sabe, excepto él y Jesús –o Jesús y él, para ser correctos-, que Judas, el guardador de dineros comunes, el único extranjero entre los discípulos, va a traicionar. Puesto que ésta es la sola vez que se dice antes de la aprehensión que Judas va a ser traidor, estamos en el deber de estudiar –afirma Bosch- con esmero las palabras de Juan y sus contradicciones. Para Bosch si en apóstol Juan había dicho que poco antes que “y comenzada la cena, como el diablo hubiese ya puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle..” Ahora, sin embargo, después en la cena dice que “después del bocado, en el mismo instante entró Satanás”. De manera que si nos atenemos a la narración primera Judas fue a la cena habiendo ya cometido la traición; si nos atenemos a lo segundo, quedó tentado del diablo después del bocado mojado que le pasaba el Hijo de David. Juan había afirmado días atrás y durante la cena de Betania –la ´más histórica de todas ellas- que Judas era ladrón. Pero es el mismo Juan quien nos informa que Judas es todavía, en el momento en que Jesús está señalándole ante Juan como traidor, guardián de los dineros de todos. Si era ladrón antes –expresa Bosch- ¿cómo resulta tesorero aún en esta hora final de su maestro? Si los discípulos entendieron que el “lo que has de hacer, hazlo pronto”, quería decir que fuera a comprar lo que hiciera falta para la fiesta o que diese algo a los pobres, es porque a juicio de ellos Judas administraba los fondos honestamente, que sino, no se le autorizaría a comprar o a donar a su antojo. Salvo que a toda la congregación no le importase que sus fondos los manejase un degenerado lo que no parece lógico.
Lo que ni Juan ni persona puede explicar –explica en su libro Juan Bosch- es que tras la frase de “ninguno de los que estaban en la mesa conoció a qué propósito decía aquello” y que él sí lo supiera y se callara, que guardara ese secreto ante todo el mundo. Es extraño que Juan se quedara sin transmitirle esa extraordinaria nueva a Pedro. No se explica en dos amigos de tan extrecho grado;[6] ni se explica conociendo el carácter de Pedro, que éste no le preguntara después a Juan quién era el señalado por su maestro.  Es evidente que Juan no se lo dijo, pus que janás habló con Pedro de ello; no lo mencionó cuandose refirió a Judas, poco después de muerto Jesús, a la hora de reemplazar con otro apóstol al discípulo de Kerioth; no lo contó ante Marcos, ya que de haberlo hecho este Evangelista hubiera dejado constancia de ello. No se lo dijo, en fin, porque de haberlo sabido Pedro, es a Judas a quien hubiera cortado la oreja, pocas horas después y no a Malco, el siervo de Caifás.
De acuerdo con Juan, antes de comenzar a comer Jesús lava los pies de sus discípulos; pero inmediatamente después del lavatorio dice: “En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará”. En ese momento cuando Juan, a petición de Pedro, le pregunta quién habrá de entregarle; Jesús le susurra que aquel a quien diere el bocado mojado; se lod a a Judas y le ordena: “Lo que has de hacer, hazlo pronto. Judas, tomando el bocado, se salió luego: era de noche.” Por este testimonio de Juan estamos en capacidad de afirmar que Judas salió de la sala antes de que allí se produjera la despedida de Jesús, el anuncio de que Pedro le negaría tres veces, las numerosas preguntas de los discípulos. Entre la salida de Judas y el momento en que todos se levantan de la mesa para dirigirse a Gethsemaní, ha transcurrido tiempo bastante para que Juan dé a sus compañeros la sorprendente noticia. No lo hace. Judas se ha ido de la cena; esa misma noche deberá resultar confirmada la angustia de Jesús. El traidor va a actuar dentro de poco. Y sólo Juan sabe quién va a vender a su maestro. Pero no lo dice. ¿Por qué? –se pregunta Bosch- ¿Es ese silencio digno de “el amado de Jesús”, del “hijo del trueno”, del amigo de Anás? ¿O es que de verdad, nunca oyó él de labios de su maestro esa frase: “Aquel a quien yo mojare y diere un bocado”, tan parecida a la de Mateo y Marcos: El que conmigo mete la mano en el plato, ése me entregará?
