viernes, 19 de septiembre de 2014

Dedicado a un colega profesional de la escritura a quien han puesto verde



El escuchar y mirar: ¿y a usted qué le importa? El otro día estuve con un  amigo cuya osadía supera con creces la que uno se puede llegar a imaginar incluso en sus mejores sueños. Pues sí, mi amigo hacía higas del «escuchar pasos», utilizado tanto por los escritores, o el «mirar» por «ver», que también se utiliza bastante en el lenguaje poético. Y claro, digo, yo ¿qué le importará si un escritor en su manera de «crear formas» juega con el lenguaje y le parece más adecuado o lírico desarrollar sus formas metafóricas diciendo «escuché pasos en el corredor» en lugar de «oí pasos en el corredor»? Ambas acciones como todo el mundo sabe son diferentes y cada una con su connotación y su semántica, claro está. No hay nada malo en ello ni se va a acabar el mundo por dar una intención a la escritura, como intención se pone en el mismo hecho de la creación literaria. Ese es el fallo, el fallo es que hoy día cualquiera puede opinar, como cualquiera puede escribir y de hecho es el deporte nacional de la mayoría de los pueblos civilizados, la opinión, sí, opinión pero con un cierto, solo cierto, criterio, por más que nos pese: «Anda, hazlo tú», se le diría a cualquiera de los que opiniones tan gratuitas, improcedentes, injustificadas vierten sobre los castos oídos de los que nos dedicamos a la creación. En efecto, los que consagramos la vida a la creación formamos parte de esa masa social de ociosos que tanto molesta a los que no llegan a nada en la vida, ni siquiera (que ya lo querría para mí misma) a estar conforme con uno. Es así, la disconformidad o la necesidad de dar o aportar algo que no se sabe aún de dónde sale, supongo que conforma el hecho creativo, el creador, el artista. Y molestos somos, si, y mucho. Recuerdo que con la pluma se han urdido revoluciones y mucho más. 
Pero hoy en día con tanto listo, resulta que cualquiera puede juzgar una obra creativa (film, literatura, pintura, escultura) sin tener ninguna idea, solo por el hecho de que el arte se debe compartir con la sociedad, con  independencia de si ésta es alguien para juzgar o valorar el trabajo del vecino: «Anda, hazlo tú».
Son ya también variadas, las veces que han llegado a mi casa amigos con preocupaciones constantes, sin poder resolver, inquietudes difíciles de solventar por sí solos, por ellos mismos, unos han llegado equivocados, otros verdaderamente intranquilos, otros con escepticismo, la mayoría desabridos. La cuestión si bien se mira, o según como se mire, no es tan grave, lo es en su medida, un poco. Me refiero al problema de la utilización del deber de, más infinitivo que hemos estudiado todos en alguna ocasión y que a menudo —yo la primera— utilizamos mal. Cualquiera puede pensar que soy una exagerada, pues no, no soy nada exagerada, las palabras como la sintaxis pueden llegar a crearnos ansiedad, tedio, histeria, alegría, tristeza, cachondeo, risa… miles de sensaciones y sentimientos los cuales no se pueden entender nada más que en el ámbito lingüístico de la palabra. Sí, uno se puede volver tarumba, u odiar a alguien por cómo habla, por cómo utiliza el lenguaje, por cómo se deforma en definitiva nuestro tesoro histórico más rico: la lengua. Ahora con las nuevas reformas que han insertado los académicos de la RAE (cocreta, jins...) estamos que nos salimos. La utilización de la @ como morfema de género es solo un ejemplo de ello, las terminaciones de los participios en -ao en lugar del tradicional y tan musical para el oído -ado. Son los periodistas —desolé—los que por una cuestión estratégica hacen uso multitudinario y público del idioma, errando la mayoría de las veces, creando muchos vicios también.
Hemos asistido ya varias veces al entierro y funeral de muchas palabras, frases que se han desterrado ya de forma insólita, ya de forma terrible y ahí estamos, ahí están todas las reglas y normas como los porteros de la Casa de los Horrores. Yo digo que una pintura, una pieza de música, una escultura, un ballet, pues o me gusta o no me gusta, o me hace sentir algo o no, o bien me quedo solo en el que me guste, aparte de si lo entiendo o no lo entiendo que imagino yo que como los expertos en la materia no habrá quién. Digo que el arte o me gusta o no, pero lo que no haría de ninguna manera es tergiversarlo, interpretarlo mal, insultar al creador arremetiendo con su vida o su persona...Pues eso, eso mismo es lo que se hace con los escritores, ensayistas, poetas y sus obras literarias. Un poeta o me gusta o no me gusta, pero nunca me meteré –aunque por mi condición de Filóloga pudiera hacerlo- a decir cosas destructivas de su obra. Sé lo que cuesta por ejemplo rellenar tan solo una página en blanco. Hazlo tú. Punto filipino. ¿Por qué? Porque no, respeto mucho el arte como para hacerlo y además cualquiera te puede sorprender en un momento. Una vez conocí a una poetisa desconocida con una obra que nadie conocía ni respaldaba y la tía me pareció magnífica. Me pareció una poeta increíble. No sé qué habrá sido de ella pero lo voy a averiguar.
A menudo, escuchamos la misma monserga. Si escribes para la mayoría, eres simple y cometes errores, si lo haces subido de grado, entonces nadie te entiende y lo que quieres es hacer un alarde de retórica, sólo destinado a los especialistas, esos que también repatean a los paupérrimos e ignorantes lectores medios como mi amigo. El especialista, es el crítico, el opinador y éste en efecto muchas veces castiga o premia el hecho literario, el texto de autor, con gran facilidad. Triste, severo e inhumano, es cierto, pero al menos sabrá lo que dice puesto que se dedica a ello, es un experto. Por lo mismo que una intervención médica solo debería ser juzgada por otro médico a poder ser éste sin prejuicios, igual sucede en el mundo literario. Eso sí, tanto los pacientes de los médicos como los lectores que se incluyen en el grupo de nuestro seguidores, probablemente no tendrán la experiencia ni la preparación de un científico o de un filólogo, pero saben expresar la huella de éstos en su vida. De nuevo la ignorancia tristemente nos crucifica y nos lleva a ensalzar a la categoría de Dios al médico carnicero que nos hace ir a su consulta mil veces para hacer que hacemos y cobrarnos, como al escritor que en verdad no tiene nada que contar, pero lo cuenta muy bien, o al que en verdad tiene cosas que contar, pero no lo sabe hacer. Yo creo, que un buen texto escrito a lo largo de una vida, puede hacerlo cualquier mortal, ¿quién no se ha sentido inspirado o dolido en alguna ocasión?, ¿quién si hubiese escrito las palabras de aquella ocasión…? En efecto, es posible, puede suceder que cualquiera puede escribir algo en su vida realmente bueno, pero eso no quiere decir que sea escritor, que sea un creador y que en el mejor de los casos pueda ganarse la vida con su escritura. 
Si es tan fácil hágalo usted mismo, o usted, o usteda que mira mi texto con superioridad… Es posible del mismo modo, que todos los ciudadanos en una situación extrema podamos curar alguien, a nuestro hijo, a nuestra abuela, quizás llevados por una mano divina, pero eso no quiere decir que seamos médicos, ni mucho menos. El buen escritor como el buen médico se pasa la vida arriesgándose a aportar cosas nuevas, se pasa la vida en gerundio, trabajando para que los demás juzguen sus intervenciones. Sin embargo, Dios me libre de decir que el fontanero me ha engañado o que el pintor no sabe lo que hace. El profesional de algo, de siempre, de toda la vida puede seguir monótonamente su profesión, aventurada supongo por alguna razón escondida. Razones hay muchas: necesidad fisiológica, ganas de salvar al mundo, crear cosas y olvidarlas, inventar… y qué pena tan grande cuando contemplamos que cualquier caníbal se cree tan listo, pero tan listo se cree como para juzgar de forma tan maldita y radical.

