lunes, 27 de octubre de 2014

Culpabilidad



El miedo a lo impuro, así como los ritos de purificación están detrás de la mayoría de los sentimientos y de la mayoría de los comportamientos relativos a la culpa. ¿Qué puede comprender el filósofo de estos afectos y de estas conductas? Lo más seguro es que la respuesta sea: nada. En la culpa se encuentran la mayoría de una especie de sentimientos que a su vez se relacionan con la mancilla (macella) oscuridad o marca en la vida que nace de una provocación. Y no son en absoluto de extrañar semejantes sentimientos cuando la conciencia avisa de la culpabilidad por algo, por una acción que ha sido a todas luces, deleznable.
En ello, entra a formar parte del juego el conocimiento absoluto de la persona que reconoce esa culpa, con ello nacería del interior de esa mancha que prisionera del miedo quiere salir fuera y purificarse. Pero ¿cómo saber cuando el hombre es culpable, cómo darse cuenta y estar cerca de una verdad universal? Entramos a pensar en una modalidad de pensamiento concreta que alberga los hechos que no están bien de una manera global, en categorías universales de maldad y con ello el individuo y su ética se convierten a la purificación primero por la verdad del reconocimiento de la culpa y después por la búsqueda de la salvación o del perdón por esa culpa. Esto, que en la tradición cristiana se refiere claramente al arrepentimiento de las malas acciones se vuelve ahora exclusiva de algunas almas, de aquellas cuyo estatus ético convierten el error en enmienda. 
De tal manera que el Hombre, en la búsqueda de si mismo, indaga en el hallazgo del reconocimiento, de la anagnórisis de la enmienda para actuar dinámicamente partiendo en su redención del análisis de conciencia cuyo límite final no quiere desencaminarse de la superación e invisibilidad de esa marca que ha creado él mismo y que en nada le permite avanzar. Solo las almas que están dispuestas a cambiar reconocen el error como algo indigno del hombre buscando la redención, pero no porque sea imperativo de ningún sacerdocio o rito religioso sino porque el hombre es consciente de su culpabilidad, ve el error por él mismo en ese repaso de acciones que se hace a si mismo y no lo quiere para sí.
En general, se convierte en algo intrínseco al hombre el hecho de que nuestra conciencia no reconoce nada de ello, pues ¿en qué mecanismo se encuentra para hacerlo? ¿Por qué reconocer algo de lo que estamos seguros que está bien, que no ha ofendido, que es correcto? No vemos los límites y mucho menos el inventario de motivaciones que podemos tener para negarnos a nosotros mismos el reconocimiento de la una verdad. ¿La verdad es única o la verdad se inventa según una verdad del hombre u otra verdad del hombre? ¿ Cada uno guarda su verdad y no quiere someterla al juicio de  un Todo? Porque a menudo estas acciones pasan a ser calificadas como voluntarias o involuntarias y ningún hombre quiere reconocer la mala acción inconsciente o no. Es una mala acción y lo es con independencia de la consciencia del ser humano cuando el resultado es una mala acción que mancha la integridad. 
Hay hechos flagrantes en la Historia que no tienen justificación y que difícilmente tienen enmienda aunque el causante de dichas acciones terribles termine sintiendo culpabilidad. Eso no lo exime de nada, siente la culpa porque es lo mínimo que podía sentir si calificarse como ser humano quiere, pero no es nada si aun "arrepentido" de ello  no encuentra el juicio y el castigo en la misma vida: el cambio de persona. En términos generales, el hombre culpable, encuentra la justicia en sus días, no hay que esperar eternidades ni otras vidas. La experiencia de la culpa otorga al hombre un poder indefinido de simbolización con otras categorías de acciones pero no debe quedarse solo ahí. Lo que nuestra conciencia no reconoce en definitiva es el repertorio de la mancilla, de la mala acción, un repertorio distinto que para la conciencia que vive bajo ese régimen, no le hace coincidir con lo que es el mal para otros, pero debe tenerlo en cuenta si quiere que reviva una solución a su pesar culpable. El desplazamiento de la motivación misma, surge porque ya no podemos distinguir en semejantes acciones impuras ninguna ofensa contra un dios ético, ni moral, ninguna lesión a la justicia que les debemos a los demás hombres, queremos traerlo, ninguna disminución de nuestra dignidad personal, por lo que de no cambiar no saldremos de aquello que está en la esfera del mal, y sin remedio, el hombre continuará en su destrucción, la destrucción de un yo ético, que no deja existir. 
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