 Como sea, los cuatro Evangelistas concuerdan respecto a los hechos de la traición que siguieron tan de cerca a esta predicción, y cuentan cómo el traidor vino con una multitud o banda de soldados de los sumos sacerdotes, y los llevó al lugar donde sabía que encontraría a Jesús con sus fieles discípulos (Mateo: 26, 47; Marcos: 14, 43; Lucas:22, 47; Juan:18, 3). Pero algunos tienen detalles que no se encuentran en los demás relatos. Que el traidor dio un beso como señal, se menciona en todos los Sinópticos, pero no por Juan porque es de suponer que no hacía falta pues Jesús en aquel entonces sería perfectamente reconocible, a su vez es el único en contarnos que los que venían a prender a Jesús cayeron de espaldas al suelo cuando Él respondió “Yo soy”. También,  Marcos cuenta que Judas dijo “Rabbí” antes de besar a su Maestro; pero no da ninguna respuesta. Mateo, tras registrar esta palabra y el beso del traidor, añade “Jesús le dijo: Amigo, ¡a lo que estás aquí!” (26, 50).  Lucas (22, 48) da las palabras: “¡Judas, con un beso entregas al Hijo del hombre!”.
Mateo es el único Evangelista en mencionar la cantidad pagada por los sumos sacerdotes como precio de la traición, y de acuerdo con su costumbre observa que con ello se ha cumplido una profecía del Antiguo Testamento (Mateo 26, 15; 27, 5-10). En este último pasaje cuenta el arrepentimiento y suicidio del traidor, sobre el que callan los demás Evangelios, aunque tenemos otro relato de estos acontecimientos en el discurso de San Pedro: “Hermanos, era preciso que se cumpliera la Escritura en la que el Espíritu Santo, por boca de David, había hablado ya acerca de Judas, que fue el guía de los que prendieron a Jesús. Él era uno de los nuestros y obtuvo un puesto en este ministerio. Éste, pues, habiendo comprado un campo con el precio de su iniquidad, cayó de cabeza, se reventó por medio y se derramaron todas sus entrañas. Y la cosa llegó a conocimiento de todos los habitantes de Jerusalén de forma que el campo se llamó Haceldama, es decir, campo de sangre. Pues en el libro de los Salmos está escrito: Quede su majada desierta, y no haya quien habite en ella. Y también: Que otro reciba su cargo” (Hechos1:16-20. Cf. Salmos 68: 26; 108:8). Algunos críticos modernos hacen gran hincapié en las aparentes discrepancias entre este pasaje de los Hechos y el relato dado por Mateo. Pues las palabras de San Pedro tomadas en sí mismas parecen implicar que el propio Judas compró el campo con el precio de su iniquidad, y que fue llamado “campo de sangre” por su muerte. Pero San Mateo, por otro lado, dice: “Entonces Judas, el que le entregó, viendo que había sido condenado, fue acosado por el remordimiento, y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y a los ancianos, diciendo: Pequé entregando sangre inocente. Ellos dijeron: A nosotros, ¿qué? Allá tú. Entonces él tiró las monedas en el Santuario, se retiró y fue y se ahorcó.”
Tras esto el Evangelista continúa contando cómo los sacerdotes, con escrúpulos de echar las monedas en el tesoro de las ofrendas porque eran precio de sangre, las gastaron en comprar el campo del alfarero para sepultura de forasteros, el cual por esta causa fue llamado campo de sangre. Y en esto Mateo ve el cumplimiento de la profecía atribuida a Jeremías (pero que se encuentra en Zacarías 11:12-13): “Y tomaron las treinta monedas de plata, cantidad en la que fue tasado aquel a quien pusieron precio algunos hijos de Israel, y las dieron por el campo del alfarero, según lo que me ordenó el Señor” (Mateo 27:9-10).
Pero la tradición es unánime, no parece haber gran dificultad en reconciliar los dos relatos. Pues el campo, comprado con el precio rechazado de su traición, puede bien ser descrito como indirectamente comprado o poseído por Judas, aunque no lo comprara él mismo. Y las palabras de San Pedro sobre el nombre Haceldama pueden referirse a la “recompensa de iniquidad” tanto como a la muerte violenta del traidor. Dificultades similares surgen respecto de las discrepancias de detalle descubiertas en los diversos relatos de la propia traición. Pero se descubrirá que, sin violentar el texto, las narraciones de los cuatro Evangelistas pueden armonizarse, aunque en algún caso queden algunos puntos oscuros o dudosos.
