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Dios, el mundo y el alma (según San agustín)



San Agustín empezó a buscar y elaboró su visión del mundo, de dios, del alma, de las cosas sensibles, una visión en que se observa una gran influencia de Plotino y de Platón, aunque desde un punto de vista cristianizado. Las cosas materiales, el mundo sensible, tienen en Dios, desde el momento de la Creación, sus correspondientes ideas, es decir, Él poseía esos conceptos que se materializaron ne el momento de la Creación. Recordaremos que el judaísmo y el cristianismo conciben un mundo con principio y fin, frente a la concepción filosófica heredada de la sociedad griega que hablaba de un mundo eterno; de esta forma San Agustín concilió ambas visiones. El mundo se creó, tuvo un principio, tal y como afirman los cristianos, pero en Dios existían ya las ideas o los modelos de las cosas y éstos son eternos. Las cosas materiales son reflejo y materialización divinos, nos proporcionan una idea de los modelos existentes en la mente de Dios, pero tienen principio y fin y en definitiva no resultan estrictamente necesarias. Dios conoce a las criaturas no por haberlas hecho sino porque las formas inmutables de éstas ya estaban en su mente: es decir, "por conocerlas las hizo".
El Ser Absoluto es inmutabilidad, mientras que las cosas creadas cambian. San Agustín estructuró la realidad en una jerarquía que se articuló de la siguiente forma: en la cima se encuentra Dios, que es la causa y el principio de todo; a continuación en la escala jerárquica se sitúan las almas, que no ocupan espacio pero sí tiempo, y buscan en su interior la verdad eterna. Por debajo de ellas se encuentran los cuerpos y las cosas materiales. Todo ser creado es bueno, pero en el mundo existe el mal. Y San Agustín se preguntó si Dios fue el creador del mal; respondió adoptando la visión neoplatónica de éste como ausencia o privación de luz o de bien. Y el mal no es ser, y como Dios sólo creó el ser, el mal no proviene del Creador. Junto con la creación del mundo se produjo el tiempo, pues antes de aquélla sólo existía el Dios eterno, y por tanto carente de tiempo. Para Agustín la eternidad no implicaba la no existencia de un inicio o de un final, sino la ausencia de sucesión temporal, de un antes y de un después: San Agustín planteó la eternidad como negación del tiempo. Ser eterno significa estar fuera del tiempo. Afirmó además que solo el presente existe, pues pasado y futuro constituyen en realidad recuerdos o proyecciones de nuestra mente.
El hombre es definido por San Agustín como "un alma racional e inmortal que se sirve de un cuerpo mortal y terreno", mientras que el alma se expresa como "sustancia partícipe de la razón, acomodada a regir un cuerpo". El alma ha sido creada por Dios, no ha existido siempre, y es heredera del pecado original, lo que implica en la práctica el dominio del cuerpo sobre ella: éste se ha rebelado con el alma, que debía regirlo. Esta cuestión (la de la herencia del pecado original) es una de las que mayor dificultad ha impuesto al pensamiento no solo filosófico sino religioso en el sentido más abierto que se puede imaginar. ¿Somos lo que uno es? ¿ o seremos juzgados por las acciones de otro? Qué es el pecado original? La mayor controversia se explicaría así: Todo hombre arrastra consigo la herencia del pecado cometido por los primeros seres humanos, Adán Y Eva, y ello explica la tendencia a hacer el mal, que es posible por el uso que las almas racionales hacen del libre albedrío. Hacer el mal es "usar malamente de un bien". Que hacer el mal sea una utilización desastrosa del bien, puede tener un pase, pero en lo que no podemos estar de acuerdo es en que somos algo ya heredado, pues entonces el hombre estaría creado, saldrían generaciones predestinadas al mal, y en ese caso el libre albedrío estaría igualmente manipulado, no podemos aceptar esta máxima. El hombre es y será según sus propias acciones. El segundo planteamiento inmediato del que tampoco podemos compartir empatía es que según San Agustín el alma como consecuencia de esa herencia a hacer el mal no puede salvarse por sus propios medios, precisa para su salvación de la gracia divina, que proviene de la fe. La concepción trinitaria de Dios fue aplicada por San Agustín al alma; así el alma entiende, quiere y recuerda, es decir, se muestra inteligente, psee voluntad para querer y su identidad perdura en el tiempo. 
Con todo ello San Agustín se enfrentó a un problema que estará presente en todos los pensadores cristianos, el de la libertad humana. Pues si el hombre es responsable de sus actos, que le harán merecedor de un premio o un castigo ne el más allá, pero por otra parte toda alma está de entrada lastrada por el pecado original y la gracia divina -según su idea- resulta imprescindible ¿cómo puede en realidad el ser humano responsabilizarse de sus actos? Vemos que San Agustín distinguió entre libre albedrío y libertad; el primero consiste en el anhelo de amar al ser supremo, y en consecuencia de alcanzar la felicidad, pues el ser supremo es el máximo Bien. esta es la clave que nos atrae precisamente la idea de que un Ser Superior es un Ser de Bien y hacia ese concepto debe ir el ser humano sea cual sea la religión o movimiento al que se inscriba. El Bien viene de forma superior al hombre que debe buscarlo continuamente. La libertad del hombre estaría en el anhelo máximo de amar al ser supremo o no amarlo y en consecuencia de alcanzar la felicidad, pues el ser supremo es el máximo bien. Cuando el hombre anhela y ama a Dios es cuando hace pleno uso de su libertad. En definitiva, nos dijo el filósofo, la libertad está en el buen uso del libre albedrío, que sólo la gracia divina garantiza.  (Este texto forma parte de un Todo, al ser un extracto del ensayo: Culpa y perdón. de Rosa Amor del Olmo.
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