«Anda, hazlo tú» y sabrás de lo que hablo. Lo que se hace, aunque no guste, es lo que queda y lo que no se hace… Voy a tomarme un café con mi amigo Antonio. Hasta luego.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Entre Mozart y Elvis va el asunto


Como convivo con músicos por razones que ahora no vienen al caso, el otro día hablando con uno de ellos me di cuenta de que efectivamente tiene que correr el que lo tiene que hacer y nada más. Correr en la vida está bien solo que depende de la persona, el tiempo, todo aquello que  hace ser o estar en esta vida.  Firmando libros en una de las últimas presentaciones, osea hace un mes y con mi poemario me hacía gracia a mi misma pues según firmaba pensaba ¿será este el último libro que firme? ¡ostrassss Manolo! ¿y si casco hoy mismo? Estas cosas ya saben que pasan bastante en mi mente surrealista.


Bueno, pues siempre me podrán enterrar con mis libros -me dije- que es justo lo que quiero y creo que para lo que estoy en esta vida. Entonces, me entraron unas prisas locas por escribir y escribir, por hacer mucha obra, por tener más libros que el vecino...claro, ni soy Mozart ni soy Elvis. 
En ocasiones hay algunas personas o mejor dicho, hay algún talento de ciertas personas que están treinta o cuarenta cabezas por encima de los demás. Es lícito reconocer cuando alguien es mejor que uno. Era normal que Mozart muriera tan pronto como también era normal que Elvis lo hiciera, ya lo había anunciado muchas veces. Luego están las personas que con su categoría humana también se ponen por delante de los demás, esto es para otro día, pero ahora, me refiero al talento, a la obra que uno deja en este mundo. Puedo decir sin temor que Elvis ha estado presente y mucho en mi vida y no me van a negar que el hombre tenía una belleza fuera de lo normal, ¡hasta en eso! Mozart, aunque tengo uno en mi casa, no es de los compositores que más escuche yo, pero, reconozco su modernidad, su melodía, su innovación, otros clásicos están más presentes, los que me conocen saben mi pasión por Shostakovich...
Mozart fue un genio, pero fue un genio en su obra por que de su persona nada sabemos y quizá mejor así. De Elvis, -en mi vida he visto una sonrisa mejor- todo lo imagino e imagino lo que más me gusta, lo idealizo y no me importa porque idealizar también está bien ¡qué haríamos los escritores! Creo que Elvis representa esa imagen del amor, ese fantasma del amor que a todos nos persigue quieras o no con una idea inalcanzable, ¡nos pensamos enamorados tantas veces! Anda que no da para equivocarse. Yo prefiero hacerlo de un muerto que está vivo y lo está (The wonder of you) porque me ha acompañado en esta vida abrazándome muchas veces.
Mis libros, creo que no son inalcanzables, para nada, yo, puede que sí, yo tampoco me alcanzo muchas veces, la cabeza va tan rápido...
Cuando dedico un libro lo hago como si éste fuera el último. Bueno, este es para ti.


Lee y piensa: samaritano o fariseo ¿qué eres?

samaritanos, fariseos...

Los libros sagrados siempre me han interesado en grado extremo y es por ello que mis reflexiones sobre la vida alcanzan también a una de la...