Se discute, según la tradición, por ejemplo, si Judas estuvo presente en la institución de la Sagrada Eucaristía y comulgó con los demás Apóstoles. Pero el peso de la autoridad está a favor de la respuesta afirmativa. También ha habido alguna diferencia de opinión respecto al momento de la traición. Algunos consideran que fue decidida repentinamente por Judas tras la unción en Betania, mientras que otros suponen una negociación más prolongada con los sumos sacerdotes. Pero estos interrogantes y dificultades textuales se borran en la insignificancia al lado del gran problema moral que plantea la caída y traición de Judas. En su sentido más auténtico, todo pecado es un misterio. Y la dificultad es mayor cuanto mayor es la culpa, más pequeño el motivo de obrar mal, y mayor la medida del conocimiento y gracias otorgados al ofensor. De todos modos la traición de Judas parecería ser el más misterioso e ininteligible de los pecados. Pues, ¿cómo alguien elegido como discípulo, disfrutando de la gracia del Apostolado y del privilegio de la amistad íntima con el Divino Maestro, podría ser tentado a tan gran ingratitud por un precio tan insignificante?
Y la dificultad es mayor cuando se recuerda que el Maestro tan inmotivadamente traicionado no era duro ni severo, sino un Señor de amable bondad y compasión. Visto bajo cualquier perspectiva el crimen es tan increíble, tanto en sí mismo como en sus circunstancias, que no es ninguna maravilla que se hayan hecho muchos intentos de dar una explicación inteligible de su origen y motivos, y, desde los extravagantes sueños de los herejes antiguos a las audaces especulaciones de los críticos modernos, que el problema planteado por Judas y su traición haya sido objeto de extrañas y asombrosas teorías. Como un traidor suscita naturalmente un odio particularmente violento, especialmente entre los devotos a la causa o persona traicionada, sería natural que los cristianos consideraran a Judas con aversión, y, si fuera posible, lo pintaran más negro de lo que fue no atribuyéndole ninguna buena cualidad en absoluto. Esta sería una opinión extrema, que, en cierto modo, disminuye la dificultad. Pues si se supusiera que él nunca creyó realmente, si fue un falso discípulo desde el principio, o, como el Evangelio apócrifo Árabe de la Infancia dice, estuvo poseído por Satanás incluso en su niñez, no habría caído bajo la influencia de Cristo o disfrutado de la iluminación y dones espirituales del Apostolado.
En el extremo opuesto está la extraña opinión sostenida por la antigua secta gnóstica conocida como los Cainitas, descrita por San Ireneo (Adv. Haer., I, c. ult.), y más completamente por Tertuliano (Praesc. Haeretic., XIVII), y San Epifanio (Haeres., XXXVIII). Algunos de estos herejes, cuya opinión ha sido revivida por algunos autores modernos en forma más plausible, mantenían que Judas estaba en realidad inspirado, y actuó como lo hizo para que la humanidad pudiera ser redimida por la muerte de Cristo. Por esta razón lo consideran digno de gratitud y veneración. En la versión moderna de esta teoría se sugiere que Judas, que en común con los demás discípulos esperaba un reino temporal del Mesías, no previó la muerte de Cristo, sino que deseaba precipitar una crisis y apresurar la hora de su triunfo, pensando que su detención provocaría un alzamiento del pueblo que lo pondría en libertad y lo colocaría en el trono. En apoyo de esto señalan el hecho de que, cuando descubrió que Cristo era condenado y entregado a los romanos, inmediatamente se arrepintió de lo que había hecho. Pero, como señala Strauss,[7] este arrepentimiento no prueba que el resultado no hubiera sido previsto. Pues los asesinos, que han matado a sus víctimas con deliberado designio, se ven a menudo impulsados al remordimiento cuando los actos ya se han llevado a cabo. Un católico, por ejemplo, en cualquier caso, no puede ver con aprobación estas teorías puesto que son claramente contrarias al texto de la Escritura y a la interpretación de la tradición. Por difícil que pueda ser de comprender, no podemos poner en cuestión la culpa de Judas. Por otro lado, no podemos adoptar el punto de vista opuesto de los que niegan que fuera alguna vez un verdadero discípulo. Pues, en primer lugar, esta opinión parece difícil de reconciliar con el hecho de que fuera elegido por Cristo para ser uno de los Doce. Esta elección, puede decirse con seguridad, implica algunas buenas cualidades y el otorgamiento de gracias no despreciables.
Pero, aparte de esta consideración, puede señalarse que al exagerar la malicia original de Judas, o negar incluso que hubo algo bueno en él, minimizamos o despreciamos la lección de esta caída. Los ejemplos de los santos se pierden para nosotros si pensamos de ellos que eran de otra especie, sin nuestra debilidad humana. Y del mismo modo es un grave error creer que Judas era un demonio sin ningún elemento de bondad y de gracia. De su caída queda la advertencia de que incluso la gran gracia del Apostolado y la amistad familiar de Jesús puede ser inútil para quien es infiel. Y, aunque no se pueda admitir nada para paliar la culpa de la gran traición, ésta puede hacerse más inteligible si la pensamos como el resultado de una caída gradual en cosas menores. También el arrepentimiento puede ser tomado como implicación de que el traidor se engañó con la falsa esperanza de que, después de todo, Cristo pasaría entre medio de sus enemigos como lo hizo al borde de la montaña. Y aunque las circunstancias de la muerte del traidor dan sobrada razón para temer lo peor, el Texto Sagrado no rechaza claramente la posibilidad de un arrepentimiento real. Orígenes,[8] por ejemplo, extrañamente suponía que Judas se ahorcó para buscar a Cristo en el otro mundo y pedirle perdón.
El Corán parece reservar unas líneas para el apóstol traidor. No, desde luego, citándole de manera explícita ni por su nombre, pero sí en modo muy sutil. Primero relata su versión sobre los hechos que en el Cristianismo dan lugar a la Eucaristía: “Cuando dijeron los apóstoles: “¡Jesús, hijo de María! ¿puede tu Señor hacer que nos baje del cielo una mesa servida?” Dijo: “Temed a Dios si sois creyentes”.[9]
Dijeron: “Queremos comer de ella. Así nuestros corazones se tranquilizarán, sabremos que nos has hablado verdad y podremos ser testigos de ella”.  Dijo Jesús, hijo de María: “¡Dios y Señor nuestro! Haz que nos baje del cielo una mesa servida que sea para nosotros, el primero como el último, motivo de regocijo y signo venido de Ti. ¡Provéenos del sustento necesario, Tú que eres el mejor de los proveedores!”” (C. 5, 112-114). 
            Después añade:  “Dijo Dios: “Sí, voy a hacer que os baje. Pero si uno de vosotros, después de eso no cree, le castigaré como no he castigado a nadie en el mundo”. (C. 5, 115).
             ¿En quién está pensando Allah? Suponiendo que efectivamente el relato se refiere a la Eucaristía, no puede ser a otro que a Judas, lo que por otro lado, confirma el hecho de que casi usa para referirse a él, las mismas palabras que Jesús en el Evangelio:“¡Pero ay de aquél por quien el Hijo del Hombre es entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!” (Mc. 16, 21). De aceptarse como cierta la hipótesis, Judas sería, paradójicamente, el único apóstol singularmente citado en el Corán, aunque sea de una manera tan tangencial e implícita como la referida. Y ello implicaría asimismo, que Allah le ha castigado, por traicionar a Jesús, como no ha castigado a nadie en el mundo.
En la Surat "Las mujeres", versículos 157, los estudiosos del Corán dicen que se ha hecho una alusión implícita a Judas. En este versículo se dice que los romanos no mataron a Jesucristo ni lo crucificaron, porque se les fue confundido, (o porque lo confundieron..)...El Islam no cree que Jesucristo fuese crucificado. Dios –en ese caso no permitió ni que fuera crucificado ni que fuera torturado. Dios lo levantó directamente al cielo antes de que sufriera. Decir (lo confundieron), para los analizadores y estudiosos del Corán asienten que Dios se refiere a Judas, que Dios hizo que los que iban a matar a Jesucristo vieron, creyeran que él era Judas.. entonces: según el Islam: el que fue torturado y crucificado era Judas, por ser traidor; pero que Jesucristo subió al cielo.
Según traducción de de Juan Vernet. y por haber dicho: «Hemos dado muerte al Ungido, Jesús, hijo de María, el enviado de Dios», siendo así que no le mataron ni le crucificaron, sino que se pareció así. Los que discrepan acerca de él, dudan. No tienen conocimiento de él, no siguen más que conjeturas. Pero, ciertamente no le mataron (157), sino que Dios lo elevó a Sí. Dios es poderoso, sabio. (158).
                        
El pecado imperdonable
Para el profeta Joseph F. Smith, (de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los últimos días) Judas puede tener más que alguna consideración, pues su actitud merece ser estudiada y tenida en cuenta. El profeta se pregunta si Judas verdaderamente conoció el poder de Dios y participó del mismo, efectivamente negando la verdad y desafiando ese poder, habiendo negado al Espíritu Santo después de haberlo recibido, y habiendo negado al Unigénito después que Dios se lo había revelado. Si fue así –argüye el Profeta- entonces no puede haber duda de que padecerá la segunda muerte.
Dice el Profeta: “Pero, el que Judas haya participado de todo ese conocimiento –el que se le hayan revelado estas grandes verdades, el que haya  recibido el Espíritu Santo por el don de Dios –y se encontraba, por tanto, en posición de cometer el pecado imperdonable, es algo que para mí no está claro del todo. Tengo en mi mente la fuerte impresión de que ninguno de los discípulos poseía la luz, conocimiento o sabiduría suficientes al tiempo de la crucifixión, ni para exaltación, ni para condenación, porque fue más adelante cuando se abrió su mente para comprender las Escrituras y fueron investidos con poder de lo alto, sin el cual no eran más que niños en conocimiento, en comparación con lo que más tarde llegaron a ser bajo la influencia del Espíritu. Saulo de Tarso, dueño de una extraordinaria inteligencia y conocimiento, instruido a los pies de Gamaliel estrictamente conforme a la ley, persiguió a los santos hasta la muerte, aprehendiendo y entregando en cárceles a hombres y mujeres; y al ser derramada la sangre del mártir Esteban, Saulo estaba presente, cuidando las ropas de los que le quitaron la vida, y consintió en su muerte. Además, “asolaba la iglesia, y entrando casa por casa arrastraba a hombres y mujeres, y los entregaba en la cárcel”. Y cuando los mataban, él alzaba la voz en contra de ellos, “castigándolos en todas las sinagogas, los forzaba a blasfemar y enfurecido sobremanera contra ellos, los perseguía hasta en las ciudades extranjeras”, y sin embargo, este hombre no cometió ningún pecado imperdonable, porque no conocía el Espíritu Santo (Hechos 8:3, 9:1; 22:4, 26:10,11). Por otra parte, como consecuencia del crímen de adulterio con Betsabé y por ordenar que Urías fuese puesto al frente de la batalla en época de guerra, donde fue muerto por el enemigo, David, varón conforme al propio corazón de Dios, fue despojado del sacerdocio y del reino, y su alma fue echada en el infierno. ¿Por qué? Por que “el Espíritu Santo habló por boca de David” o en otras palabras David poseía el don del Espíritu Santo y tenía el poder para hablar por la luz del mismo. Mas hasta David, aun cuando culpable de adulterio y del asesinato de Urías, recibió la promesa de que su alma no permanecería en el infierno, que significa, como yo lo entiendo, que hasta él se salvará de la segunda muerte.
Mientras colgaba de la cruz, en la agonía de la muerte, estando a punto de entregar su espíritu, nuestro misericordioso y glorioso Salvador, exhaló esta memorable y misericordiosa oración: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Lucas: 23:34.
Ninguno puede pecar contra la luz, sino hasta que la tenga, ni contra el Espíritu Santo sino hasta que lo haya recibido por el don de Dios, mediante la vida o manera designada. El pecar contra el Espíritu Santo. El Espíritu de Verdad, el Consolador, el Testigo del Padre y del Hijo, el negarlo deliberadamente y desafiarlo después de haberlo recibido, es lo que constituye este pecado. ¿Poseyó Judas esta luz, este testimonio, este Consolador, este bautismo de fuego y del Espíritu Santo, esta investidura de lo alto? Si así fue, lo recibió antes de la tradición y, consiguientemente, antes que los otros once apóstoles. Y siendo así, tal vez diréis: “Es un hijo de perdición sin esperanza”. Pero si él carecía de este glorioso don y derramamiento del Espíritu, mediante el cual vino el testimonio a los once y sus mentes fueron abiertas para ver y conocer la verdad para poder testificar de El, entonces, ¿en qué consistió el pecado imperdonable de esta pobre criatura errante, que no logró más en la escala de la inteligencia, honor o ambición, que traicionar al Señor de gloria por treinta piezas de plata?
Mas no sabiendo si Judas cometió el pecado imperdonable, ni que fue un “hijo de perdición sin esperanza” que padecerá la segunda muerte, ni cuánto conocimiento poseía mediante el cual pudo cometer tan grande crimen, yo prefiero, hasta no estar mejor enterado, formarme el misericordioso concepto de que él podrá ser contado entre aquellos por quienes nuestro bendito Maestro rogó: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Lucas 23:24. [10]




[1] Catequesis del Papa Benedicto XVI, sobre la relación entre Cristo y la Iglesia. Miércoles 18 de octubre 2006.
[2] Distintos autores han puesto en evidencia las contradicciones que hay en esta designación del “traidor” mediante la afirmación “el que conmigo mete la mano en el plato”. En primer lugar, porque para “meter la mano en el plato” Judas tenía que estar sentado muy cerca de Jesús –posición preferente- y no alejado, como le ha presentado toda la iconografía posterior. En segundo lugar, porque el 2bocado” forma parte de una antigua costumbre religiosa, que aún se mantiene en ciertas culturas, por la cual el maestro honra y distingue al discípulo, como un signo de transmisión iniciática preferente. Por otra parte, hay que recordar que los Evangelistas, siempre atentos a confirmar las profecías de las Escrituras, recogen así la cita de los Salmos: “Hasta mi amigo íntimo en quien yo confiaba, mi compañero de mesa, me ha traicionado...Aque que come mi pan ha levantado contra mi su talón”. Pág. 88 Juan Bosch, Judas Iscariote, el Calumniado. Papeles del Tiempo, 2009.
[3] Juan Bosch, Judas Iscariote, el calumniado, Madrid, Antonio Machado Libros, 2009.
[4] Ni aún momentos antes de ser aprehendido conocía Jesús al traidor. Sospechaba que iba a ser uno de ellos, eso sí. Está dicho –afirma Bosch- por los cuatro Evangelistas, y dicho de forma tan parecida que no puede caber duda de que Mateo y Juan, que estuvieron presentes, lo oyeron; y que lo oyeron los testigos que informaron a Marcos y a Lucas.
[5] El farisemo Nicodemo era amigo de Jesús, él era “principal entre los judíos”, esto es, miembro del Sanhedrín. Él había dicho “Acaso nuestra ley condena a un hombre antes de oírle y sin averiguar lo que hizo?”.
[6] Juan había sido socio de Pedro en el negocio de la pesca; era, junto a su hermano Santiago y con Pedro, del grupo íntimo de Jesús, el grupo al cual dejó Jesús dentro de la habitación cuando hizo el milagro de la resurrección de la hija de Jairo, el grupo al cual llevó consigo a la transfiguración. Entre Pedro y Juan había, pues, suficiente amistad como para que Pedro viniera al “amado de Jesús” a hacer la pregunta que hizo; y por lo demás, ello entraba muy bien dentro del carácter de Pedro.
[7] David Friedrich Strauss (Ludwigsburg, 27 de enero de 1808 - 8 de febrero de 1874). Teólogo y filósofo alemán. Discípulo de Georg Wilhelm Friedrich Hegel y Ferdinand Christian Baur. Contribuyó, desde el racionalismo alemán tardío, al movimiento de la antigua búsqueda del Jesús histórico iniciado por Hermann Samuel Reimarus. En su obra: Das Leben Jesu, kritisch bearbeitet (1835-1836), plantea la idea de que los evangelios son relatos míticos, al contener elementos que no pueden explicarse racionalmente. Pero no surgen desde la necesidad de falsificación, como exponía Reimarus, sino para expresar desde una mentalidad precientífica y prefilosófica, ideas teológicas en estilo narrativo. Por tanto, han de considerarse libros de teología y de fe, sin ningún valor histórico. Esta mitificación aparece ya en los evangelios sinópticos más antiguos, que según Strauss son los de Mateo y Lucas, y también en el de Marcos, que según él es un resumen de los dos anteriores. La hipótesis de que Marcos es resumen de Mateo y Lucas, será desechada en 1838, planteándose a partir de entonces la teoría de las dos fuentes. El fenómeno de mitificación, según Strauss, es máximo en el Evangelio según san Juan, que a partir de las aportaciones de Strauss es rechazado como fuente de acceso al Jesús histórico. Strauss retornó a la teología en 1862, cuando publica su biografía de H. S. Reimarus. Dos años después, en 1864, publica su La vida de Jesús para el pueblo alemán (Das Leben Jesu für das deutsche Volk bearbeitet) (13th ed., 1904). Esta obra no consigue producir un efecto comparable a su primer libro, pero a cambio obtiene una gran cantidad de respuestas criticas, que Strauss respondio en su panfleto Die Halben und die Ganzen, dirigido especialmente en contra de Daniel Schenkel y de Ernst Wilhelm Hengstenberg. Su libro El cristo de la creencia y el Jesús de la Historia (Der Christus des Glaubens und der Jesus der Geschichte) (1865) es una critica severa a las lecturas de Schleiermacher sobre la vida de Jesús, que habían sido publicadas recientemente. Desde 1865 a 1872, Strauss vivio en Darmstadt, y en 1870 publica sus lecturas sobre Voltaire.
[8] Orígenes, es considerado un Padre de la Iglesia, Católica, destacado por su erudición y, junto con San Agustín y Santo Tomás uno de los tres pilares de la teología cristiana católica.
[9] Versión de El Corán traducida por el arabista  Juan Vernet. Madrid, Col Humanidades, Planeta, 1996.
[10] Improvement Era, tomo 21, pág.  732 (junio de 1919) Recogido en versión española en Doctrina del Evangelio, Selecciones de los Sermones y Escritos de Joseph F. Smith. Salt Lake City, Utah, Editorial Deseret, 1975  pp. 427-430.

                                                              

viernes, 8 de agosto de 2014

Algo de San Agustín para hoy



La idea central de San Agustín es que la historia humana entera es una lucha entre dos reinos, el de Dios y el el Mundo, entre las civitas Dei y las civitas terrena. El Estado, que tiene sus raíces en principios profundos de la naturaleza humana, está encargado de velar por las cosas temporales: el bienestar, la paz, la justicia. Esto hace que el Estado tenga también una significación divina. Toda potestad viene de Dios, enseña San Agustín, siguiendo a San Pablo. Y, por tanto, los valores religiosos no son ajenos al Estado, y este tiene que estar impregnado de los principios cristianos. Al mismo tiempo tiene que prestar a la Iglesia el apoyo de su poder, para que esta pueda realizar plenamente su misión. Como la ética, la política no puede separarse en San Agustín de la conciencia de que el último fin del hombre no es terrenal, sino que de lo que se trata es de descubrir a Dios en la verdad que reside en el interior de cada criatura humana. 
Como la ética, también la filosofía del estado y de la historia depende de Dios en San Agustín. Vive en días críticos para el Imperio. La estructura política del mundo antiguo esta transformándose de un modo rápido, para dejar paso a otra. El problema moral en San Agustín aparece en íntima relación con las cuestiones teológicas de la naturaleza y la gracia, de la predestinación y la libertad de la voluntad humana, del pecado y la redención, en cuyo detalle no entraré en este momento. Hay que advertir, por el contrario, que todo este complejo de problemas teológicos ha tenido una gran influencia en el desarrollo ulterior de la ética cristiana. Pro otra parte, los escritos agustinianos, exagerados y alterados de su sentido propio, fueron utilizados ampliamente por la Reforma en el siglo XVI -no debemos olvidar que Lutero era un monje agustino- y de este modo persiste una raíz agustiniana en la ética moderna de filiación protestante. Para San Agustín, del mismo modo que el hombre tiene una luz natural que le permite conocer, tiene una conciencia moral. La ley eterna divina, ala que todo está sometido, ilumina nuestra inteligencia, y sus imperativos constituyen la ley natural. Es como una transcripción de la ley divina en nuestra alma. Todo debe estar sujeto a un orden perfecto: ut omnia sint ordenatissima. Pero no basta con que el hombre conozca la ley; es menester, además que la quiera; aquí aparece el problema de la voluntad. El alma tiene un peso que la mueve y la lleva, y este peso es el amor: pondus meum amor meus. El amor es activo, y es él, quien, en definitiva determina y califica la voluntad: recta itaque voluntas est bonus amor et voluntas perversa malus amor. El amor bueno, es decir, la caridad, en su más propio sentido, es el punto central de la ética agustiniana. 
Por esto su expresión más densa y creativa es el famoso imperativo de ama y haz lo que quieras. (Dilige, et quod vis fac.)

Lee y piensa: samaritano o fariseo ¿qué eres?

samaritanos, fariseos...

Los libros sagrados siempre me han interesado en grado extremo y es por ello que mis reflexiones sobre la vida alcanzan también a una de la...